No habría nada extraordinario en un señor de 41 años con rastas largas tomando mate con la mirada fija en algún punto de la pared mientras suena «Quién va a cantar», de Ruben Rada. Nada extraordinario salvo un detalle: ese hombre se llama Opoku, es descendiente del segundo rey del Imperio asante y vive en un pequeño pueblo pesquero de la costa de Ghana.
Busua es apenas un paréntesis de cinco o seis cuadras entre el océano y la selva. Sobre un rincón de la playa descansan las barcas que cada amanecer se adentran en el oleaje furioso. Un poco más al centro siempre hay algún surfista dibujando piruetas con la tabla y sobre la arena hay un puñado de bares en los que comer y tomar algo. Acababa de pedir una cerveza para disfrutar del atardecer cuando conocí a Opoku. La respuesta cuando preguntan por mi país suele ir por el fútbol y Luis Suárez, especialmente en Ghana, pero el comentario de Opoku me descolocó.
—Yo tengo un amigo de Uruguay, se llama Luchiano.
Entonces vio el tatuaje que tengo en el brazo izquierdo: un mate apoyado en una pila de libros.
—Yo tengo eso...
—¿Un mate? ¿Estás seguro?
—Sí, pero perdí la... «pajita».
Ahí empecé a creer que podía ser verdad. Tras un año y medio de viaje por África, tomo con pinzas las historias que me cuentan apenas me conocen, especialmente si el contexto es un bar.
Opoku hablaba con una musicalidad particular, como si una jam de reggae estuviera sonando de fondo. Tal vez por eso no me sorprendí cuando dijo que era DJ y tenía una tienda de vinilos.
—Quiero que conozcas mi negocio. Es un lugar muy especial, siento que te va a gustar.
Gracias a la luna llena, que hizo de farol, no fue necesario prender la linterna del celular. Caminamos algunas cuadras en dirección contraria a la playa, prácticamente en el límite de la Busua urbanizada.
La radio de Opoku se llama Radio Busua, puede escucharse en www.zeno.fm/radio/radiobusua/
Kumanini Records es una casilla de madera con la puerta pintada con los colores característicos del pueblo asante: amarillo, negro y verde. Nacido a fines del siglo XVII, el Imperio asante fue uno de los más importantes en África Occidental y su tradición sigue viva hasta el día de hoy, especialmente en la ciudad de Kumasi, en el centro de lo que hoy es Ghana.
Opoku sacó el candado de la puerta y fue como entrar a una cápsula de un tiempo que no conocí. Vinilos cubriendo a tope las estanterías de la pared, sombreros tradicionales colgados del techo, un póster de Ras Tafari, luces de colores moviéndose cual bola de espejos, banderas de Jamaica y de Ghana, libros, certificados, plantas, un megáfono, parlantes y discos amontonados en cualquier rincón disponible. Aun así, mis ojos fueron directo encima de la heladera, donde un mate y un paquete de yerba uruguaya por la mitad reposaban con una naturalidad insólita.
—No puedo creer que tengas esto acá.
—Me lo regaló Luchiano. Me gusta mucho, pero perdí la... —me dijo y se llevó el pulgar a la boca imitando el gesto de tomar mate.
—No te preocupes, Opoku, yo tengo una de repuesto. Mañana la traigo y tomamos unos mates.
Al otro día volví al negocio a las once de la mañana con el termo lleno de agua caliente y una bombilla de emergencia que guardo por si pierdo la titular.
El local está dividido en dos sectores. En el lado izquierdo está lo más comercial: Michael Jackson, John Lennon y Bob Marley conviven con Pat Thomas y Daddy Lumba, dos de los artistas ghaneses más importantes de la historia. Al otro lado del gran parlante y una mesa desbordada de libros está la zona de la radio: un sillón de caña de bambú contra la única ventana y enfrente la computadora, el micrófono, dos tocadiscos y las consolas. También hay cinco discos expuestos en sobres de nailon con estatus de reliquias intocables: Pink Floyd, The Beatles, Santana, John Coltrane y Charles Mingus.
En un rincón oscuro entre las dos secciones está su archivo personal: álbumes que no están a la venta y son los que usa para las transmisiones de su radio en línea. Algunos de esos vinilos, dice, valen cientos de euros en el mercado especializado.
—Hoy tengo cerca de 11.000 discos, pero el objetivo es llegar a 70.000. Quiero tener el mayor archivo de vinilos de toda África.
—¿Y cómo los conseguís?
—Tengo amigos en diferentes lugares que me llaman cuando aparece algún disco interesante, pero también viajo con mi megáfono y voy dejando un mensaje por las calles, así la gente sabe lo que estoy buscando.
Cada cinco minutos perdía el hilo de la conversación abrumada por los estímulos de las paredes: African Brothers Band, Nana Tuffour, Kwadio, Frimpong, George Darko y un montón de nombres que jamás había escuchado. Me reflotó una sensación casi infantil, de cuando la novedad y el descubrimiento eran cosa cotidiana. En ese recorrido me detuve en una calcomanía que hasta unos meses atrás hubiese pasado totalmente desapercibida:
—¡Yaa Asantewaa! —pegué el grito por la emoción de reconocer a una figura histórica ghanesa.
—Era mi abuela.
Mi cara debe de haber adquirido una expresión ridícula, porque Opoku no demoró en aclarar el vínculo filiatorio.
—Todos en Kumasi somos sus nietos; decimos que es nuestra abuela, pero es simbólico.
Por un vinilo de hi-life ghanés suele pagar hasta 5 dólares y después venderlo, si es una pieza destacada, a 50 dólares a turistas o coleccionistas extranjeros.
Yaa Asantewaa era la reina madre de Ejisu, parte del Imperio asante, cuando los británicos tomaron la ciudad de Kumasi tras un siglo de guerras intermitentes. La leyenda popular cuenta que esa señora de 60 años escondió el taburete de oro en medio de la selva para impedir que cayera en manos europeas. Gracias a ella el principal símbolo y reliquia de los asantes sobrevivió a la invasión. Hasta el día de hoy sigue siendo su objeto más sagrado y solo aparece públicamente en ocasiones especiales.
También fue Yaa Asantewaa quien, tras el secuestro del rey Prempeh I y cuando los líderes parecían resignados a la derrota, pronunció un discurso que quedaría en la historia:
Si estuvieran en los días valientes, en los tiempos de Osei Tutu, Okomfo Anokye y Opoku Ware, los jefes no se habrían quedado sentados viendo cómo se llevaban a su rey sin disparar un solo tiro. ¿Acaso el valor de los asantes ya no existe? [...]
Si ustedes, los hombres de asante, no van a avanzar, entonces lo haremos nosotras: las mujeres.
Llamaré a mis compañeras. Vamos a luchar.
Y lucharemos hasta que la última de nosotras caiga en el campo de batalla.
Opoku Ware fue el segundo rey del Imperio asante y es antepasado de DJ Opoku. De hecho, su familia sigue siendo central dentro de la comunidad y a Opoku le correspondía asumir el rol de chief: jefe comunitario, custodio de la tradición y mediador en conflictos. Pero se fue. Ahora vive en una playa a 300 kilómetros de su familia.
***
La expansión de Kumasi terminó por absorber la aldea natal de Opoku, que hoy es apenas un barrio más de la ciudad. Cuando era niño, sin embargo, todavía conservaba su identidad rural.
La casa familiar era un predio con varias construcciones tradicionales dispuestas en círculo cercadas por un muro de adobe. En una comunidad atravesada por la música, ese era el lugar del encuentro, las fiestas y las ceremonias. Mientras algunos familiares cantaban, tocaban instrumentos o controlaban la entrada, al pequeño Opoku le correspondía recorrer las calles anunciando las actividades de la noche.
—Mi madre era parte de un grupo y mi abuela fue la fundadora.
—¿Muchas mujeres participaban en la música?
—En la tradición asante son las mujeres quienes cantan y los hombres tocan los tambores. Eso viene de la época de la guerra: las mujeres cantaban para organizar diferentes columnas de soldados. Ese fue uno de los secretos del éxito del ejército asante.
Tras cinco minutos revolviendo una montaña de CD claramente relegados frente a la colección de vinilos, Opoku me entregó un disco todavía envuelto en el plástico original. La tapa mostraba a la artista Abena Gyamfua levantando una escopeta.
—Mi hermana es la mejor cantante y compositora de todo Kumasi, les escribió las canciones a grupos importantes y también lanzó su música.
—¿Ella es tu hermana?
—Sí... Bueno, no de sangre. Es mi prima, pero en mi corazón siempre será mi hermana.
Opoku toma mate como un uruguayo más, grita «mate time» cuando me ve llegar con el termo y dice que lo ayuda a trabajar más enfocado.
Al día siguiente Opoku tomaría su megáfono para salir rumbo a Kumasi a seguir buscando vinilos para su colección. No pude evitar preguntar si pasaría a visitar a su familia.
—No, no creo. Cuando voy por trabajo no suelo pasar por mi aldea. Tengo una misión y no me quiero distraer.
Hace 20 años que Opoku se fue de Kumasi, primero hacia Acra y después a Busua, un rincón perdido en la costa de Ghana donde siente que vive tranquilo, sin tener que solucionarle la vida a nadie.
—Aunque tal vez visite a mi hermano, él es el chief ahora.
—¿El cargo que te correspondía a vos?
—Sí, mi nombre completo es Nana Yaw Opoku Sasraku Pataku Adjinku Gabriel... el primero.
***
Tras una semana sin noticias de Opoku, recibí un mensaje por WhatsApp: «Hola, ¿cómo estás? Ya estoy de regreso en Busua». Quedamos de vernos esa misma tarde y fui al local con el termo de agua caliente bajo el brazo.
—Qué bueno que trajiste agua. Tengo muchas ganas de tomar mate.
En ese momento me di cuenta de que en el sillón de caña había una pareja de turistas con decenas de álbumes en sus faldas. Él era inglés, rubio y hablaba de la música africana de los años setenta y ochenta con una familiaridad que me resultaba envidiable. Ella era hija de ghaneses, aunque había crecido en Europa. La chica tomó una de las bolsas de tela con el logo de Kumanini Records que estaban sobre la mesa.
—Opoku, ¿qué significa Kumanini? ¿Está en twi?1
—Sí, es twi. Kumanini es una pequeña hacha, muy chiquita, pero que puede tirar abajo un árbol. Así soy yo.
Cuando hay clientes en el local no para de sacar discos, cambiar de bandeja antes de que termine un tema y correr hacia otra estantería para buscar algún artista que dialogue con el que está sonando. Recién cuando la pareja se fue, nos acomodamos en el sillón para tomar mate y Opoku dejó que la aguja del tocadiscos recorriera cada lado del vinilo de principio a fin.
—¿Y? ¿Cómo te fue en Kumasi? ¿Encontraste lo que buscabas?
—Me fue bien... No conseguí exactamente lo que estaba buscando, pero encontré cosas interesantes. Mirá, traje todos estos —me dijo y me señaló una pila de vinilos que había sobre una de las sillas y otro montón de pequeños singles apoyados contra un rincón en el piso.
—Son cerca de 300 álbumes y 60 sencillos. Vamos a escuchar mis favoritos.
Mientras de fondo sonaban las nuevas adquisiciones de C. K. Mann, Kojo Antwi y Agya Koo Nimo, Opoku me explicó cómo fue creciendo su negocio. Llegó a Busua hace cuatro años, con 74 vinilos y un tocadiscos portátil de segunda mano. Como no tenía electricidad, lo cargaba en lo de un vecino. Con eso iba a la playa y organizaba fogones para pasar música entre los turistas que solían ir a Busua por el surf. En una de aquellas noches conoció a un técnico de la televisión suiza que lo ayudó a montar una radio en línea. Años después siguen trabajando juntos; cuando Opoku quiere transmitir, le envía un mensaje y el suizo configura todo de forma remota.
El negocio fue tomando forma. Opoku recorría el país comprando vinilos a personas que muchas veces ni siquiera sabían qué podían hacer con ellos. Si encontraba una pieza especialmente codiciada, podía revenderla a coleccionistas internacionales por diez, 15 o hasta 50 veces el precio de compra.
La colección de Opoku se centra en la música africana de los sesenta, los setenta y los ochenta, pero muy especialmente en el hi-life, un género musical nacido en Ghana.
—¿Conocés la historia del hi-life? ¿Sabés por qué se le dice así?
—No, contame por favor.
Opoku sonrió, se acomodó en el sillón y tiró sus rastas para atrás, un pequeñísimo ritual que repite cada vez que hay una historia para contar.
—Acá teníamos instrumentos locales: tambor, balafón, firikyiwa,2 atenteben.3 También trompetas hechas con colmillos de elefantes. Cuando los blancos introdujeron los instrumentos occidentales, a quienes los adoptaron y empezaron a tocarlos los locales les decían: «Oooh, you're in a high level, a high life».4 Y así quedó el nombre para la fusión entre la música occidental y los ritmos nativos. Con el tiempo se mezcló con otros sonidos y surgieron muchas más variantes.
La lluvia golpeaba el techo de chapa, el mate pasaba de una mano a otra y la charla giraba alrededor de fusiones musicales, así que le hice una pregunta:
—¿Te gustaría escuchar algo de música uruguaya?
—Sí, ¡por supuesto!
Kumanini Records no tiene horario fijo, como casi todos los negocios en Busua. En la puerta está el número de Opoku para llamarlo si está cerrado.
El primero que se me vino a la cabeza fue Ruben Rada. Abrí en Spotify uno de sus discos emblemáticos y empezó a sonar «Quién va a cantar». Le cebé un mate y dejé que la música corriera sin traducir la letra ni explicarle quién era.
—Me gusta... es como si ya lo hubiese escuchado antes. No entiendo la letra, pero hay un sentimiento que me llega. La música pura es así, no necesitás entender lo que dice.
—Mirá, es él —le dije y le mostré la foto de la portada del disco.
—¡Wow! ¡Es negro!
***
El proyecto de Opoku no termina con la radio y la colección de vinilos.
—Quiero construir un lugar donde la gente pueda ir a escuchar música y aprender a tocar instrumentos, especialmente los niños. Son ellos quienes tienen que mantener vivo el legado de nuestros maestros. Ya compré el terreno, ahí tengo anotados los pagos que fui haciendo.
En el ruido de las paredes había pasado totalmente por alto un rincón con números escritos con lapicera y varios tachones. Anticipándose a la posibilidad de que cualquier papel quede perdido entre los álbumes, prefirió dejar un registro contable en las paredes del negocio.
—Necesito ayuda de un arquitecto, pero la idea es que todo el piso de abajo esté dedicado a la música.
Mientras habla, va dibujando un croquis en un cartón que encontró en el suelo.
—Acá irían dos grandes mesas con todos los vinilos. De este lado mesitas y sillas para escuchar música y comer. Habría una cocina con comida típica de Ghana y todo saldría de mi huerta. Ya tengo maíz, plátano, cacao, yuca, ananá. En el medio estarían los tocadiscos y los parlantes. Atrás los instrumentos musicales. Arriba las habitaciones. Una para mí y las otras para turistas y voluntarios que vendrían a trabajar con los niños.
—Ah, ya tenés todo pensado.
—Sí, será un lugar magnífico.
***
En un taxi rumbo a la ciudad cercana de Sekondi, Opoku tenía la vista puesta en los cerritos con edificaciones coloniales. Lo que alguna vez fue la aristocracia de la Costa de Oro británica hoy es un cordón de edificios en decadencia.
—Tengo que venir a este barrio a buscar vinilos.
—¿Qué tiene de especial este barrio?
—Por los edificios coloniales. Acá vivió gente rica, seguramente con tocadiscos y colecciones de vinilos. Las familias que quedan a veces conservan esos archivos. Tengo que volver antes de que sea demasiado tarde.
Unos días después yo tenía que ir a Sekondi por otro asunto y le propuse a Opoku aprovechar el viaje para buscar vinilos en el barrio que había señalado. Con el megáfono colgado al hombro repitiendo un mensaje grabado y un álbum de Marvin Gaye en la mano, salimos a caminar por un barrio pegado a la costa.
—¿Por qué trajiste un vinilo?
—Para que entiendan lo que estoy buscando. Mucha gente no sabe el nombre, pero al ver uno lo reconocen. Quiero ir al centro de informaciones, ahí voy a poder dejar un mensaje.
Opoku sale a buscar vinilos con uno de ejemplo en la mano porque hay gente que no sabe qué son.
Entre edificios coloniales en evidente peligro de derrumbe y casitas de madera liviana con techo de chapa, encontramos el centro que Opoku buscaba. Ahí pudo grabar su mensaje para un megáfono mucho más potente instalado en el techo. Además, esa misma tarde un hombre recorrería la ciudad en un auto equipado con parlantes repitiendo el aviso: «DJ Opoku está aquí. Estoy buscando discos de vinilo de música antigua, los de plástico negro. Estoy buscando álbumes de hi-life, pero si tiene otro género también llámeme al número 054 855... No lo tire por favor, yo los compro. DJ Opoku está aquí...».
Seguimos caminando hacia la parte del barrio más cercana a la costa, que llaman «el gueto de la ciudad», donde viven los pescadores: pasillos angostos y casillas amontonadas unas con otras.
—Mi estrategia es ir a los bares. Los borrachos siempre saben estas cosas.
Opoku mostraba el disco y dictaba su número. Algunos negaban con la cabeza, otros hablaban de un tío que todavía conservaba una colección o de una caja llena de vinilos que alguien había tirado la semana anterior. Después de varias vueltas e intercambios de teléfonos, dimos por cumplido el día.
—Ahora hay que esperar.
Una semana después empezaron a llegar llamadas y videos por WhatsApp que mostraban vinilos viejos, algunos todavía húmedos por una tormenta de la que nadie se preocupó por rescatarlos. En una pila de 50 álbumes prontos para ser descartados, había una de esas joyitas que les sacan el sueño a los coleccionistas: Bunzu Soundz.
—Este no lo voy a vender, va para mis archivos.
***
Extendí mi estadía en Ghana para pasar más tiempo con Opoku, aprender de música y compartir tardes de mate con otra persona. Pero también para esperar a Luciano; aquel nombre que al principio me sonó italiano se había transformado en un mito.
Luciano es surfista, hincha de Peñarol y oriundo de Canelones. El año pasado estuvo cinco meses trabajando como instructor en Busua y ahora le tocaba volver. Pero esta vez lo haría con un cargamento especial.
Gracias a una comunidad organizada por redes sociales y donaciones tanto individuales como de empresas de la industria, conseguimos diez vinilos de música uruguaya para que Opoku siga alimentando el vínculo con un país diminuto al otro lado del océano Atlántico. Jaime Roos, Alfredo Zitarrosa y Ruben Rada son algunos de los nombres que ahora reposan en las estanterías de Kumanini Records. Además de varios kilos de yerba, cajas de alfajores y hasta una camiseta de Nacional con el nombre de Opoku estampado en la espalda que Luciano aceptó incluir sin rencores.
Con cada vinilo le fui explicando quién lo mandaba, quién era el artista y qué tipo de música hacía. En eso estábamos cuando le entregué un álbum de Romeo Gavioli que se llama Candombe y tiene un gran tambor ocupando la mitad de la portada.
—Me gusta este, parece africano.
—Es que el candombe tiene sus raíces en los ritmos que las personas esclavizadas llevaron de África, vas a notar mucho ese vínculo.
—Wow, un poco de África vive en Uruguay...
Ese vinilo fue acompañado con una nota escrita a mano: «Desde mi corazón va este regalo. La música como unión de las almas. Las almas que viajan como unión de los mundos».
***
Las transmisiones en la radio son esporádicas. Algunos domingos sale en vivo y el resto del tiempo emite grabaciones de programas anteriores.
—Necesito alguien que haga esto conmigo porque es mucho trabajo para mí solo. El problema es que aquí en Busua nadie me toma en serio, piensan que es un juego y que estoy perdiendo el tiempo. Pero a mí me gustaría que la comunidad tenga una radio.
Desde Zitarrosa hasta Karibe con K, Opoku tiene una pequeña selección de música uruguaya.
En una de esas transmisiones de domingo empezaron a llegar mensajes desde lugares que jamás hubiese imaginado: Flor de Maroñas, Tilcara, Dublín, Perú, Uzbekistán. Yo había compartido el enlace en mis redes sociales y del otro lado aparecían oyentes conectados desde distintos rincones del mundo.
—La música de Ghana está llegando a todos estos lugares, wow... es increíble.
Después de tres horas al aire, cuando ya estaba terminando, llegó al local una pareja de amigos. Traían un regalo para Opoku: un vinilo con sus propias canciones grabadas años atrás, cuando vivía en Acra y era un joven rebelde rapeando contra políticos y las injusticias sociales.
Durante semanas lo vi recorrer pueblos con un megáfono al hombro buscando discos ajenos, haciendo llamadas telefónicas, rescatando tesoros olvidados y, muy especialmente, contando las historias detrás de cada álbum.
Ahora también podía contar la suya: DJ Opoku, el primero de su nombre.
Franca Levin es profesora de Matemática egresada del Instituto de Profesores Artigas y hace años se fue de Uruguay para perseguir una vida nómade, buscando historias. La vida de viaje la fue llevando por los carriles del periodismo narrativo y la fotografía documental, con proyectos propios y colaborativos. En sus redes sociales es @dementeconmochila. Pueden seguir a Kumani Records en Instagram: @kumaninirecords.