Lento Reportaje

Ilustración: Florencia Itzaina

Detrás del desnudo

El nudismo o naturismo es una práctica en que la exhibición del cuerpo no busca la mirada ajena sino todo lo contrario: liberarse de su peso. Con siglos —o milenios— de existencia en distintas culturas, en estos lares, este estilo de vida encontró un refugio en Maldonado y Córdoba. El cronista Hernán Panessi fue a buscar su historia y conversó con impulsores y practicantes para desarmar varios prejuicios.

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El sol repiquetea manso —anaranjado— sobre la arena de Chihuahua. A simple vista, el arroyo El Potrero desemboca en el océano con una parsimonia idéntica a la de cualquier otro rincón de la costa uruguaya. Sin embargo, en esta franja de arena el paisaje humano está desprovisto de telas. No hay bikinis ni bermudas. No hay tangas ni zungas. Tampoco hay etiquetas sociales: no hay altos ejecutivos, ni obreros de la construcción, ni cirujanos cardiovasculares. Hay pieles. Hay una desnudez compartida en la que el estatus queda disuelto por completo: acá no hay bolsillos, ni billeteras, ni llaves porque no hay ropa. La piel queda expuesta al viento, al sol, a la sal, a la mirada del otro, que de pronto pierde su carga. Ya no está. Solo hay piel.

El nudismo —o naturismo, como prefieren llamarlo sus practicantes para enfatizar una búsqueda que excede la simple ausencia de ropa— no es una extravagancia moderna ni un invento estival. Es una filosofía con historia, una postura discreta que se sostiene estoica frente al hiperconsumismo y, sobre todo, una forma de habitabilidad del propio cuerpo. Detrás del acto aparente de quitarse la prenda más íntima hay un movimiento telúrico en la percepción individual, un temblor que sucumbe en la arquitectura de las inseguridades. Como señala el Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, naturismo se emplea para «la doctrina que preconiza la vuelta a la naturaleza en la manera de vivir». De vuelta a las raíces: en bolas.

Pero en esta orilla del Río de la Plata, donde Punta del Este despliega en pocos kilómetros sus motores ruidosos, barquitos, yates, fiestas de blanco, turismo de ostentación, flashes, «fotito para el Insta», entradas VIP, vos sí, vos no, algunos farsantes de la espuma social, ganas de ser del jet set y muchísimo glamour publicitario, la playa Chihuahua y su buque insignia, el hotel El Refugio, se levantan a contrapelo como una anomalía serena: un territorio donde el cuerpo recupera su derecho primigenio a existir. Sin pedir disculpas ni requerir aprobaciones. Vos sí, vos también.

Por caso, para entender la cartografía del naturismo en Uruguay hay que remontarse, de mínima, al año 2001, un momento en que el mapa de la región crujía por múltiples crisis. En aquel entonces, Chihuahua no era el destino consolidado que hoy figura en las guías de viaje internacionales ni el nombre de una parada turística ineludible, sino un paraje agreste y solitario, un secreto salmodiado a voces rodeado por el susurro constante de la vegetación, la calma tibia de la laguna del Sauce y la proximidad imponente del mar. Allí, sobre aquel escenario desierto, donde apenas había caminos marcados, el alumbrado público no existía y el viento soplaba impiadoso, Ricardo Rodal tuvo una certeza categórica: ahí, sí, ese era el lugar indicado.

«Nació en el año 2001. En aquel momento en la zona no había prácticamente nada, era un entorno completamente agreste, rodeado de un bosque de pinos increíble, con muy fácil acceso en automóvil y el aeropuerto internacional a cinco minutos. Vimos un espacio natural único donde se respiraba una paz absoluta», rememora Rodal, fundador de El Refugio. «Nos dimos cuenta de que Uruguay necesitaba un lugar pionero que institucionalizara el naturismo con seriedad y confort. Vimos el potencial de crear el primer hotel naturista de nudismo opcional del país, un refugio donde la gente pudiera desconectarse del ruido y reencontrarse con la naturaleza».

Con todo esto y como era de esperarse para una propuesta de esas características, el camino estuvo lejos de ser sencillo. La irrupción de un establecimiento que ponía el cuerpo desnudo en el centro de la escena y de la oferta turística desató una ola inmediata de resistencias encarnizadas en el tejido local. No y no: así, no. Rodal recuerda las hostilidades de vecinos, empresarios locales e inmobiliarias que auguraban, entre otras rencillas y pesadillas, la ruina moral y económica del lugar, temiendo que la práctica desvalorizara de manera definitiva los terrenos o alimentando prejuicios grotescos que asociaban la desnudez con la ilegalidad o la depravación.

«Fue una decisión jugada y al principio la reacción fue de mucha resistencia. Hubo vecinos e inmobiliarias que nos hacían la guerra. Pensaban que el nudismo era “para orgías o cosas raras”. Incluso llegaron a llamar a la Policía en los comienzos», detalla Rodal. Y sigue: «Con el tiempo, la realidad les demostró todo lo contrario: Chihuahua creció, los precios de las propiedades subieron y se consolidó un turismo respetuoso y de calidad».

La respuesta de El Refugio a la hostilidad del entorno no fue el choque frontal ni la proclama panfletaria, sino la insistencia cotidiana en una vida comunitaria normal, silenciosa y exenta de cualquier tipo de morbo. Con el paso de los años, la sospecha vecinal cedió paso al asentamiento inmobiliario y al crecimiento económico desbordante de la zona. El propio desarrollo que alguna vez amenazó con expulsarlos terminó por consolidar Chihuahua como un polo turístico, digamos, codiciado. No como Garzón o José Ignacio, pero casi casi. Anda en eso.

«Actualmente ha habido un crecimiento de construcciones muy grande en la zona y de gente que vive de forma permanente, teniendo en cuenta que en 2001 prácticamente éramos los únicos habitantes de todo el año. Ya el nudismo no es un cuco como era antes», admite Rodal. «Un poco sabíamos lo que iba a pasar, el desarrollo trae consigo que tus propiedades valgan más dinero. Entonces, si lo ves por ese lado, nos benefició, pero no era dinero lo que buscábamos cuando vinimos. Podría decir que nos gustaba mucho el Chihuahua sin tanto desarrollo», revuelve Rodal.

Y entre todo ese meollo, los cuerpos. Se sabe (o se huele): cualquiera que se acerque al naturismo por primera vez, en casi cualquier latitud del mundo, carga en la mochila un equipaje pesado, moldeado por prejuicios y condicionamientos morales. El cuerpo propio, fantasmas ajenos. De hecho, la cultura occidental ha pasado siglos asociando la piel expuesta de manera automática al acto sexual, a la pornografía, a la transgresión o a la exhibición erótica. Se asume que quien se quita la ropa busca provocar, seducir o mostrar una anatomía trabajada según los parámetros de la pasarela y el consumo publicitario. Algún memorioso recordará el experimento pop de Moria Casán con su Playa Franka, que se popularizó durante los años noventa gracias al corte de corpiños y que cerró en los dos mil debido a problemas económicos.

«El mayor prejuicio es asociar la desnudez de forma automática con el sexo o con cuerpos perfectos de pasarela», aclara Rodal. «Nosotros lo desarmamos desde la naturalidad del día a día: en la filosofía naturista, la desnudez no tiene connotaciones sexuales ni morbo. Se vive desde el respeto, la armonía y la aceptación corporal. Cuando la gente llega y ve a personas comunes conversando, leyendo o tomando café con total normalidad, esos tabúes que traen en la cabeza se caen solos en cuestión de minutos», continúa.

Cuerpo reales

En estos espacios naturistas, ese desarme no requiere discursos solemnes: la herramienta es la aplastante y cotidiana normalidad. Cuando un visitante cruza por primera vez el umbral en estos predios y observa a hombres y mujeres de distintas edades, con cuerpos reales, arrugas, cicatrices, barrigas y flacideces, compartiendo una mesa, leyendo una novela o simplemente nadando, el andamiaje del morbo tiende a derrumbarse. Boom. Aquí estoy, esto soy.

En ese cruce se vuelve evidente la grieta que señala Byung-Chul Han en su libro La expulsión de lo distinto: en la pornografía, dice el filósofo surcoreano, «todos los cuerpos se asemejan [...] despojado de todo lenguaje, el cuerpo queda reducido a lo sexual... no narra nada». En los espacios naturistas ocurre exactamente lo contrario: las marcas de la piel vuelven a narrar historias. La desnudez se desprende de su carga pornográfica para recuperar su estatus de piel, de cubierta biológica y armónica.

Por eso, para sostener ese ecosistema de tranquilidad en el que la vulnerabilidad se vuelve fortaleza, la comunidad naturista ha articulado algunos códigos de convivencia tan rigurosos en la práctica como sencillos en su formulación. No se trata de prohibiciones arbitrarias, sino de acuerdos éticos indispensables para que los espacios sigan funcionando como un territorio de resguardo frente a la mirada inquisidora.

«La regla de oro es el respeto mutuo, el consentimiento y mantener la tranquilidad del entorno. Somos un espacio enfocado en el descanso, por lo que cuidamos mucho el silencio por la noche», explica Rodal. Y enumera: «Es obligatorio sentarse o recostarse sobre la propia toalla por higiene. No está permitido tomar fotografías ni videos en las zonas comunes sin consentimiento explícito. Cada persona vive su desnudez o elige vestirse según su ritmo y comodidad. No juzgar ni mirar de manera invasiva a los otros huéspedes. Y mantener la playa y las instalaciones limpias, respetando la fauna y flora local».

Ese proceso de desvestirse en un espacio común no es simplemente un gesto mecánico de despojo y ya está. Claro, suele ser una sacudida psicológica que altera el sistema nervioso. La transición física desencadena una madeja de emociones contradictorias que terminan casi siempre en la misma costa: el alivio. «Los visitantes suelen experimentar una mezcla inicial de timidez que rápidamente se transforma en una sensación inmensa de alivio y libertad. La gente suele decirnos: “Pensé que me iba a sentir observado, pero me di cuenta de que a nadie le importa”. Al quitarse la ropa, las personas dejan ir complejos sobre sus cuerpos e inseguridades», relata Rodal.

Esta vivencia de despojo y sanación no es un patrimonio aislado de Maldonado, sino un hilo conductor que atraviesa la experiencia de todos los practicantes del nudismo. Para Nicolás Riedel, fotógrafo y actor, el naturismo significó un cambio de paradigma profundo frente a la incomodidad inicial y el temor a las reacciones corporales. «Yo sufrí mucho bullying toda mi vida. Esas inseguridades de mi cuerpo hoy se me fueron, a tal punto que el nudismo fue parte de una sanación profunda», explica. Para quien quiera dar el primer paso, Riedel, un practicante frecuente del nudismo, sugiere comenzar en casa, durmiendo sin ropa y habitando el propio espacio de a poco.

Mucho más que un momento playero

Desde Córdoba, Argentina, Miguel y Norita, creadores de la Reserva Naturista Yatan Rumi, reafirman esa búsqueda de un lugar en pleno contacto con la naturaleza, aislado de miradas molestas. Miguel se inició de casualidad en la playa Olho de Boi de Búzios, mientras que Norita practicaba nudismo en su intimidad familiar hasta que en 2010 se sumó a la reserva. Entretanto, ambos coinciden en desmantelar los dos grandes mitos de la práctica: la idea de que a estos lugares van personas con cuerpos perfectos a exhibirse y la confusión directa con el sexo. «En los lugares nudistas no hay más ni menos sexo que en los lugares textiles», asegura Miguel. «Hoy noto que esos mitos o preconceptos van perdiendo fuerza y, además, está bajando la edad de la gente que practica nudonaturismo», completa el cordobés.

Por su parte, Florencia Brenner, editora de la revista digital Nudelot (publicación latinoamericana dedicada a la difusión del naturismo) y socia fundadora de la Asociación para el Nudismo Naturista Argentino, conoció el naturismo en la playa caribeña de Saint-Martin a finales de los noventa. Recuerda: «Llegamos con mi marido de casualidad a una playa nudista llamada Playa de Oriente y quedamos admirados de ver cómo la gente estaba desnuda de manera tan natural leyendo, jugando al vóley, nadando de igual manera que si fuera una playa textil. Sentimos curiosidad de ver cómo era eso y, aunque nos costó desnudarnos (varios días y muy de a poco), nos pareció maravilloso poder disfrutar del sol y del mar de esa manera. La gente no nos miraba y tampoco había cuerpos perfectos ni erotismo ni exhibicionismo. De esta manera descubrimos el naturismo».

Esa experiencia, cuenta Brenner, le produjo un cambio realmente profundo. Se ensancha: «Me volví mucho menos consumista, aprendí a no juzgar los cuerpos que no son perfectos, incluyendo el mío, a considerar la ropa como un objeto necesario para protegerme del frío y para convivir en esta sociedad, pero sin pensar en modas, y también a conectarme mucho más con la naturaleza. El naturismo me enseñó a tener un tipo de relación con la gente mucho más auténtica y natural».

Así las cosas, descubrir la naturalidad con la que familias enteras compartían el espacio la llevó a impulsar una asociación legal que promoviera piletas, quintas privadas y espacios autorizados respetando un código ético. La experiencia transformó su relación con su propio cuerpo y su perspectiva del consumo. Como resume la propia Brenner: «El naturista vive en todos los ámbitos de su vida de manera natural y no siente que el cuerpo es algo impúdico».

No obstante, el panorama en América del Sur dista de ser uniforme. Un informe de la revista especializada británica H&E Naturist señala que en Venezuela la práctica se mantiene con un perfil bajo y poco organizado. En Colombia representa un movimiento emergente en playas apartadas. En Bolivia es prácticamente inexistente por el peso de una cultura muy conservadora. Y en Paraguay no existen áreas públicas destinadas a estos menesteres. A la sazón, únicamente en Uruguay, y en particular en la playa Chihuahua, parecen existir niveles altos de aceptación social e institucional. Esa singularidad uruguaya permite que Chihuahua funcione como un contrapunto perfecto frente al vértigo y la figuración social de otros vecinos más estridentes.

Más allá, el sol termina de hundirse detrás de la arena. En la orilla, los últimos bañistas se aproximan a sus toallas. Cuando vuelvan a sus ciudades, a sus rutinas, a «la vida textil», ponerse la remera, calzarse las zapatillas y ajustarse el cinturón se volverá un berretín pesado, denso, como quien se emponcha y carga una armadura metálica. O una coraza. O la cobertura de aquellas viejas inseguridades.

Y en la piel no solo se yergue el rastro de salitre, sino la certeza de que existen algunos rincones donde el cuerpo recupera su condición original, esa que Jean Baudrillard definía en El otro por sí mismo como «la fabulosa superficie de inscripción de los sueños y las divinidades». Y por ahí, entonces, en esa misma ruta, la fábula de esos pocos espacios que pueden ser habitados sin uniformes ni miradas ajenas. Apenas como Dios nos trajo al mundo.

Hernán Panessi (Buenos Aires, 1986) es periodista especializado en cultura popular. Escribe a diario desde una cafetería del Centro de Buenos Aires. Publicó cuatro libros y un fanzine. Tiene un canal de YouTube. Además, es parte del staff del suplemento NO de Página|12 y desde hace más de una década colabora con la diaria y Lento.

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