Lento Reportaje

Arroyo del Medio, afluente de la cuenca del Cebollatí.

Foto: Sandro Pereyra

Donde nacen los ríos

El río Santa Lucía abastece de agua potable a más de 60% de la población de Uruguay y el río Cebollatí desemboca en el sistema de lagunas costeras más grande del mundo. Sus nacimientos son provocados por pequeñas venitas que se transforman en poderosos cuerpos de agua fundamentales para la vida. Este reportaje recorre historias de personas que viven el río día a día y buscan defenderlo del avance forestal.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

A lo largo de la historia, todas las culturas han imaginado grandes mitos sobre el origen de los ríos. Cada pueblo ha elaborado sus respuestas particulares. Existen ejemplos que sitúan su inicio en lágrimas de dioses o hasta árboles heridos de los que no para de brotar agua y crean el cauce.

En la zona de Cerro Pelado, departamento de Lavalleja, el viento, el frío y los atardeceres parecen tener más intensidad. En el hogar de María Elena Luzardo y Rosvel Ordás hay un cartel que dice «La naciente». Lo colocaron hace no más de cuatro años. A un par de metros de la estructura, se puede sentir cómo el suelo se vuelve más encharcado, más húmedo. La realidad es menos explosiva que los mitos pero es igual de espectacular. Del suelo enlodado comienza a brotar una pequeña venita de agua que, a medida que baja la pendiente del ecosistema serrano, cobra magnitud. El movimiento del agua se escucha, el sonido aumenta y también crece la superficie que ocupa. A partir de esta pequeña venita nace el río Santa Lucía, cuerpo del que sale el agua potable que llega a los hogares de 60% de la población de Uruguay. Como si todavía no fuera suficiente, a unos kilómetros de este lugar y a través de un proceso similar, también aflora el río Cebollatí, fuente clave para el este del país, que desemboca en la laguna Merín. Este último lugar, junto con la laguna de los Patos, conforma el sistema de lagunas costeras más grande del mundo y una reserva de agua dulce fundamental.

***

A la izquierda del camino nacientes del Santa Lucía, a la derecha nacientes de afluentes del Cebollatí.

«Yo soy defensor de la naturaleza. Soy tan defensor de la naturaleza que no acepto que me digan que está todo mal, porque no está todo mal», dice Ordás. Es productor ganadero y en su predio, que tiene una larga historia familiar, están ubicadas las nacientes del río Santa Lucía. Casi toda su vida vivió allí, aunque tuvo que partir por momentos para poder rebuscarse en materia laboral. Trabajó en la construcción, en un comercio, fue domador, tropero, casero en una chacra. Luzardo, su compañera, cuenta que tuvo varios oficios, pero lo que él realmente quería era trabajar en su campo. Ella se crio en Minas, es maestra y enseñó en centros educativos urbanos y rurales. Lo primero de lo que instruía a sus alumnos y alumnas en las escuelas rurales eran las características del entorno, la geografía. «Hablás de los lugares, explicás los nombres de los arroyos y lo que pasa alrededor. Siempre estamos aprendiendo, uno aprende de los niños. A veces, es más información la que te transmiten que la que vos podés leer», explica.

El cartel que tiene la inscripción «La naciente» lo emplazaron cuando el sitio comenzó a cobrar protagonismo. Ordás recuerda que grupos de personas navegaban por el cuerpo de agua desde la capital y terminaban la travesía en su predio. Incluso, cerca del sector donde comienza a formarse tímidamente el curso de agua, los visitantes instalaron una placa en la que se presentan como «hermanos del río». Al pararse frente al cartel y mirar las sierras, se asoma un monocultivo de forestación que contrasta con el monte nativo y las rocas milenarias. «Siempre supe de las nacientes. Acá estamos en el filo de la cuchilla Grande y se dividen las corrientes de agua. Hacia el lado de aquel camino, vuelcan las aguas y salen al río Cebollatí. Desde acá, si lo mirás en una foto aérea, ves cómo baja el agua hacia el Santa Lucía», describe el productor, mientras apunta con el dedo índice al fondo de su casa. Afirma que es normal encontrarse con guazubirás, carpinchos y tatúes. También expresa que, en circunstancias especiales, ve el paisaje y piensa «qué privilegio vivir acá».

***

María Elena Luzardo y Rosvel Ordás.

Tras el plebiscito por el agua de 2004, impulsado por el movimiento popular, se modificó el artículo 47 de la Constitución. La normativa determina que el agua es un «recurso natural esencial para la vida» y que el acceso al agua potable constituye un «derecho humano fundamental». La gestión del bien común debe ser «solidaria con las generaciones futuras» y tanto los usuarios como la sociedad civil pueden participar en todas sus instancias de planificación, gestión y control. La reglamentación de este artículo fue a través de la Política Nacional de Aguas. A partir de ella, se creó la Comisión de Cuenca del Río Santa Lucía en 2013 y la Comisión de Cuenca del Río Cebollatí en 2014. Son ámbitos de participación integrados por representantes del gobierno, la sociedad civil, la academia y los usuarios del agua —por ejemplo, representantes de gremiales agropecuarias, industriales y otras actividades extractivas—. El objetivo, según la ley, es «dar sustentabilidad a la gestión local de los recursos naturales y administrar los potenciales conflictos por su uso». Estos espacios no son vinculantes, es decir, los integrantes no eligen en conjunto las acciones que finalmente se llevarán adelante, aunque sí asesoran a los tomadores de decisiones.

En noviembre de 2025 se reunió la Comisión de Cuenca del Río Santa Lucía. En esta instancia, según consta en documentación elaborada por el Ministerio de Ambiente, las autoridades anunciaron la creación de grupos de trabajo para «organizar actividades y proponer acciones y estrategias específicas a desarrollar» en la cuenca alta y nacientes, en la cuenca media baja y en el territorio fluvial del río Santa Lucía. Uno de los puntos que definieron como prioritarios para trabajar este año es «establecer medidas cautelares por las que no se autorice todo tipo de monocultivos forestales con destino a la producción maderera o para la industria de celulosa en la cuenca alta y nacientes mientras se modifica la categorización de los suelos». En el texto se aclara que «estas medidas no aplican para plantaciones de abrigo, sombra, ornato, paisaje y uso doméstico». La Sociedad de Productores Forestales, según transmitieron fuentes a Lento, no estuvo de acuerdo con esta medida.

Mirena Atchugarry, Óscar Álvarez y Spinosa.

En julio, la Comisión de Cuenca del Río Santa Lucía se reunió en la Escuela Agraria de Cerro Pelado, que está cerca del hogar de Ordás y Luzardo. Un par de semanas antes de esta sesión, Redes - Amigos de la Tierra e investigadores de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar) presentaron una iniciativa que busca frenar la expansión forestal y proteger cuencas hídricas estratégicas para el abastecimiento de poblaciones. En concreto, según el texto de su propuesta, pretenden que la expansión de la forestación exótica a gran escala no pueda llevarse a cabo en suelos que no estén categorizados como de prioridad forestal; tampoco en zonas que se encuentren bajo una figura de conservación nacional o internacional ni en cuencas con tomas de agua superficiales destinadas al abastecimiento de la población. Aplicando los criterios de la organización socioambiental, la superficie de prioridad forestal se reduciría un millón y medio de hectáreas, que no estarían habilitadas para la forestación exótica. Los defensores y las defensoras fueron al Parlamento para difundir la idea, que definieron como «conservadora» para conseguir apoyos, con la esperanza de que algún legislador o legisladora decida abordar la problemática. Si bien los han escuchado, aún están a la espera de respuestas.

***

Rosvel Ordás.

«Cuando vivís en un lugar empezás a ver cómo todo el tiempo está cambiando, todos los días son diferentes. Siempre tuve la fantasía de vivir al lado del océano, en una zona alta. Sin embargo, desde acá podés ver un mar de nubes donde aparecen islas, como el cerro Marmarajá asomando enfrente. Ver levantarse el sol en este paisaje es...», define Óscar Álvarez mientras piensa las palabras justas para describir el horizonte que ve desde su casa. Él nació en Canelones, pero vivió muchos años fuera del país. Durante sus viajes conoció a Nicolás Spinosa, nacido en Argentina, y decidieron retornar juntos a Uruguay para crear un espacio donde comenzar a trabajar «desde lo sociocultural y lo ambiental».

En 2013, luego de comprar un predio de 131 hectáreas a 35 kilómetros de Minas, entre Cerro Pelado y el cerro Marmarajá, nació la reserva Kikyo. Han hecho relevamientos con los que constataron que 70% de su tierra es monte nativo; en el territorio han avistado animales como guazubirás, zorros, carpinchos, ñandúes, margays, gatos monteses y más. «Era todo lo que buscábamos, en ese momento no nos importaba ni el camino ni la electricidad. Queríamos que fuera lo más salvaje posible, lo más conservado posible. Los pobladores de la zona eran familias de cuarta generación dedicadas a la producción rural ganadera y era el escenario perfecto para trabajar con la comunidad y la conservación», acota Álvarez. Apenas seis hectáreas son dedicadas a la actividad humana, donde tienen una huerta agroecológica, una plantación de olivos orgánica y su campo cultural. A este último espacio lo definen como «un laboratorio de creación e investigación donde las prácticas artísticas y culturales contemporáneas se entrelazan con el territorio y sus comunidades». Allí organizan talleres, exposiciones y residencias; han recibido a personas de Brasil, Argentina, Chile, México y Venezuela.

Nacientes del Santa Lucía.

Luego de transitar por los senderos de la reserva, hay un claro donde se ve la inmensidad de las sierras. Álvarez muestra cómo comienza a avanzar la forestación en la zona y resalta que hay que proteger los ecosistemas. Describe que existen proyectos que se llevan adelante sin respetar la reglamentación y sin contralor por parte de las autoridades. Entiende que, a medida que avanza este monocultivo, las personas se retiran y venden su tierra. «Hay gente que se ve rodeada por las forestales y no puede producir; hay cada vez más chanchos jabalíes, entonces prefiere irse a otro campo o a la ciudad. Esto también ocurre en otros lugares, como Rocha, Cerro Largo, Treinta y Tres», señala Álvarez. «Cuando uno quiere vivir en el territorio, necesita vivir de algo. Una pregunta que nos hacemos todo el tiempo es hasta qué punto tiene uno que explotar el territorio o en qué intensidad. Estamos en una época en la que a todo hay que sacarle una productividad extrema. Cabe la pregunta: ¿realmente necesito extraer todo esto del territorio?», inquiere Spinosa.

***

Nacientes del arroyo Barriga Negra.

Luego de años de trabajo compartido entre científicas, integrantes de la comunidad y tomadores de decisiones, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura aprobó en abril la creación del Geoparque Mundial Manantiales Serranos. Abarca aproximadamente 2.010 kilómetros cuadrados y, si bien no es una figura restrictiva, busca ser una herramienta para el desarrollo sostenible. La figura incorpora varios geositios, por ejemplo, las nacientes del río Santa Lucía.

Leticia Chiglino y Leticia González son las geólogas referentes de la iniciativa e investigadoras del Centro Universitario Regional del Este de la Udelar. «Todas las rocas tienen algo para contar, tienen una función en el ecosistema. En este caso, cuentan la historia de las nacientes y su sustento de la vida, de la biodiversidad. Sin embargo, se las ve como zonas del territorio que no son productivas, si tomamos en cuenta el índice Coneat. Estas zonas quedan más vulnerables ante la expansión de la forestación», explica Chiglino. Un gran porcentaje de las sierras se clasifica como suelo de prioridad forestal porque la rentabilidad en otras formas de producción es baja. La investigadora recuerda que «la topografía, la forma del paisaje, es la que permite a la zona ser naciente de cursos de agua», y que el objetivo del geoparque es buscar estrategias para la conservación.

Óscar Álvarez en Kikyó.

González describe las nacientes como «los puntos altos donde el agua se divide en diferentes direcciones y escurre recorriendo los territorios de menor topografía hasta llegar a los cauces». Sostiene que a lo largo del recorrido el agua va pasando por distintas superficies y contextos. Sin embargo, expresa que «si impactás en las nacientes, ya sea porque no dejás circular el agua o porque estás arrojando aportes químicos contaminantes, vas a estar afectando toda la circulación del sistema hídrico». Chiglino destaca que es importante proteger estos territorios porque «ahí nace el agua, toma contacto con las formas del paisaje, empieza su línea de tiempo y la interferencia que tenga va a tener una consecuencia en el desarrollo natural del caudal, de la circulación superficial y subterránea». A su vez, ella considera que la conservación de las sierras debe tener una mirada colectiva. «Las soluciones se buscan en la comunidad, el agua nos atraviesa a todos», esgrime.

Chiglino ve que la propuesta de Redes - Amigos de la Tierra y de los investigadores de la Facultad de Ciencias muestra «la necesidad de poner orden en la casa y de poder salir del modelo de solo medir el territorio por el índice Coneat». Ambas científicas coinciden en que este índice fue una herramienta innovadora en el siglo pasado para medir la productividad agropecuaria, pero acotan que en la actualidad existen otros indicadores que deben ingresar a la discusión.

Explotación forestal en las nacientes del Santa Lucía.

«Hay que repensar los modelos productivos que queremos como país y cuáles son los bienes que vamos a poner en valor. Hemos visto cómo el sector forestal viene avanzando principalmente en las cuencas altas, también los vecinos y las comunidades vienen llamando la atención. Se necesita reflexionar y poner otras variables sobre la mesa para poder tomar decisiones. El agua atraviesa todo, es un elemento fundamental para la vida y sabemos que tiene un ciclo con cierta vulnerabilidad. El agua acompaña la vida de campo, porque es mucha, porque es poca. Hay una observación, una percepción mucho más sensible y que tiene una historia detrás», declara Chiglino. La postura personal de la investigadora es que en el caso de las nacientes de cursos de agua, el camino es que no haya «ni una hectárea más» de forestación.

***

Luzardo y Ordás reciben en su casa a Álvarez y Spinosa. La estufa está prendida y tienen pronta una mesa en el comedor, que está ubicada junto a una gran ventana. En la ronda también está Mirena Atchugarry, vecina que se mudó a la zona hace aproximadamente ocho años junto con su familia. Para llegar a su casa, que se ubica sierra abajo, hay que abrir muchas porteras y pasar por varias plantaciones forestales. «Siento que mi generación es la que muchas veces está vendiendo los campos para no volver. Mi vecino falleció, vendieron y ahora hay forestación. A mí me pasa que hago un curso cada 15 días afuera y llego a mi casa tarde, de noche. Antes no me daba miedo llegar, pero ahora solo veo árboles, uno al lado del otro. Es cabeza mía, pero te da miedo porque cualquiera puede estar ahí adentro y yo no lo voy a ver», cuenta.

Escuela rural 83, Arroyo del Medio.

Ella observa que la cantidad de agua en las cachimbas ha descendido y le preocupan los pesticidas que utilizan en el monocultivo. Sin embargo, comenta que la problemática es compleja. Ante la ausencia del Estado en el cumplimiento de necesidades de la población, aparecen las empresas para poner curitas. Hacen donaciones para cubrir gastos médicos, para la escuela, para rifas, para llevar adelante proyectos locales. «El Estado casi no llega acá. La plata la necesitamos. Es re complejo», lamenta. A su vez, cuestiona la falta de acceso a la información pública sobre los proyectos y se pregunta: «¿Cómo puedo saber si están forestando legal o ilegalmente?». Resalta que es el momento histórico «más fácil para vivir en el campo», en el sentido de que se puede acceder a mayores comodidades, conectividad, energía. Por otro lado, dice que es «el momento en que hay menos gente viviendo en el campo porque no hay forma de acceder a la tierra».

La perspectiva de los vecinos y las vecinas tiene matices en diferentes problemáticas, pero el intercambio fluye cómodamente durante horas. «Hace muchos años se hablaba de la defensa de la tierra, cuando hablaban de desalambrar y decían que la tierra tenía que ser de los uruguayos. Sin embargo, en el primer gobierno de la izquierda fue cuando más se vendió la tierra a los extranjeros para forestaciones. Yo, sin identificarme como blanco ni con la izquierda en esa época, tenía la esperanza de que realmente se trancara la venta de tierra al extranjero para forestar y uno poder tener la oportunidad, como obrero o trabajador común con algún novillo, de poder comprar un predio más grande. Eso no pasó, fue totalmente al revés», plantea Ordás. Desde su postura, tendría que existir un «marco regulatorio», porque si no «andamos sacudiendo banderitas sin incidir en nada».

Río Santa Lucía.

Álvarez entiende que «todas las cabeceras de cuencas hidrográficas tendrían que ser lugar de cosecha de agua y estar protegidas para que no se puedan hacer prácticas que tengan impacto, como la forestación, cuyas consecuencias están comprobadas científicamente, por más que el gremio de las forestales diga que no». A Ordás le da «un poco de miedo la intervención» en su predio porque «viene de la mano de gente que viene con el libro». No está de acuerdo con que «la vaca no pueda tomar agua en la cañada o cosas así», pero sí encuentra importante que «haya un control sobre los herbicidas, sobre los plásticos que se puedan tirar en la zona». En el intercambio, Álvarez les pregunta a Ordás y Luzardo cómo imaginan el futuro de las nacientes del río Santa Lucía.

—Una cosa es lo que puede pasar y otra es lo que me gustaría a mí. Pienso que esto es un principio, que estén ustedes, que el tema esté en el radar; el [cerro] Arequita es área protegida. Es una parte importante —dice el productor ganadero.

—Yo pienso que caemos siempre en lo mismo. Los medianos y pequeños productores pueden tener objetivos claros, propósitos claros, pero las políticas nacionales no. Acá se puede hacer todo con más conciencia. Por ejemplo, volvemos con lo de las forestales: lo tendrían que haber regulado. ¡A mí me parecen cosas tan obvias! —afirma Elena—.

Camila Méndez (Treinta y Tres, 1999) es periodista, editora de la sección Ambiente de la diaria.

¿Te interesó este artículo?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Suscribite
¿Te interesó este artículo?
Recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Recibir