Taymaa al-Khatib, de 26 años, recuerda que mientras esperaban la cena que preparaba su madre (pan de pita con zaʿatar, un condimento palestino parecido al orégano) escucharon disparos en las inmediaciones de la casa. El susto fue grande, ya que no sabían que el ejército israelí se encontraba en el barrio: «Nos tiramos al piso y con mis hermanas nos arrastramos a nuestro cuarto, que no tiene ventanas a la calle. Mi hija Layla, de 2 años, tenía miedo y se sentó en mi falda. Unos momentos más tarde las balas fueron disparadas a nuestra casa, no sabíamos ni siquiera de qué lado venían. Layla recibió un impacto de bala en la cabeza y comenzó a sangrar, mi hermana fue herida por una esquirla de bala y yo también recibí un impacto en el brazo, pero no me di cuenta en el momento. Mis padres tomaron a Layla, que aún sangraba, y salieron a la calle. Mi padre le gritaba a uno de los soldados en inglés, quien le dijo “lo siento”».
Esto le contó Taymaa a la organización de derechos humanos israelí B'Tselem.
El resto del testimonio me lo dio el padre de Taymaa, Bassam ‘As’us, de 58 años, en su casa en el pueblo Muthallath a-Shuhada, en el distrito de Jenin, mientras su hija se encerraba en una habitación; volver a contar el trauma de la muerte de su hija era algo que físicamente no podía soportar. Las veces que lo intentó, se quebró y no pudo parar de llorar hasta casi desmayarse.
«Nos tiramos con mi señora al piso cuando las balas penetraron en nuestro hogar, que se llenó de gritos desesperados. Uno de ellos se repetía: “Layla, Layla”», recordó Bassam. «Con mi nieta en brazos, que sangraba mucho, salí a la calle y vi soldados al lado de la casa de mi vecino de enfrente, la familia Sukar. También vi soldados posicionados en la ventana frente a nuestra casa apuntándonos con sus armas». Bassam les gritó a los soldados que por qué les habían disparado, por qué habían matado a una niña. Un oficial del ejército israelí se acercó y le dijo a Bassam en inglés: «Lo siento, ella recibió un impacto por error».
Layla fue declarada muerta a su llegada al hospital y es una de los 237 niños, niñas y adolescentes muertos por fuego de las fuerzas israelíes en Cisjordania; otros cinco murieron por fuego de colonos israelíes desde el 7 de octubre de 2023.
Según datos de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, el número de muertos en Gaza a manos de Israel es de 73.381 personas, de los que 21.283 son niños, niñas y adolescentes menores de 18 años asesinados desde el 7 de octubre de 2023, después del ataque terrorista de Hamás al sur de Israel en el que murieron 1.200 personas, 800 de las cuales eran civiles, entre ellas 38 menores.
B'Tselem publicó un informe titulado «Infancia sin protección», que se centra en los 54 niños y adolescentes palestinos muertos en Cisjordania por las fuerzas israelíes en 2025. «La matanza generalizada y sin precedentes de niños y adolescentes palestinos en Cisjordania es el resultado de la política general de Israel, que permite el asesinato de palestinos sin rendir cuentas. Cuando el comandante militar a cargo de la zona se jacta de que Israel está matando palestinos, él mismo lo confirma: el sistema no solo respalda a los tiradores, sino que, de hecho, les da licencia para matar», afirmó Yuli Novak, directora ejecutiva de B'Tselem, al presentar el informe. Novak se refirió a las declaraciones levantadas por el periódico israelí Haaretz del general de división Avi Bluth, jefe del comando central del ejército desplegado en Cisjordania, quien afirmó: «Estamos matando como no lo hemos hecho desde 1967».
«Mamá, los soldados me dispararon», fueron las últimas palabras que Ayman al-Haymui, de 12 años, le dijo a su madre Anwaar, de 29. Anwaar había ido con sus hijos a visitar a sus padres, en Hebrón, en febrero de 2025.
El 25 de febrero de 2025 alrededor de las 18:30, Anwaar se preparaba para irse a casa. «Antes de partir, mi hermano Ashraf le pidió a Ayman que le llevara algo de dinero a nuestro hermano Tareq, que vive enfrente. Ayman y su hermano Aysar, de 10 años, salieron a hacerlo. En ese momento me di cuenta de que el ejército estaba afuera, así que salí inmediatamente tras ellos. Ayman estaba a unos diez metros de mí. Los vi a él y a Aysar subiendo las escaleras de la casa. Estaba sin aliento. Entonces oí un solo disparo y Ayman cayó en las escaleras», relató Nadim ‘Ajlouni, tío de Ayman, a B'Tselem.
Anwaar nos recibió en su casa sentada junto a una enorme foto de su hijo Ayman, con la pequeña Lia, de tan solo 3 meses, quien mira curiosa a los extraños que visitan la casa, en sus brazos. «Ayman me pidió antes de morir que imprimiera esta foto en un tamaño grande como la que tenemos de su padre, le gustaba cómo se veía», nos explicó. La acompañan su esposo Nassar, de 39 años, miembro de la Guardia Presidencial Palestina, quien trabaja en Ramallah, y sus hijos Aysar, de 11 años, Tayalarah, de 6, y Ayan, de 3.
«Vi a tres soldados israelíes rodeando a Ayman, quien yacía en el suelo, alumbrándolo con sus linternas. Me acerqué a él y les grité: “¿Qué le han hecho a mi hijo? ¿Quién de ustedes le disparó a mi hijo?”», recuerda Anwaar. Los soldados se retiraron sin dar primeros auxilios al niño herido. La familia llevó a Ayman al hospital, donde no pudieron reanimarlo y declararon su muerte.
La habitación de Ayman guarda sus pertenencias. De una mochila, Aysar saca y nos muestra una bolsa con bolitas, unos guantes de golero y unos perfumes de su hermano; sus cosas más queridas. Antes compartían la habitación, pero el trauma de ver morir a Ayman a pocos metros de él fue tan grande que los padres decidieron que Aysar durmiera en otro cuarto. En el comedor, Anwaar abre con lentitud una bolsa, la lentitud característica del doloroso contenido guardado, para mostrarnos las ropas que Ayman vestía en el momento en que fue alcanzado por la bala y las marcas de sus últimos momentos con vida.
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Aliyah al-Halaq, madre de Muhammad, un niño palestino que fue asesinado por el ejército israelí el 16 de octubre de 2025 en la aldea Ar-Rihiya.
La mañana del 8 de enero de 2025 amaneció convulsionada en el pueblo Tammun, en el norte de Cisjordania. Una redada del ejército israelí en búsqueda de requeridos y el intento fallido de detener a un «buscado» terminó con enfrentamientos entre soldados israelíes y palestinos. En un intento por proteger a los niños, las autoridades del pueblo decidieron suspender las clases para que se quedaran en sus casas.
A las diez de la mañana, lejos de la zona de los enfrentamientos, Hamzah, de 10 años, y Rida Basharat, de 8, jugaban en el patio entre las casas de la familia, un jardín con flores y árboles frutales —en árabe le llaman bustan— que une las casas de la familia extendida, junto a su primo mayor Adam, de 23 años, ocupado mirando su celular, cuando una explosión estremeció el bustan. «Vi a Rida y Hamzah jugando. Adam estaba sentado junto a ellos, mirando su teléfono. En cuanto entré en la casa, oí una explosión espantosa que sacudió toda la zona. Salí inmediatamente y vi a mi cuñada Iman y a mi cuñada Abla, la madre de Adam, de pie junto a los niños, que yacían en el suelo cubiertos de sangre. Me acerqué y levanté a mi hijo. Sangraba de la cabeza y del cuello y gemía», me contó Fidaa Basharat, de 42 años, en el mismo bustan donde vio morir a su hijo y sus sobrinos, quien sostuvo a su hijo Rida en sus brazos hasta sentir que había perdido la vida.
Hamzah nació tras siete años de tratamientos de fertilidad in vitro. Su madre, Eman Basharat, de 40, no puede contener las lágrimas cuando habla de su hijo. «A Hamzah le gustaba ir a la escuela, no había que despertarlo por las mañanas, era un niño alegre y muy inteligente, le gustaba la comida y le gustaba jugar con el teléfono, siempre se sentaba con sus primos en lugares donde la recepción de internet era más fuerte, por eso los tres estaban sentados juntos».
Mientras se seca el río de lágrimas que ahora fluye con fuerza, Eman recuerda los últimos momentos de Hamzah: «Fui la primera persona en llegar al lugar de la explosión. Primero sostuve los cuerpos de mis sobrinos, que estaban uno al lado del otro; el de Hamzah estaba más alejado. Cuando llegué al lugar en el que él yacía, lo tomé en mis brazos; no estaba muerto. Le limpié la sangre de su cara, su cuerpo estaba cubierto de pequeñas esquirlas, le dije que rezara conmigo la Shahada [la declaración de fe del islam]. Hamzah murió en mis manos». Diez minutos después llego el ejército israelí al bustan, que se convirtió en un lugar de gritos, empujones y órdenes. Obligaron a toda la familia a alejarse del lugar de la explosión y se llevaron los tres cuerpos, que más tarde devolvieron a la familia para que pudieran ser enterrados.
Haaretz, en su publicación en inglés del 29 de enero de 2025, hace eco de una investigación interna del ejército israelí: «La investigación interna del ejército israelí sobre la muerte de los primos Basharat concluye que deberían haberse tomado medidas adicionales para verificar la identidad de las personas atacadas por el dron. La orden de atacarlos fue tomada después de que las Fuerzas de Defensa de Israel concluyeron erróneamente que estaban colocando artefactos explosivos improvisados. Según la investigación del ejército sobre la muerte de los menores, “el proceso de identificación durante el incidente dificulto determinar que eran menores de edad”».
Consultado por Lento, Nadav Weiman, el director ejecutivo de Breaking the Silence, una organización formada por soldados veteranos que han servido en el ejército israelí desde el comienzo de la Segunda Intifada y que se han propuesto mostrar al público la realidad de la vida cotidiana en los territorios ocupados, afirmó que no hay una orden de disparar a menores de edad. «De hecho, los niños y las mujeres están excluidos de dichos protocolos. Pero, y este es un gran “pero”, si un soldado siente una amenaza inmediata y real para su vida, tiene permitido disparar a matar». En otras palabras, la percepción subjetiva de un soldado puede justificar la muerte de una persona, sea joven o mayor.
«Desde el 7 de octubre, las Fuerzas de Defensa de Israel han flexibilizado sus reglas para abrir fuego en Cisjordania, y una de las consecuencias ha sido el asesinato generalizado de adolescentes palestinos. Y dentro de este ecosistema de órdenes vagas y límites difusos, las vidas palestinas, especialmente las de los niños en los territorios, se han vuelto extremadamente baratas», concluyó Weiman.
Si bien el número de niños y adolescentes palestinos asesinados por Israel disminuyó en 2025 en comparación con los dos años anteriores, sigue siendo uno de los años más mortíferos registrados en las últimas dos décadas.
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Mohammad al-Halaq volvió de la escuela contento el 27 de octubre de 2025 tras recibir una nueva mochila con el logo de Unicef con material escolar, lápices de colores y cuadernos. «Tras dar unos bocados al almuerzo que le había preparado, salió corriendo de la casa a revisar una red con la cual cazaba pájaros», nos cuenta Aliyah al-Halaq, de 32 años, madre de Mohammad, en el pueblo Ar-Rihiya, al sur de Hebrón. «Ese día llegó a cazar un pájaro que le regaló a uno de sus amigos».
Un rato más tarde, Aliyah y su padre decidieron viajar a la ciudad cercana Yattah a hacer unas compras. Mientras se alejaban, Mohammad saludaba a su madre desde la puerta de la casa. Esa sería la última vez que lo vería con vida.
Mohammad se unió a un grupo de chicos del pueblo a jugar un partido de fútbol en el patio de la escuela, a él le encantaba jugar al fútbol.
Bassam ‘As’us muestra una fotografía de su nieta Layla al-Khatib, que recibió un disparo en la cabeza en la casa familiar de Muthallath a-Shuhada.
Eran aproximadamente las 16.00 cuando dos jeeps del ejército israelí entraron al pueblo. «Apenas los jeeps entraron al pueblo, los niños huyeron en todas las direcciones, porque saben que cuando entran los jeeps del ejército, los soldados disparan gas lacrimógeno a la cancha donde juegan los niños; es un ritual conocido», declaró un testigo ocular a B'Tselem. «Cuatro soldados bajaron de los jeeps y comenzaron a lanzar granadas de gas lacrimógeno contra los niños. Uno de los soldados disparó al menos una vez, hiriendo a Muhammad en el costado izquierdo». Mohammad estaba de pie cerca de la casa de su abuelo, al borde de la carretera, con vista al lugar donde se encontraban los soldados.
A las 17.15 sonó el teléfono del padre de Aliyah. Ella tuvo el presentimiento de que la llamada era para ella, así que atendió y escuchó la voz de su tío, quien le dijo que un chico había sido herido por los soldados en el pueblo. Se puso muy nerviosa y le pidió a su padre que parara un taxi para volver al pueblo. En un grupo de WhatsApp del conductor del taxi pudo ver un video de una persona cargando a su hijo Mohammad cubierto de sangre en un auto.
En el hospital, los médicos lograron resucitar a Mohammad, pero había perdido mucha sangre. Aliyah se desmayó. Cuando se despertó, estaba en una cama del hospital frente a la emergencia donde intentaban revivir a Mohammad. «Más tarde salió uno de los médicos y nos dijo que Muhammad había muerto. Sentí como si mi corazón se detuviera. Me desplomé y me desmayé» .
Sentada al lado de una enorme foto de Mohammad, Aliyah no paraba de llorar; la muerte de su hijo había quebrado a la familia. «La ocupación le arrebató los sueños a Muhammad y nos arrebató la vida. A pesar de nuestra profunda pobreza, éramos una familia feliz y sentíamos que no nos faltaba nada. Pero ahora no podemos seguir viviendo sin él. La casa está sumida en la tristeza», exclamó Aliyah sollozando.
Su esposo, Bahjat al-Halaq, también se quebró, dejó de trabajar y casi que volvía solo para dormir a la casa. Muchas veces lo encontraba llorando y gritando el nombre de su hijo, acostado en la cama de Mohammad. La familia dejó de ser una familia humilde y funcional para hundirse en la pobreza y el dolor.
Según datos proporcionados por el ejército a la organización israelí de derechos humanos Yesh Din en virtud de la Ley de Libertad de Información, entre 2016 y 2024 se presentaron 2.427 denuncias por delitos cometidos por soldados israelíes contra palestinos o sus propiedades en Cisjordania. Solo se iniciaron investigaciones en 22,7% de los casos y se presentaron acusaciones formales en apenas 0,9%. En menos de la mitad (46%) de los incidentes con víctimas mortales se abrió una investigación de inmediato, tal como lo exige la propia política de investigación del ejército.
Contactado por Lento, el vocero del ejército israelí respondió sobre los distintos casos mencionados y sobre el informe presentado por B'Tselem que «la misión de las Fuerzas de Defensa de Israel en Judea y Samaria es llevar a cabo operaciones antiterroristas, proteger a todos los residentes y mantener el orden público. Las Fuerzas de Defensa de Israel no atacan a menores y adoptan todas las medidas operativamente viables para prevenir y mitigar los daños a la población civil, incluidos los niños».
«En tres de los incidentes mencionados en la nota, la División de Investigación Criminal de la Policía Militar abrió investigaciones. La investigación sobre el incidente en el que murió Mohammad al-Halaq, así como la investigación sobre el incidente en el que murió Layla al-Khatib, siguen en curso. La investigación sobre el incidente en el que murió Ayman al-Haymui ha concluido y sus conclusiones están siendo revisadas por la Fiscalía General Militar».
Respecto de las muertes de Rida y Hamzah Basharat, el vocero del ejército israelí afirmó: «Un dron de las Fuerzas de Defensa de Israel identificó a tres personas manipulando objetos en el suelo. Dadas las condiciones en el terreno y la información disponible en ese momento, no fue posible determinar con certeza, antes del ataque, que las personas fueran menores de edad».
Quique Kierszenbaum (Montevideo, 1967) es fotógrafo freelance independiente, periodista, videógrafo y productor. Vive en Jerusalén y trabaja para diferentes medios de comunicación, como The Guardian, Financial Times, Daily Telegraph, la diaria y El País, entre otros. Con el foco en el conflicto palestino-israelí y más de 25 años de experiencia en el campo, cubrió los principales acontecimientos y conflictos en esa zona de Medio Oriente.