Jackson está de pie, se acerca a un grupo de personas que se reúne en una cafetería caraqueña para hablar sobre cómo transitar el duelo. Viste con sencillez: jeans, camisa celeste. Hay canas incipientes en su barba bien cortada. Su tristeza se nota en el gesto de la cara y en las manos, que se aprietan bajo su pecho, y es que él ha venido a hablar de la muerte de sus hijos Moisés y Jesús durante los terremotos del 24 de junio. Jackson está allí para contar cómo él y su esposa han emprendido el viaje de superar juntos el dolor. «Nos toca caminar por un túnel oscuro tomados de la mano toda la vida. A medida que avancemos se prenderán algunas luces, pero hay que empezar a caminar», dijo durante su exposición.
El último terremoto fuerte en Caracas ocurrió en 1967. Algún recuerdo persiste, pero no hay cultura sísmica, no suele haber protocolos de emergencia o simulacros, aun cuando Venezuela está atravesada por varias fallas geológicas y los terremotos han tenido un lugar importante en su historia. Durante la guerra de independencia, un terremoto el Jueves Santo de 1812 destruyó Caracas y en los sermones los curas decían que era un castigo de Dios por la rebelión frente al rey de España; poco después, cayó la Primera República. Se atribuye a Bolívar la frase «si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca» y Hugo Chávez la repetiría en 1999 para no suspender el referéndum constitucional mientras una lluvia persistente caía sobre el estado Vargas. Luego se conocería como «La tragedia de Vargas» el alud torrencial que bajó desde El Ávila y dejó viviendas destruidas y miles de muertos y desaparecidos. La reconstrucción tomó años.
El estado Vargas cambió de nombre en 2019 para rescatar el nombre indígena con el que se conoce la localidad: La Guaira. Esta zona costera está al norte de El Ávila y queda a media hora de la capital, por lo que es el destino de los caraqueños en los días festivos. Allí están también el puerto más importante del país y el aeropuerto internacional que sirve a Caracas. Es la principal conexión de Venezuela con el resto del mundo.
El 24 de junio de 2026 ocurrieron dos terremotos consecutivos (uno de 7,2 y otro de 7,5 en la escala de Richter) poco después de las seis de la tarde. Jackson había salido con su esposa a comprar algo de comer para ver un partido del mundial de fútbol en familia. Pudieron salir ilesos del local, pero cuando llegaron a su edificio en la urbanización Propatria (oeste de Caracas) vieron que se había derrumbado con sus hijos dentro. Kevin, su primo, también estaba allí con su familia. En sus teléfonos sonó la alarma sísmica de Google, pero no entendieron de qué se trataba hasta que empezó a temblar. El primer impulso fue salir, bajar del piso nueve y detenerse en el tres, donde vive su bisabuela, para ayudarla a salir. Esa noche durmieron en los carros, les daba miedo estar dentro del edificio. Fue al día siguiente cuando supo que sus primos estaban dentro de uno de los edificios derrumbados en La Guaira.
Anais vivía el Altamira, en un edificio que es patrimonio cultural del municipio Chacao. Construido a mediados del siglo XX, es una muestra de arquitectura modernista, con grandes ventanales y mosaicos geométricos de colores que recuerdan la obra de Mondrian. Llegó a su casa y apenas le dio tiempo de servirse un té antes de que empezara a temblar. El movimiento del edificio era tan fuerte que no podía caminar. Ella sintió cuando terminó el primer terremoto y empezó el segundo, que movía el edificio en una dirección distinta. Estaba apoyada en una pared del cuarto mientras escuchaba un ruido profundo que sigue recordando semanas después.
Cuando el suelo dejó de moverse, notó que el apartamento estaba inundado. Caminó descalza sobre los vidrios rotos. Tomó su bolso, se puso los zapatos y bajó desde el piso siete. En la calle sintió la primera réplica. No pensaba volver a subir ni se atrevía a manejar hasta la casa de su abuela, en el oeste de la ciudad. Planeó entonces encontrarse en la plaza Los Palos Grandes con unos amigos que vivían en las cercanías. Cuando empezó a caminar, se dio cuenta de que no había paso en la primera transversal de Los Palos Grandes porque el edificio Petunia, que estaba diagonal a su casa, se había desplomado.
Esperando el rescate
Cuando terminó el temblor, la señal de los teléfonos móviles empezó a fallar. Para quienes no vivían en las zonas más afectadas, las noticias de la tragedia en La Guaira no llegaron hasta muy tarde en la noche o la madrugada. Kevin no supo de sus primos sepultados bajo los escombros hasta la mañana siguiente; inmediatamente buscó una moto prestada para bajar a ayudar. Como él, miles de caraqueños bajaron con herramientas a buscar a sus familiares; otros movilizaban agua potable, comida y ropa para las personas sin hogar. Las iglesias, asociaciones de vecinos, escuelas y universidades rápidamente se convirtieron en centros de acopio. Durante las primeras 24 horas no se vio una respuesta institucional coordinada frente a la emergencia, no hubo anuncios para quienes quisieran ayudar, quienes habían perdido sus viviendas o quienes buscaban información sobre sus familiares. Era un fuerte contraste con la solidaridad de la gente común.
Según el reporte oficial del 3 de agosto, 6.142 personas murieron a consecuencia de los terremotos, 6.452 fueron rescatadas de los escombros y más de 60.000 fueron atendidas en hospitales. La plataforma ciudadana para el reporte de desaparecidos registra 29.500 personas cuyo paradero aún se desconoce. El gobierno informa que entre las viviendas evaluadas hay 9.866 restringidas y 6.433 en alto riesgo. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estima que los daños directos del terremoto ascienden a 6.700 millones de dólares, 6% del PIB.
Kevin dice que cuando caminaba por las calles de La Guaira se sentía como en la serie de zombis The Walking Dead. Su juventud y su contextura delgada eran importantes para el rescate, las vías que podrían abrir para entrar a los restos del edificio no permitirían el paso de una persona robusta. El edificio había caído hacia la piscina y sus primos se encontraban en el segundo piso. El primer día tuvo que subir a Caracas a devolver la moto que le habían prestado, luego volvió a bajar con una comisión policial, favor que consiguió su mamá, funcionaria policial. Kevin no regresó a Caracas hasta que lograron recuperar los cuerpos. En las labores los ayudó el señor Carrillo, rescatista oriundo del Zulia; él les enseñó cómo abrir con seguridad las galerías para el rescate. Kevin no había sido aceptado para ingresar a Protección Civil por un tatuaje, pero en La Guaira se convirtió en rescatista honorario.
Ninguna institución apoyó en la remoción de los escombros de Residencias Perlamar, ni grupos oficiales ni rescatistas internacionales. Kevin cuenta que había muchísima ayuda, muchísimas donaciones, pero que las necesidades eran demasiado grandes y la ayuda que llegaba no daba abasto. En ese edificio sí recibieron donaciones de comida y también una herramienta que llevó la alcaldía. Algún policía los ayudó, pero eran iniciativas individuales, no un plan. Las instituciones del gobierno nacional no estaban allí para rescatar, salvo a los suyos. Mientras trabajaban con sus manos, vieron llegar maquinaria pesada para recuperar el cuerpo de una militar de alta graduación en un edificio cercano. Cuando recuperaron esos cuerpos, la maquinaria se alejó. Los vecinos de Perlamar estaban solos.
Parte alta de Caraballeda vista desde el complejo residencial OPP 26.
Cuando Anais decidió ir hasta la casa de su abuela, encontró varias calles cerradas y un edificio derrumbado en El Paraíso. Muchos vecinos estaban fuera de sus viviendas por temor, pero no recuerda haber visto funcionarios policiales. En cambio, la acción de la Alcaldía de Chacao comenzó desde el 24 en la noche: puntos de hidratación para los vecinos, coordinación de las labores de rescate, búsqueda de los equipos necesarios para la remoción de los escombros, suministro de medicamentos. Pronto el eslogan de la alcaldía fue «En Chacao nadie está solo». Dos semanas después ya casi no quedaban escombros de los edificios que cayeron durante el terremoto y había avanzado la inspección de las construcciones en el municipio para verificar su habitabilidad. En La Guaira la gente seguía tratando de recuperar los cuerpos de sus seres queridos.
Kevin dice que pasaban horas mientras trabajaban debajo de los escombros; a veces entraba de día y salía de noche. Perdían por completo la noción del tiempo. Pudieron rescatar con vida a una gata y también encontraron los cuerpos de dos niños pequeños en un apartamento del piso tres. Cuenta que hubo sobrevivientes en el edificio y que algunos de ellos escucharon a personas que habían sobrevivido pero que no lograron rescatar a tiempo. Al décimo día lograron llegar hasta Moisés y Jesús: estaban acostados en la litera de su cuarto, aplastados por una viga del edificio. Podían verlos, pero no podían levantar el peso que estaba sobre ellos. A alguien se le ocurrió aprovechar los gatos hidráulicos que se usan para cambiar los cauchos de los carros porque había fácil acceso al estacionamiento: con cuatro de ellos en fila pudieron levantar el peso y sacar al primero de los muchachos. Lo envolvieron en una sábana y descansaron un poco antes de ir al rescate del hermano menor. Por la descomposición de los cuerpos, sabían quién había muerto al instante y quién había pasado algún tiempo vivo bajo los escombros.
Los primeros días los cuerpos se enviaban a la morgue de Caracas, pero pronto los funcionarios se dieron cuenta de que ese protocolo era inaplicable. El Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses decidió enviar a personal desde Caracas y se improvisó una morgue en La Guaira para identificar y resguardar los cadáveres. Pese al despliegue de funcionarios, estaban desbordados para atender a quienes llegaban a buscar a sus familiares. Encontrar un cuerpo podía tomar horas o días. Al entregar los cuerpos se donaban las urnas y se ofrecía la posibilidad de sepultura gratuita. Kevin pudo contar con apoyo para agilizar estas gestiones a través de su mamá: una comisión policial retiró los cuerpos y en poco tiempo pudieron organizar el funeral.
Habían transcurrido más de diez días cuando su primo Jackson pudo ver a sus hijos fallecidos. Se derrumbó por dentro.
No tener dónde vivir
Para muchas familias, la odisea apenas comenzaba. Edificios derruidos o con daños estructurales dejaron a muchos sin hogar. Los primeros días, cientos de familias acampaban en plazas y calles, en el Parque del Este y el Parque del Oeste. Tiendas de campaña con colchones y las pocas pertenencias que cada quien pudo llevar se enfrentaban al sol y la lluvia, con baños portátiles o pequeños tanques de agua como únicas instalaciones para garantizar el saneamiento. Recibían donaciones de alimentos y enseres, pero el voluntariado no había previsto cómo disponer de los desechos en las escasas cestas de basura de la vía pública. En estos campamentos informales no estaban solo quienes habían perdido sus viviendas, también quienes esperaban que sus edificios fueran evaluados para garantizar su seguridad. A partir del 4 de julio, estas personas fueron trasladadas a los refugios organizados por el Estado venezolano.
En La Guaira, el principal campamento improvisado se encontraba en el campo de golf de Caraballeda y cuentan que las tiendas de campaña estaban rodeadas por moscas y una aglomeración de basura. Allí y en los edificios derrumbados siguen acampando mes y medio más tarde quienes se resisten a trasladarse a los refugios, sobre todo quienes siguen buscando a sus seres queridos. Es comprensible que no deseen esos traslados: muchos de los habitantes de los urbanismos sociales derrumbados son quienes perdieron sus viviendas en la tragedia de 1999 y pueden haber pasado hasta diez años en refugios esperando una vivienda. Muchas de estas familias deben empezar de cero otra vez.
Según un reporte de las Naciones Unidas, existen 107 refugios en Caracas y los estados La Guaira y Aragua, donde residen cerca de 25.000 personas. Esta estadística no incluye a quienes no han querido alojarse en estas instalaciones ni a quienes están en casa de familiares o amigos. En las últimas semanas se ha establecido un fuerte control de seguridad y es difícil acceder a estos refugios para conocer las condiciones de vida.
Después de la inspección, al edificio de Anais le pusieron una etiqueta amarilla: aunque no está en riesgo inminente de derrumbe, tiene daños estructurales que deben repararse. Es riesgoso permanecer allí. No se pueden usar los ascensores ni los tanques de agua que están en el techo para hacer frente a la escasez de suministros. El peso y el movimiento de esa agua almacenada explican buena parte de los daños sufridos durante el terremoto. Es incierto que esa comunidad pueda sufragar los costos de estas reparaciones: muchos apartamentos están vacíos porque sus dueños han emigrado y en la mayoría de los restantes viven personas de la tercera edad cuyos ingresos ni siquiera les permitirán acceder a los créditos que la alcaldía está gestionando. Siendo inquilina, Anais no quiere asumir esos riesgos ni aumentar su pago de alquiler para costear las reparaciones, así que debe buscar un nuevo lugar para vivir.
Hay edificaciones con daños en varias urbanizaciones de Caracas, pero la incertidumbre reina: los servicios de ingeniería municipal no son suficientes para evaluarlas con prontitud. Durante el estado de emergencia, es ilegal el uso de los ascensores mientras no se cuente con un informe favorable de una empresa de mantenimiento autorizada oficialmente. La certificación cuesta dinero y, sobre todo, tiempo. Mientras tanto, muchas personas mayores o con discapacidad no pueden salir de sus viviendas si viven en un piso 15 o 20. Las etiquetas de colores, muy comunes y visibles en Chacao, casi no se ven en el centro de Caracas, donde también hay muchos edificios afectados.
El futuro empieza ahora
Seguir adelante no es solo un lugar común, una frase de aliento a la que se recurre según un manual de autoayuda o desarrollo personal. Frente a la destrucción, personal y común, «seguir adelante» es la orientación que debería guiar la acción ante la tragedia: no sirve una ayuda que perpetúe la indefensión, la vulnerabilidad y el sufrimiento. Pero construir el futuro es un proceso distinto según la vivencia que cada quien tuvo, según los daños que sufrió.
Mucho se ha discutido en redes sobre si se debería construir nuevamente en las zonas de La Guaira devastadas por los terremotos, como si esta fuera una decisión que podría tomarse sin la opinión de los guaireños. El gobierno ha invitado a expertos japoneses a diseñar un nuevo plan urbanístico, pero los expertos nacionales proponen que solo es necesario cumplir con la legislación vigente y con el plan de prevención de desastres que se diseñó después de la tragedia de 1999. Durante las últimas dos décadas de destrucción institucional, clientelismo político y corrupción generalizada, se privilegió la asignación de contratos sin licitación y la construcción de «soluciones habitacionales» para ser entregadas con rapidez en el marco de campañas electorales, sobre todo en la reelección de Hugo Chávez de 2012, cuando se creó Misión Vivienda. El ministro de la época, Farruco Sesto, declaró que en ese momento «no había tiempo para estudios de suelos».
Complejo residencial OPP 26, sector Caribe de Caraballeda, La Guaira.
Por eso no es ilícito preguntarse si es posible una recuperación sostenible y basada en la prevención sin reformas estructurales a ese Estado que no fue capaz de cumplir sus propias normas, de ejecutar sus planes de prevención ni de brindar protección y asistencia oportuna a la población en las primeras horas del desastre. Por eso no es de extrañar que tanto las reformas estructurales como la acción frente al terremoto sean puntos de la agenda en la nueva ronda de negociaciones impulsada por Washington. Aunque podría sonar promisorio, en la población reina el escepticismo.
La Cámara de Comercio de La Guaira afirma que se ha perdido 40% de las fuentes de empleo en el estado. Las principales actividades económicas de la región están vinculadas al aeropuerto, que sufrió daños severos y se encuentra cerrado, y al turismo. En medio de esta tragedia, pocos caraqueños se aventuran a bajar a la playa, así que los restaurantes y los vendedores que ofrecen diversos servicios a los bañistas no tienen clientela. Al mismo tiempo, quienes están en los refugios y reciben donaciones de alimentos no compran en los comercios locales que lograron permanecer abiertos. El desafío es grande: cómo pasar de una visión asistencialista a políticas que puedan promover progresivamente el desarrollo autónomo de la población y la economía de la región.
Kevin está de regreso en Caracas y volvió a su trabajo instalando redes y servicios de internet hace un par de semanas. Luego de su experiencia en La Guaira, donde tuvo que convivir con la destrucción y ver la muerte tan de cerca, apenas está empezando a dormir la noche completa. Pero aún tiene pesadillas en las que comienza a temblar y debe salvar a su familia de los derrumbes. Lo que aún no se ha regularizado es su apetito después de esas semanas comiendo a deshoras. Sobre todo, no puede ver un sándwich de atún; no cree que pueda volver a comer uno en mucho tiempo.
Anais no ha tenido suerte en su búsqueda de un nuevo apartamento en alquiler. Los precios han subido tras el terremoto y los anuncios inmobiliarios ahora señalan como un plus «edificio con etiqueta verde». Aun cuando dentro de las medidas de recuperación se derogó la «ley contra desalojos arbitrarios» que desde 2011 ha limitado la oferta de viviendas en alquiler, los propietarios siguen pidiendo más de seis meses de adelanto para acceder a un contrato de arrendamiento. Es mucho dinero, aun para alguien que cuenta con un trabajo y un ingreso estable. Mientras tanto, ella está en el último piso de la casa de su abuela, tratando de hacer espacio para sus libros y los muebles que tenía en su apartamento.
Aunque recuperar lo material pueda ser complicado en el corto plazo, más difícil es seguir adelante cuando la principal pérdida fue afectiva, como los niños y los jóvenes que perdieron a sus familias completas y ahora están bajo la protección de distintas organizaciones que intentarán reunificar a esas familias y, si eso no se logra, deberán encontrar para ellos hogares de acogida. Los casos de padres y abuelos que han perdido a todos sus familiares cercanos también son muchos, pero para ellos no existen políticas de protección. En teoría, son adultos y deben poder hacerse cargo de su duelo.
El testimonio de Jackson reconoce que seguir adelante después de tanto dolor no es un camino que se pueda emprender en solitario. Así, mientras ingenieros y geólogos se ocupan de la reconstrucción física y las organizaciones sociales y humanitarias se dedican a restaurar la autonomía de quienes han perdido su hogar y su empleo, los psicólogos y los grupos de apoyo son el otro pilar imprescindible: atender el trauma y el duelo para que sea posible construir un futuro.
Dónde se puede donar para apoyar a los afectados por los terremotos en Venezuela
Lissette González (Caracas, 1971) es doctora en Sociología, defensora de los derechos humanos y autora del libro de no ficción Mi padre, el aviador.