Que ya se hayan contado decenas de historias no es excusa. Más allá de que nunca estuvieron cerca de la mordacidad de los guiones de René Goscinny, las cinco aventuras de Asterix escritas por Jean-Yves Ferri buscaban entretener y, de paso, aprovechaban las bondades del dibujante Didier Conrad, capaz de imitar a la perfección el estilo de Albert Uderzo, pero con mayor dinamismo y energía en el trazo a la hora de las escenas de acción. Al menos del Uderzo de los últimos años.
Desde 2023 los guiones quedaron a cargo de Fabcaro, quien debutó con un álbum en el que en pensamiento positivo era visto como algo malo en tanto la ira de los galos ayudaba a la resistencia contra los romanos. Todavía no entendí qué quiso decir. En su segunda aventura, Fabcaro sigue el mandato de intercalar álbumes de paseos y se embarca hacia la Península Ibérica.
Asterix en Lusitania comienza en la playa con los galos recibiendo a dos personajes recurrentes: el comerciante fenicio Epidermis (todos los nombres corresponden a la traducción argentina), en su quinta presencia, y un lusitano llamado Lampinho que había aparecido en un par de viñetas de La residencia de los dioses, de 1971. En aquella crítica a la especulación inmobiliaria fue testigo de cómo la poción mágica del druida Panoramix les daba poderes a los locales. No así a Obelix, que ya los tiene porque cayó en una marmita cuando era niño.
Como si fuera un capítulo de Los Magníficos, Lampinho solicita la ayuda gala para liberar a su mejor amigo, condenado a muerte por intentar asesinar a Julio César con salsa de pescado envenenada. Antes del final de la segunda página, el jefe galo Abraracurcix ordena a Asterix y Obelix viajar a Lusitania (Portugal) a rescatar a Buenalinho.
Lo que sigue a continuación es el viaje de los protagonistas, intercalado con escenas de romanos elucubrando, los mismos romanos que tendieron una trampa a Lampinho para quedarse con el lucrativo negocio de la salsa de pescado. Asterix y Obelix recorren bellísimos paisajes naturales y urbanos de su destino de turno, consiguen información sobre el paradero de Buenalinho, salvan su reputación, logran liberarlo y finalmente regresan a la aldea para un banquete. No es spoiler, es exactamente lo que esperamos de un álbum de Asterix.
El problema ni siquiera está en que ocurra lo mismo de siempre, ya que estas son aventuras autoconclusivas en las que se espera que el bien triunfe. Ni siquiera molesta que los “visitados” sean estereotipados de inmediato por el guion como enamorados del pescado y adictos a una melancolía que muchos conocen como saudade. El problema es que el plan no tiene un solo contratiempo. Como si en Ocean’s Eleven nos contaran la estrategia para robar tres casinos y luego todo saliera exactamente de acuerdo con lo planificado.
Lo más memorable de las 44 páginas está en un gag en el que los galos deben crear usuario y contraseña para entrar a la fábrica de salsa de pescado y luego son sometidos a un focus group. Y es simpático el plan de hacerse pasar por lusitanos para hablar con Buenalinho en prisión, sobre todo porque siempre está el camino fácil de utilizar la poción mágica, que obligaba a Goscinny a encontrar formas de neutralizar a los galos por el bien del drama.
La aventura pasa volando, sin contratiempos narrativos, y si uno se toma su tiempo con la lectura es gracias a Conrad, y esta vez también hay que destacar al colorista Thierry Mébarki. Hay imágenes hermosas, como el tranvía anacrónico que recorre las calles empedradas, la aldea en el risco, las peleas multitudinarias o la fiesta nocturna en el barco. Allí es donde terminan derrotando a los enemigos gracias a una estrategia muy sencilla, que funciona perfectamente. O ferpectamente.
Asterix en Lusitania no es más que un colorido episodio de Los viajes del 12, con belleza encadenada por una historia que no logra involucrar al lector y que abusa de los chistes de Obelix en contra del consumo de bacalao, además de notorios juegos de palabras que necesitan de una traducción elástica. Hablando de ese tema...
Al otro lado del río
Después de una vida leyendo las traducciones españolas, cuesta no distraerse cuando las personas están “chifladas” en lugar de “majaretas”. Eso vaya y pase. Lo mismo cuando en la última página Obelix canta “¿Quién se ha tomado todo el vino?” en estado de ebriedad, o cuando un personaje se llama Alochoris. Sin embargo, una de las traducciones argentinas nos toca de cerca.
Un lusitano le dice a Asterix: “¡Todo saldrá bien, nada es más simple, no hay otra norma, nada se pierde, todo se transforma!”. Y un compañero aclara que el primero “recibió un piedrazo en la cabeza y, desde entonces, dice cualquier cosa”. El chiste está en que los lusitanos son presentados como meditabundos, reflexivos y bastante pesimistas, por lo que un golpe los deja como Jorge Drexler.
En la edición española lo que dice el golpeado es “Todo irá fenomenal. ¡La vida es una maravilla que se renueva cada día!”. En inglés (la traducción es mía) dice “Todo saldrá bien y todo saldrá bien... Y toda clase de cosas irán bien”, una cita de Juliana de Norwich. Finalmente, en la edición original era “Todo va a salir muy bien, la vida es una maravilla que se renueva cada día”.
Asterix en Lusitania, de Fabcaro y Didier Conrad. 48 páginas. Libros del Zorzal, 2026.