Cuando Uruguay transitaba el primer gobierno de Tabaré Vázquez, se hablaba de un giro a la izquierda en la región. En 2006, en el momento en que la diaria publicó su primer número, Luiz Inácio Lula da Silva gobernaba Brasil; Néstor Kirchner, Argentina; Hugo Chávez, Venezuela; Michelle Bachelet recién había asumido la presidencia de Chile, y Evo Morales la de Bolivia. Al año siguiente Rafael Correa comenzaría su primer mandato en Ecuador.
La izquierda con la que se identificaban en mayor o menor medida esos gobernantes convivía en América Latina con presidentes con un fuerte perfil derechista, como Álvaro Uribe en Colombia. En Paraguay, Nicanor Duarte completaba 60 años ininterrumpidos de gobiernos del Partido Colorado –algunos en democracia y otros en dictadura– antes de un paréntesis de cuatro años que llegaría en 2008, con el triunfo electoral de Fernando Lugo.
José Natanson, director de la edición Cono Sur de Le Monde diplomatique y politólogo que ha estudiado a fondo ese momento de la región, dijo a la diaria que en 2006 América Latina atravesaba un momento político “único”, “el período más virtuoso de crecimiento económico, estabilidad política y mejora de los indicadores y de la situación social desde los años 40. Fueron diez, 15 años en los que casi todos los países de América Latina crecían, casi todos reducían la pobreza y la desigualdad y casi todos gozaban de estabilidad política”.
Para Natanson un elemento central para explicar que esto ocurriera es la “unipolaridad” que alcanzó Estados Unidos en ese momento, después del derrumbe de la Unión Soviética. Esa caída y los atentados de 2001 llevaron a que Washington “se distrajera un poco del patio trasero y permitiera que llegaran al poder gobiernos que en otro momento hubiera frenado, con golpes de Estado, desestabilización, etcétera”.
Por ejemplo, en la década del 70, la llegada de un Evo Morales al poder hubiera tenido como respuesta un golpe de Estado orquestado por la CIA, señaló. “En los 2000 no, porque ya no existía Moscú como meca, no existía la Unión Soviética, entonces Estados Unidos dijo: bueno, no son los que más me gustan, pero mientras no afecten mis intereses estratégicos en términos de narcotráfico, de seguridad nacional, etcétera, que gane Lula, que gane Evo, que gane Tabaré. De hecho, llegó en muchos casos a acuerdos de convivencia muy razonables con estos gobiernos, sobre todo con Brasil”, dijo el politólogo.
Otro factor que destacó fue el agotamiento del modelo del Consenso de Washington, que imponía la privatización, la liberalización y la disciplina fiscal. Al agotarse ese modelo, la gente pudo votar otras opciones, dijo. Y un tercer elemento, que Natanson consideró fundamental, es el aumento en los precios de los commodities.
“Todo eso hizo que América Latina viviera en ese momento un período único, que comenzó a fines de los años 90 y a principios de los 2000”, señaló. “Ese período duró diez o 15 años según el país, y se empezó a agotar”, dijo Natanson. Después, “llegó un período raro, con una región fracturada donde convivían gobiernos de izquierda con gobiernos de derecha, algunos de ultraderecha, y hubo lo que alguien llamó en algún momento 'derechas breves', como las de [Mauricio] Macri, [Sebastián] Piñera, etcétera”, añadió.
Otro Washington
Natanson explicó que ahora, “de a poco, la región se está organizando en torno a un nuevo paradigma, que es el de la extrema derecha trumpista”. Una muestra es la reunión reciente que mantuvo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con una decena de gobernantes de la región –el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele, el boliviano Rodrigo Paz, el ecuatoriano Daniel Noboa y el entonces presidente electo de Chile José Antonio Kast, entre otros– para lo que llamaron el “Escudo de las Américas”.
“Después de unos años de confusión, de idas y vueltas y de fracturas, se configura un nuevo bloque regional, que por supuesto no va a ser total, no va a ser absoluto. Nunca es absoluto, ni siquiera en el momento del giro a la izquierda, porque había gobiernos de derecha en Perú, en Colombia, en México. No es absoluto, pero va tomando una forma”, dijo Natanson. En 2006, en Perú el gobierno de Alan García daba paso al de Alejandro Toledo, y en México, el de Vicente Fox al de Felipe Calderón.
Si la unipolaridad de Washington favoreció el giro a la izquierda, ahora se ve un giro a la derecha y la ultraderecha en varios países. Consultado al respecto, Natanson señaló que ese movimiento responde a “una nueva hegemonía, un nuevo imperialismo estadounidense que se ejerce de una manera mucho más brutal y desembozada”. Se trata de un “imperialismo desatado, un imperialismo desnudo, en el cual Estados Unidos decidió, y así está expresado en el último documento de seguridad nacional: 'Vamos a volver a América Latina, y vamos a volver con todo'”, señaló.
“Esto es una política de palo y zanahoria”, dijo Natanson. Como ejemplo de zanahoria, señaló el apoyo que Trump le dio a Milei en las legislativas de octubre, cuando le prometió a Argentina ayuda económica condicionada a que ganara el oficialismo. “Casi que le salvaron la elección: no digo que perdía, pero el resultado hubiera sido otro” sin ese apoyo, concluyó. Y como ejemplo de palo, nombró a Venezuela, donde militares estadounidenses capturaron al presidente Nicolás Maduro y Washington tomó “el control operativo de la política y de la economía” del país. Esto fue también “un golpe aleccionador para otros gobiernos de América Latina”, señaló el politólogo.
“Creo que Estados Unidos está intentando recuperar un poder hegemónico sobre América Latina, que había perdido en buena medida por el avance comercial de China. Es un poder que no va a ser total, porque el primer socio de casi todas las economías latinoamericanas es China, no Estados Unidos, pero Washington va a tratar de recuperar el poder que tenía”, afirmó Natanson. “Lo vimos con Panamá, cuando forzó a expulsar a empresas chinas de los puertos a un lado y otro del canal, lo vimos cuando recuperó su base militar en Ecuador, hay mil signos. En Venezuela es obvio. Creo que, efectivamente, Estados Unidos ha decidido ejercer sobre América Latina un poder coercitivo que antes no ejercía o lo hacía de otra manera”, dijo.
Consideró que “el descabezamiento del régimen chavista fue la muestra más palmaria de esta nueva forma de ejercer el poder en América Latina”, al mismo tiempo que lo ejerce de otras maneras en otras regiones del mundo.
Sobre las negociaciones que Cuba y Estados Unidos reconocieron que mantienen últimamente, Natanson dijo que no puede prever cómo terminarán, pero sí concluyó que la isla es “la principal víctima” de esta nueva política. “No porque crea que vaya a haber necesariamente una invasión, ni siquiera un ataque. No sé si eso va a ocurrir. Pero me parece que en Cuba esta política viene más por el lado de la asfixia, el estrangulamiento energético y la apuesta a que eso genere un desgaste al régimen que lleve a una rebelión popular. Que en un escenario de mínima, implique más desprestigio para el régimen cubano, y que en un escenario de máxima, implique una caída del régimen”, dijo. Consideró que esta última opción parece menos probable porque en Cuba no hay una oposición organizada.
Luis Abinader, presidente de República Dominicana; Rodrigo Paz Pereira, presidente de Bolivia; Nayib Bukele, presidente de El Salvador; presidente de Estados Unidos, Donald Trump; Javier Milei, presidente de Argentina; José Raúl Mulino, presidente de Panamá; y Mohamed Irfaan Ali, presidente de Guyana, al inicio de la Cumbre El Escudo de las Américas el 7 de marzo en Doral, Florida.
Foto: Roberto Schmidt, Getty Images, AFP
Nuevas derechas coordinadas
En cuanto a los organismos creados durante el giro progresista, desde la Unasur (Unión de Naciones Sudramericanas) hasta el ALBA, Natanson hizo distintas valoraciones, pero señaló que “ninguno de esos mecanismos de coordinación tenía la fuerza suficiente para evitar un escenario como este”, como el actual.
Consideró que el ALBA era solo “la diplomacia petrolera de Chávez”, una “etiqueta vacía”. En cambio, afirmó que “la Unasur era una reunión de presidentes que en su momento tuvo alguna importancia, cuando lograron frenar intentos de golpe en Bolivia, en algún momento en Ecuador”, pero señaló que esos mecanismos nunca se institucionalizaron.
En su opinión, “el bloque más integrado que hay en América Latina es el Mercosur, que, con todos sus problemas, es un bloque comercial, muy imperfecto y muy perforado, pero es un bloque comercial, que es un acuerdo de paz estratégico entre Argentina y Brasil, lo cual es muy importante”.
Las izquierdas de América Latina también propusieron ámbitos más informales de integración, como el Grupo de Puebla, pero en este tipo de espacios la derecha parece haber logrado una mayor articulación, y en particular la ultraderecha, que estableció vínculos con sectores políticos de Europa y de Estados Unidos.
Al respecto, Natanson afirmó que “las nuevas derechas entendieron que tenían que articularse como en algún momento intentó hacer la izquierda, y armaron lo que [Juan Gabriel] Tokatlian llama 'la internacional reaccionaria', que no es una sola reunión, es una red informal que implica gobiernos, dirigentes, influencers, periodistas, exdirigentes, expresidentes que se ayudan. No está institucionalizado, es menos que un grupo de Whatsapp, incluso, pero está”. Consideró que, si bien no fue decisivo, sí fue importante para un cambio político.
“El factor decisivo que explica que se vaya delineando un bloque de extrema derecha en América Latina es la forma en la que Estados Unidos está ejerciendo su poder hegemónico; para mí es esa la principal explicación”, ratificó.
“No le veo a eso todavía un modelo económico detrás, como sí lo había en el neoliberalismo de los años 90 y como sí había con el giro a la izquierda en los años 2000. No veo todavía un modelo económico que se pueda identificar como de extrema derecha, porque las hay proteccionistas, las hay aperturistas, las hay neoliberales. Veo sí una identificación más ideológica”, señaló el politólogo.
Consultado sobre si hubo cambios de sensibilidad política de la población que acompañaron este cambio, Natanson consideró que sí, que “la extrema derecha logró conectar con sensibilidades que la derecha tradicional y la izquierda habían desatendido”. Dijo que en cierto grado hay una “reacción a avances muy positivos en términos de género, multiculturalismo, tolerancia, diversidad, etcétera”, en un sector de la sociedad que sentía que esos cambios “implicaban pérdida de estatus o de posiciones o de derechos”. Esto se expresa en un voto mayoritariamente masculino y joven a estas propuestas de las nuevas derechas, expuso.
A su vez, “la pandemia los ayudó mucho, sobre todo en aquellos países donde hubo cuarentenas muy estrictas, como Argentina: jugar la idea de libertad los ayudó mucho”. De parte de la izquierda “o de los gobiernos populares, hubo dificultades para encontrar un modelo de desarrollo como fue el de la etapa anterior”, y esto “contribuyó a que la derecha interpelara a la sociedad”.
Dos elecciones clave
El 31 de mayo, Colombia vota en unas presidenciales, que pueden tener una segunda vuelta el 21 de junio, y en las que se enfrentan, entre otros candidatos, el oficialista Iván Cepeda y la uribista Paloma Valencia. Más adelante, el 4 de octubre, Lula competirá por la reelección en Brasil, y su principal rival es el ultraderechista Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado por liderar una trama golpista, Jair Bolsonaro. Todo indica que la presidencia se definirá en segunda vuelta, el 25 de octubre.
Natanson señaló que Colombia y Brasil son dos países centrales de América Latina, en particular este último. Consideró que, “si en Brasil vuelve el bolsonarismo, incluso [presentándose] con una segunda marca como es el hijo de Bolsonaro, quiere decir que la extrema derecha tiene una fuerza gravitatoria sobre las sociedades muy impactante”.
“Si el hijo de Bolsonaro le saca la reelección a Lula, sería la confirmación de que estamos frente a la era de la extrema derecha”, concluyó. “Sobre todo si gana la derecha uribista en Colombia, va tomando una forma” este alineamiento, agregó Natanson. Advirtió, sin embargo, que hoy “el partido no está jugado” y que esta es “una hegemonía que está disputada”.