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Iván Cepeda, el 3 de febrero, durante un mitin de campaña en la Plaza de Lourdes de Bogotá.

Foto: Alejandro González / AFP

Iván Cepeda, el candidato de Petro a la presidencia colombiana

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Filósofo, senador, activista por los derechos humanos y facilitador del proceso de paz en Colombia, será el candidato de una izquierda que, en las elecciones del 31 de mayo, aspira a garantizar la continuidad del proceso político progresista iniciado en 2022.

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Leído por Mathías Buela
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Pocos días después del bombardeo de Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, por parte de Estados Unidos, la diaria se reunió con Iván Cepeda en Madrid, durante una conferencia en la que el dirigente colombiano hizo una llamamiento a organizarse para vencer el peligro de una “internacional neofascista”.

Cepeda, nacido en 1962, recuerda una infancia feliz en una familia de periodistas, aunque perturbada por las constantes persecuciones políticas contra su padre, Manuel Cepeda, uno de los presidentes históricos del Partido Comunista Colombiano. En aquella época, Manuel Cepeda escribía en el incipiente periódico del Partido Comunista La Voz de la Democracia. Hacía reportajes en el departamento de Tolima, donde se desarrollaba la resistencia campesina contra los ataques dirigidos a las comunidades campesinas. Esta resistencia acabaría dando lugar a la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y Manuel Cepeda conoció a varios de los que se convertirían en los líderes de esta guerrilla, como Manuel Marulanda Vélez, Ciro Trujillo e Isauro Yosa. Fue acusado de ser un agitador comunista y encarcelado durante un año, y una vez salido de prisión, comenzó a sufrir amenazas y acoso.

La familia de Iván Cepeda se exilió primero en La Habana en 1966 y 1967. Allí su padre conoció a Ernesto Che Guevara y otros líderes de la Revolución cubana y a representantes de diversas fuerzas de izquierda del continente. Era la época en que nació la Tricontinental. Hablaba del futuro no solo de Cuba, sino también de la insurrección en muchas regiones del continente: las FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), así como las guerrillas de Bolivia, Perú, Venezuela, América Central, Argentina y Uruguay.

Después de aprender a leer en Cuba, Iván Cepeda se marchó con su familia a Checoslovaquia. Sus padres trabajaron para la revista Problema de la Paz y del Socialismo hasta la terrible Primavera de Praga en 1968. Se enviaron delegaciones internacionales a Moscú: “Nos quedamos allí seis meses, hasta que terminó la revuelta, violentamente reprimida. Hubo una especie de purga dentro del Partido Comunista. Más tarde llegué a comprender mucho mejor este acontecimiento”, dice.

El asesinato de Manuel Cepeda

Iván Cepeda regresó a Colombia para cursar sus estudios secundarios. Luego se trasladó a Sofía, Bulgaria, para estudiar filosofía. “Tuve la oportunidad de conocer el movimiento de la Perestroika en Europa del Este, que culminó con la ruptura del ‘socialismo real’. Compartí el día a día del pueblo búlgaro y pude constatar sus difíciles condiciones de vida. Muchos amigos habían sufrido persecuciones. El hecho de vivir esta transición histórica cambió mi visión política”.

De vuelta en Colombia en 1987, discutió con sus compañeros del Partido Comunista no solo sobre las corrientes críticas del marxismo en Europa, sino también sobre la realidad de Colombia, sobre la guerrilla, que ya no era una fuerza revolucionaria al servicio del pueblo. “El secuestro ya no era una forma de presión política, sino una herramienta de financiación. Y, por supuesto, es una perversión, porque si se quiere crear un mundo humanista no se puede considerar a los seres humanos como una mercancía, con el simple argumento de que son más ricos que otros o que han cometido delitos explotando a los trabajadores”, afirmó.

Iván Cepeda participó en debates políticos, incluso dentro de su propia familia, en particular con su padre, pero siempre de manera respetuosa. Hasta el terremoto político del 9 de agosto de 1994. Ese día, Manuel Cepeda fue asesinado por agentes del Estado en complicidad con paramilitares. Un crimen que se inscribe en otro gran proceso en curso: el genocidio contra los militantes de la Unión Patriótica a la que pertenecía su padre.

A sus 32 años, Iván Cepeda se dedicaba a luchar por los derechos humanos. “Parte de la impunidad como fenómeno se explica por el hecho de que existe un entorno ideológico, moral o inmoral en la sociedad que permite admitir que estos crímenes no sean castigados. La sociedad que vive un período de violencia tan prolongado sufre una especie de insensibilidad ética frente al respeto a la vida y frente a las víctimas. Las sociedades que tienen la posibilidad de realizar este trabajo de memoria y búsqueda de la verdad pueden tener la oportunidad de superar la violencia. Por supuesto, este trabajo no es suficiente; lo hemos visto últimamente, cuando un pueblo que ha sido víctima de un genocidio es culpable de un genocidio, me refiero, evidentemente, a lo que está sucediendo en Israel con Palestina”, dice Cepeda.

En el año 2000, tuvo que exiliarse de nuevo, esta vez a Francia, debido a las amenazas relacionadas con la investigación del asesinato de su padre. En ese país obtuvo una maestría en derechos humanos. En aquella época, el paramilitarismo ganaba terreno y la violencia estatal comenzaba a adoptar métodos y herramientas paramilitares. Era también la época del Plan Colombia, con una fuerte presencia estadounidense en su país y, en ese contexto, esclarecer el crimen de su padre tenía consecuencias políticas.

“Afortunadamente, viví el exilio de una manera muy enriquecedora. Allí conocí a muchos defensores de los derechos humanos procedentes de otros países de África, América Latina y Europa. Al mismo tiempo, surgía el gobierno de Álvaro Uribe y la extrema derecha adoptaba una nueva forma política. En Colombia siempre ha habido una derecha y una extrema derecha, pero con Uribe surgió una extrema derecha organizada”, afirma.

En nombre de las víctimas

Iván Cepeda sentía una terrible angustia por no poder participar más activamente en la vida política de su país. Comenzó a escribir artículos de opinión y luego libros sobre este tema. A su regreso a Colombia, en 2003, creó el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado. La Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la responsabilidad del Estado en el caso de su padre y otras personas.

Cepeda regresó por entonces a las regiones de Colombia donde tenían lugar los peores actos de violencia. “Me reuní con los campesinos, víctimas de esta violencia paramilitar, y mi trabajo coincidió con la acción del actual presidente Gustavo Petro, que en aquel momento era diputado. Él lideraba intensos debates en el Congreso sobre el paramilitarismo, la parapolítica y el acaparamiento de tierras. Por lo tanto, ya teníamos profundas afinidades en lo que respecta a la Colombia rural, en departamentos como Sucre, Córdoba, la costa caribeña o el Meta”, recuerda.

En abril de 2012, Cepeda, entonces diputado, interrogó a Álvaro Uribe sobre sus presuntos vínculos con el paramilitarismo de cuando era gobernador del departamento de Antioquia. En setiembre de 2014, tras ser elegidos senadores Uribe y Cepeda, este último volvió a confrontar al expresidente durante un debate sobre el paramilitarismo en Colombia.

Uribe llegó a acusar a Cepeda de manipulación de testigos para que declararan en su contra. Tras investigar el caso, la Corte Suprema concluyó que no había pruebas para acusar a Cepeda. Por el contrario, constató que Uribe sí habría manipulado a los testigos a través de su abogado para que declararan contra Cepeda. El 28 de julio de 2025, 13 años después, Uribe fue declarado culpable y condenado a 12 años de prisión por delitos de corrupción y fraude procesal. Sin embargo, un tribunal de segunda instancia anuló este veredicto.

Iván Cepeda no se dio por vencido. El 13 de enero presentó un recurso de casación ante la Corte Suprema de Justicia. “Este proceso también continúa, porque Uribe debe enfrentarse a otras acusaciones. Los que son pacientes y serenos son las víctimas, no Uribe. La lucha por la verdad y la justicia es acumulativa. Hemos logrado demostrar que un expresidente puede ser juzgado e incluso condenado. Tras este hecho histórico, el pueblo exigió mi candidatura a la presidencia. Es un honor, pero también una enorme responsabilidad. Lo pensé detenidamente antes de aceptar”, dijo.

El senador nunca ha tenido deseos de venganza. Esta sabiduría proviene esencialmente de tres experiencias de vida. “La primera es el contacto con las víctimas que llevan tantos años luchando, en condiciones tan difíciles, y que demuestran una resiliencia admirable. Se deriva, entre otras cosas, de la capacidad de superar el dolor, de comprender que, sean cuales sean las dificultades, llegará otro momento. Y ese momento hay que aprovecharlo, cultivarlo y construirlo. Gracias a esta lucha paciente, he aprendido mucho de quienes han vivido las peores situaciones”, afirma.

“Además, no hay que olvidar que en Colombia hemos sufrido un nivel de violencia que es quizás el más atroz y sangriento que ha conocido el continente. Ante estas circunstancias, se nos presentan varias opciones: huir o refugiarnos, adaptarnos, convertirnos en cómplices de alguna manera o simplemente convertirnos en espectadores. Otra opción es comprometernos de frente. Por último, está mi propia formación filosófica. Me ha influido especialmente la filosofía ética y práctica de los estoicos”, agrega.

Tiempos de campaña

Cepeda centra su campaña en torno al concepto de “revolución ética”. Afirma que la degradación moral del mundo es el resultado del modelo neoliberal, que transforma al ser humano en una mercancía, genera enormes dinámicas de corrupción en los estados y crea la posibilidad de que la violencia sea el único medio para resolver los conflictos. “Si eliminamos la pobreza, reducimos las desigualdades y desarrollamos económicamente los territorios aislados, podremos crear una economía agrícola próspera que respete mejor la naturaleza”, dice.

Este defensor de los derechos humanos siempre busca resolver los conflictos por la vía de la conciliación. En 2012 fue nombrado facilitador del proceso de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, que se firmó en 2016. A partir de 2015 también se convirtió en mediador de las conversaciones de paz con el ELN, trabajo que sigue realizando con el gobierno de Gustavo Petro.

Los enfrentamientos entre las disidencias de las FARC y el ELN, que se prolongan desde 2025 en el Catatumbo, en la frontera con Venezuela, han provocado cerca de 80 muertos y más de 100.000 desplazados. Iván Cepeda considera que el papel de los pueblos indígenas es esencial, ya que son los primeros en sufrir el conflicto, junto con los campesinos y los afrocolombianos. “Llevamos 30 años dialogando con el ELN. Es hora de llegar a un acuerdo. Una vez en la presidencia del país, continuaremos con la política del actual presidente, pero corrigiendo algunos errores. Mi trabajo no se limitará a acciones puntuales, exigiré resultados con una política social fuerte por parte del Estado. La negociación determina no solo la construcción de la paz, sino también, y fundamentalmente, la transformación de los territorios. Mi programa no tiene otros objetivos, pero para lograrlo se necesitan varias condiciones. Una de ellas es la eliminación de la pobreza y las desigualdades”.

Petro ha denunciado con firmeza la intervención militar estadounidense del 3 de enero en Venezuela. Según Cepeda, quienes reducen lo ocurrido en Venezuela al derrocamiento de un dictador ignoran de mala fe los verdaderos peligros a los que se enfrentan los pueblos hoy en día. El candidato a la presidencia de Colombia subraya que hay que preservar América Latina como zona de paz: “El mundo es testigo de la enorme fractura del orden internacional, del sistema de seguridad y paz en la región. Observamos el surgimiento de una doctrina muy peligrosa según la cual Estados Unidos domina el hemisferio occidental, decidiendo el destino de los pueblos, incluso el de los presidentes. Con el único objetivo de apropiarse de las riquezas de una nación, considerando que le pertenecen”.

“Colombia ha sido durante décadas el laboratorio y la plataforma de la injerencia política, militar y económica, como el bombardeo con napalm contra las poblaciones campesinas en Villa Rica, en Tolima, en los años 60, el genocidio perpetrado contra la gloriosa Unión Patriótica, la práctica de la tortura, las desapariciones forzadas, la guerra psicológica, la financiación del paramilitarismo y sus masacres por parte de las multinacionales. ¿Vamos a permitir un nuevo capítulo de esta historia? Necesitamos forjar un gran movimiento mundial para enfrentarnos y derrotar a la extrema derecha, que se ha convertido en una internacional neofascista”, afirma.

En cuanto al narcotráfico, Cepeda considera que el remedio aplicado por Estados Unidos para combatir las drogas es, en realidad, la enfermedad. Según el senador, la intervención del FBI y la DEA, la agencia antidrogas estadounidense, es una forma de prolongar una estrategia neoimperialista en América Latina. “Esta ‘guerra contra las drogas’ pervierte las instituciones. Estados Unidos ha inventado un sistema judicial que permite llegar a acuerdos para proporcionar información que se supone que conducirá a la captura de otros narcotraficantes. Se establecen alianzas entre algunos narcotraficantes para luchar contra otros. ¿Qué ocurre después? Surgen otros. Para eliminar a Pablo Escobar fue necesario crear un grupo paramilitar llamado Los Pepes, que dio lugar a las estructuras de los primeros grupos paramilitares. Y fue necesario aliarse con el cártel de Cali para acabar con el cártel de Medellín, que luego se dividió en tres cárteles. El resto de la historia es bien conocido”.

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