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Reconocer el trabajo de cuidados es fundamental para adaptarse al cambio climático

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El cambio climático amenaza con reforzar el rol de las mujeres como sostén silencioso de las crisis ambientales. Invertir en sistemas de cuidado es clave para una transición climática justa, equitativa y estratégica de cara al futuro inmediato.

El impacto del cambio climático es particularmente fuerte para las mujeres que usualmente cuentan con menos acceso a tierra, ahorros, seguros y redes de apoyo para enfrentar un desastre climático. Cuando el clima interrumpe sus actividades normales, se intensifican sus tareas de cuidado no remuneradas. Así sucedió en Brasil durante las inundaciones de Rio Grande do Sul y en Ecuador con la crisis energética reciente.

Es fundamental reconocer que las mujeres cargan con los costos del cambio climático, a costa de su desarrollo profesional y laboral, como ocurre con el trabajo de cuidado no remunerado.

Las políticas de mitigación y adaptación al cambio climático también necesitan un enfoque transformador de género. El tiempo y la dedicación de las mujeres ante la emergencia climática será cada vez mayor. Por eso deben ser reconocidas en su rol de cuidadoras no remuneradas.

Las mujeres enfrentan un mayor impacto ante los fenómenos climáticos extremos, al contar con menos recursos y dedicar más tiempo al cuidado de niños y niñas, adultos mayores y población vulnerable, antes y durante las emergencias climáticas. Ejemplos de este tipo se dieron en Uruguay con la sequía y en Paraguay con las temperaturas extremas que alejaron a los niños de la escuela.

El cambio climático tiene impactos generalizados en las actividades económicas y afecta el bienestar de la población. Se hace sentir con mayor fortaleza en las actividades agrícolas, muy golpeadas por las altas temperaturas y la mayor frecuencia de desastres naturales.

Las tareas de cuidados son centrales para los mercados laborales de la región. Su demanda se incrementará con el tiempo debido al envejecimiento poblacional y a los fenómenos climáticos extremos.

En los cuidados se concentran los empleos femeninos de baja calidad, que suelen ser informales y percibir bajas remuneraciones. Ocho de cada diez empleos en casas particulares y de cuidados personales son ocupados por mujeres. La gran mayoría de estos trabajos no cuentan con protección social alguna y se ubican en lo más bajo del escalafón de remuneraciones. A este panorama hay que sumarle las tareas no remuneradas en el hogar.

Las políticas de mitigación y adaptación al cambio climático también necesitan un enfoque transformador de género. El tiempo y la dedicación de las mujeres ante la emergencia climática será cada vez mayor.

La sostenibilidad de los sistemas de pensiones y la capacidad de ahorro de la economía en el mediano plazo depende de los aprendizajes de niñas y niños hoy rezagados por la carga de los cuidados. Es clave repensar los sistemas de cuidados en alianza con la agenda de adaptación al cambio climático, la del trabajo y la reducción de la pobreza y el hambre.

Los esfuerzos por avanzar hacia sociedades más justas y resilientes al cambio climático deben contribuir a la conciliación del trabajo remunerado con sistemas de cuidados que mejoren las condiciones de acceso al trabajo decente y contribuyan a la igualdad de ingreso entre hombres y mujeres. El empleo no remunerado debe ser reconocido en importancia y por las desigualdades de género que implica. Su atención representa una condición prioritaria para crear una cultura de adaptación al cambio climático con enfoque de género.

América Latina debe avanzar hacia la creación y consolidación de una red de servicios de cuidados en el mercado laboral formal, para que la mayoría de las mujeres en la economía informal sean formalizadas con un trabajo decente que cierre las brechas de participación y de remuneración en el mercado laboral. Sin acceso a empleo de calidad y sin la profesionalización de quienes cuidan no habrá cambio cultural, social ni económico acorde a la magnitud del cambio climático.

Organismos internacionales y gobiernos nacionales deberían promover el canje de deuda por cuidados y servicios climáticos de los ecosistemas. Por ejemplo, reconociendo la participación activa de las mujeres indígenas de América Latina, población clave para preservar la biodiversidad, los ecosistemas y atender los sistemas de cuidados.

Es urgente vincular las agendas de cambio climático, cuidados y futuro del trabajo. Financiar y consolidar los sistemas integrales y las políticas de cuidados tiene sentido económico, social y de género.

Además, puede contribuir a la construcción de un amplio consenso favorable a la transición climática con beneficios económicos, sociales y ambientales tangibles, en particular, para las mujeres que sostienen el hogar y lo seguirán sosteniendo ante los eventos climáticos extremos, cada vez más frecuentes.

Luis Miguel Galindo es doctor en Economía e investigador de Red Sur.

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