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¿Cómo aprende el Uruguay?

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Uruguay aprende constantemente. Lo hace en sus empresas, universidades y organismos públicos; en el campo, los hospitales, los talleres, las escuelas y en tantos otros lugares donde alguien enfrenta un problema y encuentra una manera de comprenderlo o resolverlo. Ese aprendizaje puede nacer de una investigación, de un error, de una práctica corregida durante años o de una pregunta que obliga a mirar nuevamente algo que parecía resuelto. Lo que ocurre después resulta bastante menos claro.

Parte de esa experiencia permanecerá en quien la vivió, otra quedará dentro de un equipo y algo llegará a un informe, una publicación o una conversación. Mucho seguirá circulando informalmente y otra parte terminará diluyéndose cuando cambien las personas, los proyectos o las prioridades. No se trata de una catástrofe; precisamente por eso pasa inadvertida. Es una pérdida lenta y cuesta escapar a la impresión de que ocurre todos los días.

No conozco su magnitud ni sé si existe una manera convincente de medirla, pero la pregunta parece suficientemente importante como para no esperar una estadística antes de formularla: ¿qué hace un país con aquello que aprende? No con la información que almacena, sino con la experiencia que produce mientras trabaja, investiga, enseña, crea, gobierna o simplemente intenta resolver sus problemas.

Lo que sabemos y lo que aprendimos

Nunca dispusimos de tanta información. En pocos segundos podemos acceder a bibliotecas, investigaciones, estadísticas y archivos producidos en cualquier lugar del mundo. Pero información y aprendizaje siguen siendo cosas diferentes.

Un informe puede conservar un resultado sin mantener el razonamiento que permitió alcanzarlo; una base de datos puede contener millones de registros sin producir una pregunta interesante; un procedimiento puede estar perfectamente documentado y exigir, aun así, años de práctica antes de ser comprendido de verdad.

La experiencia tiene otra textura. Está hecha también de dudas, intuiciones, caminos abandonados, errores, conversaciones laterales y pequeños indicios que hicieron cambiar una decisión cuando todo parecía indicar lo contrario. Con el tiempo sobreviven los hechos y el razonamiento resulta mucho más frágil, aunque puede ser precisamente ese razonamiento lo que otro necesite. Una persona experimentada no necesariamente posee todas las respuestas; con frecuencia posee algo más interesante: sabe dónde conviene desconfiar de la primera.

Durante siglos encontramos maneras de evitar que cada generación tuviera que empezar desde cero. Inventamos la escritura, construimos bibliotecas, creamos universidades, archivos, museos y laboratorios. Instituciones muy diferentes, unidas por una intuición elemental: lo aprendido por unos puede ampliar las posibilidades de quienes vienen después.

Hemos aprendido a conservar conocimiento. Tal vez todavía podamos aprender a poner mejor en circulación la experiencia. Porque esta no permanece viva simplemente cuando alguien la guarda, sino cuando vuelve a entrar en contacto con un problema; cuando una solución nacida en una actividad resulta útil en otra, una investigación adquiere un significado nuevo o un fracaso comprendido evita que alguien vuelva a pagar el mismo costo.

Recordar, entendido de esa manera, no es mirar hacia atrás. Es ampliar los caminos disponibles hacia adelante.

Conozco a alguien con quien deberías hablar

Relacionar parece una operación menor, pero buena parte de aquello que llamamos innovación ocurre cuando alguien acerca cosas que hasta entonces avanzaban por separado. Un conocimiento nuevo importa, desde luego, aunque también importa que uno ya existente llegue al problema adecuado en el momento oportuno.

Quizá por eso una frase como “conozco a alguien con quien deberías hablar” contiene más inteligencia de la que parece. No ofrece una solución, produce un encuentro.

Solemos identificar el conocimiento con los lugares donde se produce formalmente: universidades, centros de investigación, empresas tecnológicas, organismos especializados. Son fundamentales, pero el mapa queda incompleto si termina allí. También existe inteligencia en un taller, una escuela rural, una cooperativa, un establecimiento agropecuario, una obra, una pequeña empresa, un hospital o una actividad artística. No toda ella producirá conocimiento generalizable ni tiene por qué hacerlo. Lo difícil de justificar es que decidamos de antemano desde dónde puede surgir una pregunta valiosa.

La realidad nunca respetó demasiado nuestras fronteras institucionales. Una observación nacida en la práctica puede encontrar explicación en una investigación; esa investigación puede convertirse en tecnología y una aplicación inesperada puede aparecer años después en un ámbito diferente. La inteligencia no circula en una sola dirección: se mezcla, cambia de lenguaje y muchas veces aparece donde nadie la estaba buscando.

La colaboración rara vez consiste en reunir personas que saben lo mismo. Su riqueza suele provenir de lo contrario: capacidades distintas que consiguen entenderse lo suficiente como para construir algo común. No siempre funciona y conviene no romantizarla, pero cuando funciona deja una enseñanza: compartir una base no exige pensar igual y colaborar no significa uniformar.

Uruguay no parte de cero. Hay experiencias y capacidades sobre las que puede apoyarse una conversación más amplia. Quizá estén más dispersas de lo que advertimos.

El derecho a contribuir

Poner en circulación la experiencia suena atractivo hasta que aparece una pregunta elemental: ¿por qué alguien habría de compartirla?

Los datos y la experiencia son capitales. Una persona, una empresa o una institución han invertido tiempo, dinero, errores y trabajo para llegar a saber lo que saben. Además, hay información personal que debe protegerse, conocimiento empresarial que constituye una ventaja legítima y resultados sujetos a reglas de autoría, confidencialidad o propiedad intelectual. Pretender abrir todo sería tan absurdo como mantenerlo todo cerrado.

Pero compartir experiencia no equivale necesariamente a entregar los datos que la originaron. Entre abrir y cerrar existe un territorio mucho más amplio. Explorar ese territorio exigiría confianza, reglas y alguna forma de retorno para quien contribuye, aunque no tenga por qué ser económico. Puede consistir en reconocimiento, acceso a otras experiencias, nuevas colaboraciones, la solución de un problema propio o la posibilidad de que algo aprendido llegue más lejos.

La ciencia, las asociaciones profesionales o las comunidades de software han encontrado maneras diferentes de combinar reconocimiento, reciprocidad y acceso. Ninguna puede trasladarse mecánicamente al conjunto de la sociedad, pero muestran que compartir puede producir valor también para quien comparte.

De allí apareció durante estas reflexiones una idea que al principio parecía lateral: el derecho a contribuir. No como un nuevo derecho jurídico ni como una obligación, sino como la posibilidad de que la experiencia de una persona encuentre un lugar donde pueda ser escuchada, contrastada y, si resulta valiosa, continuada por otros.

No todas las contribuciones serán igualmente útiles. Algunas estarán equivocadas y otras repetirán cosas conocidas. Eso no invalida la idea. Lo interesante sería ampliar el número de personas capaces de participar en la producción colectiva de preguntas y no solamente en el consumo de respuestas.

El patio de juegos de la curiosidad

Solemos pensar la curiosidad como una característica individual, algo que algunas personas poseen en mayor medida que otras. Pero también existe una cultura de la curiosidad. Hay ambientes donde preguntar resulta natural y una duda puede mejorar una conversación; en otros, las preguntas demoran, incomodan o ponen en cuestión decisiones consideradas terminadas. Con el tiempo dejan de formularse, no necesariamente porque las personas hayan perdido curiosidad, sino porque aprendieron que allí no valía demasiado la pena ejercerla.

Las organizaciones participan de esa cultura. Lo hacen las empresas, las universidades, las familias, los medios, las escuelas y el Estado, transmitiendo de maneras a veces imperceptibles una idea sobre el valor de preguntar. La diferencia entre un lugar donde una buena pregunta abre una conversación y otro donde la cierra puede parecer pequeña en una reunión aislada; probablemente deje de serlo cuando se acumula durante años.

Antes de una investigación hubo una pregunta, antes de una innovación una inquietud, y antes de muchos cambios importantes alguien tuvo que mirar una realidad conocida y preguntarse si podía ser de otra manera. La curiosidad no garantiza descubrimientos ni buenas decisiones, pero cuesta imaginar una cultura capaz de innovar de manera sostenida allí donde preguntar se ha convertido en una actividad incómoda.

En una universidad, una empresa, una oficina pública, un campo o una canchita se aprende todos los días. Mucho de ese aprendizaje queda donde nació. ¿Cuántas oportunidades perdemos porque experiencias y preguntas que deberían encontrarse nunca llegan a hacerlo?

Quizá por eso resulte útil recuperar algo que la vida adulta suele abandonar demasiado pronto: el juego. Los niños relacionan objetos, ideas y posibilidades sin exigir de antemano que cada exploración justifique su utilidad. Después vienen, necesariamente, la disciplina, la especialización, el método y la responsabilidad. El riesgo aparece cuando, en el camino, perdemos aquella libertad inicial de relacionar antes de saber para qué.

De allí nació la imagen de un patio de juegos de la curiosidad. No lo imagino como un edificio, una plataforma, una institución o un programa. Es, antes que nada, un ambiente donde una pregunta pueda encontrarse con otra antes de que alguien exija una respuesta; donde personas que miran la realidad desde experiencias y sensibilidades diferentes puedan relacionar sin conocer de antemano el resultado; donde explorar no requiera justificar primero el destino.

No sabemos qué forma tendría y sería contradictorio apresurarnos a decidirla. Puede aparecer dentro de instituciones existentes, en universidades, empresas, redes informales, medios, comunidades profesionales o espacios que todavía no existen. Quizá ya exista parcialmente en muchos de ellos. Lo importante no sería construir un patio y mucho menos apropiarse de él, sino favorecer una cultura donde puedan aparecer muchos. Nadie debería tener el monopolio de la curiosidad.

Una plaza donde encontrarse

Explorar no alcanza. En algún momento las preguntas necesitan encontrarse con otros.

La imagen de una plaza ayuda a pensar ese segundo movimiento. Una plaza tiene reglas, límites y alguien que la mantiene, pero aquello que ocurre dentro de ella no pertenece completamente a quien la administra. Las personas llegan por razones diferentes; algunas se encuentran y otras simplemente atraviesan. Hay conversaciones previstas y otras accidentales.

Podríamos imaginar, así, una plaza de contribuciones: no un gran depósito donde terminara almacenado todo lo que el país sabe, sino un espacio donde experiencias distintas pudieran encontrarse bajo condiciones conocidas y cada uno conservara aquello que legítimamente debe permanecer protegido.

El patio y la plaza pertenecen al mismo paisaje, pero cumplen funciones diferentes. El primero conserva la libertad de explorar; la segunda hace posible el encuentro. Ninguno necesita tener un dueño intelectual y cualquiera puede, en determinado momento, convertirse en conector.

La inteligencia artificial modifica radicalmente la escala posible de esos encuentros. Puede recorrer cantidades de información que ninguna persona podría abarcar, encontrar antecedentes y detectar relaciones entre experiencias que difícilmente se habrían encontrado por sí solas. Sería absurdo ignorar esa oportunidad y también exagerarla: encontrar una relación no equivale a comprender su importancia y producir una respuesta no es lo mismo que formular una buena pregunta. Quizá su aporte más interesante sea ofrecer a la curiosidad un territorio mucho mayor donde moverse.

La imagen importa más que el diseño. Si alguna vez corresponde diseñar algo, vendrá después. Por ahora alcanza con preguntarnos qué podría ocurrir si empezáramos a considerar la experiencia dispersa por el país como algo capaz de producir un valor adicional cuando encuentra otras experiencias.

La ventaja de ser pequeños

Uruguay tiene una característica que podría jugar a favor: es pequeño. Durante décadas mencionamos esa condición, con razón, como una limitación. El mercado es reducido y la escala condiciona muchas actividades, pero también acorta distancias. Las redes personales, profesionales e institucionales se cruzan con una frecuencia difícil de reproducir en sociedades mucho mayores. Eso no garantiza colaboración ni produce inteligencia por sí mismo, pero ofrece una posibilidad.

Si a esa cercanía se agregan universidades, empresas, organismos públicos, investigadores, organizaciones sociales y experiencias que ya mostraron que capacidades diferentes pueden trabajar sobre terrenos comunes, no parece descabellado preguntarse si nuestra escala podría convertirse también en una ventaja.

Los esfuerzos que Uruguay viene realizando para fortalecer su ecosistema de innovación forman parte de ese terreno. La idea no es competir con ellos ni ofrecer una arquitectura alternativa. Cuanto mayor sea la capacidad de una sociedad para aprender de sí misma, relacionar experiencias y producir nuevas preguntas, mayor será también el territorio disponible para innovar.

No sabemos cómo convertir esa posibilidad en algo más y acaso sea una buena razón para no apresurarnos a responder. Las dificultades son reales: habrá que proteger aquello que no deba compartirse, encontrar razones para contribuir, distinguir experiencia de opinión, evitar que la abundancia se transforme en ruido y cuidar que ningún interés particular termine apropiándose de un espacio que solo tiene sentido si permanece abierto. Incluso habrá que preguntarse si algo de todo esto produce suficiente valor como para justificar el esfuerzo.

Pero esas preguntas no necesitan ser resueltas antes de empezar a conversar. Son parte de la conversación.

Hay un momento en la vida de las ideas, antes de que se conviertan en proyectos, en el que todavía pueden discutirse sin que nadie tenga que defender un presupuesto, una competencia institucional o una estructura. Estas reflexiones quieren permanecer, por ahora, en ese territorio. No reclaman una institución, una ley o una plataforma ni pretenden anticipar quién debería hacer qué. Proponen algo bastante más modesto: mirar con atención una realidad que quizá hemos considerado demasiado natural y admitir que cualquiera puede producir una conexión inesperada. Quien comparte un fracaso para que otro no lo repita, acerca a dos personas que deberían conocerse, encuentra un uso distinto para una experiencia ajena o formula una pregunta que obliga a revisar una certeza ya está contribuyendo.

Por eso este texto también forma parte del patio de juegos. No sabemos adónde conduce todo esto y sería extraño pretenderlo. Si estas reflexiones consiguen poner la pregunta en circulación y provocar otras, habrán cumplido su propósito. Después veremos qué encuentra la curiosidad.

Guillermo Fraga se ha dedicado a la política, la gestión pública, la actividad empresarial y la producción agrícola. Fue coordinador del Fondo de Desarrollo del Interior de la OPP entre 2015 y 2020.

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