Finalmente se decidieron las elecciones brasileñas. Luiz Inácio Lula da Silva asumirá por cuarta vez la presidencia en enero de 2027. Lula, el histórico líder del Partido de los Trabajadores (PT), se impuso con el 51,79% de los votos frente al 48,21% que ostentó Flávio Bolsonaro (Partido Liberal). En una arremetida histórica, porque ningún candidato que perdía en primera vuelta brasileña se imponía en la segunda, Lula revirtió los resultados y dio un batacazo que, con certeza, conmocionó a la escena política local, regional y por supuesto internacional. Probablemente, porque Lula sea el último de su especie y porque luego de la primera vuelta, aventurar un batacazo de esta magnitud era para personas muy osadas o para quienes tienen una confianza en la política que merece no solo respeto, sino admiración.
Lo que más impactó en estas semanas fue la oda a la política que Lula hizo entre la primera y la segunda vuelta. Como bien se señala en la nota de la diaria del lunes 26 de octubre, “en el último tramo, la campaña de Lula cobró impulso en su intento de ocupar las calles y los ámbitos digitales con una intensidad que no se vio en la primera vuelta”. Pero lo más interesante radica en la ambición política del mandatario. “Lula logró la aprobación de su reforma laboral, que reduce la semana de trabajo progresivamente para incorporar dos días de descanso a partir de diciembre y llegar, dentro de un año, a 40 horas semanales. Perdonó deudas a trabajadores que ejercen mediante empresas unipersonales y prohibió las llamadas bets, las apuestas digitales que constituían un problema social y económico para la sociedad de Brasil”. Es decir, Lula le habló a su base electoral, pero salió a buscar a aquellos que le habían dado la espalda al PT en la primera vuelta movilizando su base más politizada. Los buscó, los encontró y los convenció.
En esta búsqueda y movilización capilar de votantes jugó un papel protagónico André Janones, legislador del estado de Minas Gerais, el “general” del ejército digital de Lula. Este diputado se propuso explícitamente ganar la batalla en las redes sociales, tradicionalmente dominadas por la derecha. Para ello construyó un canal de difusión de Whatsapp que difundía mensajes para compartir en sus propias redes. De los 60.000 seguidores que tenía tras la primera vuelta del 4 de octubre, alcanzó los diez millones en tres semanas. Sin dudas, una estrategia que los progresismos y partidos de izquierda latinoamericana deberían estudiar con detenimiento.
Además de estas estrategias, Lula arrinconó a su contendiente y explicitó la relación de Flávio Bolsonaro, o de su clan, con Estados Unidos. Mejor dicho, la vocación de subordinación del Partido Liberal con Estados Unidos. Insistió en las “acusaciones de irregularidades que pesan sobre Flávio Bolsonaro. Desde su relación con milicianos o la defensa que ejerció como abogado de un policía que mató a una niña, hasta los aportes millonarios que recibió de un banquero”, como indicó la nota de la diaria. Sí. Todo eso era el candidato de la ultraderecha que presentó el Partido Liberal, además de ser un promotor de una agenda basada en los valores familiares, el liberalismo económico, la mano dura (su paquete de medidas incluía bajar la edad de responsabilidad penal a los 14 años) y la alineación internacional con los gobiernos conservadores globales de Estados Unidos, Israel y Argentina.
A todo eso, el senador nacionalista Sebastián da Silva rendía pleitesía. Da Silva es integrante de la lista más votada del partido de la oposición más votado en las últimas elecciones nacionales de 2024. Desde su Espacio 40 del Partido Nacional, junto a Javier García, buscan deliberadamente embarrar la cancha del debate político uruguayo que bastante desteñido está. Da Silva es un insultador compulsivo, probablemente por eso se haya sentido a gusto con los partidarios de Flávio Bolsonaro el domingo (aunque tras la derrota electoral advirtió que estaba en un paseo familiar por el cumpleaños de 80 años de su padre).
El triunfo de Lula es, sin dudas, un espaldarazo para el gobierno de Yamandú Orsi y un portazo para las ambiciones caricaturescas de algunos referentes políticos de la escena local.
Da Silva dijo ser admirador de Jair Bolsonaro en una entrevista con Guillermo Ameixeiras en la diaria Radio. En una articulación llamativa, el senador nacionalista justificó su agrado en los logros económicos del gobierno de Bolsonaro en el sector del agro, aunque aclaró que no compartió sus acciones vinculadas al intento de golpe de Estado en enero de 2023, por el que está condenado a 27 años de prisión. Menos mal. Vale la aclaración porque como bien dijo, “uno es esclavo de lo que dice”; y yo agrego, de lo que “hace”.
El 5 de octubre, al otro día de la primera vuelta electoral en Brasil, Da Silva dijo: “La mayoría del pueblo uruguayo está contento de que esa estructura de poder corrupta del PT deje el gobierno (...) el viraje a la derecha de América Latina es un dato de la realidad y la izquierda tiene a todo el mundo cansado, harto, hastiado y frustrado de mucho viru viru y poca realización”. El 25 de octubre, solo 20 días después de esa declaración, el mismo legislador dijo: “Lula es un ícono y a las izquierdas no las podemos subestimar, nosotros subestimamos a Orsi, creo que Bolsonaro subestimó a Lula (...) El Brasil pobre vota a la izquierda y el Brasil rico vota a la derecha”.
Así, con ese profuso análisis sobre el comportamiento electoral y la cultura política brasileña, Da Silva no puede salir de esa lógica de polarización paralizante que se autoimpuso. Junto a otros legisladores –no está solo, claro está–, insiste en desplegar una estrategia de comunicación política que no solo es perniciosa para propios, sino para ajenos. Junto con Graciela Bianchi y Andrés Ojeda, son algunos de los legisladores de la oposición que intentaron posicionarse en la política doméstica a partir de una lectura de las elecciones en Brasil.
¿Qué buscan? ¿Cuál es la estrategia? Es cierto que los senadores de la república despliegan un home style1 asociado a grandes temas, pero ¿es el miedo al “comunismo internacional” lo que moviliza a sus electorados? ¿Es la avalancha de “zurdos” a lo que le temen sus representados? ¿No estarán calculando mal el tiro? Además de hacer comparaciones hiperbólicas y caer en errores, cuando los legisladores estiran sus temas hasta los límites, se nota. A los uruguayos les interesa que sus representantes se posicionen sobre temas de agenda, por supuesto, pero les gusta que lo hagan desde su identidad, apropiándose de los conceptos y problemáticas, reinventándolos, proponiendo soluciones autóctonas y evitando las copias.
Los senadores nacionales deberían rendirle tributo a la política con sus gestos. Honrar la labor. Enaltecer a la política. Hacerla digna de sus acciones. Me quedan dudas de que esto suceda cuando se estiran conceptos y se importan acciones y gestos.
El triunfo de Lula es, sin dudas, un espaldarazo para el gobierno de Yamandú Orsi y un portazo para las ambiciones caricaturescas de algunos referentes políticos de la escena local. Para no ser esclavos de las palabras, hay que simplemente no decirlas.
Camila Zeballos es politóloga.
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Fenno R (1978). Home Style: House Members in Their Districts. Little, Brown and Company. ↩