“Lo real resiste”, dijo el poeta Arnaldo Antunes en medio de la batalla que ganamos el domingo. Lo real resiste a la mentira, al resentimiento y a las tecnologías que sustituyen la experiencia humana por una realidad fabricada para plutócratas y tecnooligarcas del capitalismo financiero, de plataformas y de vigilancia.
La victoria de Lula en la segunda vuelta de las elecciones brasileñas, el 25 de octubre, trasciende las fronteras. Lula fue elegido con 64.256.232 votos (el 51,79% de los votos válidos), frente a los 59.826.041 (el 48,21%) de Flávio Bolsonaro. Por primera vez desde la redemocratización, quien había terminado segundo en la primera vuelta ganó la segunda gracias a la movilización social y a la disputa de narrativas.
Lo real resistió en las calles y en las redes. Los jóvenes devolvieron a la política aquello que los algoritmos reducen: los cuerpos, la convivencia y el reconocimiento del otro más allá de la pantalla. Usuarios organizados enfrentaron la desinformación. Artistas, intelectuales, periodistas y ciudadanos defendimos la posibilidad de la disputa democrática.
Desde la elección de Donald Trump, en 2016, se consolidó una articulación internacional de autoritarismo, intereses económicos, sectores religiosos, propaganda y plataformas digitales, impulsada por el resentimiento, el espectáculo, la desinformación y la manipulación algorítmica. Lula interrumpió parte de ese engranaje en Brasil.
Es necesario examinar las relaciones entre las grandes tecnológicas (big techs), Trump, Benjamin Netanyahu y la derecha israelí, el ciberdelincuente argentino Fernando Cerimedo y el Partido Liberal (PL) de Flávio Bolsonaro. Las plataformas, la inteligencia artificial y las redes de influencia articulan propaganda y desinformación. Las plataformas no son neutrales: determinan qué contenidos alcanzan mayor difusión y qué emociones se estimulan. Trump y Netanyahu simbolizan la ofensiva antidemocrática e iliberal; Cerimedo opera en la propaganda digital latinoamericana; Flávio Bolsonaro y el PL son sus beneficiarios en Brasil.
Durante la campaña, Lula denunció restricciones a la difusión de sus publicaciones y diferencias en el funcionamiento de las herramientas de inteligencia artificial de Meta. El 15 de octubre, el ministro Marco Aurélio Bellizze, del Tribunal Superior Electoral (TSE), ordenó garantizar un trato igualitario a las candidaturas, bajo pena de una multa diaria de 500.000 reales. Al día siguiente, el pleno ratificó la decisión. La opacidad de las plataformas evidencia la disputa por el alcance de las candidaturas y por la opinión pública, dentro de un engranaje de dinero, propaganda, influenciadores, religión y resentimiento.
En el periodismo, los dueños de los medios hereditarios renunciaron a la ética y se convirtieron en cloacas de desinformación que desembocaban en el desagüe de la campaña de Flávio Bolsonaro.
No olvidemos al diputado André Janones, que organizó un “ejército” de usuarios orgánicos de las redes sociales para enfrentar a los algoritmos e impulsar la campaña de Lula. Las redes y las calles se entrelazaron en una especie de Zion brasileña de la trilogía Matrix. El Partido de los Trabajadores, reducido a la racionalidad de machos burócratas del siglo XX, nos debe mucho.
La victoria no elimina el peligro de la extrema derecha: demuestra que resistir es posible mediante la movilización y la cultura.
Madonna compartió una publicación del fotógrafo Rafael Pavarotti en apoyo a Lula; Kleber Mendonça reunió a estrellas de Hollywood que hicieron la L.
También hay una disputa estética. No se trata de jerarquizar gustos, sino de comprender cómo la estética política produce sensibilidades: la vulgaridad como autenticidad, la brutalidad como fuerza y la ignorancia como motivo de orgullo.
A partir de una provocación de Marilena Chauí sobre la clase media brasileña, propongo pensar cómo la abominación estética acompaña a las abominaciones ética, cognitiva y política. Chauí vincula la ética con la violencia, la dimensión cognitiva con la ignorancia y la política con el autoritarismo y el fascismo. Extiendo esa reflexión: ¿qué ocurre cuando la violencia se convierte en espectáculo, la ignorancia en credencial y el autoritarismo en entretenimiento?
La estética fascista no se reduce a gustos musicales o formas de vestir: exalta la fuerza, la obediencia al jefe, el desprecio por la diferencia y la burla del otro. Frente a las artes vivas, las bellezas de las periferias, las fiestas populares y la cultura de los trabajadores y trabajadoras que apoyan a Lula, se alzaron la ostentación sin responsabilidad, la fama sin compromiso social y la indigencia intelectual de cantantes de música sertaneja e influenciadores digitales que se enriquecieron con las apuestas en línea (bets) y con la Ley Rouanet (Ley Federal de Incentivo a la Cultura), que ellos mismos demonizan para atacar a artistas independientes.
Hannah Arendt ayuda a comprender cómo la ausencia de pensamiento crítico banaliza el mal. La libertad artística, la pluralidad y la imaginación son incompatibles con la imposición de una única forma legítima de existir, objetivo de la organización criminal en torno a Flávio Bolsonaro.
El problema no es la música sertaneja, sino su instrumentalización y la explotación de la vulnerabilidad del público. Las grandes tecnológicas lucran con la atención; las apuestas, con la promesa de enriquecimiento rápido; y los políticos autoritarios, con ambas. Estos intereses se alimentan de la inseguridad y de la promesa de redención individual.
Es necesario distinguir entre fieles y dirigentes, comunidades de fe y negocios, e iglesias enteras y quienes eventualmente sean responsables de ilícitos. Lula enfrentó la instrumentalización de la religión para legitimar el autoritarismo y atacar derechos. En su discurso de victoria, defendió la laicidad del Estado y prometió combatir la intolerancia religiosa. Sin embargo, no mencionó explícitamente a las personas negras y mestizas ni su histórica lucha antirracista, tampoco a la comunidad LGBTI+, que tanto se movilizó para garantizar su victoria. ¡Nada que no pueda corregir en el futuro inmediato!
La victoria no elimina el peligro de la extrema derecha: demuestra que resistir es posible mediante la movilización y la cultura. Resistir es devolverle a la política su carácter colectivo, en lugar de reducirla a un espectáculo de egos. Es convertir la esperanza en un proyecto, proteger la cultura de la propaganda y garantizar a las artes la posibilidad de imaginar otras formas de vida.
A pesar de ayer, hay un mañana posible. No porque la historia garantice la victoria del bien, sino porque millones de personas se negaron a aceptar que el mundo de los monstruos fuera el único posible. La victoria es una apertura, no una conclusión; una oportunidad, no una absolución. Exige vigilancia, memoria, autocrítica y trabajo colectivo.
Por representar la posibilidad de reconstruir la democracia y disputar un futuro de prosperidad, sostenibilidad, igualdad, fraternidad y libertad, mis flores en vida –rojas como la sangre que corre por nuestras venas– son para Lula.
Jean Wyllys es periodista, escritor y artista visual.
