Las consecuencias del ataque lanzado por Estados Unidos e Israel contra Irán serán sin duda vastas y tremendas, desde lo militar hasta lo económico. Pero la situación se agrava por las reacciones de otros gobiernos, que en demasiados casos incluyeron apoyos sumisos, silencios temerosos y meras palabras críticas que poco ayudan al bombardeado pueblo iraní.
En ocasiones anteriores, hubo por lo menos la expectativa de qué se diría en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Ahora parece que ya no importa. Es el síntoma de un retroceso alarmante.
Con independencia de las opiniones que se tengan acerca del régimen de los ayatolás y de sus desmanes dentro y fuera de Irán, las acciones bélicas impulsadas por Donald Trump y Benjamin Netanyahu son un nuevo y durísimo golpe contra el derecho internacional. Las omisiones de quienes podían y debían oponerse con firmeza a la escalada también socavan esas normas de convivencia, cruciales para la humanidad entera y sobre todo para quienes son más débiles y vulnerables.
Sobre una gran oscuridad de fondo, brilló la actitud del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, que se negó a colaborar con el ataque, afrontando las consecuencias de excitar la ira de Trump. Alguien tenía que animarse a levantar una bandera para que detrás de ella hubiera luego alineamientos. También en este caso poco importan las opiniones que se tengan sobre otros aspectos de la trayectoria política de Sánchez. Fue un gesto de dignidad que merece ser recordado y seguramente lo será. Hay, lamentablemente, quienes creen que conviene alinearse tras el más fuerte y adularlo. Esos también serán recordados.
Sabemos que no es prudente confiar en las declaraciones de Trump, quien además se ha mostrado particularmente errático en sus manifestaciones sobre el objetivo y los alcances de este ataque. Al cierre de esta edición, el presidente de Estados Unidos había hablado de no aceptar más que una rendición incondicional y de seleccionar personalmente al próximo gobernante iraní. Es un mal presagio para los intentos de mediación que habían comenzado a activarse, mientras las acciones bélicas se extienden mucho más allá de las fronteras de Irán y los peligros se multiplican cada día.
Sin embargo, el descrédito de la negociación y la noción de que no vale la pena intentarla también son grandes amenazas a la reconstrucción del derecho internacional. Que bajemos los brazos y agachemos la cabeza es una victoria de quienes medran con la ley de la selva.
Quizá muchos gobiernos del mundo alienten la esperanza de que las elecciones parciales de noviembre en Estados Unidos apliquen un freno interno y se resignen a tolerar los daños crecientes mientras aguardan ese acontecimiento. Es cierto que la ciudadanía estadounidense tiene un papel irremplazable, pero no se trata, como alguien dijo al comienzo de los años 60, de quedarse sentado esperando que pase el cortejo fúnebre del imperialismo.
Cada pequeño acto de denuncia, resistencia y solidaridad importa. Cada oportunidad perdida puede tener un alto costo.