He leído con atención la columna de Ricardo Weisz en la que manifiesta su oposición a la creación de un grupo de trabajo sobre antisemitismo en la Institución Nacional de Derechos Humanos. Su preocupación por el contexto general de intolerancia y por la eficacia de las instituciones es atendible. Sin embargo, su conclusión –que en los hechos propone no avanzar– resulta, a mi juicio, profundamente equivocada.

Es cierto que no podemos saber de antemano si esta comisión será eficaz. Tampoco hay garantías de que logre revertir tendencias culturales, políticas o comunicacionales complejas.

Pero de esa incertidumbre no se desprende que deba rechazarse su creación. Por el contrario, en un escenario donde el antisemitismo –muchas veces expresado bajo nuevas formas– reaparece con intensidad creciente, la peor opción es la inacción.

El argumento de que el antisemitismo no debe abordarse de forma específica porque forma parte de una intolerancia general diluye un fenómeno que tiene características históricas, simbólicas y contemporáneas propias. No se trata de establecer jerarquías de víctimas, sino de reconocer que cada forma de discriminación requiere herramientas específicas para ser comprendida y combatida.

El argumento de que el antisemitismo no debe abordarse de forma específica porque forma parte de una intolerancia general diluye un fenómeno que tiene características históricas, simbólicas y contemporáneas propias.

Asimismo, resulta problemático sostener que las organizaciones judías no deberían participar de instancias institucionales hasta que otros actores “den cuentas”. En una sociedad democrática, los espacios de diálogo no se condicionan a la conducta previa de terceros: se construyen precisamente para enfrentar esas tensiones. Rehusarse a participar no fortalece la posición de quienes denuncian el problema, por el contrario, los deja sin voz en ámbitos donde, eventualmente, se definen marcos de acción.

En ese sentido, también llama la atención que el Sr. Weisz haya optado por expresar esta posición públicamente sin que conste, al menos, una gestión previa o una instancia de intercambio directo con las autoridades competentes y/o con representantes de las organizaciones comunitarias involucradas. En temas de esta sensibilidad, el diálogo directo no solo es deseable, sino necesario.

El propio texto reconoce situaciones preocupantes –hostigamiento en ámbitos académicos, cancelación de exposiciones, presión ideológica– que, lejos de justificar la retirada, refuerzan la necesidad de generar instancias institucionales que las aborden. Si esos espacios hoy son insuficientes, la respuesta no puede ser abandonarlos, sino intentar mejorarlos.

En este contexto, la creación de un grupo de trabajo sobre antisemitismo no es una garantía de éxito, pero sí es una señal clara de que el problema existe y merece ser tratado con seriedad. Renunciar incluso a ese primer paso equivale a aceptar que nada puede hacerse. Y cuando se trata de fenómenos de odio y exclusión, hacer nada nunca es neutral: siempre termina favoreciendo al problema.