El 8 de abril, la diaria publicó una nota informando de la intención de la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH) de crear un grupo de trabajo para tratar el antisemitismo en Uruguay, invitando a participar a organizaciones judías.

Me opongo a dicha propuesta, porque no es un problema de los judíos, sino una situación de intolerancia social en general, de la que nosotros somos apenas de los primeros en la lista. Porque en estos temas de discriminación producto de nuestro permanente culto a la memoria (que data de hace ya miles de años), los judíos siempre “arrastramos las marcas”, opacando a otros colectivos que también son discriminados.

Porque ese protagonismo nos vuelve siempre como un búmeran y es utilizado contra nosotros para mostrarnos frente a otras minorías como unos “privilegiados” (divide, aísla y vencerás).

Porque hoy no se trata de un fenómeno social de clases o religioso, sino de un fenómeno alimentado y financiado desde lo geopolítico. Porque en el sistema de chacras uruguayo, no son las instituciones las que marcan el camino, sino gremios hiperpolitizados. Porque en Uruguay las instituciones no están dispuestas a pagar el costo político de tomar decisiones ni buscan solucionar conflictos, sino que solo buscan aplacarlos mediante acciones políticamente correctas.

Desde que en 1290, un fraile catalán llamado Christiani convenció al rey Jaime I de Aragón de hacer un debate público sobre la supremacía del cristianismo sobre el judaísmo (busquen Disputa de Barcelona), la vida de los judíos se convirtió en una permanente visita a tribunales públicos patrocinados por la realeza a fin de demostrar que la vieja fe del judaísmo es algo ya superado que debe ser dejado de lado, como la nueva fe del cristianismo afirma.

A partir de allí, el problema pasó a ser que a cada juicio que se le hacía al judaísmo, surgía una nueva disputa, porque los argumentos del abogado judío de la defensa en demostrar y justificar su filosofía de vida eran más convincentes que las acusaciones del fiscal cristiano. Esto generaba en las autoridades eclesiásticas un doble problema: impedía la conversión de los judíos al cristianismo, despertaba dudas en los cristianos.

Esta moda de los debates entre cristianos y judíos tuvo un final abrupto en 1490, cuando el fraile español Tomás de Torquemada, cansado de ese statu quo, hizo la puesta en escena de un falso ritual judío (busquen: El asesinato del Santo niño de La Guardia) para así desatar la furia y el odio de las masas contra los judíos, quienes son sus vecinos desde hace trece siglos.

En estos temas de discriminación producto de nuestro permanente culto a la memoria, los judíos siempre "arrastramos las marcas" opacando a otros colectivos que también son discriminados.

Desde entonces, la historia es la misma: cuando las mayorías comienzan a sentir que van perdiendo, te cambian las reglas del juego hasta que, cuando tampoco eso les alcanza, te mueven el arco cuando estás pateando el penal.

Aunque se lo proponga, la INDDHH no conseguirá disminuir el actual activismo antijudío porque no tiene peso alguno sobre la opinión pública, ya que TikTok e Instagram tienen hoy más y mayor peso para emitir acusaciones que cualquier persona “real” para desmentirlas.

Ninguna conclusión de ningún grupo de trabajo sobre antisemitismo de la INDDHH logrará cambiar algo, porque el problema no es el antisemitismo disfrazado de antisionismo; el problema real son los intentos de derrumbar las estructuras políticas y sociales.

No es a través de la INDDHH que se logrará que Alberto Spektorowsky pueda acceder a dar su exposición sobre laicidad en la Universidad de la República —exposición suspendida “temporalmente” desde 2024— ni tampoco disminuir el grado de acoso del que son sujetos estudiantes no alineados en un 100% a la causa palestina y que “den fe expresa” de ello. Lo básico de toda civilización es que, para “entenderse mutuamente”, grupos y comunidades deben hablar, dialogar, discutir, acordar y discrepar entre sí. Pero para que eso suceda, se necesitan dos.

La pregunta entonces es: ¿qué tipo de diálogo para la convivencia se puede crear en la sociedad si nada más y nada menos que desde la crème de la crème de la intelectualidad uruguaya, que es la Udelar, te ponen a una de las partes en el congelador, favoreciendo un monólogo totalitarista?

Por eso, me opongo. Porque no son los representantes de las asociaciones judías quienes tienen que ir hoy a tender puentes de diálogo. Por eso me opongo y hago un llamado abierto a todas las organizaciones judías e individuos para decirles que no vayan. Que vayan primero las autoridades de la Udelar, que vayan los grupos a dar cuentas de por qué nos bloquean; luego iremos nosotros.