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Las dos almas del Frente Amplio

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A inicios de marzo el diario El Observador publicó una encuesta realizada junto con la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República que arrojó que entre el 30% y el 40% de quienes votaron a Yamandú Orsi en el balotaje mostraban decepción o dudas respecto de que el gobierno estuviera siguiendo la senda correcta. Aunque los votantes de la fórmula Álvaro Delgado-Valeria Ripoll no tienen mejor opinión respecto del desempeño opositor de la Coalición Republicana, fue la decepción de los frenteamplistas lo que más llamó la atención. Y eso tiene sentido, especialmente si se recuerda que similar circunstancia se vivió en el primer año del segundo gobierno de Tabaré Vázquez.1

Un fenómeno como este se puede analizar desde distintos ángulos, por lo que admite diversas interpretaciones. La que me propongo esbozar aquí pone el foco en lo que creo que es la característica central del Frente Amplio, aquello que hace de él una fuerza política tan peculiar: el hecho de estar habitado por dos “almas”. Se trata de un rasgo de su identidad cuyo origen se encuentra en el momento mismo de su fundación y que, más allá de mutaciones, sigue vigente hasta hoy.2

A la primera la denomino “republicana”. Ella anida, principalmente, en la masa de militantes de base que participan de alguna forma en la orgánica. Aunque su núcleo duro se ubique en quienes se reúnen cada semana en los comités de base, su universo abarca, como mínimo, a los más de 130.000 ciudadanos que sintieron un compromiso suficiente con el Frente Amplio como para participar en la elección de autoridades partidarias de 2021. La segunda, que caracterizo como el alma “socialdemócrata”, es la que más ha cambiado con el tiempo como resultado del proceso de moderación ideológica seguido por la fuerza política luego de la dictadura y antes de ser gobierno. Ella impregna, sobre todo, el accionar de dirigentes y cuadros técnicos, especialmente cuando les toca gobernar.

Herreristas y blancos independientes en el Partido Nacional, batllistas y riveristas en el Colorado, la idea de que nuestros principales partidos están organizados en torno a una dualidad interior no tiene nada de novedosa. También el Frente Amplio ha sido interpretado desde este ángulo por quienes han señalado la presencia de dos corrientes –una moderada y otra radical– muchas veces en tensión entre sí. Pero no es a eso a lo que me refiero al hablar de dos almas. Y tampoco sostengo, porque no lo pienso, que una sea más o menos radical o de izquierda que la otra. Lo que las distingue no es tanto un clivaje programático –aunque algo de eso hay– o diferencias respecto de qué tan profundas deben ser las reformas a impulsar, sino dos concepciones sobre la forma de hacer política y el lugar que esta ha de ocupar en la construcción de nuestra vida común.

Para el alma republicana, cuyo máximo exponente fue el general Liber Seregni, la participación activa –el vivere civile de Nicolás Maquiavelo– es un elemento constitutivo de la república y, por extensión, de toda fuerza política democrática. Es lo que hace que un país esté habitado por ciudadanos, no por meros individuos. Es a este ideal a lo que se refieren los frenteamplistas cuando dicen, con insistencia y convicción, que se debe gobernar con la gente, no para la gente.

Como ya señalé, este espíritu republicano alimenta, principalmente, a quienes integran la base de ciudadanos-militantes. Personas que valoran su independencia de criterio y acción, que no aspiran a ningún cargo en el gobierno y que no dudan en pedir cuentas a los dirigentes, cosa que hacen a viva voz, ya sea en las redes o en los comités. Lo extraordinario, lo que distingue al Frente Amplio de la mayor parte de los partidos políticos –sea cual sea su orientación ideológica– es que como resultado de las circunstancias históricas en que se formó y consolidó, esa militancia goza de una parcela de poder e influencia que la dirigencia no puede desconocer.3

Su otra alma anida, sobre todo, entre la dirigencia, y cuando el Frente Amplio gobierna, también en los cuadros técnicos que se incorporan al Ejecutivo y las empresas públicas. Personas cuya máxima preocupación consiste en diseñar e implementar las reformas institucionales y las políticas públicas que permitan avanzar en la construcción de un estado de bienestar lo más parecido que sea posible al que se desarrolló en el norte de Europa.4 Confiados en que son los que saben el qué y el cómo de lo que debe hacerse –o, como mínimo, pero quizá más importante, lo que no debe hacerse–, si pudieran, gobernarían para la gente, no tanto con ella.

Junto con las oportunidades y límites que impusieron las circunstancias económicas, la relación entre estas dos almas fue el factor determinante de la capacidad transformadora del Frente Amplio en sus tres primeros gobiernos. Porque fue en aquellas áreas en las que ambas compartían una misma visión donde se introdujeron reformas profundas, como la laboral, la tributaria o la de la salud. Todas estas, así como las políticas sociales, son en parte resultado de la energía creativa y la capacidad transformadora generada por la tensión virtuosa que se observó entre ellas. Aquellas áreas en las que, como la educación, el Frente Amplio fracasó con rotundo éxito –o, como mínimo, avanzó bastante menos de lo que todos esperábamos– se caracterizaron por una relación perniciosa entre sus dos ánimas, lo que las llevó a desplegar sus facetas más sombrías.

La que me propongo esbozar aquí pone el foco en lo que creo que es la característica central del Frente Amplio, aquello que hace de él una fuerza política tan peculiar: el hecho de estar habitado por dos “almas”.

Porque, junto con sus virtudes, las dos almas poseen aquello que, para continuar con el lenguaje clásico, podemos llamar vicios. Los ciudadanos-militantes sostienen que ha de gobernarse con la gente, pero sin hacer explícito el hecho de que, muchas veces, por “la gente” se refieren a sí mismos. O, a lo sumo, a las organizaciones sociales aliadas. De este modo, si la virtud del alma republicana consiste en imprimir a la fuerza política energía cívica, su vicio la lleva, en ocasiones, a caer en la tentación corporativa. Entonces, el gobierno de los ciudadanos se trastoca en el de grupos de presión que, muchas veces, ponen su interés particular por encima del de la comunidad.

Los cuadros dirigentes y técnicos, por su parte, quienes más allá de sus diferentes roles y conflictos comparten la responsabilidad de gobernar, tienden a caer en el vicio de la soberbia, que en su caso se expresa en la tentación tecnocrática. Ellos integran la élite que sabe –bien porque han estudiado, bien porque hacen de la militancia política su vida– cuáles son las medidas y políticas eficaces y eficientes, así como las perniciosas, que se requiere aplicar, o evitar, para llevar a buen puerto las transformaciones deseadas. Y se exasperan, muchas veces, al tener que explicar aquello que les resulta obvio a personas que, a pesar de carecer de sus credenciales académicas y políticas, les hablan en pie de igualdad.

Todos los partidos del mundo tienen cuadros dirigentes y técnicos; no es allí donde radica la singularidad del Frente Amplio. Ha sido su peculiar historia, moldeada, a su vez, por la vocación republicana presente en nuestra tierra desde el artiguismo, la que dotó a esta fuerza de los rasgos que la distinguen. La vocación política desinteresada de sus ciudadanos-militantes, aunada al poder institucional del que gozan, y al que no están dispuestos a renunciar, le brinda la capilaridad social, la energía cívica y la capacidad de movilización que la caracteriza. Pero este potencial para la transformación solo se concreta cuando las dos almas se articulan en forma virtuosa. Y ello depende de una multiplicidad de factores, alguno que, como las oportunidades y límites que impone el contexto económico, escapan, en gran medida, a la voluntad de dirigentes, técnicos y militantes.

Hay, sin embargo, cosas que estos pueden hacer para encauzar la relación por un sendero favorable. En primer lugar, no solo reconocer su existencia, sino abrazarla como una bendición. Un regalo que lo mejor de nuestra historia legó a una fuerza política que, no por casualidad, eligió la bandera de Fernando Otorgués como su máximo emblema, y a un general artiguista independiente como su primer y más importante dirigente. Pero, al mismo tiempo, dar al saber técnico el lugar que le corresponde –aunque sea muy difícil delimitarlo– y renunciar a ese antiintelectualismo en que a veces derrapa la militancia. Y es que no solo los técnicos y dirigentes pueden pecar de soberbia. También a los ciudadanos-militantes les cuesta reconocer, en ocasiones, que sin ese conocimiento no será posible diseñar ni implementar las políticas que se requieren para continuar transformando el país. Porque, como bien sabían José Artigas y Liber Seregni, además de valientes hay que ser ilustrados.

Soy de la opinión de que lo que hoy empieza a observarse son los primeros indicios de un distanciamiento entre las dos almas. Es eso, creo, lo que se ubica detrás del malestar que empiezan a recoger las encuestas. Por eso hace bien la dirigencia del Frente Amplio, y en particular su presidente, en impulsar y sostener acciones como “El FA te escucha”. Porque, aunque la articulación virtuosa entre las dos almas no sea garantía de éxito para el gobierno, si ambas resbalan hacia sus facetas más oscuras y se enfrascan en una dinámica signada por la incomprensión, la ausencia de reconocimiento, la desconfianza y la soberbia, quizá sí, lo que esté asegurado sea el fracaso.

Javier Rodríguez Weber es doctor en Historia Económica por la Universidad de la República.


  1. Véase la nota “Continúa descenso de aprobación de Vázquez”, publicada en el portal de Cifra el 16 de noviembre de 2015. 

  2. Desarrollo esta noción de las dos almas del Frente Amplio y su incidencia en el período 2005-2020 en mi trabajo La República Esquiva. Desarrollo económico y desigualdad en Uruguay (1750-2020), publicado recientemente por Fundación de Cultura Universitaria. 

  3. Véase al respecto el estupendo libro de Verónica Pérez, Rafael Piñeiro y Fernando Rosenblatt Cómo sobrevive la militancia partidaria. El Frente Amplio de Uruguay, publicado por Ediciones Túnel. 

  4. Hubo una época en la que muchos de ellos esperaban que esas políticas iniciaran el camino hacia el socialismo, pero ya no es el caso. 

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