Pertenezco, luego existo: una columna para globertos

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

La profecía que no quiso ser profecía

“Globerto” es el término con el que los terraplanistas designan a quienes creen que la Tierra es redonda. Lo utilizan como insulto. Uno de los fenómenos mejor documentados en psicología cognitiva es que las personas con menor dominio de un tema tienden a sobrestimar su propia competencia y a subestimar la de los expertos. Se conoce como efecto Dunning-Kruger. No es casual que ambas afirmaciones aparezcan en la misma oración.

En filosofía de la ciencia existe una falacia denominada Texas sharpshooter fallacy, o “falacia del francotirador texano”: se dispara contra el granero, se observan los agujeros, se dibuja el blanco alrededor de los impactos más concentrados y se declara puntería perfecta. Consiste en buscar un patrón después de los hechos y confundirlo con una predicción. Eso hacen quienes creen en profecías.

No voy a caer en esa trampa. Pero tampoco voy a ignorar lo que ocurrió.

El 1° de abril de 2026, Día de los Inocentes, la NASA lanzó la misión Artemis II: cuatro astronautas en la primera nave tripulada que rodeó la Luna desde 1972. El 11 de abril, diez días después, se estrenó en la sala Campodónico de El Galpón Terraplanistas, la nueva obra de Santiago Sanguinetti, en la que un youtuber llamado Eddie, vestido con camuflaje antártico, grita ante un científico atado a una silla de escritorio: “¡Nadie fue a la Luna!”. El científico responde: “¡Por favor, mátenme de una!”.

Sanguinetti escribió esa escena en Oporto, en 2025, en el marco del programa InResidence. No conocía la fecha del lanzamiento. La coincidencia no es una prueba de puntería. Es otra cosa.


Mientras Artemis II rodeaba la Luna y los astronautas enviaban fotos del lado oscuro del satélite, esa cara que ningún ser humano había visto con sus propios ojos antes del 6 de abril, las redes sociales se llenaban de lo previsible. Cuñados de toda laya, que de un día para otro habían pasado a ser expertos en astronomía e ingeniería espacial. La NASA publicó la célebre fotografía tomada por el Apolo 17 en 1972 junto con una nueva imagen, y los conspiracionistas inundaron X, Threads y Facebook con el argumento de que Artemis II era falsa porque no entendían por qué las fotos eran peores que las del Apolo.

La explicación –que la fotografía de 1972 mostraba la cara iluminada de la Tierra y la de Orión mostraba la cara que en ese momento estaba de noche– exigía leer más de 140 caracteres, de modo que no fue leída. Circularon videos de los astronautas frente a un croma verde, presentados como “prueba del montaje”. El sitio maldita.es los desarmó en 48 horas. No importó, y no importó por una razón que tiene nombre: la ley de Brandolini. La cantidad de energía necesaria para refutar una mentira es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla. Dicho de otro modo: fabricar el bulo cuesta un tuit; desmontarlo cuesta un artículo, tres fuentes, dos gráficos y una semana. Para cuando el artículo sale, el tuit ya dio tres vueltas al mundo.

En Uruguay el clima era el mismo. Se habló mucho de si Armstrong pisó o no la Luna, del terraplanismo, e incluso un diputado se indignó por una campaña publicitaria que llamó salames a los adeptos a teorías conspirativas. Dijo el doctor Gustavo Salle: “No soy terraplanista, pero soy dudacionista”.

Dudacionista. Conviene conservar esa palabra, porque describe algo más infame que el terraplanismo genuino. Eddie y Annie, los conspiranoicos de la obra de Sanguinetti, creen de verdad que la Tierra es plana. Eso los hace irracionales, pero no cínicos. Salle, en cambio, sabe perfectamente que la Tierra es redonda. No padece la fusión ideológica: la administra. El dudacionismo no es escepticismo ni es ingenuidad: es otorgarle un certificado de valentía intelectual a quien elige no pensar. Es decirle a una grey “tenés derecho a dudar” cuando lo que en realidad se está haciendo es darle cobertura moral a la pereza epistémica ajena. El terraplanista real confunde la crueldad con el coraje porque el sistema de creencias le invirtió la brújula moral sin que se diera cuenta.

El terraplanismo no es una anomalía; es el síntoma de algo que la modernidad dejó pendiente y que el siglo XXI está cobrando con intereses.

Salle les invierte la brújula a otros a sabiendas, y cobra en votos. Eso no es política: es un negocio infame disfrazado de escepticismo. La diferencia es que uno lo pone en escena para pensarlo y el otro lo convierte en plataforma para alimentar sus urnas a expensas de la desforestación mental ajena.


Todo esto ocurrió en la realidad mientras Sanguinetti estrenaba una obra sobre exactamente eso. No era una obra que predijera el futuro, sino una que procesaba el presente con suficiente densidad como para que, al desplegarse, el presente la encontrara ya en espera.

En mi tesis de maestría sobre el Teatro Político Clase Z de Sanguinetti, argumento que su dramaturgia toma elementos dispersos del imaginario político-cultural –la desconfianza anticientífica, el miedo al establishment, la necesidad de comunidad entre los excluidos– y los reelabora con suficiente densidad como para que algunas de esas reelaboraciones resuenen con hechos verificables posteriores. No predice; procesa materiales con potencial de devenir. Y, a veces, el devenir la alcanza en tiempo real.

El caso de Terraplanistas es, metodológicamente, el más claro que conozco: no hay margen temporal entre la ficción y el hecho, no hay selección post hoc, y no hay trampa del francotirador texano. La simultaneidad es verificable. El dramaturgo no podía conocer la fecha del lanzamiento. La obra no eligió el momento; el momento la eligió a ella. En Argumento contra la existencia de vida inteligente en el Cono Sur, escrita en mayo de 2012 y estrenada en enero de 2013, los personajes mencionan a Héctor Amodio Pérez, el exdirigente del MLN-Tupamaros cuyo paradero era un misterio desde 1973, como si su retorno fuera un hecho inminente. Reapareció en agosto de 2015, dos años y medio después del estreno. En El gato de Schrödinger, estrenada el 21 de mayo de 2016, los personajes se refieren repetidamente al “5 de Boston River”, como si el club formara parte natural del paisaje cotidiano uruguayo. Boston River ascendió a Primera División el 3 de junio de 2016: 13 días después del estreno dejó de ser un dato de Segunda para convertirse en noticia nacional. No es un adivino: tiene antenas.


Pero hay algo más interesante que la coincidencia de fechas, y es lo que ocurrió en las redes durante ese período con la obra misma. Los posteos de El Galpón y los comentarios bajo las notas del estreno en la diaria y Búsqueda estaban allí. No se trataba de terraplanistas arrepentidos que iban al teatro para reconsiderar su postura. Eran otros: quienes llegaban convencidos de que la obra los atacaba, de que era propaganda de la NASA, de que Sanguinetti era otro tentáculo del establishment científico financiado por el lobby tecnofarmacéutico narcoprogresista internacional. La obra recibió la respuesta inmediata de los terraplanistas reales. La ficción convocó a sus propios personajes al foso de la platea.

Eso tampoco es profecía. Es lo que ocurre cuando una obra toca un nervio real: el nervio reacciona.


Lo que Sanguinetti lleva más de una década haciendo, desde Argumento... hasta hoy, es procesar ruinas: ruinas de certezas, de relatos colectivos y de confianza institucional. El terraplanismo no es una anomalía; es el síntoma de algo que la modernidad dejó pendiente y que el siglo XXI está cobrando con intereses. El exceso de información y la facilidad para publicar fake news han atrofiado la capacidad de análisis. En ese contexto, la comunidad que ofrece certezas fáciles, aunque sean falsas, resulta más atractiva que el vacío.

La obra lo sabe. Por eso su canción más honesta no trata sobre la forma de la Tierra, sino sobre la forma del miedo: “Es mejor tener amigos que tener razón”. No funciona como provocación, sino como diagnóstico. El dudacionismo es pensamiento motivado: el mecanismo psicológico por el cual solo se aceptan como válidos los datos que reafirman lo que ya se cree. La diferencia entre ese mecanismo y el pensamiento crítico real es la misma que separa la ciencia de la conspiración y el teatro político de la propaganda.

Terraplanistas no convence a nadie de que la Tierra es redonda. No lo intenta. Lo que hace, y ahí reside su potencia, es mostrar que quienes creen que es plana no están locos: están solos, tienen miedo y encontraron un grupo que los recibe sin condescendencia. Eso es lo que la realidad confirmó en abril de 2026, con cuatro astronautas rodeando la Luna y miles de personas en las redes negando lo que sus ojos podían ver.

Al que le quede el Salle, que se lo ponga.

Bernardo Borkenztain es comunicador y crítico de teatro.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir