En las últimas décadas, la digitalización y la expansión de las plataformas digitales han transformado profundamente las formas de producción, consumo y sociabilidad en nuestras sociedades. Este proceso no solo afecta al mundo adulto, sino que ha incorporado de manera creciente a niños, niñas y adolescentes (NNA) como actores relevantes dentro de los circuitos económicos. La presencia de NNA como creadores de contenido, influencers, gamers y demás nos plantea interrogantes centrales sobre el concepto de trabajo infantil y su vigencia en el contexto actual.
Tradicionalmente, el trabajo infantil ha sido asociado a actividades visibles e invisibles, remuneradas y no remuneradas, pero sustancialmente desarrolladas en sectores productivos clásicos formales e informales, generalmente acompañando la actividad laboral de las familias o en el cuidado de sus hermanos o adultos ante la carencia de un sistema de cuidados y las cadenas de explotación en las que están involucradas las familias, sobre todo las más vulnerables. Sin embargo, estas definiciones resultan insuficientes para comprender las múltiples actividades económicamente significativas que hoy realizan niños y niñas, especialmente en entornos digitales. Estas nuevas formas de participación infantil en la economía cuestionan las categorías interpretativas dominantes y evidencian las tensiones entre explotación, agencia y protección de derechos.
Uno de los rasgos centrales de la economía digital es la creciente disolución de las fronteras entre trabajo y tiempo libre. La organización del trabajo se ha deslocalizado en términos espaciales y temporales, generando una hibridación entre actividades productivas, lúdicas y de consumo. En este contexto, muchas prácticas infantiles que suelen interpretarse como juego, aprendizaje o entretenimiento adquieren una clara relevancia económica.
La lógica del capital penetra de manera creciente en la infancia, erosionando la separación normativa entre etapas de la vida. Niños y niñas son incorporados tempranamente como consumidores estratégicos, generadores de tendencias y productores de valor simbólico y económico. Al mismo tiempo, el denominado “privilegio de la infancia”, entendido como un período protegido y ajeno a las exigencias productivas, se debilita sin que surjan nuevos espacios de autonomía real para las personas jóvenes ni protección para ellas, no se establecen límites a las grandes multinacionales y se generan múltiples impactos en la vida de los NNA.
El análisis crítico del trabajo infantil exige cuestionar la perspectiva adultocéntrica que ha dominado históricamente los enfoques económicos y sociales, la falta de poder de niños y niñas ha contribuido a la subestimación y desvalorización de su trabajo, especialmente del no remunerado. Desde esta perspectiva, la imagen del trabajo infantil como una práctica exclusivamente nociva ha impedido reconocer la diversidad de actividades económicas en las que participan las personas jóvenes.
Reconocer esta diversidad no implica negar las relaciones de poder ni los riesgos de explotación, sino comprender que gran parte del trabajo infantil se desarrolla en contextos sociales negados y desiguales. Los NNA no son únicamente víctimas pasivas, sino también sujetos que actúan, negocian y resignifican su participación económica, aun cuando lo hacen en condiciones estructuralmente desfavorables.
El marketing de influencers representa una de las formas más visibles y controvertidas de trabajo infantil digital. Los niños y niñas se convierten en el centro del negocio publicitario, muchas veces bajo la gestión directa de sus propios padres.
Las plataformas digitales ofrecen numerosos ejemplos de cómo la creatividad y el tiempo de niños y niñas son utilizados con fines económicos. La industria de los videojuegos constituye un caso paradigmático. A través de mecanismos como microtransacciones, monedas virtuales, loot boxes y prácticas de farming, el juego se transforma en una actividad productiva encubierta. Estas plataformas están diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia y el gasto, utilizando estrategias manipuladoras que afectan especialmente a usuarios jóvenes, más vulnerables por su limitada experiencia, formación y capacidad crítica.
El marketing de influencers representa una de las formas más visibles y controvertidas de trabajo infantil digital. Los niños y niñas se convierten en el centro del negocio publicitario, muchas veces bajo la gestión directa de sus propios padres. Esta situación genera una tensión profunda entre los roles de cuidado y de explotación económica.
La exposición constante de la vida privada, la presión emocional por mantener el éxito del canal y la imposibilidad de controlar los ingresos obtenidos configuran un escenario de alta vulnerabilidad. Además, se producen graves vulneraciones de derechos fundamentales, como el derecho a la privacidad, a la propia imagen y al consentimiento informado, cuyas consecuencias pueden extenderse a lo largo de toda la vida.
Muchas de las prácticas que se desarrollan en los entornos digitales evidencian que el trabajo infantil no se limita al mercado laboral formal, sino que incluye actividades que generan valor indirecto al liberar tiempo para el trabajo adulto o al sustituir servicios que, de otro modo, deberían ser remunerados. Muchas de las nuevas actividades que desarrollan NNA y sus familias se dan en el marco de la lógica del “emprendedurismo”, “empresarios”, etcétera, que no generan protección presente y futura tanto para los adultos como para los NNA.
El análisis pone de manifiesto una doble moral en el discurso público: mientras ciertas actividades infantiles son condenadas como trabajo infantil, otras se legitiman cuando se alinean con ideales de éxito, emprendimiento o movilidad social. El juego, tradicionalmente opuesto al trabajo, se convierte hoy en una mercancía más, subordinada a los intereses comerciales de grandes corporaciones.
Esta situación cuestiona la narrativa de la “infancia robada” y obliga a repensar las categorías clásicas de trabajo, juego y educación. La mercantilización del ocio infantil revela que la explotación ya no se limita a formas tradicionales, sino que adopta modalidades más sutiles y socialmente aceptadas.
La digitalización ha transformado de manera profunda la relación entre infancia y economía, haciendo insuficientes las definiciones tradicionales de trabajo infantil. Las nuevas formas de participación económica de NNA plantean riesgos evidentes de explotación, pero también abren interrogantes sobre su agencia y su papel como actores sociales.
Frente a este escenario, resulta necesario redefinir las categorías analíticas y desarrollar enfoques que incorporen las perspectivas de las propias personas jóvenes. Más que imponer límites de edad restrictivos, se vuelve central fortalecer la competencia mediática y el reconocimiento del valor económico de sus actividades. No obstante, cualquier respuesta efectiva requiere también un cuestionamiento más amplio de las lógicas de explotación y maximización de ganancias que estructuran el capitalismo digital contemporáneo.
Fernando Olivera es psicólogo, director de Cippus, integrante del Comité de erradicación del Trabajo Infantil representando a Anong e integrante de la Secretaría de la Plataforma de Infancias y Adolescencias de Uruguay.