Opinión Posturas
Ingresá
Opinión Posturas

La muerte del Indio: el dios de los rotos ya no está

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Los Redondos y el Indio Solari son el caso donde el rock argentino más se acercó a producir lo que el fútbol produce en las clases populares, una comunidad de pertenencia intensa, corporal, ritualizada, que da sentido y que exige un precio. La muerte del Indio es el momento en que esa comunidad se reconfigura y se abre la contienda sobre su legado.

Pablo Alabarces es el especialista argentino más importante en el estudio de las culturas populares, el fútbol y el rock. Su concepto central es el “aguante”, que define como una categoría que organiza identidades, una moralidad popular, dice él, particularmente en dos territorios: la hinchada futbolística y el recital de rock.

La cultura del aguante es un capital simbólico que se acumula, se exhibe y se disputa en espacios rituales colectivos. Implica territorialidad (pertenecer a un espacio y defenderlo) y corporalidad, un cuerpo que soporta, se expone, suda, sangra y es, ante todo, masculino. Celebra el sufrimiento, el sacrificio y la resistencia.

Integra un sentido de clase, se oponen al “careta”, esto implica todo lo que sea clase media o ligth, y exhiben una lealtad inquebrantable entre sí. Los Redondos son, dentro de este marco, un caso extraordinario: ninguna otra banda argentina encarna tan completamente la lógica del aguante como ellos.

La construcción del nosotros

La banda nunca buscó masividad comercial. Al contrario, construyó durante los años 80 una identidad subcultural: los ricoteros como tribu acceden a algo que no está disponible para cualquiera. Los recitales o “misas”, especialmente desde los años 90, se convirtieron en rituales de aguante colectivo. Ir a ver a los Redondos implicaba viajar horas, muchas veces en condiciones precarias, soportar multitudes, exponerse a violencia, calor, caos y, aun así, estar ahí era la prueba de fuego. Alabarces señala que el recital de rock pesado/popular funciona como el estadio de fútbol: un espacio donde el cuerpo es el argumento.

A su vez, el Indio Solari construyó una poética absolutamente singular. Las letras no son de protesta en el sentido clásico, no son el rock político de los 80, sino algo más oblicuo: una mitología de los márgenes. Canciones como “Ji ji ji”, “La bestia pop”, “Todo un palo” o “Vencedores vencidos” construyen personajes que viven en los bordes: el linyera, el drogadicto, el pibe de barrio, el barrabrava, el marginado que, sin embargo, tiene dignidad y una historia para contar. Himnos de los que se sienten afuera y hacen de ese afuera una bandera.

Esa épica plebeya no se explica sola, es necesario preguntarse cómo un mensaje codificado desde el margen es recibido por una comunidad diversa que, además, se reconoce gozosa en él.

Resistencia, hegemonía e identidad popular

Stuart Hall, pensador clásico de los Estudios Culturales, reformuló la manera de entender la cultura popular ya no como reflejo pasivo de una estructura económica (marxismo vulgar) o simple entretenimiento (liberalismo), sino como campo de lucha por el sentido. Su proyecto intelectual, desarrollado en el Centre for Contemporary Cultural Studies de Birmingham, parte de una pregunta simple: ¿cómo se produce y se disputa el significado en las sociedades capitalistas?

Hall propone que el emisor codifica un mensaje desde una posición social, con recursos culturales específicos, dentro de relaciones de poder y, por su parte, el receptor decodifica ese mensaje también desde su posición particular. Esta decodificación se puede hacer de tres maneras: hegemónica, acepta el sentido tal y como fue codificado; negociada, acepta el marco general, pero lo adapta a la situación, u oposicional, rechaza y construye un sentido alternativo.

Los Redondos y el Indio Solari son el caso donde el rock argentino más se acercó a producir lo que el fútbol produce en las clases populares, una comunidad de pertenencia intensa, corporal, ritualizada, que da sentido y que exige un precio.

Las letras del Indio son, en términos de Hall, textos densamente codificados que operan en múltiples niveles simultáneamente. No son canciones de protesta tradicionales, no dicen “el sistema es malo”, sino que construyen un universo de imágenes, personajes y situaciones que invitan a una decodificación oposicional. El ricotero que lo decodifica no necesita un manual: reconoce intuitivamente la posición desde la cual habla esa voz. Se construye una complicidad, que incluye un flujo de afecto y pertenencia: entender la canción es ser parte; una interpretación hecha cuerpo, hecha ritual colectivo. Hall toma de Gramsci el concepto de hegemonía, como el dominio que se ejerce no por fuerza sino por consenso, por la capacidad de hacer que el orden existente parezca natural. La clave es que la hegemonía nunca está asegurada. Tolera cierta negociación, un equilibrio inestable entre fuerzas dominantes y subalternas. La cultura popular es, precisamente, el terreno donde esa negociación ocurre constantemente.

La mayoría de las veces, la cultura dominante absorbe elementos subalternos, los vacía de contenido disruptivo y los devuelve como mercancía. Pero a veces los sectores populares reapropian elementos culturales y los cargan con sentidos propios.

Durante los 80 y 90, los Redondos operaron en el polo de la resistencia: rechazo a las discográficas, a la televisión, a la prensa masiva. Construyeron un circuito alternativo como un bloque cultural subalterno, un espacio donde el sentido se produce desde abajo, con reglas propias. Pero, y aquí está la tensión, ese mismo movimiento eventualmente fue incorporado. Los Redondos pasaron de tocar en el Parakultural para 300 personas a convocar 100.000 en el estadio de Huracán. ¿Eso es éxito o cooptación? ¿El aguante sobrevive a la masividad?

Hall diría: depende de quién controla los términos del encuentro. En el caso de los Redondos, el argumento es que mantuvieron el control, nunca cedieron los mecanismos de producción ni los códigos de sentido, aunque el tamaño del fenómeno los acercará peligrosamente a la lógica espectacular que criticaban.

¿Qué es ser ricotero? No es tener un rasgo natural o de origen. Es posicionarse dentro de una narrativa cultural que produce ese sujeto en el acto mismo de la práctica. El ricotero se hace en el recital, en el viaje, en el aguante, en el reconocimiento mutuo, en el grito de sus líricas, en el pogo. No hay ricotero fuera de esas prácticas.

Uno de los aportes más originales de Hall es el concepto de articulación (articulation): la idea de que las conexiones entre elementos culturales no son naturales ni necesarias, sino contingentes, históricamente construidas y siempre susceptibles de ser desarticuladas y rearticuladas. Los Redondos articularon elementos que no tienen una relación necesaria entre sí: rock psicodélico más estética carnavalesca, más clases populares urbanas, más peronismo difuso, más contracultura, más corporalidad del recital.

Ninguno de esos elementos necesitaba estar junto. Podrían haberse articulado de otra manera. Pero en la Argentina de posdictadura, en ese contexto histórico específico, esa articulación particular produjo algo nuevo: una formación cultural con su propia lógica, sus propios rituales, su propia jerarquía de valores. Alabarces estudia el aguante como el pegamento de esa articulación: es lo que mantiene unidos esos elementos heterogéneos. Sin el aguante como práctica compartida, la articulación se deshace.

Hall tiene una frase clave que resume todo: “La cultura popular es uno de los espacios donde se libra la lucha a favor y en contra de la cultura del poder: es también lo que está en juego en esa lucha. Es el terreno del consentimiento y la resistencia”.

Como resistencia, la cultura ricotera construye solidaridades, produce dignidad, crea espacios donde los sectores populares se reconocen y se validan fuera de las instituciones dominantes. Como subordinación, reproduce lógicas de violencia, de masculinidad hegemónica, de exclusión, y puede ser capturado por el mercado, convertido en marca, en merchandising, en espectáculo

El Indio entendió eso intuitivamente, aunque nunca lo hubiera dicho en términos académicos, cuando construyó una obra que le hablaba desde adentro a una comunidad que reconocía el código con su cuerpo, y que él no tenía ninguna intención de domesticar.

¿Y quién fue el Indio?

Weber define el carisma como una cualidad que se percibe como extraordinaria, que genera devoción y que crea comunidad. El Indio Solari es uno de los casos más puros de carisma en la cultura popular. Nunca explicó sus letras, mantuvo una distancia deliberada, construyó un aura de misterio, encarnó la paradoja del líder popular que se sustrae para volverse más potente. El Indio nunca fue accesible, y esa inaccesibilidad era parte de su mística: querés estar cerca y él siempre está un poco más allá.

La pregunta necesaria no es si el Indio fue “grande”, sino quién tendrá el poder de fijar el sentido de su legado. La disputa entre la apropiación mediática/mercantil del Indio y la reafirmación comunitaria del aguante ricotero son política cultural pura.

Ni Alabarces ni Hall fueron analistas acríticos de estas culturas. Ambos señalaron siempre su ambivalencia: pueden ser resistencia popular genuina, pero también pueden reproducir violencia, machismo y muerte. En el caso de los Redondos, esta tensión es muy concreta.

Si la identidad ricotera fue una articulación contingente entre elementos heterogéneos, también lo es su legado: nada obliga a que la dignidad de los márgenes venga acompañada de la masculinidad violenta del aguante, salvo que, históricamente, así se armó. Esa articulación no se desarma con la muerte del Indio. Se hereda entera, con sus dos caras pegadas, porque nunca hubo un mecanismo que produjera una sin la otra.

No hay manera de heredar la dignidad del marginado sin heredar también el cuerpo que la sostiene: el que golpea, el que excluye, el que a veces mata. El Indio no dejó dos legados para elegir: dejó uno solo, bifronte, y ese es, precisamente, el problema de pensar su muerte como un homenaje sin fisuras, ya que esa ambivalencia era (es) constitutiva.

Ahora que no está, su muerte abre una coyuntura: los medios que lo ignoraron lo consagran, el mercado quiere el merchandising, el Estado quiere la foto del homenaje. Y enfrente, la comunidad ricotera, que sabe que el mito no se hereda por decreto.

Lo que tanto Hall como Alabarces dan a la lectura de los Redondos es una manera de tomar en serio la cultura popular, sin idealizarla, ni reducirla.

Mónica Stillo Mello es docente en Comunicación, Cultura y Medios.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir