Hace dos semanas, la Justicia uruguaya condenó a otro torturador. El general retirado Walter Díaz Tito, agente del terrorismo de Estado, fue condenado por la jueza Isaura Tórtora a 12 años de penitenciaría.
El fallo narra parte sustancial de los hechos: “El día 31 de julio de 1973 fue detenido Gilberto Alfredo Coghlan, de 36 años, casado, padre de dos hijos, empleado de AFE e integrante de la Organización Revolucionaria del Pueblo 33 (OPR 33), junto a otros trabajadores de la Unión Ferroviaria, con el fin de evitar un paro general contra el régimen imperante previsto para el 2 de agosto del mismo año”. Los detenidos conocieron el horror de dos dependencias del Ejército: Transmisiones 1 y Regimiento de Caballería Mecanizada 4, sito en avenida de las Instrucciones y camino Mendoza. Dice la sentencia que en esos lugares los obreros ferroviarios “fueron maniatados y encapuchados, sometidos a sendos interrogatorios mediante diversos apremios físicos y la aplicación de picana eléctrica a los efectos de que confesaran su pertenencia al OPR 33”.
La voz múltiple y trágica se alza desde las fojas del expediente. Dice Raúl: “En un momento siento voces de niños mientras me están torturando y me dicen que ahí tenían a mis hijos”. Dice Rolando: “Me interrogan sobre dos días que había ido a la casa de Coghlan que él me había pedido para que a un grupo de personas pudiera dar una charla sobre materialismo histórico”. Dice Roberto: “Nos golpeaban, nos largaban los perros, entonces si nos caíamos nos atacaban, ya que estaban adiestrados, y estos tendían a buscarnos el cuello para mordernos”. Dice Lucas: “Somos sometidos a muy malos tratos. El que estaba a cargo de todo el interrogatorio era Walter Díaz”. Dice Orestes, sobre uno de sus diálogos con Coghlan: “Me muestra las piernas donde tenía unos hematomas y me dice ‘mirá lo que me hicieron’”.
Gilberto Coghlan murió en el Hospital Militar el 14 de diciembre de 1973. La prueba se completa con documentos de la burocracia del Estado represor: el legajo del funcionario criminal y los papeles que sustancian la farsa de la “justicia militar” a la que fueron sometidos los obreros capturados y maltratados. Así lo señala la jueza: “Surge de los expedientes de la justicia militar que el imputado Walter Díaz Tito cumplió funciones en el período en estudio como oficial del S2”. La sección 2 de la unidad militar era la dependencia encargada específicamente de interrogar bajo tormento a los presos políticos.
En el legajo el funcionario recibe el infame elogio. Destaca el fallo que en una anotación del 12 de agosto de 1973 se lee: “Conduce operativos antisediciosos y culmina los mismos en su tarea de S2 de la Unidad buscando y logrando extraer información del enemigo que, procesada, conducirá a desbaratar parte de la organización y controlarla”.
Los jueces deben valorar todos los medios probatorios, por separado y en su conjunto, de acuerdo con las reglas de la lógica y la experiencia. Eso hizo la sentenciante y concluyó en la plena prueba de la culpabilidad de Díaz Tito. Dice la jueza Isaura Tórtora que en el expediente hay prueba de los “severos apremios físicos a los que fueron sometidas las víctimas”. Basada en esa prueba, la Justicia hizo lugar a la demanda acusatoria de la Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad y condenó a Díaz Tito a 12 años de penitenciaría, como autor de los delitos de abuso de autoridad contra el detenido, privación de libertad y lesiones graves. El condenado deberá permanecer en la cárcel de Domingo Arena.
Aquel año 1985
Poco antes de que asumiera el presidente Julio María Sanguinetti luego de la dictadura, el punk rock de Los Estómagos denunciaba las violaciones a los derechos humanos desde la canción “Torturador” del álbum Tango que me hiciste mal: “Eres solo un animal, / un enfermo mental, / máquina de torturar / programada para matar. / Y dirás que era tu deber, / que solo cumplías tu misión./ ¿Cómo pudiste llegar / hasta tal degradación?”.
Resulta difícil de aceptar que el expresidente Sanguinetti realmente crea en la inocencia de su amigo condenado por unos crímenes que lo ubican como un enemigo del género humano.
En las antípodas de esa sensibilidad, entretanto, el presidente colorado gestionaba su plan impunidor bajo el engañoso lema del “cambio en paz”: el organizado encubrimiento de los torturadores. El plan tuvo un hito culminante con la sanción de la ley de caducidad en diciembre de 1986, apoyada por Wilson Ferreira Aldunate.
Durante décadas, Walter Díaz Tito desarrolló una carrera militar muy ascendente y no necesitó defenderse en juicio de la denuncia de los obreros ferroviarios, hasta el proceso que se inició en 2011 y culminó con una sentencia de condena.
La pregunta
“Yo voy a Domingo Arena, y sigo yendo porque tengo un amigo en el cual creo y sé que está injustamente preso”, dijo el expresidente colorado Julio María Sanguinetti en una conferencia del 26 de mayo pasado desarrollada en el edificio anexo del Palacio Legislativo. Según la nota periodística de la diaria, el amigo del expresidente es el militar retirado Walter Díaz.
A propósito de visitas a enjuiciados, en 2011 el entonces presidente José Mujica visitó al general Miguel Dalmao poco después de su procesamiento por la muerte de la militante comunista Nibia Sabalsagaray.
Es cierto que el amigo del expresidente colorado aún ostenta el estado de inocencia, en el sentido estrictamente procesal, en tanto restan instancias judiciales antes de que el fallo quede firme. También es cierto que durante el juicio se recolectó prueba suficiente, que la jueza expresó no tener la menor duda sobre la culpabilidad del imputado y que por eso fue condenado a 12 años de penitenciaría.
Resulta difícil de aceptar que el expresidente realmente crea en la inocencia de su amigo condenado por unos crímenes que lo ubican como un enemigo del género humano. Dados los antecedentes y sin especular en demasía, cuando el político colorado dice que Díaz Tito está “injustamente preso” seguramente ha de referirse a que un torturador estatal defensor del proyecto liberticida de las clases dominantes, que castigó cruelmente a obreros organizados y combativos, no merece sanción alguna. Sea su amigo o no.
Es posible que visitante y visitado dialoguen sobre la mejor táctica negacionista para neutralizar unos fallos condenatorios que contribuyen –a pesar de la demora– a la cívica tarea de responder, con urgencia y seriedad, a la pregunta ineludible: ¿cómo pudiste llegar hasta tal degradación?
Pablo Chargoñia es abogado y coordinador del equipo jurídico del Observatorio Luz Ibarburu.
