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Opinión Posturas
Foto principal del artículo 'La política en el Tren Fantasma' · Ilustración: Federico Murro

Ilustración: Federico Murro

La política en el Tren Fantasma

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Tres meses no son mucho tiempo, pero bastan para notar que la agenda de la discusión política en Uruguay se ha vuelto muy volátil y bastante inconexa. De una semana a la otra cambian bruscamente los temas en debate, caldeados con rapidez, que inundan las redes sociales y los medios tradicionales de comunicación –por lo general en ese orden– antes de desvanecerse. En más de una ocasión traen consigo a “un mal actor que se pavonea y se inquieta por su momento en el escenario y luego no se le vuelve a oír”, como dice el protagonista de Macbeth en su último monólogo de esa obra.

La experiencia social se asemeja a la del viejo Tren Fantasma del Parque Rodó montevideano: aceleraciones y sobresaltos en una sucesión disparatada, con la diferencia de que no duran unos minutos. El recorrido se perpetúa en episodios intensos y breves sin ton ni son ni desenlace. Como una inmersión profunda en Instagram o en X, que diluye la percepción del tiempo y la de cualquier hilo conductor.

El imperio de lo efímero

A comienzos de abril se alternaban polémicas duras sobre la posibilidad de que el presidente Yamandú Orsi participara en un encuentro progresista que se iba a realizar en Barcelona y sobre la falta de soluciones para las personas en situación de calle. Dos semanas después, esas controversias se habían desactivado y abundaban las opiniones contrapuestas acerca del caso de Moisés Martínez, condenado por matar a su padre tras una larga historia de abuso familiar.

Dos semanas después, el centro de interés se había desplazado hacia los resultados del diálogo sobre protección social convocado por el Poder Ejecutivo. La oposición agitó primero el fantasma de una expropiación de los fondos de las administradoras de fondos de ahorro previsional por parte del Estado y luego se volcó a cuestionar que el cobro de asignaciones familiares no se condicionara.

Eso tampoco duró mucho. Pronto pasaron a primer plano la visita de Orsi al portaaviones estadounidense Nimitz y la desaprobación creciente al presidente registrada por varias encuestas. Después reapareció el forcejeo recurrente entre los partidos sobre la formación de comisiones investigadoras parlamentarias, esa vez relacionadas con la conducción de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) (como antes con la compra de la estancia María Dolores o la contratación de la empresa española Cardama para construir patrulleras oceánicas).

Sin ninguna iniciativa sobre ASSE aprobada, y antes de que hubiera tiempo para sacar alguna conclusión, irrumpieron los camioneros autoconvocados con movilizaciones en todo el país. Fue una oportunidad para recordar que existe el nombre de pila Tulio, que unas personas asocian con un ilustre romano, otras con un gran historiador argentino y otras con un personaje de la serie chilena 31 Minutos.

Pocos días después, los camioneros se habían convertido en un vago recuerdo y el plato del día eran los vehículos blindados Mamba MK7, su anunciado uso para el patrullaje policial y los alegatos a favor y en contra de militarizar las políticas de seguridad pública.

En busca del tiempo perdido

La lista precedente no agota la diversidad de asuntos que atrajeron cortos intervalos de atención en los últimos tres meses, aun sin contar las noticias internacionales y los acontecimientos con fecha fija, como el acto del Primero de Mayo, el primer aniversario de la muerte de José Mujica y el quincuagésimo tercero del golpe de Estado de 1973. O, por supuesto, el Mundial de fútbol y la eliminación temprana del seleccionado uruguayo. En estos tiempos se habla mucho de la construcción de relatos, pero el formato narrativo predominante en la política uruguaya no es la novela, sino el cuento corto, y a veces incluso el microcuento.

El oficialismo tiene prioridades y metas asumidas en forma explícita, que determinan la gestión de numerosos organismos estatales, pero el caos de la agenda pública y sus propias dificultades para ordenarla permiten que se le acuse de no tener rumbo. Esto lo hacen partidos opositores que no se caracterizan, en verdad, por poseer algo parecido a un programa, un temario o un hilo conductor de sus iniciativas. El común denominador de estas no va más allá de precipitarse sobre cada cuestión coyuntural en la que ven posibilidades de desgastar al frenteamplismo, abandonándola en cuanto surge una nueva. Poca sorpresa cabe cuando las encuestas muestran porcentajes escasos de aprobación para los dos bandos.

No estamos ante un problema peculiar de Uruguay o novedoso. Hace décadas que se señalaron, como características de la posmodernidad, la pérdida de la dimensión histórica en el pensamiento y su instalación en un eterno presente. En los últimos tiempos, nuevas modalidades de comunicación han potenciado la ansiedad por lo inmediato, la primacía de lo emocional sobre el razonamiento y la precariedad de los vínculos sociales que dan continuidad a la existencia.

De todos modos, es imperioso evitar que la política se nos vuelva, como decía el desolado Macbeth, “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”.