Ilustración: Federico Murro

Trump no es omnipotente

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El viernes se firmará un memorando de entendimiento para el cese del fuego por 60 días entre Irán y Estados Unidos, que inició la guerra contra ese milenario país asiático hace tres meses y medio, mediante un ataque acompañado e instigado por el gobierno de Israel. Resta negociar cuestiones de gran importancia antes de que se pueda hablar de un acuerdo de paz, y la insistencia israelí en continuar su ofensiva contra Líbano complica la situación, pero a Donald Trump le conviene que el conflicto se desactive cuanto antes, porque ha tenido una incidencia negativa para sus intereses en las elecciones parciales estadounidenses del 3 de noviembre.

Lo que ya está claro es que la guerra cambió la percepción mundial de Estados Unidos como una fuerza irresistible. Esto, pese a la destrucción y la pérdida de vidas que se han acumulado desde el comienzo de los ataques el 28 de febrero, es una noticia importante con miras al futuro.

Sabor a derrota

El 27 de febrero, cuando empezó la ofensiva contra Irán, el gobierno estadounidense describió en forma confusa y contradictoria sus objetivos, pero un repaso de lo que dijo indica que el saldo es desfavorable para él.

En aquel momento, desde la Casa Blanca se declaró la intención de lograr un rápido cambio de régimen en Irán, y no cabe duda de que a eso apuntaron los tempranos asesinatos del ayatolá Alí Jamenei y de gran parte de la cúpula militar y de seguridad iraní. Sin embargo, el régimen no se vio debilitado, y tanto los relevos como la agresión externa fortalecieron a su línea dura.

El gobierno estadounidense también afirmó que el ataque buscaba eliminar la “amenaza inminente” del programa nuclear de Irán, pese a que en junio del año pasado había proclamado su total destrucción. A la vista está que eso no era cierto, porque ahora una de las principales negociaciones pendientes se refiere a qué ocurrirá con el uranio enriquecido que Irán mantiene en su poder.

Otra de las metas declaradas fue, en sintonía con los intereses de Israel, reducir drásticamente las capacidades iraníes para la guerra convencional. De más está decir que esto tampoco se logró, porque después de tres meses y medio de bombardeos Irán no ha sido derrotado, y además demostró la imprevista utilidad de material bélico de bajo costo para resistir una ofensiva estadounidense.

Ahora Trump quiere presentar como un éxito el restablecimiento de la navegación libre por el estrecho de Ormuz, cuyo bloqueo por parte de las fuerzas iraníes fue una reacción tras el ataque de Estados Unidos e Israel. En el mejor de los casos, la situación volverá a su estado previo, y no se descarta que empeore desde el punto de vista estadounidense, porque Irán insiste en establecer, junto con Omán, el cobro de una especie de peaje para resarcirse de los daños sufridos.

Un objetivo no declarado formalmente por Trump, pero de obvia relevancia, era complicar el acceso chino a petróleo iraní, para debilitar al gran rival económico de Estados Unidos. El impacto sobre China estuvo bastante por debajo de las previsiones debido a las grandes reservas de ese país, a su disponibilidad de fuentes de energía alternativas (tanto para consumo interno como para la exportación a otros países afectados por la disminución del suministro de petróleo) y al aumento del uso y la exportación de vehículos eléctricos.

Lo que sí ocurrió de acuerdo con las previsiones fue que los precios internacionales del petróleo aumentaron mucho, con repercusiones negativas para la economía mundial y para la población estadounidense, cuya sensibilidad al aumento del precio de los combustibles es históricamente muy alta. En cambio, se beneficiaron las empresas petroleras privadas de Estados Unidos, así como el sistema mixto con fuerte control estatal que maneja el petróleo ruso.

En estos meses, además, se debilitó la alianza entre Estados Unidos e Israel. El gobierno de Benjamin Netanyahu ha recibido duras críticas públicas de Trump, quedó fuera de la negociación con Irán y percibe hoy que el acuerdo en ciernes lo perjudica, ya que las fuerzas enemigas de Israel apoyadas por el régimen iraní en la región recibieron golpes muy duros pero no han sido vencidas.

La victoria pendiente

Los hechos mencionados no determinan un avance sustancial de fuerzas que impulsen la democratización, el multilateralismo y la cooperación para el desarrollo en paz. Sin embargo, frenan o amortiguan tendencias contrarias a esos procesos, muy necesarios en la actual coyuntura mundial, y configuran un escenario internacional más propicio para ellos.

Después de un período en el que Trump pareció capaz de cosechar un triunfo tras otro apoyándose en la fuerza bruta, que se haya topado con límites a su intentona de reactivación imperialista es por lo menos un alivio. Que sea también un punto de inflexión no dependerá de sus adversarios militares ni de quienes quieren imponer su propio dominio, sino del esfuerzo por construir relaciones más justas y constructivas entre los seres humanos. Allí sigue estando, paciente, la esperanza.

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