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La regulación de la IA y la extrema derecha: el mentor y su pupilo

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El 3 de junio de este año, el presidente argentino Javier Milei escribió una nota en el Financial Times para promover a Argentina como el mejor lugar del mundo para invertir en inteligencia artificial (IA). Es un compendio exquisito del discurso de la extrema derecha, que no tiene desperdicio. Todo gira en torno a la idea falaz de que regular es prohibir: “[tenemos] el compromiso de mantener la inteligencia artificial sin regulación para que se pueda desarrollar libremente, sin la mano mortal de una regulación prematura y mal entendida”.

En el artículo anuncia también el envío de un paquete de leyes al parlamento argentino que incluyen la creación de “corporaciones no humanas”, es decir, corporaciones dirigidas completamente por agentes de IA, donde estos agentes toman todas las decisiones. Es el epítome del neoliberalismo: puede tener empleados, puede firmar contratos con terceros, puede invertir y, en general, realizar cualquier actividad que realiza una empresa, pero no hay humanos detrás que se hagan responsables por esos actos.

Es muy interesante la respuesta de Yuval Noah Harari unos días después, en un artículo publicado por el mismo medio: “Con su capacidad analítica superior, las corporaciones de IA estarán en posición de convertirse en expertas en lagunas legales y arbitraje regulatorio. Y no será fácil disuadirlas de participar en actividades directamente ilegales, porque la máxima sanción que disuade a los ejecutivos y empleados humanos —la cárcel— resulta irrelevante para las IA”.

Lo más importante es la construcción de relato: mientras se usa la palabra regular como sinónimo de prohibir, se realiza la acción de regular estableciendo nuevas reglas del juego, en este caso favoreciendo a las multinacionales de la tecnología.

El mentor de Milei, el presidente norteamericano Donald Trump, está en la misma línea. Mientras mantiene el discurso en el que Milei abreva, regula en favor de sus amigos de la IA y en detrimento de sus no tan amigos. El viernes 12 de junio prohibió el acceso de extranjeros a los nuevos modelos de IA desarrollados por la empresa Anthropic, llamados Mythos y Fable 5. Esto incluye a los empleados extranjeros de Anthropic que desarrollaron y entrenaron los modelos, que de forma inmediata perdieron sus credenciales de acceso.

No se trata de una prohibición menor: Anthropic es líder absoluta en IA para las TIC, y este bloqueo favorece a sus competidores rezagados como Google, Meta y xIA. Esta prohibición efectivamente inhibe el desarrollo del modelo de frontera en la creación de código y aplicaciones informáticas de una corporación norteamericana. Pero como favorece a sus amigos, parecería que esta regulación no regula.

Mientras se usa la palabra regular como sinónimo de prohibir, se realiza la acción de regular estableciendo nuevas reglas del juego, en este caso favoreciendo a las multinacionales de la tecnología.

El discurso de la extrema derecha, que tiene unas reglas para sí y otras para los demás, rememora al liberalismo del siglo XVIII y XIX, que mientras reclamaba un Estado juez y gendarme, promovía la regulación total de la economía de las colonias.

Hay ejemplos impactantes. Mientras Inglaterra promovía el laissez-faire y el Estado juez y gendarme, en la India desmantelaba completamente la manufactura textil de Calcuta, no solo con aranceles y leyes, sino llegando a la destrucción física de los telares. En las colonias americanas, tenía un férreo control naval para hacer cumplir la prohibición de comerciar directamente con otras naciones. Ni que hablar del tráfico de esclavos y su explotación en las plantaciones de azúcar, algodón y tabaco.

Sus pensadores lo expresaban con claridad, construyendo lo que hoy llamaríamos un relato. Por ejemplo, uno de los exponentes más notorios del liberalismo clásico, John Stuart Mill, afirmaba en On Liberty: “El despotismo es un modo legítimo de gobierno cuando se trata de bárbaros, siempre que el fin sea su mejoramiento y los medios se justifiquen por lograr ese fin”.

Ese doble rasero de una metrópoli con unas reglas y una periferia con otras reglas es lo que nos siguen ofreciendo dos siglos después. Y no se les mueve un pelo frente a lo contradictorio de sus planteos: en el mismo relato en el que afirman que no van a regular, anuncian las regulaciones.

El problema no está en ellos, está en nosotros, que seguimos sufriendo la maldición de Malinche. Nos congelamos ante la incertidumbre, como la liebre encandilada por el foco del cazador que le va a disparar. El marketing de los cientos de miles de millones de dólares nos paraliza, el discurso de la complejidad infinita e incomprensible nos inhibe, el temor a perder la oportunidad nos congela.

La primera medida es fácil: cuando escuche que regular la IA es bloquear el desarrollo, que no se puede regular la IA porque la tecnología va muy rápido, que a los países que les va bien son los que no regulan, encienda inmediatamente el bit de que este es el discurso de la extrema derecha, que en la práctica hace lo contrario. Y recién después tome sus decisiones.

Daniel Mordecki es docente de Usabilidad y fue director ejecutivo de la Agesic.

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