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Opinión Posturas

A 53 años del asesinato de Walter Medina

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Han pasado 53 años desde que Walter Medina fue asesinado en una esquina de Piedras Blancas, mientras escribía con una crayola la consigna “Consulta popular” en los primeros días de la dictadura. Tenía apenas 16 años. Era estudiante del liceo 17, canillita, poeta y militante de la Juventud Socialista. Un policía de la Guardia Republicana le disparó por la espalda el 8 de julio de 1973, en plena huelga general contra el golpe de Estado. Su muerte se convirtió en uno de los símbolos más tempranos del terrorismo de Estado en nuestro país.

Pero recordar a Walter no puede reducirse a un ejercicio de memoria histórica. La pregunta verdadera es otra: ¿qué queda vivo de aquello por lo que luchó?

Walter escribió desde la experiencia concreta de la desigualdad. No hablaba desde la abstracción, sino desde la vida de un adolescente que trabajaba para ayudar a su familia y que veía y vivía de cerca la pobreza y la injusticia. En uno de sus poemas escribió: “En este país / de niños descalzos / puños sangrantes / y dientes apretados / yo estoy de pie / luchando en la lucha más justa / junto a mis hermanos”.

Es difícil leer esos versos sin pensar en el Uruguay de hoy. Si bien el país ha logrado importantes avances en las últimas décadas, la desigualdad estructural continúa marcando el destino de miles de personas desde el nacimiento. La pobreza tiene rostro de infancia. Hoy, uno de cada tres niños menores de seis 6 vive en hogares por debajo de la línea de pobreza. Esa realidad desnuda lo que sucede en esta sociedad, porque ninguna democracia puede considerarse plena cuando el lugar donde se nace sigue condicionando tan profundamente las oportunidades para vivir, aprender y desarrollarse.

Frente a esa realidad, la discusión no debería limitarse al diagnóstico, sino también a las herramientas para transformarla. La justicia tributaria constituye uno de los mecanismos fundamentales con que cuentan las democracias para eliminar desigualdades, redistribuir oportunidades y fortalecer la cohesión social. No se trata de penalizar la generación de riqueza, sino de cuestionar las profundas desigualdades de su distribución y de construir un sistema donde quienes tienen mayor capacidad contributiva realicen un esfuerzo proporcionalmente mayor para garantizar derechos y ampliar las oportunidades de quienes nacen en condiciones más desfavorables como un primer paso.

Uruguay conoce ese camino. Durante los primeros 15 años de gobiernos del Frente Amplio se impulsó una profunda reforma tributaria, se fortaleció la progresividad del sistema impositivo, se ampliaron las políticas de protección social y se alcanzó una de las mayores reducciones de la pobreza y la desigualdad de la historia reciente del país. Si bien muchos de esos avances fueron significativos, los desafíos actuales muestran que ese proceso necesita renovarse y profundizarse. La persistencia de elevados niveles de pobreza infantil exige volver a colocar la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades en el centro del debate nacional.

En ese marco se inscribe la propuesta conocida como "1% al 1%”. Lejos de ser únicamente una discusión técnica sobre impuestos, representa un ejemplo concreto de cómo avanzar hacia una mayor justicia tributaria. La iniciativa propone que el 1% de mayor patrimonio realice un aporte adicional destinado específicamente a financiar políticas de reducción de la pobreza infantil. En un país donde el 1% más rico concentra una parte muy significativa de la riqueza nacional, la propuesta busca que una pequeña contribución de quienes más tienen permita ampliar las oportunidades de quienes hoy nacen con mayores desventajas.

Walter también escribió: “Porque no quiero que me hurten / mi esperanza de vivir; / porque protesto de pie / y no mendigo de rodillas / porque no quiero ser envilecido por nadie / por eso soy revolucionario”. Hay una actualidad sorprendente en esas palabras. La dignidad, la posibilidad de vivir dignamente, el derecho a la esperanza y la convicción de que nadie debería resignarse a la exclusión siguen siendo cuestiones centrales del Uruguay de hoy.

La vigencia de Walter no está en convertirlo en una figura congelada del pasado. Está en reconocer que muchas de las preguntas que lo movilizaban continúan abiertas: ¿qué hacemos con la pobreza infantil?, ¿cómo distribuimos los esfuerzos y los beneficios de la riqueza social?, ¿qué significa hoy la solidaridad?, ¿qué lugar ocupa la democracia cuando una parte importante de la sociedad nace condenada al descarte?

Su propia historia ofrece una respuesta. Walter no empuñaba un arma; empuñaba una crayola. Lo mataron mientras reclamaba que el pueblo pudiera decidir. Por eso su memoria pertenece no solo a nuestra tradición política, sino también a una tradición profundamente democrática.

Walter no empuñaba un arma; empuñaba una crayola. Lo mataron mientras reclamaba que el pueblo pudiera decidir. Por eso su memoria pertenece no solo a nuestra tradición política, sino también a una tradición profundamente democrática.

A 53 años de su asesinato, quizás el mejor homenaje no consista únicamente en repetir su nombre, sino en asumir el desafío de aquello que, más de medio siglo después, sigue interpelándonos. Porque cuando un joven de 16 años escribía sobre “niños descalzos”, sobre “la esperanza de vivir” y sobre una sociedad donde “los hombres no sean esclavos de los hombres”, estaba hablando de su tiempo. Pero también, de alguna manera, estaba hablando del nuestro.

Walter Medina sigue presente cada vez que Uruguay se pregunta cómo construir una sociedad sin explotación ni dominación, un país más justo, más igualitario y donde la dignidad de las personas esté por encima de cualquier privilegio.

53 años después… ¡Walter Medina presente!

Nicolás Wirgman es secretario general de la Juventud Socialista del Uruguay.