Las disciplinas son indispensables. Ante problemas bien definidos ofrecen profundidad técnica, métodos consolidados, criterios expertos de validación y acumulación. No son simples cajas de herramientas: construyen problemas, producen conceptos, discuten sus fundamentos y se transforman. Pero muchos problemas colectivos no llegan a la Universidad de la República (Udelar), al gobierno, a las empresas públicas ni a los territorios de forma ordenada o disciplinar. Llegan mezclados: como sufrimiento, desigualdad, conflicto, incertidumbre, urgencia institucional, demanda territorial, silencio, violencia o statu quo.
Para esos problemas, la calidad académica no alcanza si queda encerrada en una facultad, profesión o tradición. Cuando los problemas deben construirse entre saberes y actores diversos, la Udelar, el gobierno y el sistema científico tecnológico necesitan capacidades inter y transdisciplinarias, junto con disciplinas fuertes. Variar el lente permite soluciones más novedosas, justas y efectivas. La inter/transdisciplina no solo combina disciplinas: también puede transformarlas, al revisar preguntas, métodos, supuestos y criterios de relevancia.
Desde hace décadas, distintos autores describen una transición parcial desde el “modo 1” hacia formas de “modo 2”. El modo 1 refiere a investigación disciplinaria, organizada por comunidades académicas, validada por pares y orientada por criterios internos de calidad. Es imprescindible: sin disciplinas fuertes no hay universidad seria, interdisciplina robusta ni investigación confiable. De acuerdo con la conceptualización de Helga Nowotny, Peter Scott y Michael Gibbons, el modo 2 agrega otra exigencia: producir conocimiento en contexto de aplicación, orientado por problemas, con heterogeneidad de saberes, reflexividad, participación y responsabilidad pública. No reemplaza al modo 1; lo complementa y lo enriquece.
Un estudio sobre más de 31.000 proyectos financiados por la Fundación Nacional Suiza muestra que la innovación no aumenta por reunir disciplinas sin más; depende de espacios temáticos amplios, problemas integradores y coordinación efectiva. La diversidad cognitiva puede ser valiosa, pero tiene costos de traducción e integración. Allí la transdisciplina cumple un rol clave.
La discusión presupuestal sobre Udelar y ciencia en Uruguay puede leerse desde esta experiencia. La universidad solicitó en 2025 un incremento presupuestal de 52% al final del quinquenio. Ese reclamo debe defenderse en su conjunto: sin presupuesto suficiente no hay enseñanza de calidad, investigación sostenida, extensión, becas, descentralización, infraestructura, hospitales universitarios ni capacidad de responder al país. Pero defender el presupuesto también exige discutir qué capacidades académicas queremos construir.
En la Udelar conviven tradiciones de investigación que deberían articularse mejor. La Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) sostiene evaluación por pares, calidad científica, acumulación disciplinaria e investigación original. El Espacio Interdisciplinario construye zonas de encuentro entre disciplinas, problemas, formación e innovación. La extensión muestra que el conocimiento público no se produce solo para la sociedad, sino también con ella. La investigación participativa, territorial y coproducida genera conocimiento irreductible a transferencia, divulgación o asistencia. También deben reconocerse creación cultural, diseño, desarrollo experimental, evaluación, práctica profesional reflexiva e infraestructuras estratégicas.
El desafío es dejar de hacer competir estas tradiciones. Son formas distintas y necesarias de producir conocimiento público. Si se articulan mediante reconocimiento justo, pueden construir una universidad más capaz ante problemas complejos. Si quedan separadas, la investigación puede encerrarse, la inter/transdisciplina volverse marginal y la extensión quedar subdesplegada como fuente de conocimiento.
Esto respalda una idea importante: no alcanza con convocatorias a proyectos; hay que financiar condiciones institucionales para sostener el modo 2 y una red de modos y trayectorias. En el pedido presupuestal, la inter/transdisciplina aparece asociada al Espacio Interdisciplinario (EI). Un anexo del EI planteó un incremento de 33 millones de pesos para consolidar centros interdisciplinarios, e informa que su presupuesto anual es de 64.829.675 pesos y que desde su creación no tuvo incrementos más allá de ajustes salariales. La cifra es pequeña frente al presupuesto universitario total, pero estratégica: financia equipos, lenguajes comunes, confianza, plataformas, formación y carreras que solo se consolidan con tiempo.
El nudo más difícil, sin embargo, no es solo presupuestal. Es de carrera académica. Muchos docentes e investigadores que vemos la necesidad de trabajar en modo 2 quedamos atrapados en una contradicción: en el discurso se valoran integración, impacto, innovación, vínculo con actores, construcción institucional, docencia transversal y participación en problemas públicos; pero luego se evalúa con criterios que reconocen mejor las trayectorias disciplinarias clásicas. Así, hacer inter/transdisciplina se vuelve una carga adicional, no siempre una trayectoria reconocida. La reciente Ordenanza sobre Evaluación Docente de la Udelar avanza hacia una evaluación cualitativa e integral, pero todavía no refleja con fuerza carreras que cruzan disciplinas, construyen problemas con otros actores y producen datos, plataformas, guías, software, informes técnicos, dispositivos de intervención y capacidades colectivas.
Por eso, la discusión presupuestal debería incluir una discusión sobre reconocimiento. La Udelar necesita doble adscripción, comités de evaluación mixtos, evaluación por portafolio, reconocimiento de productos no tradicionales, financiamiento de trayectorias y no solo de proyectos, y protección para docentes y jóvenes investigadores en interfaces. Una universidad puede promover la interdisciplina en el discurso y penalizarla en la carrera. Ese es el riesgo que debe evitarse.
Uruguay necesita una política científica capaz de entender que, ante problemas complejos, la excelencia también consiste en construir problemas con otros, sostener instituciones, integrar saberes y producir conocimiento transformador.
Defender todo el pedido presupuestal de la Udelar es defender enseñanza, investigación, extensión, descentralización y presencia nacional de una universidad pública. Pero también debería ser defender una universidad capaz de transformarse. Los problemas de salud mental, violencia, envejecimiento, cuidados, inteligencia artificial, ambiente, vivienda, educación, desigualdad, trabajo y desarrollo productivo no vienen ordenados por facultades ni profesiones. Sin presupuesto suficiente, el modo 2 queda en retórica. Pero sin nuevas formas de evaluación y carrera académica, incluso un mayor presupuesto puede reforzar las fronteras que Udelar dice querer cruzar.
La creación del Programa Central de Alta Dedicación a la Investigación (PADI), previsto en la Ley de Presupuesto Nacional, vuelve esta discusión más urgente. Si Uruguay avanza hacia una carrera científica nacional o instrumentos estables de alta dedicación, la pregunta no puede limitarse a cuántos investigadores financiar, cómo retener doctores o cómo aumentar publicaciones. La cuestión decisiva es qué trayectorias serán reconocidas como valiosas.
Un programa de alta dedicación puede corregir precariedad, ordenar esfuerzos institucionales y ampliar la base profesional de la ciencia nacional. Pero también puede reforzar criterios estrechos de excelencia si define la carrera solo por productividad individual, métricas disciplinarias, redes consolidadas o alineamiento con prioridades estatales y productivas. La alta dedicación, además, no debería imaginarse únicamente dentro de la universidad o de institutos académicos clásicos. Uruguay tiene entes y empresas públicas que enfrentan problemas tecnológicos, organizacionales, ambientales, productivos y sociales complejos: energía, agua, telecomunicaciones, datos, movilidad, logística, salud, infraestructura, transición digital y sostenibilidad. Allí también se produce –o podría producirse mucho más– investigación aplicada, desarrollo experimental, innovación pública y aprendizaje institucional.
Jerarquizar una política nacional de alta dedicación implica reconocer que parte decisiva del conocimiento en modo 2 se genera en espacios híbridos, donde los problemas aparecen como desafíos de servicio público, regulación, operación, territorio y futuro. Esto no significa convertir a las empresas públicas en universidades ni subordinar la investigación académica a demandas operativas inmediatas. Significa construir trayectorias reconocidas para equipos capaces de trabajar entre conocimiento riguroso, problemas públicos y capacidades institucionales. Una política de alta dedicación en entes y empresas públicas podría fortalecer unidades de investigación aplicada, laboratorios de innovación, observatorios técnicos, capacidades de datos, evaluación de tecnologías, prototipado y evidencia para decisiones estratégicas.
La discusión adquiere mayor relevancia al contrastarla con decisiones presupuestales recientes. El artículo 285 del proyecto de ley de Rendición de Cuentas asigna al Ministerio de Desarrollo Social una partida anual de 200 millones de pesos para fortalecer dispositivos de atención a personas en situación de calle y financia parcialmente esa decisión suprimiendo cargos presupuestados en distintos organismos del Estado. No corresponde oponer atención urgente a personas vulnerables con capacidades estatales de investigación e innovación. Pero el mecanismo elegido vuelve visible una tensión: si las capacidades públicas se piensan solo como vacantes o márgenes fiscales, se puede debilitar el saber técnico e institucional que el Estado necesita para anticipar, evaluar y transformar problemas que luego atiende como emergencia.
La situación de calle, de hecho, es un problema de modo 2. No se resuelve solo con dispositivos asistenciales, investigación académica o gestión administrativa. Requiere salud mental, vivienda, trabajo, cuidados, datos longitudinales, evaluación de trayectorias, intervención territorial, diseño institucional, tecnologías de información, articulación intersectorial y aprendizaje continuo. La fundamentación del artículo 285 reconoce debilidades en detección, vinculación, derivación y acompañamiento, y plantea dispositivos integrales de convivencia, producción y promoción social.
La exposición de motivos informa, además, una disminución de vacantes de la administración central por 891 millones de pesos en 2027, 2028 y 2029, como parte de reasignaciones hacia áreas prioritarias. Suprimir vacantes puede ser fiscalmente comprensible en un contexto de urgencias; pero no debería convertirse en una forma inadvertida de descapitalizar al Estado de las capacidades que hacen posible innovar, evaluar y producir conocimiento público. Por eso, el debate sobre el PADI debería conectarse con el debate universitario sobre modo 2 y con una política más amplia de capacidades públicas de alta dedicación. Una carrera científica nacional que no reconozca construcción de problemas con actores sociales, interdisciplina, transdisciplina, extensión crítica, datos, software, informes técnicos y dispositivos de intervención puede estabilizar las fronteras que el país necesita cruzar. Del mismo modo, un Estado que financia innovación pública pero no construye trayectorias técnicas estables en organismos, entes y empresas públicas corre el riesgo de comprar soluciones o financiar prototipos sin consolidar aprendizaje institucional propio.
Uruguay no necesita elegir entre ciencia excelente y ciencia situada, ni entre políticas sociales urgentes y capacidades públicas de largo plazo. Necesita una política científica capaz de entender que, ante problemas complejos, la excelencia también consiste en construir problemas con otros, sostener instituciones, integrar saberes y producir conocimiento transformador. El presupuesto de la Udelar, el PADI y una política de alta dedicación en empresas, entes y organismos públicos pueden ser herramientas convergentes, pero solo si esa alta dedicación no se define contra el modo 2 y otros modos poco reconocidos, sino también desde ellos. La pregunta decisiva no es solo cuántas personas tendrán alta dedicación, sino qué problemas, trayectorias, productos e instituciones serán reconocidos como parte legítima de la ciencia, la innovación y la evaluación nacional.
Horacio Botti es médico y biólogo. Es actualmente docente de la Unidad Académica de Imagenología de la Facultad de Medicina, Universidad de la República.