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Retórica del silencio

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Lisa Block de Behar, semióloga uruguaya y doctora Honoris Causa de la Universidad de la República, planteó en su trabajo doctoral, Una retórica del silencio, que el silencio no es una mera ausencia de habla, sino un procedimiento elocuente y una condición de lectura.

Si tomamos como texto político el quiebre del acuerdo democrático, respetado desde 1985 por todos los partidos políticos de “militares en las calles nunca más”, a partir del despliegue de blindados del Ejército en Montevideo —anunciado con ligereza por el gobierno— encontraremos una fractura discursiva en la izquierda.

Desde las organizaciones sociales, la academia y los sectores críticos de la sociedad ello se lee como un ejemplo más de claudicación y asimilación de la agenda de la derecha por parte de los sucesivos gobiernos del Frente Amplio (FA)—contra la que lucharon históricamente— y de la herencia de la reforma “Vivir sin miedo”, derrotada en las urnas. En tanto, desde la cúpula oficialista y partidaria se intenta neutralizar la discusión acusando a un mero “problema de comunicación”, argumentando que se trata de una “herramienta válida” y negando categóricamente que colocar blindados militares en zonas urbanas por primera vez desde la dictadura sea “militarizar” la seguridad pública.

Más allá de escasas declaraciones y mucho más escasas críticas, lo que sobrevino fue el silencio. Silencios sorprendentes, teniendo en consideración la gravedad de la iniciativa y el lugar que ocupan, por ejemplo, el presidente del FA, Fernando Pereira que no dijo nada en dos semanas mientras se debatía el tema y su salida pública, luego del debate, fue sobre el arquero de la selección de Uruguay, Fernando Muslera.

Al no pronunciarse explícitamente sobre el despliegue de los blindados, el aparato orgánico del FA apela a una omisión deliberada. En términos de Block de Behar, “lo que verdaderamente importa, no figura, pero se lee”.

Ese mutismo busca vaciar el tema de su peso ideológico. Al no confrontar el hecho, buscan que pierda su condición de “acontecimiento histórico y traumático” para transformarlo en un asunto meramente administrativo. En el caso de Fernando Pereira, romper el silencio tardíamente solo para quitarle importancia o reducir la crítica a un “desentendimiento de los compañeros”, opera bajo la lógica de la lítote (decir menos para mitigar el impacto real).

El discurso oficialista intenta reescribir la resistencia de las bases no como un desacuerdo político de principios sino como un déficit pedagógico: “el problema es que no nos comunicamos bien”. Se silencia así la discusión sustituyéndola por un debate técnico-formal.

En ese sentido, el “llamado” a silencio como forma de “cerrar filas” o “defender la gestión” para no hacer “el juego a la derecha” funciona como un interdicto discurrido: se impone un silencio disciplinario hacia la interna para disciplinar las lecturas disidentes. Clásico. Se pide leer el hecho no desde las bases fundacionales de la izquierda, su historia y su programa, sino desde la “responsabilidad de gestión” y la lealtad al Presidente.

Microfascismo y aprobación social

Michel Foucault afirma en el Prefacio al Anti-Edipo que el fascismo “está en todos nosotros, en nuestras cabezas y en nuestros comportamientos diarios, el fascismo que nos hace amar el poder, desear esa misma cosa que nos domina y nos explota.

Para explicar cómo es posible que tres cuartas partes de la población respalde esta medida, que históricamente representaba un límite democrático infranqueable, o cómo es que tan solo el 1% de la población se interesa por la pobreza infantil, es indispensable abandonar la idea de que el fascismo o el autoritarismo solo se imponen verticalmente, desde arriba, mediante un golpe de Estado: el fascismo se abona en las conciencias cotidianamente y en ocasiones, de forma imperceptible.

La izquierda que otrora impulsaba el debate y la reflexión, busca hoy desproveer a la ciudadanía de las armas lingüísticas que les permiten denunciar: si cuatro blindados del Ejército patrullando un barrio periférico no son militarización, nada lo será en el futuro.

Foucault, Deleuze y Guattari señalan que el fascismo moderno es, ante todo, microfascismo: una capilaridad de deseos, miedos y hábitos instalados en la vida cotidiana. Deleuze y Guattari explican en el Anti-Edipo que las masas no fueron engañadas burdamente; en determinadas condiciones de vulnerabilidad, inseguridad y miedo, las masas desean el orden represivo.

El 75% de aprobación social a la medida de colocar blindados militares en la calle, demuestra cómo el microfascismo ha triunfado en el plano del deseo y cómo el miedo al crimen organizado ha desplazado a la memoria histórica. Así, los blindados militares en los barrios del quintil más bajo se reclasifican socialmente, ya no como agentes del terrorismo de Estado, sino como “garantes de la paz del vecino”.

A la luz del análisis de Foucault sobre cómo las instituciones integran tecnologías de control militarizado bajo el paraguas de la seguridad civil, al insistir discursivamente en que “no es militarizar las calles, sino utilizar herramientas válidas contra el crimen organizado”, el gobierno mimetiza y valida el lenguaje de la extrema derecha que recorre América Latina y cosecha triunfos, quizás porque la izquierda allanó el camino.

Allanamiento del camino discursivo

El verdadero peligro de la estrategia discursiva del oficialismo, blindada por el silencio y justificada por figuras como Fernando Pereira, Óscar Andrade, Sandra Lazo o Eduardo Brenta, no radica solo en la presencia física de los vehículos en los barrios vulnerables, sino en la demolición de los diques de contención semánticos.

El FA, al adoptar las prácticas y el vocabulario de la securitización punitiva, provoca una mutación en el sentido común; neutraliza la resistencia conceptual y vacía de contenido la palabra “militarización”. Así, la izquierda que otrora impulsaba el debate y la reflexión, busca hoy desproveer a la ciudadanía de las armas lingüísticas que les permiten denunciar: si cuatro blindados del Ejército patrullando un barrio periférico no son militarización, nada lo será en el futuro.

El FA le pavimenta el terreno a la extrema derecha para que pueda avanzar. En toda la región los gobiernos autoritarios avanzaron porque los gobiernos previos habían normalizado los estados de excepción, el punitivismo y el goteo de las fuerzas armadas en tareas policiales. Al defender la medida, el oficialismo no frena a la derecha, valida la premisa de que la Policía Nacional es insuficiente por sí sola para mantener el orden.

Por último, al sugerir que quienes se muestran críticos o se oponen o a la presencia de blindados en zonas urbanas sufren de “principismo” o “falta de entendimiento”, el discurso del gobierno desplazó —una vez más— la lucidez política de las organizaciones sociales y las voces críticas de la sociedad hacia el terreno de la terquedad. Sin embargo, las voces críticas comprendemos perfectamente el texto, el subtexto y los silencios, y detectamos y detectaremos con precisión quirúrgica el huevo de la serpiente.

Verónica Pellejero es licenciada en Comunicación y periodista.

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