Para muchos uruguayos no pasó inadvertida una declaración del presidente de la República preguntándose si acaso no “nos hemos ido de mambo” con la laicidad y nuestro alejamiento de una dimensión humana importante como la espiritualidad. Dicho comentario contiene un punto de interés en el que intentaré ahondar; sin embargo, sería imposible aislar el derrotero sensible de los uruguayos de un avance mundial intenso y constante del capital sobre la vida cotidiana. Nuestra “razón de vivir” parece ser la de alcanzar el mínimo sustento biológico y, en el mejor de los casos, algún tipo de acumulación (material o simbólica) a la que nos entregamos como verdaderos esclavos con la sensación de no haber hecho lo suficiente. Básicamente, hablamos de tiempo disponible ante exigencias sociales en las que literalmente se nos va la vida y que, a la postre, nos dejaría huérfanos de toda espiritualidad.
Sin embargo, esto no es del todo cierto: algo que forma parte indisoluble de la condición humana –y que todos, en alguna medida, sentimos– es la percepción elemental de que existe algo que trasciende nuestra existencia mundana y cada cultura nombra de manera diferente. Tal sentido no desaparece incluso bajo las circunstancias más adversas, como las de la cultura occidental y el capitalismo, que obligan a vivir calculando la ventaja, el lucro y la competencia. Puede ser reprimido, postergado o sublimado, pero nos acompañará toda la vida de una forma tan natural e inevitable como lo es la mirada de niño a un cielo estrellado.
Es interesante ver la forma en que los uruguayos hemos venido resolviendo esta cuestión de acuerdo a nuestras particularidades históricas, a la temprana secularización y, sobre todo, a la impronta humanista que impulsaron políticos y pensadores como José Batlle y Ordóñez, José Pedro Varela, José Enrique Rodó y Pedro Figari, entre otros, a principios del siglo XX, cuando se forjó nuestra “identidad nacional”. Tal humanismo y el consecuente prestigio que las artes y las letras ganarían en la sensibilidad uruguaya (seguramente en oposición a la anterior “barbarie” de indios, gauchos y caudillos) se modelan mirándonos en el espejo del “desarrollo” civilizatorio europeo que, tras el exterminio cultural precedente y la continuidad colonial (por otros medios), se percibió como el único patrón de orden social posible.
Espiritualidad es una palabra difícil de abordar hoy día desde nuestra tradición laica. Como ello supone la existencia de un espíritu o una mente capaz de separarse del cuerpo al que “está unido” (al decir de Descartes), prefiero usar un pariente semántico: la trascendencia, en el sentido de cierta capacidad común de natural asombro y debilidad frente al Cosmos: algo nos trasciende, existe, acaso infinitamente antes y después de nosotros, y tal cosa no puede dejarnos indiferentes. Apenas reflexionamos un poco, percibimos que su contrario, justamente, describe el mandato social que nos guía: el poder absoluto del hombre, la racionalidad burguesa y patriarcal de crecimiento infinito, donde el planeta (y, por qué no, el universo) se concibe como un mero recurso para el eterno progreso y selección “natural” de la “raza humana”.
Al repasar la inmensa variedad de experiencias de humanos viviendo juntos, percibimos una constante cultural (mítica, religiosa, escrutadora del “más allá”) que, a la vez, responde a otra de carácter epistemológico: siempre resulta mayor y más impactante lo incognoscible que el propio conocimiento alcanzado. “Solo el misterio nos hace vivir”, decía Federico García Lorca.
En la misma medida en que la religión católica perdía adeptos en Uruguay y la “ciudad letrada” imponía nuevas formas de sensibilidad con un profundo (y, de paso, extraordinario resultado) culto a las artes, los uruguayos educamos buena parte de nuestra sensibilidad y sentido de lo trascendente en este terreno. También lo hicimos en otro, no menos importante, que vino con los inmigrantes europeos: la utopía política. No es que nos alejamos de la espiritualidad y lo trascendente, sino que, al disminuir lo religioso –su campo específico de residencia–, estas inclinaciones aparecen poblando otras esferas. Pero también fue algo que sucedió en buena parte del mundo en el siglo XX, de la mano de una modernidad que parecía sustituir a curas y profetas por artistas y políticos revolucionarios. Claro, también produjo mitos cinematográficos, nuevos predicadores religiosos y mentirosos de todo calibre capaces de enamorar a las masas.
El caso uruguayo ilustra una increíble e irrepetible simbiosis entre el arte popular y la política de izquierda, de tal manera que para comprender la política contrahegemónica uruguaya de los 60 y 70 resulta imprescindible comprender cierta sensibilidad hegemónica en las artes y las letras. Una sensibilidad trascendente que animó –les dio alma y sentido último– a muchos colectivos. Parecería útil enfocar la relación del arte y la política uruguaya y el sentido de lo trascendente con la sospecha de que estas esferas tuvieron un papel decisivo, tanto en lo sucedido antes como después de la dictadura.
Como bien decía Juan Fló, el arte siempre sirve a fines, es imposible un arte plenamente autónomo (o sea, un “arte por el arte”); es el juego de ciertas disposiciones humanas (por ejemplo, la gestualidad, el ritmo, la capacidad de producir armonías sonoras) que al unirse con funciones sociales complejas (heterónomas) como el mito, la religión, la política o la ideología producen arte. De todas maneras, la forma en que tales cuestiones se juntan y luego se desarrollan difiere de la comunicación y la producción de conceptos; por el contrario, conservan un carácter abierto, ligado a lo sensible, destinado bastante más al reconocimiento intra e intersubjetivo, a unir sensibilidades comunes, a la construcción de un nosotros, que a producir sentencias definitivas. El arte –cuando es realmente poderoso– debe mantener abierta la puerta a lo trascendente, haciendo de tal cosa –básicamente– algo compartido y compartible.
La función utópica en la política juega un papel similar: lo trascendente se une a lo político como posibilidad, como esperanza y comunión de sentido. Significa más que una certeza, es tener esperanza en la certeza de que “otro mundo es posible”. No es que los participantes crean en una verdad revelada (como en la religión), sino que creen en la posibilidad de una verdad que aun no se les ha revelado, pero que la lucha política haría posible. Si tal sentido de lo trascendente deja de existir en la política, ello implica vaciar su alma: abre las puertas al “realismo de lo posible”, a la pérdida del sentido de comunidad y a la sustitución de la política por la tecnocracia. Todo esto –en alguna medida– fue intensamente experimentado en Uruguay.
Parecería útil enfocar la relación del arte y la política uruguaya y el sentido de lo trascendente con la sospecha de que estas esferas tuvieron un papel decisivo, tanto en lo sucedido antes como después de la dictadura.
La dictadura marcó un quiebre fenomenal en la sensibilidad uruguaya. La política que emerge en la izquierda no logra, hasta hoy, conquistar la sensibilidad poética ni utópica. Tan modestos resultan sus proyectos posibles para conquistar la esfera sensible y trascendente de los pueblos que existe el peligro de que la derecha, percibiendo el vacío, decida ensayar el simulacro de la “utopía neoliberaral”. Aquello por lo que merece darse la vida, aquello que va bastante más allá de nuestra existencia concreta seguirá allí, esperando un fin lo suficientemente fuerte para expresar el nexo posible entre lo poético y lo político, entre la utopía y la política.
A mediados del siglo pasado, lo protagonizado por las letras, el arte y la utopía política fue decisivo: las “humanidades” dominaron la escena simbólica y educativa uruguaya, y, a la vez, la producción y el disfrute colectivo eran significativamente mayores (históricamente más relevantes) que el posible –y a veces cumplido– éxito individual y producción mercantil de contenidos culturales. Fue la hora del teatro independiente, de la “canción de protesta” y los escritores “comprometidos”. Tal cosa ha variado considerablemente: la producción ideológica y artística mercantilizada está bastante más afianzada, de tal manera que el éxito individual se impone como algo autónomo, natural o inevitable ya sin necesidad de tener lazos con lo colectivo. Es la hora de los outsiders en la política y la profesionalización de los artistas, académicos y pensadores.
Sin embargo, no todo está perdido en este inmenso campo de lo sensible y lo trascendental. En primer lugar, porque existe un cansancio social que desnuda la imposibilidad trascendente del éxito individual asumiendo, cada vez más claramente, su condición patológica. Por otro lado, contrariamente al individualismo tan financiado y reiteradamente pregonado y amplificado, los colectivos no dejan de emerger imaginando otros posibles (hoy imposibles). Lo hacen, sí, según otros sentidos y otras sensibilidades, muy distintas a las del siglo pasado, pero no por eso menos esperanzadoras.
Si nos preguntamos cuándo hemos sido más felices y más plenos, es más probable que en nuestro corazón aparezca una escena en la que pudimos decir nosotros. Difícilmente la obtención de un reconocimiento por nuestra actividad profesional pueda igualarse al sentimiento de compartir con otros un sentido de trascendencia y, tal vez, disfrutarlo mientras cantamos o reímos. Claro que el capital casi no nos da tiempo o intenta mantenernos alejados unos de otros; hace que nos sintamos uno frente al mundo, como uno frente a un celular. Sin embargo, cada vez que nace un proyecto colectivo o comunitario, renace la posibilidad de resistencia. Lo importante es que ya llevamos demasiado tiempo experimentando la frustración de estar solos. Una cosa viene después de otra, espero.
De alguna manera, como buena parte de los uruguayos, el presidente es consciente de que hemos huido del misterio, de lo maravilloso, pero, sobre todo, hemos huido de nosotros mismos, de nuestras capacidades de amar, soñar y hacer cosas juntos verdaderamente trascendentes. Buena parte de la violencia que sufrimos radica en la supresión de esa posibilidad.
Por eso, es hora de ir al encuentro con otros y organizarnos. El misterio y lo imposible estarán ahí, esperándonos.
José Stagnaro es maestro de primaria, magíster en Ciencias Humanas y docente en Formación Docente.