El periodista Gabriel Pereyra dio a conocer el martes, en Informativo Sarandí, que, según fuentes del Poder Ejecutivo, “en los últimos días llegó al país una comunicación del Departamento de Estado de Estados Unidos advirtiéndole al gobierno uruguayo que si no deja de contratar médicos cubanos para el Hospital de Ojos, [...] Uruguay será incluido en una especie de ʻlista negra’ de países que contratan ‘mano de obra esclava’”, y quedará en suspenso toda la ayuda militar estadounidense a nuestro país.
El mismo día, el canciller Mario Lubetkin fue consultado al respecto por periodistas. Dijo que si bien no se ha recibido “ninguna comunicación oficial de Estados Unidos”, el convenio con Cuba “es uno de los tantos temas sobre los que estamos dialogando”, pero agregó que la experiencia de la llamada “Operación Milagro” ha sido “extraordinaria” y que el gobierno nacional la va a “preservar”.
No es la primera vez que se cuestiona la presunta esclavitud del personal cubano que participa en esa operación, y la misma acusación se ha planteado contra todo el trabajo de las brigadas médicas internacionales enviadas por el gobierno de Cuba a decenas de destinos. Con los crecientes intentos de asfixia económica contra la isla por parte de Donald Trump y su canciller, Marco Rubio, recrudece la ofensiva: gobiernos alineados con Trump han cancelado los convenios o se disponen a hacerlo. Otros son presionados, como el de Uruguay, para que hagan lo mismo.
Lo primero que corresponde aclarar es que quienes integran estas brigadas no pueden ser considerados “mano de obra esclava”, porque se postulan en forma voluntaria para realizar el trabajo, y un proceso de selección descarta a muchos aspirantes. Dicho esto, hay otras cuestiones interesantes que explicar.
Ni ángeles ni demonios
El gobierno de Cuba envía brigadas médicas a otros países desde los primeros años posteriores a la revolución de 1959. A veces han sido acciones puramente solidarias, pero en la gran mayoría de los casos se trata de servicios pagados por el Estado receptor, en el marco de acuerdos convenientes para las dos partes.
La experiencia en Uruguay es atípica: nuestro sistema de salud está muy desarrollado y no faltan médicos, de modo que las prestaciones contratadas se concentran en pocas áreas, y la más notoria es la Operación Milagro. Esta ha permitido el acceso a consultas y cirugías de una enorme cantidad de gente con escasos recursos, que sin este servicio no habría podido recuperar la vista. En gran parte de los demás países, las brigadas cubanas suplen carencias de personal, de conocimientos y de tecnología, además de atender en zonas a las que no llegan los servicios locales. Todo esto se paga, pero los precios están por debajo de los que habría que costear sin las brigadas.
La remuneración de quienes integran las brigadas es un porcentaje menor del dinero que el Estado cubano recibe; el resto ha llegado a constituir una de sus principales vías de ingresos de divisas (por eso Trump y Rubio se esfuerzan tanto por ponerle fin al programa). De todos modos, el trabajo es atractivo desde el punto de vista económico para quienes se postulan. Muy a menudo ganan menos que sus colegas en los países de destino, pero más que si desempeñaran su actividad en Cuba. Y hay, por supuesto, profesionales que participan en estas misiones por motivos ajenos a lo económico.
Las brigadas son misiones estatales, con los criterios cubanos en la materia, y esto implica que las condiciones laborales incluyan restricciones dentro y fuera del horario de trabajo, pero después de tantas décadas es impensable que alguien ingrese sin saber lo que le espera. Por otra parte, en varios países se afrontan privaciones propias de las zonas de destino y riesgos de violencia desconocidos para quienes se criaron en Cuba. Una minoría del personal brigadista decide no regresar a su país y es tratada como desertora, con prohibición de volver a la isla por ocho años.
Diferencias y semejanzas
Además del interés político de Trump y Rubio, la campaña internacional contra las brigadas expresa diferencias ideológicas profundas. De un lado, el sistema de salud se concibe como un servicio público organizado y dirigido totalmente por el Estado, desde la formación profesional hasta la planificación y la asignación de recursos; del otro, como un mercado en el que la prescindencia o la complicidad estatal están al servicio del lucro empresarial e individual. En nuestro país conviven ambas concepciones, muchas veces en conflicto.
Cabe proponerles un ejercicio a quienes se declaran escandalizados por la forma en que funcionan las brigadas cubanas. Pregúntense si la venta a otros países de servicios desempeñados por empleados públicos sujetos a condiciones disciplinarias estrictas, con ganancias para ellos, pero también para el Estado (en lo económico y en términos de prestigio internacional), es algo muy distinto de la ya larga experiencia uruguaya en el envío a misiones de paz de personal militar, apoyado por una ayuda estadounidense cuya suspensión quizá no sea tan mala.