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Opinión Posturas

El cuento del rey: sobre los cargos de confianza en el Estado

Había un rey que no gobernaba solo. En casi todas las cortes y a lo largo de los siglos había a su lado un hombre que resolvía como si fuera el mismísimo representante de Dios en la tierra. Lo llamaban el Valido (o el privado) y su poder no provenía de un mérito ni de una herencia: el favor emanaba directamente del que mandaba. Ese favor lo había encumbrado como un calor prestado y el día que se enfriara sería desplazado para dejarle el sitio a otro recién llegado.

De aquel arreglo cortesano seguimos usando hoy, sin darnos cuenta, una palabra equivalente: el favor del rey es lo que ahora llamamos “cargos de confianza”. Para nosotros, los terrenales sin sangre azul, la confianza se gana: se la damos a quien ya nos mostró que sabe hacer aquello que después le vamos a pedir.

El Estado la toma prestada y le invierte el sentido: entrega la confianza en forma de cargo antes de toda prueba. La única cualidad que exige es la cercanía con quien la otorga.

En la escalera que empieza en el ministro están los cargos donde el programa se la juega en serio (del expediente de cada día a la atención al público), ocupados por quienes fueron designados sin más prueba que su cercanía. Y lo peor es que pueden darse el lujo de no saber. Aquí la vieja pregunta de la corte no cambia: ¿el elegido está a la altura de lo que se le entregó? La respuesta se paga en buen o en mal gobierno.

El designado suele tener una historia parecida en todas partes: hizo de la militancia partidaria casi su única ocupación y a fuerza de constancia fue ganando un lugar cada vez más notorio dentro del aparato.

Hace un siglo Max Weber señaló dos formas de estar en la política: la de quien vive para ella y la de quien vive de ella. Se las puede pensar como dos modelos puros, pero en la vida real se mezclan. Cuánto depende del cargo marca hasta dónde se anima a llegar con lo que dice: de a poco aprende lo que cuesta pensar distinto, hasta que termina acomodando lo que opina sin casi notar la metamorfosis.

Hay otra categoría más fina, la del que no se amoldó a nada: no tenía convicción que mostrar y, además, no se lo vio en la campaña.

No estuvo en la intemperie, ni en el barro, ni en el puerta a puerta, ni en el codo a codo con la militancia. Aparece después, con la elección ya ganada, en el momento del reparto, y la propia base lo descubre con asombro cuando lee la lista de designaciones: ¿y este quién es, de dónde salió? Salió de saber estar cerca, de leer quién iba a estar y ubicarse a la distancia justa de esa mano sin perder su tiempo en la calle.

Su oficio no es una materia (no sabe de salud, ni de obras, ni de cultura); su experticia es obtener cargos. Por eso pasa de una dirección a otra, de un gobierno al que lo sucede y en cada mudanza lo único que conserva intacto es la destreza de volver a caer parado. Cambia de rey sin cambiar esa profesión, porque su lealtad no era a este rey ni a aquel programa, sino a la cercanía adecuada como forma de vida.

Esa es, para el que designa, su virtud suprema: no hay que explicarle nada, no arrastra ideas que después incomoden, no se va a plantar con una opinión que no tiene. Es el favorito perfecto.

Buena parte de lo que habilita a gestionar para el Estado, para la sociedad, es esa experiencia previa que no cabe en ningún programa: hay un saber de la conducción que no se enseña, que se deposita a fuerza de haber gobernado situaciones antes que cargos. Quien nunca tuvo que pelear con un proveedor que no entrega a tiempo, ni rectificar un proceso enredado más de lo necesario llega a una dirección como el profeta desarmado de Maquiavelo: llega con una visión, pero no tiene con qué construirla, cayendo apenas la realidad lo abofetea. Aparece solito con sus ideas en una mano y el programa en la otra, pero sin conocer el territorio, sin saber por dónde entrar ni cómo lograr que algo se mueva.

Pero hay algo más profundo que esa falta de oficio: nunca tuvo que defender una posición propia frente a alguien con poder. Dirige como si bastara con firmar una orden para que las cosas se hicieran y después se estrella contra la burocracia y las resistencias que nunca aprendió a leer. La misma docilidad que le abrió la puerta lo deja sin espalda para plantarse frente a los de arriba y, para peor, sin competencia para conducir la maquinaria hacia lo único que de verdad se le pide a un director: que las cosas pasen.

Cuando la máquina no se mueve echa mano de la única carta que siempre tiene guardada: el voto. Es bonapartismo puro y duro, presenta su decisión como si fuera la orden popular. El nombre no es un adorno: viene de Napoleón III, un Bonaparte que a mediados del siglo XIX se hizo dueño de Francia con el argumento de que fue elegido por el pueblo y que podía interpretar su voluntad. Así se ahorra el trabajo de convencer, pues si él habla en nombre del pueblo, discutirle a él pasa a ser discutirle al pueblo entero.

No es la llegada de un líder fuerte y capaz, es lo contrario: es lo que hace el débil cuando la realidad no le obedece. Es el mismo director de antes, apenas un paso más desbordado. Ya que no consigue que las cosas pasen, decide él solo y a esa decisión le pone el nombre más grande que hay: la voluntad popular.

Buena parte de lo que habilita a gestionar para el Estado, para la sociedad, es esa experiencia previa que no cabe en ningún programa: hay un saber de la conducción que no se enseña, que se deposita a fuerza de haber gobernado situaciones antes que cargos.

Podría pensarse que basta con elegir mejor, con buscar entre los militantes a los que saben conducir, pero el problema empieza antes, en la materia prima con la que se cuenta. Un partido es una maquinaria construida para ganar elecciones y su gente se va formando para hablar en público, mover voluntades y aguantar presencia en la campaña sin aflojar. Al que descuella en esas artes se lo premia una vez llegado al gobierno. Podrá discutirse, pero ganar una elección y administrar un organismo son cosas distintas.

Va ascendiendo hasta el escalón exacto en que eso que sabía hacer ya no sirve. La cinta transportadora entrega su producto (gente entrenada para la campaña) y luego la pone a gestionar, sencillamente porque quien señala a alguien para un cargo de confianza busca, antes que nada, que no le vaya a dar problemas, que no lo contradiga ni, peor todavía, tenga razón a la vista de todos.

La conclusión es lógica y prudente: entre el que sabe y el que obedece, el que designa se inclina una y otra vez por el segundo.

Lo grave es que cada una de esas decisiones, mirada de a una, parece razonable. Nadie se propone armar una administración de grises; cada jefe elige al colaborador con el que va a dormir tranquilo. Pero la suma de todas esas elecciones prudentes, repetida en cientos de despachos, forma un cuerpo entero seleccionado por docilidad. El resultado no cambia con el reemplazo de personas, pues mientras el incentivo siga premiando lo mismo, el próximo elegido se parecerá al anterior.

Esto llega más lejos, porque también se van, o no entran nunca, los otros. Los que tienen capacidad y carácter miden el ambiente, entienden que su mejor cualidad va a leerse como una amenaza y buscan su lugar en otra parte. Así la máquina va expulsando de a poco aquello que más falta le hace.

Puede parecer que la política debe dejar esos cargos en manos de funcionarios de carrera, entrados por concurso y a resguardo de todo vaivén electoral. Sería un error. Un partido gana una elección con un programa, que es una promesa que alguien tiene que cumplir. Si quienes conducen esa máquina fueran todos funcionarios presupuestados, el gobierno electo podría descubrir que sus decisiones se demoran en un cajón, se cumplen a medias o se archivan con una excusa técnica hasta que llegue el gobierno del color del funcionario.

La conducción política sobre el aparato es la forma que tiene el voto de convertirse en acto de gobierno.

Del otro lado, frente al favorito dócil es fácil enamorarse de su opuesto, el técnico puro, el que llegaría por su saber y decidiría al margen de la política con una frialdad burócrata. Detrás de casi cualquier decisión de gobierno hay una elección sobre a quién beneficiar y a quién postergar, y presentar esa elección como el dictado de un especialista es otra forma de escamotearla, más fina y tramposa que la del favor.

Entre el leal que no sabe y el experto que se cree por encima del voto hay que encontrar un sitio que, de seguro, no está en ninguno de los dos extremos. Ese sitio existe, pero dar con él obliga a pensar a fondo una distinción: no toda designación por confianza es amiguismo. Hay una confianza política bien entendida, la de poner al frente de un organismo o de una dirección intermedia (incluso menor en el escalafón) a alguien que comparte el rumbo del gobierno y está, además, en condiciones de conducirlo, las dos cosas a la vez.

Un rey puede dar su favor a quien le es leal y, además, sabe hacer lo que le encomienda; o puede darlo por la sola lealtad. Entonces, el cargo se vuelve pago a la obediencia y se llama “conducción” o “idoneidad” a lo que en verdad es obedecer sin chistar. La palabra es siempre la misma: confianza. Lo que cambia es si el calor del rey llega solo o acompañado de una mano que sepa hacer el trabajo.

Los cargos de confianza cumplen una función legítima y no hay que abolirlos; lo que hay que reclamarles con firmeza es la parte que se les suele perdonar. El cargo político de dirección puede y debe seguir existiendo.

A la hora de elegir, la regla mínima es pesar lo que la persona sabe hacer, no lo cerca que está de quien firma. Cómo se hace ya no es tan sencillo: reclamar idoneidad no cuesta nada; garantizarla sin comprometer la conducción política, mucho. La salida que propongo no espera a que aparezca la persona ideal, ese raro ser que reúne saber y sintonía en un mismo cuerpo.

Cuando ese cuadro excepcional existe, tanto mejor y ninguna consideración lo debiera impedir (por ejemplo, la cantidad de votos de la agrupación política de la persona idónea); lo que no se puede es utilizar el sistema a la espera de que aparezca, porque dejar todo librado a eso es pedirle al azar lo que debe ser norma.

Por eso la propuesta trabaja sobre el puesto. La conducción sigue en manos de un cargo político, pero con una condición nueva: no va solo. Al lado del que conduce se sienta un técnico y a ese lugar se entra por una sola puerta, el concurso de méritos ganado a la vista de todos. Es la pieza que corta el reparto por lealtad, porque nadie acomoda a su obsecuente en un sitio al que solo se llega rindiendo.

La última palabra, con todo, sigue siendo del político y ahí aparece la imagen que ordena el diseño entero. El que conduce no le pide al técnico una verdad colgada en el aire, le pide que mire los expedientes a través de un cristal, el del programa con el que su fuerza ganó la elección. Y ese cristal no es un vidrio inerte: tallarlo lleva un trabajo arduo, porque leer qué prometió el voto, calcular a quién alcanza cada medida y a quién se posterga, medir cuánto aguanta el momento y hasta dónde llega lo posible es un saber que no se improvisa.

El técnico sabe cómo se ejecuta; el político, para qué, para quiénes y a qué costo. Es esa segunda clase de pregunta la que manda sobre la primera. Por eso la decisión queda del lado de quien responde ante las urnas. Así, la competencia deja de ejercerse desde una supuesta neutralidad y empieza a hacerlo dentro de la política, al servicio de un rumbo votado, que es lo que le faltaba al experto puro para no volverse tecnócrata.

Queda un último resguardo, el que evita que todo esto se vuelva adorno. Si la última palabra es siempre del político y el técnico apenas mira por el vidrio, nada impediría que su saber terminara firmando lo que el otro ya tenía decidido. Por eso el juicio del técnico tiene que quedar por escrito y fundado antes de que se resuelva. El político mantiene la potestad de apartarse de él, que para eso ganó la elección, con una sola condición: hacerlo a plena luz y cargar en público con el costo de haber ido contra un dictamen registrado. Conserva el mando entero; lo único que pierde es la comodidad de ignorar en silencio a quien sabe.

Cada tanto, alguna de estas “cositas” saltan a la luz y la maquinaria trabaja sola: el impulso de acomodar la regla a la medida del allegado aparece sin que nadie tenga que proponérselo.

A veces, cuando el asunto es ruidoso, aparece esa reserva ética de institucionalidad que todavía alcanza para decir que no. Pero conviene no “cantar victoria”, porque funciona solo cuando el caso quedó expuesto y no hubo más remedio que decidirlo a la luz. Los favores que no llegan a tanto se despachan en silencio, en esos cientos de despachos donde nadie va a reclamar nada.

Lo que se busca es que la corrección no dependa del azar de que una situación explote, sino que sea parte del modo de designar y de decidir, todos los días, sin que nadie tenga que andar escudriñando.

Queda un flanco a la vista: el concurso certifica que el técnico sabe, no que esté dispuesto a mirar por el cristal ajeno, así que alguna vez colará al experto brillante que se siente por encima del programa. Como no es él quien decide, el diseño lo aguanta: su desacuerdo quedará escrito, el político resolverá y cargará con lo suyo. Con ese reparo a la vista, el tetris cae justo en el hueco que dejaban las dos tentaciones del principio, porque el mando sigue en el cargo político sin que ningún experto decida por encima del voto y ese cargo tiene ahora al lado un saber que entró rindiendo y que ya no puede ignorar sin responsabilidad. El político conduce y va decidiendo con aquel prisma delante y alguien al lado que le dice lo que ve técnicamente.

El Valido del principio estaba atento al humor del rey y en esa búsqueda de aprobación hacia arriba se le iba la vida. Lo que este diseño cambia es la dirección de la mirada. El que conduce ya no necesita vigilar el rostro del que lo puso para saber qué conviene decir; tiene que mirar hacia adelante, por el cristal del programa, y rendir cuentas de lo que ve.

La confianza dejaría de ser el nombre elegante del favor y volvería a significar lo mismo que en todas partes: que a alguien se le entrega algo porque puede con eso. Es, a fin de cuentas, lo único que un ciudadano puede pedirle a quien gobierna.

Pablo Tailanian es integrante del Movimiento Socialista Emilio Frugoni.