En las sociedades occidentales y contemporáneas, en defensa de intereses elitistas, el sistema capitalista y neoliberal busca convertir a los ciudadanos en sujetos con derecho fundamental a acceder a internet y a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en condiciones de igualdad.
Sin embargo, se trata de una igualdad aparente, enmascarada bajo el discurso de los derechos humanos, que en realidad se traduce en la incorporación de los individuos como ciudadanos activos, sometidos a relaciones de dependencia y consumo constante con las nuevas tecnologías que digitalizan la vida cotidiana.
Esto implica que, para que el capital se expanda, necesita garantizar un número suficiente de usuarios dispuestos a adquirir dichos productos. La igualdad de acceso funciona así como un mensaje esperanzador que incentiva la elección de una relación adictiva con la tecnología, orientada a beneficiar económicamente a determinados sectores sociales.
Con base en una lógica utilitarista, lo que se busca es alcanzar el mayor bienestar para el mayor número de individuos. Sin embargo, hablar en términos de mayoría implica excluir a las minorías. En las sociedades occidentales, estas minorías experimentan la falta de acceso –o su equivalente, la brecha digital– como una puerta cerrada que les impide participar, apropiarse y desarrollar procesos de alfabetización, habilidades digitales y de calidad, esenciales para la vida cotidiana.
Aquí es fundamental reconocer que la brecha digital se compone de distintos niveles y no constituye únicamente el síntoma material de la falta de acceso en términos absolutos, sino también el reflejo de la desigualdad en la calidad de ese acceso, en el uso, la apropiación y la formación. Esta encuentra su razón de ser en relaciones jerárquicas que los capitalistas no estarían dispuestos a eliminar, pues eso implicaría igualar hacia arriba las condiciones entre las personas.
Para ser más específica: la brecha en el acceso se refiere a la diferencia entre quienes cuentan o carecen de conexión a internet y dispositivos adecuados. A su vez, en el ámbito del uso, alude a las habilidades digitales que algunas personas desarrollan en función de sus conocimientos adquiridos, mientras que otras carecen de ellas por la falta de acceso.
La brecha en la apropiación refiere a la distancia entre quienes utilizan la tecnología solo para tareas simples y quienes, con verdadera habilidad digital, son capaces de generar contenidos productivos, creativos, innovadores, sociales y responsables. Por último, la desigualdad en la formación está estrechamente vinculada con la alfabetización digital, la cual, cuando se adquiere, habilita a las personas a leer, escribir, navegar, estudiar, trabajar e interactuar en el lenguaje tecnológico.
En cambio, cuando no se adquiere, se sufre el impacto de la exclusión y se sufre la pérdida de oportunidades para avanzar académicamente y acceder a propuestas laborales de mejor calidad y remuneración. Esa situación de desventaja suele ser consecuencia de injusticias estructurales que contribuyen a la conservación del orden vigente de dominación y privilegios.
Desde una perspectiva de género, las desigualdades estructurales vuelven a hacerse evidentes, ya que los productos, servicios y soluciones digitales están, en su mayoría, diseñados pensando en los usuarios hombres y masculinos. Esta lógica de diseño, que responde a los intereses de un orden de dominación patriarcal, provoca que muchas mujeres –y cuerpos feminizados– encuentren menos motivos para utilizar dichos productos y servicios, pues no responden a sus necesidades ni a sus intereses específicos.
En esa línea, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) relevó en 2024 que más del 50% de las mujeres en el globo terráqueo permanecen desconectadas, mientras que los varones continúan capacitándose y fortaleciendo sus habilidades y su alfabetización digital.
Por otro lado, se advierte que muchas usuarias enfrentan diversos riesgos, entre ellos el acoso cibernético, el ciberacoso, los mensajes sexuales no solicitados y la difusión de fotos o videos íntimos en plataformas sin su consentimiento. Entre esas víctimas se evidencia la marcación y el control de los cuerpos feminizados, lo que reproduce dinámicas de violencia simbólica y digital.
La brecha digital se convierte en un síntoma de nuevas formas de violencia, discriminación, desigualdad y exclusión, propias de sociedades occidentales, capitalistas, utilitaristas, patriarcales y neoliberales.
De manera concomitante, la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales señala en su primer informe sobre la brecha digital cómo estos mismos riesgos afectan de manera particular a la comunidad LGBTI. Esta situación no solo dificulta su participación digital, sino que, en muchos casos, las lleva a optar por una menor presencia en los entornos virtuales, reforzando las desigualdades de género.
Al mismo tiempo, genera efectos perjudiciales en la salud mental, que pueden manifestarse inicialmente en sentimientos hostiles y evolucionar hacia estados de depresión, aislamiento extremo, ataques de pánico y otras formas de sufrimiento psicológico. En casos más graves, estas dinámicas pueden derivar en suicidio.
De este modo, la brecha digital se convierte en un síntoma de nuevas formas de violencia, discriminación, desigualdad y exclusión, propias de sociedades occidentales, capitalistas, utilitaristas, patriarcales y neoliberales. Desde este lugar, se evidencia la existencia de personas que no pueden ejercer plenamente sus derechos humanos fundamentales ni formar parte activa de la vida comunitaria, social y cultural, porque así ha sido decidido desde un comienzo, a pesar de que en el discurso ético y jurídico se hable en términos de igualdad.
Finalmente, la brecha digital nos invita a reflexionar sobre cómo impacta en la dignidad de los seres humanos, entendida como condición intrínseca de nuestra existencia. La noción de dignidad, aunque difícil de definir con precisión por su inteligibilidad, encuentra en la tradición kantiana una base sólida: somos valiosos en sí mismos y, por eso, debemos tratarnos dignamente, es decir, como fines y no exclusivamente como medios al servicio de intereses ajenos.
Dicho esto, debemos comprender que la brecha digital no debe interpretarse como una pérdida de dignidad, sino como la oportunidad en que esta se reafirma y se hace más visible, impulsando la necesidad de defenderla.
Miles de personas en situaciones extremas se alzan en defensa de sus derechos humanos, recordando que la dignidad posee una fuerza moral propia, exigiendo, en efecto, condiciones materiales, tecnológicas, éticas y sociales que garanticen su pleno ejercicio. Me sumo a ser parte de esa voz que se hace escuchar con fuerza, reclamando justicia y equidad, e invito a que más personas también lo sean.
Lorena Bello Barreiro es docente de Filosofía en Secundaria.
