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Opinión Posturas

Humor social, liderazgos y comunicación de gobierno

Analizar la comunicación del gobierno de Yamandú Orsi sin examinar el estado de la opinión pública o el humor social prevaleciente conduce inexorablemente a un error en la evaluación. Si el examen se limita exclusivamente a aspectos narrativos o discursivos, tonos o “aciertos” y “errores”, uno está perdiendo de vista la geografía social en la que esa comunicación opera. El campo objetivo de estudio debe contemplar comportamientos y emociones de la ciudadanía en sus distintos pliegues y capas.

Este apunte busca ubicar algunos ejes poliédricos para acercarse a un análisis pretenciosamente equilibrado de la situación. Para eso defino dos campos dentro de varias caras: estado del humor social, y liderazgos y comunicación de gobierno.

Estado del humor social

1. El clima. Una reciente entrevista realizada en el portal El Observador a Ignacio Zuasnábar, director de la consultora Equipos Consultores, arroja algunos indicios sobre el estado general de los uruguayos, sus humores, expectativas y percepciones sobre la “realidad” y el “futuro”. Afirmó el experto: la noción de “estancamiento” respecto del rumbo del país en la opinión pública “supera claramente la idea de estabilidad” y, por más que no es una percepción “dramática”, hay una “caída sustantiva” en las visiones más optimistas desde 2023. Obsérvese este dato: casi dos de cada tres uruguayos consideran que el país se encuentra “estancado” o “en decadencia”, según los datos recientes que maneja Equipos Consultores. Y agrega: predomina la noción de que el país no avanza, que supera con claridad a la idea de estabilidad u optimismo.

Este perímetro del humor arroja de rebote un dato que explica la visión crítica que tiene un segmento importante de frenteamplistas con respecto al gobierno de Yamandú Orsi. Veamos: dos de cada tres significan casi 70% de la ciudadanía. Si es válido este guarismo, estamos frente a que una porción importante de frenteamplistas está ahí adentro y explica las desaprobaciones que arrojan todas las consultoras.

2. Las expectativas. Lo interesante es que en el universo de izquierda –militante o no– se produjo una fractura entre las expectativas y las realizaciones. En el hueco de esa fractura aparecen la desesperanza, la insatisfacción y el descreimiento. Pero lo interesante es que esos estados –¿emocionales, afectivos?– no se limitan al universo de izquierda. Es, para ser más claro, un humor social que domina a la sociedad uruguaya. El mercado de la fe y las creencias está conmovido. Nada parece permanente. Lo interesante es que en este mercado de la opinión pública la demanda define la oferta. En otros términos: en este escenario arbitrariamente descripto, la demanda diversa instalada en la sociedad determinará las representaciones, o sea, la oferta.

Para ser más claro en cuanto a escenarios, discursos, demandas y ofertas: el discurso disruptivo, violento y rebelde de Javier Milei caló hondo en la Argentina de 2023. Ese mismo discurso en la Argentina de 2016 y años posteriores, hasta 2020, no hubiese penetrado en amplias capas de la sociedad argentina. ¿Por qué? Porque predominaban otra coyuntura y otro humor social.

3. La fatiga por la cartelización. Si dos de cada tres uruguayos entienden que el país está “estancado” o “en decadencia”, uno podría decir que hay “baja autoestima nacional”, pariente cercano de la desesperanza. Este estado parece ser hijo de una suerte de cartelización política que existe en Uruguay. En los últimos años, los intérpretes de derecha e izquierda –que se disputan el centro para ganar elecciones– se parecen. La izquierda desdibuja sus valores identitarios, los diluye en eslóganes como la “revolución de las cosas simples”, y la derecha mira con cariño a John Maynard Keynes y al Estado. No existe rebeldía en la izquierda ni en la derecha. Los que se radicalizan “duermen afuera”.

4. En tiempos de ira. En ese marco general se produce un desgaste político que tiene algunas raíces en lo señalado más arriba, pero también en una suerte de “insatisfacción a cielo abierto”. No hay paciencia, las respuestas del gobierno y de la oposición no colman las expectativas de nadie. El consensualismo –una suerte de polarización amable salpicada con ira tuitera– se decodifica como inacción. Una idea, una acción de gobierno más o menos interesante, una crítica de la oposición más o menos justificada se diluye en horas. Por eso, en forma diaria exponentes de la “derecha popular” –como se han caracterizado– construyen una narrativa crítica al gobierno. Cuando se muere una crítica, elaboran otra. Se suben al tablado todos los días. Es cierto, además, que ese “foquismo discursivo” del senador Sebastián da Silva agota a algunas capas de la sociedad que manifiesta su hartazgo o fatiga de las posturas de la “derecha popular”. En Argentina la editorial Perfil –que dirige Jorge Fontevechia– instaló un eslogan, “la rebeldía de la moderación”, en contraste claro con Milei. Aquí, en Uruguay, la izquierda gobernante (el Movimiento de Participación Popular, MPP) transita una vereda similar: “En tiempos de ira, la tranquilidad”. (Existe una gestualidad permanente de Orsi que lo muestra “abrazador” de cada personalidad con la que se encuentra. Un hombre cercano que farmea aura).

Hay otro costado: la insatisfacción que se observa con respecto al gobierno también se presenta en la oposición. La práctica política de quienes se oponen a la izquierda gobernante no alcanza niveles satisfactorios y casi empata con las respuestas de la ciudadanía con respecto al gobierno. Una posible conclusión sobre estos fenómenos es que la opinión pública presenta cierto “hartazgo” o “fatiga” frente a las opciones políticas públicas e institucionales.

Liderazgos y comunicación de gobierno

1. Liderazgo y relato. En 1989, un (casi desconocido) Tabaré Vázquez ganó en nombre del Frente Amplio (FA) las elecciones departamentales en Montevideo. ¿Era un líder político? No. Era un FA que asumía a Vázquez como su candidato. Su gestión y su rápido aprendizaje en el uso de las “tecnologías de Estado” lo fueron transformando en líder. Y su palabra, su discurso, fue definiendo el rumbo; lo alimentó. No dinamitó ningún principio de la izquierda, más bien los relanzó y los reinterpretó. “Entre arreglar un pozo y darle de comer a un niño, opto por el niño”, dijo en uno de sus primeros discursos como intendente, cuando ya le tomaba el gustito al poder y su contacto con la ciudadanía.

Quiere decir que el vigor de un discurso se afirma claramente en la confianza que genera el protagonista. En el FA ser líder no es lo mismo que ser candidato. Un ejemplo: el FA eligió a Daniel Martínez como candidato para las elecciones de 2019. Perdió a manos de Luis Lacalle Pou por 30.000 votos. ¿Martínez era un líder? No. Perdió, quiso reverdecer con distintas acciones y desapareció. Si hubiera ganado, vaya uno a saber si se transformaba en líder. Cabe acotar que ese Martínez convivió un tiempo con tres líderes de peso en la izquierda: Vázquez, José Mujica y Danilo Astori, hoy ausentes.

El Lacalle victorioso en 2019 ¿era ya un líder en esa oportunidad? No. Su manejo comunicacional de la pandemia y su destreza comunicacional en el período de gobierno (2020-2025) lo pulieron en la construcción de un liderazgo que cuida y riega todos los días con sus silencios y apariciones esporádicas (¿aprendió de Vázquez?).

Otro dato sobre candidaturas y liderazgos en la izquierda: alguien dijo que el FA ponía una heladera como candidata en Montevideo y ganaba. Hasta ahora eso es cierto, porque en la izquierda se vota FA y luego al candidato o candidata. Y si esa persona se transforma en líder, cuánto mejor. Pero hoy la izquierda está huérfana de líderes. Hay una transición lenta y sorda hacia nuevos liderazgos. Pero los liderazgos no se decretan ni surgen de elaborados informes de la Mesa Política. Conclusión primaria: Orsi es presidente, pero no es líder (y hay severas dudas de que lo vaya a ser).

Las carencias comunicacionales personales y las definiciones políticas del MPP de “no hacer olas” terminan por dinamitar las potencialidades de la comunicación del presidente.

2. ¿Ir hacia el centro o convertirlo en izquierda? En materia comunicacional, ser líder es central, y si se es presidente, aún más. El presidente es mano en la comunicación. Lo que diga es “palabra de Estado” y su discurso –bien instrumentalizado– puede penetrar en vastos sectores de la población. Los defensores acríticos de Orsi –para blindarlo– dicen que estamos frente a un dirigente de peso, “casi un líder”, y argumentan que fue elegido dos veces intendente de Canelones. Omiten en su razonamiento –por eso les salen mal las cuentas– que el frenteamplista vota FA y luego a un candidato y no a la inversa, como en el universo conservador. (Nota aparte: al parecer, la palabra de Estado está personificada en el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone. En una reciente acción de gobierno, luego de un Consejo de Ministros, se resolvió que el portavoz debía ser Oddone. Allí hubo firmeza, certeza y convicción. ¿Un líder emergente en la izquierda? Francisco Vernazza, publicista y asesor de José Mujica para los comicios de 2009, dijo en agosto pasado en El País que Oddone “es uno de los personajes más interesantes para el FA”. El futuro dirá).

Orsi está limitado por una definición que surge de los analistas del FA, que sostienen que hay un “electorado cautivo” en la izquierda –“eso lo tenemos”– y hay que hablarle al “centro”. El MPP aporta su pragmatismo y sigue la línea que tuvo un exponente muy nítido: José Mujica. Pero “el viejo” tenía espaldas e historia. En una suerte de autocrítica, recientemente en Montevideo el expresidente chileno Gabriel Boric dijo que hay que abandonar el “fanatismo por la moderación”, que, “al final, no lleva a ninguna parte”.

Lo interesante es que hay lecciones desde la izquierda que han seducido a electorados desde un discurso y una práctica con ejes en valores que la sociedad uruguaya reconoce. Y esos valores, vaya cosa, están en el territorio del humanismo. Hay acciones y discursos que traen a la izquierda a personas que se autoidentifican de centro. O sea: la idea es invertir la lógica actual, paralizante y desesperanzadora. Ejemplos: en la década de 1960 –antes de entrar en la lógica violenta– el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T) realizó una serie de acciones propagandísticas que, debidamente amplificadas por la prensa de aquellos años, lograron llegar a la ciudadanía. Era lo que quería el MLN-T. Hubo amplias capas de la sociedad uruguaya que vieron con simpatía esas acciones. Así robaron camiones de Manzanares para distribuir en los cantegriles, “expropiaron” o robaron libras esterlinas y documentación a los Mailhos, asaltaron el casino San Rafael y la financiera Monty. Claro, se debe profundizar en el humor social de la época, pero lo nítido y evidente fue que esas acciones integraron valores de izquierda a ciudadanos que no eran de izquierda. Comunicación política al palo.

El segundo ejemplo es Tabaré Vázquez. Un conjunto de acciones desde que fue intendente hasta que fue presidente –sobre todo en su primera presidencia– definieron un rumbo y un clima, y vastos sectores de la población –¿votantes del centro o del universo de la derecha?– comenzaron a simpatizar con el oncólogo y con el FA. Quiere decir que ideas de izquierda nítidamente lograron atraer a gente que no se asumía de izquierda.

El tercer ejemplo es Mujica. Si bien supo hacer una narrativa general y otra de nichos, su prestigio se basó en su austeridad republicana. Desde ese enorme pilar de valor moral, Mujica fue confiable, su palabra caló hondo y fue creíble. Leía como nadie el humor social global y de ciertas audiencias, y hacia ellas iba con la sonrisa pícara y campechana y el cuchillo entre los dientes para agarrar de las solapas a los ciudadanos más allá de la izquierda. De vuelta: un líder que genera confianza gana la conversación pública.

3. Profesionalismo comunicacional en alpargatas. Orsi es lo opuesto. Las carencias comunicacionales personales y las definiciones políticas del MPP de “no hacer olas” terminan por dinamitar las potencialidades de la comunicación del presidente. No ha habido solo errores; hay una definición política que desemboca en la desesperanza y en la ruptura con las expectativas y sensibilidades del electorado de izquierda que lo llevó a la Torre Ejecutiva.

Hubo aciertos que no se transforman en pilares comunicacionales. Están diluidos. Se los come la frustración construida. “Giro a la izquierda”, gritan desde el radicalismo frenteamplista, y cuando se pregunta qué significa eso, quedan dando vueltas en la noria del impuesto al 1% a los más ricos. Hay una distancia que no se puede laudar entre las expectativas y la realidad pragmática del gobierno. Igual aparecen algunos alivios para ese electorado “rebelde”: denuncias penales por Cardama y por las desprolijidades en la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE). Había otro flanco a explorar: revisar nuevamente las conductas del anterior gobierno por el acuerdo con Katoen Natie en el puerto de Montevideo. Pero el fallo del Tribunal de lo Contencioso Administrativo (TCA) –que ratificó la legalidad general del acuerdo firmado en 2021 entre el Estado uruguayo y Katoen Natie, pero anuló la cláusula que otorgaba un monopolio en favor de la empresa en el puerto de Montevideo– abrió la posibilidad de la competencia. Esta había sido anulada por el contrato que firmó Lacalle. Era una de las críticas más severas de la izquierda. El tribunal le dio la razón al FA.

Mario Riorda es un experto en comunicación y fue asesor de Orsi en las últimas elecciones. Ha escrito sobre los “mitos de gobierno”, una narrativa con pilares centrales relevantes. En un libro compartido con otros expertos, analiza el mito de gobierno de distintos gobernantes y cita, por ejemplo, el mito de “la patria y la revolución” en Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Cristina Fernández, Álvaro Uribe, Lula y Mujica. ¿Dónde está el mito de Orsi?

En un escenario que demanda soluciones rápidas, aunque no se sabe cuáles, Orsi pone freno, calma, duda, zigzaguea. Esa práctica, además, erosiona lo que va quedando de autoestima nacional. Y cuando la pasta de dientes sale del pomo, es muy difícil volver a ponerla adentro.

Pablo Stefanoni –periodista, historiador y director de la revista Nueva Sociedad– ha dicho: “Los revolucionarios no hacen revoluciones, los reformistas no reforman y la extrema derecha crece”. Zohran Mamdani, en Nueva York, el corazón del “imperio”, parece dar algunas lecciones de construcción valórica desde una perspectiva de izquierda. Mito de gobierno. Y no duda.

Linng Cardozo es periodista y escritor, diplomado en Comunicación Política.