Lo que está proyectado en el Plan de estudios 2027 de la formación docente plantea una reestructuración de la formación pedagógica que, en el caso del profesorado, profundiza y da continuidad al deterioro causado por el Plan 2023 en los procesos formativos de los estudiantes, así como en la pertinencia de las ciencias de la educación como historia de la educación, filosofía de la educación, epistemología y pedagogía. Por eso, detenernos a pensar y reflexionar en el legado del maestro Miguel Soler Roca resulta ineludible, sobre todo al recorrer las páginas de su publicación El Banco Mundial metido a educador y ver los puntos de contacto de este plan con las implicancias desarrolladas por Soledad Rodríguez en su artículo “El Plan 2027 y el declive de la formación docente”, publicado en la sección Posturas. Asistimos a una mutilación y descalabro pedagógico en la formación del profesorado, con un menosprecio a las ciencias de la educación y sus aportes teóricos para promover la reflexión en los aspectos formativos.
En el centro del debate actual se encuentra una disputa nodal: la obsesión neoliberal por la reducción del gasto público y la mercantilización de la enseñanza. Como ya advertían las críticas históricas a las recetas de los organismos internacionales, la priorización de la contención fiscal golpea de lleno la formación docente. Bajo esta lógica, las disciplinas críticas y fundacionales de la educación quedan relegadas y subalternizadas frente a una pedagogía de mercado, una tendencia que se consolida y profundiza en el actual diseño del Plan 2027.
La transformación contemporánea de los sistemas educativos no solo reconfigura mallas curriculares y presupuestos; opera, en su capa más profunda, como una mutación antropológica y política sobre la figura del educador. Bajo el influjo de una racionalidad instrumental que coloniza las instituciones formativas, asistimos a un deliberado desplazamiento de la teoría: la reflexión pedagógica profunda, histórica y sociológica es sistemáticamente relegada por manuales de eficiencia y recetas pragmáticas de gestión. Este vaciamiento conceptual no es un daño colateral ni un mero ajuste técnico, sino el núcleo operativo de un modelo que busca desarmar el pensamiento crítico en la raíz misma de la formación docente. Al prescindir de las herramientas analíticas que permiten comprender la educación como un territorio en disputa, atravesado por relaciones de clase, género y poder, se promueve una epistemología liviana, inerme ante los condicionamientos estructurales de la desigualdad.
Como consecuencia directa de este proceso, se consuma la pérdida de posicionamiento político-social del educador. El docente deja de ser concebido como un intelectual transformativo, un sujeto histórico dotado de autonomía, postura crítica y compromiso con la emancipación social, para ser degradado a la condición de un mero ejecutor de políticas educativas vacías de profundidad teórica pedagógica. Despojada de densidad teórica y de vocación transformadora, la formación docente se repliega hacia una neutralidad funcional que vacía de sentido la praxis pedagógica, reduciéndola a la simple administración de los consensos del mercado o a la disputa de cantidad de horas para cada carrera. La ausencia de una formación docente integral despojada de sus elementos pedagógicos es una forma de arrodillarse frente a los designios de los organismos internacionales.
El desplazamiento de los saberes históricos, filosóficos y pedagógicos a un plano marginal en la formación docente no responde a una casualidad curricular, sino al triunfo de una racionalidad instrumental que impregna las políticas educativas contemporáneas.
Cuando Soler Roca señala que el neoliberalismo nos incita a aceptar la mundialización como un resultado ineluctable del progreso, a costa de la identidad y la originalidad de los pueblos, ilumina la raíz ideológica de las actuales reformas educativas. El vaciamiento de los planes de estudio con enclave histórico, filosófico y pedagógico en la formación docente no es sino el correlato pedagógico de ese mundo descrito por Soler, en el que “las leyes del mercado pueden regir hasta las parcelas más nobles de nuestro sentir y nuestro actuar”.
Bajo esta lógica, la formación docente deja de concebirse como un espacio de emancipación y construcción de lo público, para someterse a los dictados de una racionalidad mercantil. La tecnificación del aula y la obsesión por la reducción del gasto público encajan perfectamente en un sistema regido “desde el anonimato y la irresponsabilidad, sin otra preocupación que el aumento de los beneficios financieros”. Al debilitar la reflexión teórica, el neoliberalismo educativo busca domesticar la subjetividad docente, transformando al educador en un engranaje funcional de un modelo que, como advertía Soler Roca, prioriza la utilidad económica por sobre la dignidad humana, disolviendo el compromiso solidario y la potencia crítica de la enseñanza.
Resulta llamativo que este proceso de mercantilización, inaugurado estructuralmente en la década de 1990, haya logrado instalar un impacto cultural tan profundo y, al mismo tiempo, una aquiescencia o ceguera generalizada en amplios sectores del espectro político. ¿Por qué se busca erradicar la reflexión pedagógica sobre el qué, el por qué y el para qué enseñamos? ¿Cuál es el verdadero lugar que le reserva este modelo a la capacidad de pensar y problematizar en los tiempos que vivimos?
Preguntarse sobre el sentido de la educación y la persistencia de los aspectos históricos, filosóficos y pedagógicos en la formación docente con la necesaria profundización es un acto de resistencia política y cultural. El desplazamiento de los saberes históricos, filosóficos y pedagógicos a un plano marginal en la formación docente no responde a una casualidad curricular, sino al triunfo de una racionalidad instrumental que impregna las políticas educativas contemporáneas. La filosofía de la educación, la epistemología, la historia y la pedagogía crítica invitan a la sospecha, a la pregunta radical y al cuestionamiento de las estructuras de poder. Son saberes intrínsecamente “incómodos” para un modelo que busca la docilidad institucional y la despolitización del aula. Marginalizar los pilares históricos y filosóficos de la pedagogía es, en definitiva, el mecanismo más eficaz para desarmar la capacidad crítica de las futuras generaciones de educadores, transformando la formación docente en un engranaje técnico al servicio de la reproducción del sistema.
Marisol Cabrera es docente de Pedagogía y Didáctica en el Centro Regional de Profesores del Este.