Fin de semana Posturas

Un futuro para una sociedad que cambia de piel

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Frente al crecimiento de la extrema derecha y de los discursos autoritarios hay una pregunta incómoda que la izquierda no debería evitar: ¿qué ocurrió para que una parte importante de nuestras sociedades elija democráticamente dirigentes que cuestionan derechos y libertades que parecían definitivamente incorporados?

En la actualidad, la política tiene dificultades no solo para transformar la sociedad, sino para comprenderla. El mundo parece cambiar de piel a una velocidad que no podemos seguir.

Las transformaciones son estructurales: cambió nuestra forma de trabajar, nuestra relación con el tiempo, la manera de vincularnos, de informarnos y hasta de imaginar el futuro.

Por eso, la pregunta no tiene una sola explicación. Podemos identificar, al menos, tres capas de malestar, fragmentación y distanciamiento que actúan simultáneamente.

Una democracia estrecha

La primera tiene que ver con los resultados de nuestras democracias. Hemos garantizado derechos políticos mucho más amplios que los derechos sociales.

América Latina continúa siendo una región profundamente desigual, donde millones de personas participan en procesos electorales democráticos, mientras carecen de condiciones materiales suficientes para ejercer plenamente sus derechos sociales de libertad, bienestar y seguridad.

El Latinobarómetro muestra bien esta contradicción: apenas uno de cada tres latinoamericanos se declaraba satisfecho con el funcionamiento de la democracia en 2024. Uruguay constituye una excepción importante, con los niveles más altos de satisfacción democrática de la región. Pero incluso nuestra democracia convive con problemas de vivienda, salud mental, precarización de la vida y el trabajo, endeudamiento, inseguridad y violencia.

Allí encuentran terreno fértil las respuestas autoritarias que ofrecen soluciones aparentemente sencillas a problemas complejos: orden, autoridad, castigo, fronteras. Por eso, la respuesta desde las izquierdas no puede consistir solamente en defender las instituciones democráticas existentes. Debemos expandir la democracia, potenciar a las comunidades y garantizar las condiciones materiales que hacen posible una vida digna.

Precarización de la vida

La segunda transformación tuvo lugar en la forma en que trabajamos. Durante buena parte del siglo XX, el trabajo fue también un lugar de socialización. Miles de personas compartían fábricas, oficinas, horarios, ómnibus, comedores, conflictos y experiencias. Allí podía descubrirse que un problema aparentemente individual era en realidad compartido por muchos. Sobre esa experiencia se construyeron sindicatos, organizaciones sociales y partidos.

Ese mundo está cambiando. La uberización, las plataformas digitales, la tercerización, el monotributo y distintas modalidades de trabajo individual producen una clase trabajadora más fragmentada. Una persona puede trabajar durante todo el día sin encontrarse físicamente con otro trabajador. Puede compartir los mismos problemas con miles de personas y, sin embargo, no conocer a ninguna de ellas.

Las formas de producción producen también subjetividades. Cuando dejamos de trabajar juntos perdemos algunos de los lugares donde aprendíamos a pensar juntos.

Esa es hoy una de nuestras principales tareas: frente a la fragmentación, construir espacios comunes; frente a la soledad, formar comunidad; frente a la precarización, organizarnos; y frente a la resignación, perseguir la esperanza.

La precarización laboral se convierte entonces también en una precarización de los vínculos. El desafío no consiste en añorar la fábrica del siglo XX, sino en preguntarnos cómo reconstruimos solidaridad en esta nueva realidad, cómo organizamos trabajadores que no comparten necesariamente un espacio físico y volvemos a transformar el yo en un nosotros.

La democracia del scroll

Sobre estas dos transformaciones aparece una tercera que quizás todavía no hemos dimensionado lo suficiente: el impacto de las redes sociales, los algoritmos y la inteligencia artificial sobre nuestra subjetividad.

La aceleración que impone la tecnología en nuestras vidas cotidianas también influye en nuestras expectativas democráticas.

Este cambio en nuestra relación con el tiempo produce una contradicción fundamental: la sociedad persigue la velocidad, pero la democracia necesita tiempo. Una política pública necesita diagnóstico, discusión, recursos, implementación y evaluación. La democracia necesita deliberar, escuchar, negociar y construir acuerdos. Sin embargo, nuestras expectativas se forman cada vez más en una cultura de la respuesta inmediata.

Por eso, el consultor y escritor político Juan Kanarek habla de una democracia del scroll: gobiernos, instituciones y partidos evaluados con la misma lógica con la que deslizamos el dedo cuando un contenido deja de interesarnos.

Los algoritmos, además, fragmentan el espacio público. Cada persona recibe una selección diferente de la realidad construida a partir de sus comportamientos anteriores. De esta manera, se refuerzan preferencias, prejuicios y certezas hasta formar burbujas que muchas veces ya no comparten siquiera una interpretación básica del mundo.

Volver a construir lo común

Las tres capas son diferentes, pero confluyen en un mismo problema: se debilitan los espacios comunes. Tenemos menos espacios para encontrarnos, experiencias compartidas y tiempo para conversar y reconocernos en los problemas de los demás.

Esto afecta especialmente a la izquierda porque nuestra tradición política nació precisamente de la construcción de lo común: transformar trabajadores dispersos en movimiento obrero, vecinos en comunidad y experiencias individuales en sujetos colectivos capaces de transformar la realidad.

La pregunta fundamental de nuestro tiempo podría entonces formularse así: ¿cómo construimos un nosotros en una sociedad que produce cada vez más individuos separados?

Responderla exige también recuperar nuestra capacidad de imaginar. La izquierda del siglo XXI no puede limitarse a distribuir mejor aquello que el capitalismo produce. Tiene que volver a discutir qué producir, cómo producir, para qué producir y cómo queremos vivir. Tiene que discutir el trabajo en la era de la inteligencia artificial, el tiempo, los cuidados, la crisis ambiental, la propiedad y el control democrático de la tecnología. Y necesita, sobre todo, volver a producir una idea de futuro capaz de inspirar a la sociedad en la que vivimos. Las esperanzas del siglo XX no pueden simplemente trasladarse al siglo XXI: cada generación necesita construir las suyas.

La escritora chilena Alia Trabucco propone una imagen especialmente hermosa y política para nuestro tiempo: pensar la esperanza como una disciplina colectiva. No como ingenuidad ni como confianza en que inevitablemente las cosas saldrán bien. Una esperanza que se practica, se busca y se construye en comunidad.

Esa es hoy una de nuestras principales tareas: frente a la fragmentación, construir espacios comunes; frente a la soledad, formar comunidad; frente a la precarización, organizarnos; y frente a la resignación, perseguir la esperanza.

Porque en una sociedad que cambia de piel nuestra tarea no puede ser pedirle que vuelva a ser como antes. Tenemos que hacer el esfuerzo por comprender y, desde esa empatía, volver a hacer lo que la izquierda hizo en sus mejores momentos: encontrarnos, organizarnos e imaginar juntos un futuro que todavía no existe.

Pablo Oribe es secretario general del Partido Socialista.

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