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20 años de la diaria: alumbrar lo que perdura

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Era 20 de marzo de 2006 y, sin ninguna repercusión mediática, llegaba por debajo de la puerta a centenares de domicilios un diario editado en blanco y negro, de 16 páginas. En su primer número, en la página 3, contábamos: “Hace más de dos años que empezamos a soñar con este proyecto. Gracias a la confianza de accionistas, suscriptores, avisadores y muchas otras personas, decenas de trabajadores hemos sumado esfuerzos para que la diaria llegue este lunes a unos 1.750 domicilios”.

Era la ilusión de muchos comienzos. Empezaba a delinearse la reforma de la salud, se esbozaba el proyecto sobre medios comunitarios de radiodifusión, se organizaba el Debate Nacional de Defensa, se redactaba la ley de acceso a la información pública, se anunciaba el uso de tarjetas inteligentes en el transporte colectivo. Ya hacía algunos días que se había prohibido fumar en espacios públicos cerrados: “Protestas aisladas, alto acatamiento y severo control”, titulaba la diaria. El maestro Óscar Washington Tabárez delineaba un proyecto para los siguientes diez años y Uruguay pagaba por anticipado sus compromisos con el Fondo Monetario Internacional.

Era sabernos interconectados con una región y un mundo que estaban cambiando, aunque en una dirección distinta a la actual. En aquel 2006, las invasiones se recubrían de discursos morales y las agresiones no se trataban con cinismo. No había presidentes llamando con recurrencia a la violencia contra su prójimo y el mote de “zurdo” solo persistía en la cabeza de los nostálgicos de la dictadura. Argentina anunciaba que recurriría a la vía jurídica por la instalación de la planta de celulosa de Botnia.

Era sabernos herederos y herederas de otras causas. Era debatir otros asuntos sin saber que permanecerían en los años siguientes. En la cumbre del Mercosur reclamaban cambios al funcionamiento del bloque de integración. Israel arrestaba a un ministro del nuevo gobierno palestino; Irán rechazaba el ultimátum de la ONU y seguía con su programa nuclear.

Era la ilusión de saber más y de que se hiciera justicia. Javier Miranda dejaba un Código Civil junto al féretro de su padre, Fernando, El Petiso, un profesor serio y buen pescador, asesinado y desaparecido por la dictadura cívico militar. Por aquel año, recuperados sus restos, varios alzaron los puños junto a la Facultad de Derecho. Y una vez más, como desde la década del 90, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le recordaba al Estado uruguayo que no era aceptable la ley de caducidad. Partían hacia Chile los militares extraditados por el secuestro y asesinato de Eugenio Berríos. Excavaban en la chacra de Pando y en otros predios militares.

Era venir de la crisis, era haber visto a tu país postrado, era empezar de nuevo y confiar en que podía reconstruirse. Y poder contarlo. No queríamos renunciar a eso. Por eso seguimos adelante, y pudimos celebrar con ustedes nuestro primer año y relatarlo así el 20 de marzo de 2007: “Llevamos repartidas más de un millón de diarias. Las suscripciones pagas son 3.829, y si esta edición Nº 256 fuera común y corriente llegaría a 4.613 domicilios. Llegará a bastante más, con el doble de páginas que de costumbre, porque ustedes y nosotros hemos logrado que el sueño se hiciera realidad y queremos festejarlo juntos, jugando al juego que más nos gusta. Como saben, este proyecto es nuestro, del nosotros que hemos construido durante 52 semanas y de nadie más. Así quisimos y queremos ser, pudimos y podemos. Falta mucho, sí. Hoy sumaremos 257 oportunidades de mejorar y 257 medianoches de compromiso con la mañana siguiente”.

Fueron muchas más oportunidades, muchos más días y noches de compromiso. Era difícil imaginarlo en aquel momento, y hoy la cuenta sería complicada. Miles se sumaron a nuestra comunidad, pero no olvidamos que desde ese lugar venimos. Sabemos que hay herencias, interconexiones que nos atraviesan. Sabemos también que si un día caemos, podemos levantarnos. Intuimos que hay muchos mundos por venir. Y queremos contarles todo eso que está por pasar, si ustedes deciden, día a día, seguir alumbrando lo que perdura.

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