En uno de los espacios más transitados del parque, el laberinto pasó de ser una superficie lisa a convertirse en una galería a cielo abierto de retratos y autorretratos tan coloridos como diversos. A medida que corría la tarde cálida del sábado, niños y niñas iban y venían entre las mesas y el laberinto, pintando sus rostros y luego pegándolos en el espacio con ayuda de los talleristas. La intervención, realizada por niños y niñas desde aproximadamente 3 a 12 años, quedó exhibida de manera permanente, por lo tanto, se puede visitar siempre que estén abiertas las puertas del parque Villa Dolores.
La actividad empezó a las 11.00, y desde el comienzo se fueron acercando los primeros artistas. Al finalizar el horario del almuerzo, las mesas con lápices, marcadores, pinceles y hojas ya estaban repletas de niñas y niños entusiasmados pintando sus rostros, los de otras personas o personajes inventados, con sus familias que celebraban y felicitaban los resultados.
No fue necesario brindar complejas indicaciones sobre la propuesta; a medida que iban llegando los niños interesados en participar se les brindaron hojas e iban encontrando lugar en las mesas llenas de materiales con la consigna de pintar sus caras. A pesar de que la iniciativa de dibujar autorretratos tuvo amplia aceptación en el público infantil que recorría el evento de Gigantes, esto inspiró a los pequeños artistas a seguir expresándose y pintando otras cosas. Aquellos que ya habían terminado su obra inicial y ya la habían pegado en la superficie, volvían a pedir materiales a algunas de las encargadas de la intervención: Valentina Echeverría, Sabrina Pérez, Guillermina Oten y Daniela Beracochea.
La expresión y la diversión como punto de partida
Es posible que, si la misma propuesta fuese planteada a un público adulto, la obsesión, o al menos la búsqueda del parecido con el propio rostro se impregnara en cada resultado, guiando cada trazo hacia una representación más fiel y controlada. Sin embargo, en las infancias pasa algo distinto: cuando se les convoca a autorretratarse, lejos de hacer arduos esfuerzos por copiar la realidad, se pintan con pieles y pelos de todos los colores, solos o acompañados, con cuerpos de robot o de formas indefinidas, explorando distintas proporciones, tamaños y combinaciones posibles. Más que replicar lo que ven en el espejo, parecen apropiarse de su imagen para transformarla, jugar con ella y expandirla, dando lugar a versiones propias que mezclan rasgos reales con elementos imaginados. En ese gesto, el autorretrato deja de ser un ejercicio de precisión para convertirse en un espacio de libertad donde la identidad no se fija, sino que se inventa.
Guillermina tiene 12 años y junto con su madre viven lejos de la zona, por lo que se acercaron exclusivamente para participar de las distintas actividades del Gigantes Festival, y a la hora en la que dialogó con la diaria ya había participado de casi todas. Desde los tres años le encanta pintar e hizo un rostro azul con pelo naranja que quedó plasmado en el laberinto. Más tarde llegó Ágata, que decidió salirse un poco de la idea inicial y en vez de inspirarse en su propio rostro para hacer su pintura, inventó una nueva porque quería “hacer una cara tierna, distinta”. Le gusta hacer retratos, inventar personajes imaginarios sobre el papel y le entusiasmó la idea de volver en un futuro a ver la intervención artística de la que formó parte.
Al finalizar la jornada ya no quedaron grandes espacios libres sin autorretratos y pinturas, y las talleristas barnizaron el laberinto. El recorrido, completamente intervenido, dejó de ser solo un espacio de juego para convertirse en una superficie habitada por las huellas de quienes lo transformaron. Días después, quienes vuelvan a atravesarlo no sólo buscarán la salida, sino también reconocerse en esos dibujos que siguen ahí, marcando el paso de una experiencia colectiva.
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