Desde las 10.00 de la mañana del sábado 11, niños y niñas acompañados de sus padres, comienzan a llegar al parque Villa Dolores. En la entrada por avenida Rivera, un equipo de la diaria, identificado con remeras de Gigantes, los recibe con un folleto colorido que funciona como itinerario para recorrer las más de 20 actividades. Toman el folleto que invita a celebrar los cinco años de Gigantes con el juego como “bandera” y lo abren para observar el mapa del parque, donde se distingue el punto de encuentro de cada actividad.

Descubrir las aves autóctonas

Cerca de las 11.30, varios pavos reales pasan por la pajarera, ubicada a pocos metros del Planetario, a paso lento y emitiendo su característico glugluteo. Media hora más tarde, niños, niñas y adultos a cargo, se reúnen en el humedal del lado izquierdo de la pajarera, sobre el que reposan tortugas dulceacuícolas, apiladas unas sobre otras. El motivo es la charla del escritor, ilustrador y diseñador gráfico Augusto Giussi sobre las aves autóctonas.

El autor de la colección Fauna indígena y Pajaritos en Uruguay, presenta mediante imágenes de su libro algunas de las más de 500 aves que habitan en Uruguay, mientras lo escuchan atentos algunos sentados en el suelo y otros de pie. Explica que el hornero “está en todos lados”, fabrica nidos de barro de cinco kilogramos y “carece de dimorfismo sexual, ya que macho y hembra comparten tareas como la incubación”. También describe al tordo común, cuyos machos son negros con brillo tornasolado y las hembras marrones oscuras sin brillo.

Esta especie “deposita sus huevos en nidos de otras aves al no desarrollar la capacidad de construirlos”, estrategia que, como comenta una niña de 11 años, “evidentemente le funcionó”, por su abundancia en el país. Aunque Giussi aclara a la diaria que, “en el único caso” que se recomienda “retirar sus huevos” es cuando depositan en el nido del cardenal amarillo, “especie que está en peligro de extinción”.

Tanto el hornero como el tordo común pueden observarse en la pajarera, al igual que los guacamayos, especie originaria de Brasil, tal como popularizó la película animada Río. También destaca a las cotorras, consideradas plaga por su falta de control poblacional, que “son la única especie en Uruguay que construye nidos con fines residenciales, que pueden alcanzar los 100 kilogramos”.

Hacia el final, Giussi comparte los cantos del benteveo –conocido por su “bicho feo”–, el hornero y el urutaú, que suena “como un lamento”. Mientras transcurre la actividad, se oyen en el ambiente distintas vocalizaciones y, en los últimos minutos, una garza se posa en una rama, como si se sumara al encuentro. El cierre se da con un aplauso general y el interés por conocer más.

Paleontólogos por un día

Otro sector que atrae a los más pequeños, cerca del anfiteatro del parque y a cargo del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), es “Paleontólogos por un día”, donde niñas y niños de entre 2 y 10 años escarban con rastrillos y pinceles en tres cajones con arena en busca de fósiles de hace 10.000 años, y luego observan distintos ejemplares con lupa en una mesa para analizar sus características.

Ney Araújo, del Departamento de Geología del MNHN, explica a la diaria, antes de la actividad, que en la mesa se exhiben piezas como un molar de mastodonte, una falange ungueal de oso perezoso y una réplica del cráneo de gliptodonte. Señala que hay fósiles de hasta 2.000 millones de años y se caracterizan por “estar petrificados”, aunque algunos se parecen a “huesos naturales actuales”.

Sobre las 12.30 comienza la actividad que consiste en completar una ficha con datos del fósil hallado –tipo de fósil, tamaño, forma, textura y color– y elaborar una hipótesis paleontológica sobre si el organismo está completo o fragmentado, si pertenece a un organismo herbívoro, carnívoro, omnívoro, fotosintético (plantas), y si vivía en un ambiente terrestre o acuático, así como un dibujo detallado.

Tres niñas de 6, 7 y 10 años completan la planilla con atención y, tras unos minutos, se acercan a Sabina Wlodek, quien trabaja desde 2019 en el MNHN y hace dos años en el área educativa, para entregársela. Francesca, la mayor, cuenta a la diaria que la actividad le resultó “divertida” y que la pieza hallada, que describe como de “pequeño tamaño, liviana, de ambiente terrestre, negra y de un organismo herbívoro”, corresponde a un gliptodonte, un mamífero herbívoro prehistórico.

Paleontólogos por un día.

Paleontólogos por un día.

Foto: Inés Guimaraens

Minutos después, un niño de 2 años identifica la misma pieza y le dice a su madre que es de un gliptodonte; ante la sorpresa, su madre cuenta que lo aprendió de libros. Wlodek dice a la diaria que la idea es que entiendan que “son fósiles originales” y “reivindicar la megafauna extinta” y que, en este caso, se trata de “un animal que vivió en Uruguay hace 8.000 o 15.000 años atrás”.

En los cajones también hay ostras y un molde interno de una almeja que, según Sabina, “cuando el animal muere, se disuelve el caparazón y queda un hueco que se rellena de tierra y minerales”. Este espacio invita a seguir explorando la fauna prehistórica y preguntando “¿qué es?, ¿es real?”, como consultan a cada segundo.

El mundo de las reacciones químicas

A pocos metros del stand del MNHN, el Laboratorio de Química en el stand de Ancap ofrece demostraciones a cargo de Marcela Ferrando, de la Escuela de Experimentos, junto a dos colaboradoras. Sobre una mesa larga se disponen matraces [recipiente utilizado en reacciones químicas] y tubos de ensayo con mezclas de glucosa, soda y azul de metileno que, al agitarse durante 20 segundos, cambian de amarrillo a violeta al oxigenarse, como explica Ferrando, mientras realiza la experiencia.

Repite una y otra vez la demostración a pedido de niños y niñas, que observan con asombro, preguntan y juegan. A un costado, otros experimentan con la misma mezcla mediante una técnica que Ferrando denomina “tornado”, trasladando el líquido entre recipientes conectados de un lado a otro. También hay propuestas lúdicas, como guiar una pequeña bola a través de un recorrido en espiral, mediante un sistema de fuerza centrífuga, que simula “ser una montaña rusa en miniatura”.

Por otra parte, en las mesas con sillas dispuestas en el stand, siempre concurridas, niños y niñas tienen sus manos manchadas, producto de las manualidades con maicena y agua y con bicarbonato de sodio y cúrcuma para dar una tonalidad rojiza.

Para niños de más de 4 años, también hay un mazo de cartas con 45 elementos de la tabla periódica para aprender sus propiedades de forma lúdica, comparando cantidad de protones, tamaño, poder de atracción o de combate. Cuánto más alto es el valor, mayor la posibilidad de ganar al contrincante, aunque el objetivo no es competir, sino aprender de elementos químicos.

El juego continúa en la tarde

La jornada del Gigantes Festival transcurre como un recorrido entre la curiosidad y el descubrimiento, donde el juego, la observación, las preguntas y el aprendizaje se entrelazan, con actividades lúdicas y participativas que acercan al público infantil y adolescente a la fauna prehistórica, la química y las aves autóctonas.

Durante la tarde se suman nuevas propuestas que invitan a seguir disfrutando del evento a medida que aumenta la concurrencia y el calor. Entre ellas, se destacan Antel Integra, Exploradores de Energía de Ancap, Megafauna 3D, la Maleta Viajera de Túnicas en Red de UTE y Gurí Power de UTE. También la Cacería Gigante de la Universidad Católica del Uruguay, el Taller de Ro al rescate, talleres de robótica, micro:bit y dron de Ceibal, cámaras oscuras y un viaje inmersivo al pasado de Montevideo por el CdF.