“Información ordenada, confiable y jerarquizada”. “Honestidad editorial”. “Profundidad y sentido, en lugar de ruido y espectáculo”. “No más política, sino mejor política”. Estos conceptos están destacados en negrita en un documento que resume las más de 3.000 respuestas que mandaron los suscriptores cuando les preguntamos qué esperaban de la programación de la diaria Radio.
Cuando esa síntesis quedó pronta, a finales de enero, apenas empezábamos a delinear cómo quedaría conformada la grilla del nuevo proyecto, que estará al aire desde el lunes 6 de abril por la 97.9 FM y sus repetidoras de Maldonado y Colonia. Se podría decir, en cierta forma, que la propuesta periodística para esta primera etapa del proyecto –la emisión de lunes a viernes, de 7.00 a 22.00– está “levemente inspirada” en las respuestas mayoritarias que surgieron de esa consulta.
No es la primera vez que esto sucede. En estos 20 años, en la diaria hemos usado muchas veces las encuestas para lanzar nuevos productos, como Lento, la edición Fin de Semana, los portales especializados, Gigantes o Le Monde diplomatique. Bajo esta modalidad, también pudimos financiar proyectos como el documental El facilitador o La vaca atada, el podcast sobre la estafa de Conexión Ganadera.
La capacidad de imaginar proyectos periodísticos junto a una comunidad de lectores es una de las herramientas más potentes que construyó la diaria durante estos años. Por esencia, esta sintonía es favorable para la supervivencia y luego se materializa en el trabajo de las diferentes áreas del diario: redacción, administración, distribución, call center, atención al cliente.
Pero también es una potencia desafiante. ¿El periodismo es un servicio para clientes que pagan una suscripción? ¿Cuánto queda por el camino cuando se toma ese camino como pilar de un modelo de negocios? ¿Existen otros caminos mejores? ¿Cuáles serían y cómo se enfrentan ante la actual crisis económica de los medios? Las preguntas, quizás pertinentes, no son el asunto de esta columna.
En estas primeras dos décadas, los lectores han dejado muchas enseñanzas. Por ejemplo, que en determinadas ocasiones sus intereses y expectativas pueden ser diferentes a los que tenemos en la redacción. Y está probado que cuando esos dos mundos no se conectan, todo se vuelve cuesta arriba. Cada vez que un suscriptor llama para darse de baja, por el motivo que sea, aporta algo de información que termina siendo valiosa para nuestro trabajo. De eso aprendimos y es una de las razones que nos ha permitido consolidar una comunidad de 24.000 suscriptores, con la que financiamos el 90% de nuestro presupuesto. ¿Se puede crecer mucho más que eso en un país como Uruguay? Pensamos que sí.
Hace pocos días, cuatro compañeros –uno de la redacción y tres del call center– repartieron 5.000 revistas Agropecuaria en un stand que montamos en la Fiesta de la Patria Gaucha, en Tacuarembó. La mayoría de las personas que recibían ese material –dicho sea de paso, de alta calidad– seguramente no conocían nuestra propuesta periodística. La curiosidad, ese impulso tan caro a la actividad periodística, siempre obliga a abandonar las zonas de comodidad. Y como en todo campeonato, algunos partidos hay que jugarlos de visitante.
Desde el 6 de abril, la diaria Radio será otra oportunidad de llegar con nuestra propuesta a mayor cantidad de gente. El jueves, en La Mañana de la diaria, Martín Rodríguez entrevistó a Alejandro Ferreiro, a propósito de Las ganas, el programa que saldrá todos los días de 17.00 a 19.00. Mientras intercambiaban sobre cuál será el espíritu de la nueva propuesta, Ferreiro dijo: “Me parece que el error es muy importante. Hay que administrar el error. Aparte de inevitable, el error es deseable”.
Es una reflexión oportuna para lo que vendrá. Tal vez por conciencia de cierta finitud, en la diaria hemos optado casi siempre por tirarnos al agua, desde marzo de 2006. Nos tiramos al agua, empezamos a patalear y siempre buscamos cómo respirar. Entre brazadas, seguramente cometeremos muchos errores. Pero siempre alguno con buena intención nos avisa y tratamos de corregir. Hasta que por allá acertamos y tomamos aire. Y después otra vez al agua, a patalear.