En un mercado dominado históricamente por cadenas comerciales, empresas familiares y modelos empresariales tradicionales, un grupo de jóvenes decidió hace una década recorrer un camino distinto. No tenían grandes capitales, experiencia empresarial ni una estructura que los respaldara. Tenían, sí, una formación técnica, una convicción compartida y una pregunta que los acompañaba desde sus años de estudio: ¿era posible construir una empresa exitosa sin reproducir las relaciones laborales tradicionales?
La respuesta comenzó a tomar forma en las aulas de la UTU de Arroyo Seco y hoy puede verse materializada en Coóptica, la primera óptica cooperativa de Uruguay. A diez años de su fundación, la experiencia se consolidó como una referencia dentro del cooperativismo nacional, no solamente por ser pionera en su rubro, sino también por haber desarrollado una forma particular de entender el trabajo, la gestión empresarial y el vínculo con la comunidad.
La historia de Coóptica no comenzó con un plan de negocios ni con una oportunidad detectada por inversores; comenzó con una tesis. Cuando Nahuel Díaz y Juan Martín (quien luego abandonó el proyecto por motivos personales) cursaban la Tecnicatura en Óptica Oftálmica, el programa de estudios habilitó por primera vez la presentación de proyectos de temática libre para el trabajo final. Mientras que muchos estudiantes optaron por investigaciones técnicas específicas, ellos decidieron presentar algo diferente: una óptica organizada bajo principios cooperativos.
Lo que inicialmente parecía una propuesta académica pronto comenzó a adquirir una dimensión mucho más ambiciosa. El proyecto buscaba resolver simultáneamente dos problemas que observaban en su entorno. Por un lado, las dificultades de inserción laboral de jóvenes técnicos que ingresaban a un mercado con salarios relativamente bajos y escasas posibilidades de desarrollo y, por el otro, las dificultades que enfrentan miles de jubilados para acceder a lentes correctivos en condiciones económicamente accesibles.
“Queríamos generar una solución laboral para quienes integrábamos el proyecto, pero también colaborar con determinadas desigualdades que veíamos en el acceso a la salud visual”, recuerda Nahuel Díaz en diálogo con la diaria.
Antes incluso de defender aquella tesis, el grupo ya estaba realizando talleres internos de formación cooperativa, estudiando aspectos administrativos y evaluando la viabilidad económica del emprendimiento. Lo que estaba ocurriendo era algo poco habitual: la propuesta académica estaba comenzando a transformarse en una empresa real.
Una idea nacida del cooperativismo
La elección del modelo cooperativo no fue casual; en el caso de Díaz, la decisión estaba vinculada a una experiencia personal que lo acompañaba desde la infancia. Nació y creció en una cooperativa de vivienda, un ámbito donde la ayuda mutua, la participación colectiva y la organización democrática forman parte de la vida cotidiana.
Esa experiencia dejó una marca profunda en su manera de entender el trabajo y las relaciones económicas.
“Uno ya carga con esa forma de ver las cosas, entiende que la forma tradicional no es la única posible y que existen otras maneras de organizarse”, explica Díaz.
La propuesta de Coóptica partía de una idea sencilla pero transformadora: eliminar la separación entre propietarios y trabajadores. No habría dueños externos, accionistas ni inversores que captaran la rentabilidad generada por otros. Todos los integrantes serían simultáneamente trabajadores y socios, responsables tanto de las tareas cotidianas como de las decisiones estratégicas.
“La idea era que no hubiera un dueño, que todos fueran socios y que cada uno pudiera aportar desde distintas áreas”, agrega. No todos tenían que ser técnicos ópticos, había compañeros que podían aportar desde la administración, desde el marketing o desde la gestión comercial.
Aquella visión implicaba asumir riesgos importantes: ninguno de los fundadores disponía de recursos económicos significativos, la realidad de esos jóvenes era la de muchos trabajadores uruguayos que vivían prácticamente al día, con pocas opciones de ahorro y escaso acceso al crédito.
“Para juntar la plata de los trámites tuvimos que organizar actividades. Éramos cinco personas con poca capacidad de ahorro; cuando podíamos ahorrar algo, generalmente era para mejorar alguna necesidad inmediata de nuestras familias”, recuerda Díaz.
Los primeros desafíos
Convertir una tesis en empresa nunca es sencillo; hacerlo, además, bajo una modalidad inexistente en el sector óptico implicaba enfrentar desafíos adicionales.
Coóptica fue la primera experiencia de este tipo en Uruguay. No existían antecedentes cercanos que permitieran anticipar dificultades o replicar modelos exitosos.
La obtención del financiamiento fue uno de los primeros obstáculos. Para adquirir maquinaria especializada, mercadería y equipamiento era necesario acceder a recursos imposibles de generar únicamente con aportes personales.
El apoyo del Instituto Nacional del Cooperativismo (Inacoop) resultó decisivo. A través de un programa específico, la futura cooperativa obtuvo un préstamo que permitió financiar aproximadamente la mitad de la inversión inicial. Aquello les permitió adquirir maquinaria, acondicionar el local y comenzar a operar.
“Desde el principio sabíamos que podía generar cierta rigidez o resistencias, pero también entendíamos que había un público dispuesto a apoyar una experiencia autogestionada”, dice Díaz.
Una comunidad más que una clientela
Uno de los aspectos que más destacan los integrantes de Coóptica es la relación construida con quienes llegan a la óptica.
A diferencia de otros emprendimientos que basan gran parte de su conocimiento en la publicidad, la cooperativa se desarrolló principalmente a través de la recomendación personal. El famoso “boca a boca” se transformó en su principal herramienta de expansión.
Coóptica.
Foto: Gianni Schiaffarino
“Muchas veces decimos que tenemos más hinchas que clientes”, comenta Díaz entre risas. La expresión refleja una realidad concreta: buena parte de quienes llegan al local no lo hacen únicamente buscando un producto o un servicio, también encuentran una propuesta con la que se sienten identificados.
Existe un público que valora el cooperativismo, la autogestión y la economía social. Personas que consideran importante saber dónde queda el dinero que gastan y qué impacto tiene su consumo. Ese vínculo de confianza se construye a partir de múltiples factores: la calidad técnica y la atención personalizada son algunos de ellos.
“Intentamos explicar todo, que las personas sepan qué usan, por qué lo usan y qué pueden esperar de sus lentes. No hay nada que ocultar; al contrario, creemos que cuanto más informada está una persona, mejor decisión puede tomar”, sostiene. La lógica es simple: atender a cada usuario como si fuera un familiar. Esa filosofía de trabajo se transformó con los años en una de las principales fortalezas competitivas de la cooperativa.
Una iniciativa para visibilizar una desigualdad
Desde sus orígenes, Coóptica buscó combinar viabilidad económica con compromiso social. Esa intención se materializó especialmente en el programa destinado a jubilados y pensionistas de bajos ingresos.
La iniciativa nació durante la elaboración del proyecto original, cuando los futuros cooperativistas comenzaron a investigar qué ocurría con las personas mayores que necesitaban lentes correctivos.
Notaron que mientras los trabajadores activos cuentan con determinadas prestaciones vinculadas a la salud visual, una vez llegada la jubilación, muchas personas deben afrontar esos gastos con ingresos significativamente menores.
“Nos parecía una situación injusta, sobre todo porque estamos hablando de una población particularmente vulnerable”, señala Díaz.
A partir de ese diagnóstico surgió el programa de donación de armazones que continúa vigente hasta hoy.
La propuesta consiste en recibir monturas que los clientes ya no utilizan, restaurarlas y entregarlas gratuitamente a jubilados y pensionistas de bajos ingresos. Además, se ofrecen descuentos especiales para la confección de cristales.
Con el paso de los años comenzaron a llegar donaciones desde distintos puntos del país. Personas que nunca habían visitado la óptica se acercaban únicamente para colaborar con la iniciativa.
“A veces llegan cajas desde el interior. Hay gente que viene, deja varias monturas y se va. Ni siquiera busca el descuento que ofrecemos. Lo hacen porque les gusta la idea de ayudar”, cuenta Díaz.
Para la cooperativa, el programa tiene un valor que va más allá de la asistencia concreta. También funciona como una forma de llamar la atención sobre una problemática que consideran insuficientemente visibilizada.
Crecer sin perder el rumbo
Diez años después de su fundación, Coóptica es muy diferente de aquella pequeña experiencia impulsada por un puñado de jóvenes. La cooperativa creció en infraestructura, incorporó tecnología, amplió su cartera de clientes y aumentó significativamente su volumen de trabajo. Los tres puestos laborales iniciales se transformaron en siete empleos estables.
El local original quedó pequeño y fue sustituido por instalaciones considerablemente más amplias. La maquinaria también evolucionó. Actualmente cuentan con sistemas digitales de medición, equipamiento automatizado para montaje y herramientas de personalización que permiten ofrecer soluciones visuales de alta complejidad.
Entre las innovaciones más recientes se encuentran tecnologías digitales capaces de generar mapas personalizados para optimizar la fabricación de cristales multifocales.
La incorporación permanente de tecnología responde a una convicción compartida: el cooperativismo no debe asociarse con estructuras precarias ni con resignación tecnológica.
Por el contrario, sostienen que la innovación constituye una condición necesaria para competir en igualdad de condiciones dentro de mercados exigentes.
“Cuando hacés las cosas bien se generan mejores vínculos, mejores acuerdos y mejores posibilidades para seguir creciendo”, afirma Díaz.
Un ejemplo para el cooperativismo joven
A diez años de su fundación, Coóptica se encuentra en una etapa de madurez. Los desafíos actuales ya no son los mismos que enfrentaban aquellos estudiantes que intentaban conseguir dinero para formalizar su proyecto.
Hoy las conversaciones giran en torno a la incorporación de nuevos socios, nuevas inversiones tecnológicas y posibilidades de expansión. Sin embargo, la esencia permanece intacta.
La cooperativa continúa apostando por una forma de organización basada en la democracia, la solidaridad y la autogestión.
En un contexto donde las transformaciones del mundo laboral generan incertidumbre y donde muchas personas buscan alternativas a los modelos empresariales tradicionales, la experiencia de Coóptica adquiere un significado que trasciende al sector óptico.
La historia demuestra que una tesis puede convertirse en una empresa. Que un grupo de jóvenes sin capital puede construir un proyecto sostenible. Y que el cooperativismo sigue siendo, para muchas personas, una herramienta vigente para generar trabajo, comunidad y futuro.
Diez años después de aquella idea nacida en un salón de clase, la primera óptica cooperativa de Uruguay continúa demostrando que otra forma de trabajar no solo es posible: también puede ser exitosa.