Ciencia Investigación científica

Cría de león marino en Punta del Este.

Foto: lararodriguesl (NaturalistaUY)

Está heavy: miden la contaminación con 12 metales en siete especies de mamíferos marinos uruguayos

Investigación que analizó huesos de mamíferos marinos nativos, entre ellos lobos marinos y delfines, muestra que las especies costeras y estuarinas están expuestas a niveles más altos de metales que las que habitan mar adentro.

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Editar

En Uruguay tenemos una larga historia de vertidos de contaminantes a las aguas, que comienza antes que la propia nación, con los primeros saladeros, y llega hasta nuestros días.

A comienzos de la década de los 90 del siglo XX, por ejemplo, llegaron a funcionar 17 curtiembres en la cuenca del arroyo Pantanoso, parte de una industria que comenzó sus pasos en Uruguay hace casi 200 años y que creció especialmente a partir de inicios del siglo pasado. Según un artículo publicado en la revista Marine Pollution Bulletin en 1993 por investigadores de la Facultad de Química, estas empresas liberaban al Pantanoso una carga de 160 toneladas de cromo por año, algo menos de un cuarto del cromo vertido por todas las curtiembres que operaban en el país.

La mayoría de estas curtiembres poseía por entonces un tratamiento simplificado de sus efluentes, aunque durante años la industria del cuero ni siquiera tuvo tratamiento alguno. Como resultado de esta exposición a tantos años de vertidos, el cromo y otros metales pesados se fueron acumulando en los sedimentos de la desembocadura del Pantanoso.

Esos sedimentos, entonces, cuentan una historia de la contaminación de nuestros estuarios. Hace una década, otro trabajo publicado en la misma revista por investigadores de la Facultad de Ciencias y el Centro Universitario Regional Este de la Universidad de la República (Udelar) analizó las concentraciones de aluminio, cromo, cobre, plomo, escandio y zinc en los sedimentos de la bahía de Montevideo y encontró que desde la fundación de la ciudad las concentraciones de metales han aumentado a la par del desarrollo industrial, y que esos incrementos pueden relacionarse con políticas económicas y ambientales de nuestro país a lo largo de su historia.

Pero hay otra forma de narrar la historia de la contaminación de estos metales, que cuando se encuentran en pequeñas cantidades en organismos vivos y otras partes se suelen denominar “elementos traza”, conocidos y temidos por los efectos tóxicos que provocan cuando superan los bajos niveles de concentración en los que aparecen naturalmente. La tenemos presente, sobre todo, debido a una tragedia.

En Minamata, ciudad costera japonesa, una fábrica de productos químicos arrojó a la bahía local líquidos con altas concentraciones de metilmercurio entre 1932 y 1968. Esta sustancia se fue acumulando en los pescados que comía la población de la ciudad, que a partir de la década de los 50 comenzó a registrar una serie de trastornos cerebrales, comportamentales y físicos que dieron nombre a una enfermedad: el síndrome de Minamata. El hecho motivó la firma del Convenio de Minamata, ratificado por Uruguay en 2014.

Coincidentemente con este y otros problemas de salud pública derivados de la exposición a metales pesados, como el hallazgo de altos niveles de mercurio en la fauna sueca en los años 60, comenzaron a analizarse en varios lugares los niveles de estos contaminantes en mamíferos marinos, como focas y lobos marinos. ¿Por qué? Porque los mamíferos marinos son especialmente vulnerables a los efectos tóxicos de los elementos traza por ser depredadores tope, tener una larga longevidad y contar con grandes reservas de grasas, que facilitan la bioacumulación. Si pescados y mariscos están contaminados en una región, como ocurrió en Minamata, los mamíferos marinos que se alimentan de ellos serán buenas especies centinela para advertirlo.

Pero los animales no están allí simplemente para cumplir funciones valiosas para los seres humanos. Lo que ocurra con ellos debido al impacto de nuestras acciones es también nuestra responsabilidad, y por eso es doblemente valioso entender qué está ocurriendo con la acumulación de metales en sus cuerpos y cómo se produce.

Eso es lo que hace con los mamíferos marinos de nuestro país un trabajo reciente firmado por Odei García, Asunción Borrell, Sergi Fábregas y Massimiliano Drago, de la Universidad de Barcelona (España), más los locales Meica Valdivia y Enrique González, del Museo Nacional de Historia Natural. En él analizaron la presencia de 12 metales en siete especies de mamíferos marinos y descubrieron algunos patrones de contaminación relevantes en los hábitats en que se mueven.

Ir al hueso

Lo más común a la hora de medir las concentraciones de elementos traza en mamíferos marinos es estudiar tejidos blandos como los órganos y músculos, que es justamente lo que se comenzó a hacer con métodos de gran precisión a partir de la década de los 60. Estas muestras son muy informativas si uno busca analizar la acumulación de algunos elementos específicos, como el mercurio y el cadmio, por ejemplo, pero el trabajo de Odei García y sus colegas buscó ir por otro camino: ver la historia que contaban los huesos.

“Lo valioso del hueso es que es un tejido que integra los elementos y los valores en una ventana temporal amplia. Entonces, del resultado que encontrás podés inferir que el valor que estás viendo está incorporado a largo plazo en los individuos que estás analizando, no es algo del momento”, apunta Valdivia. Ella fue, justamente, quien tuvo a cargo la delicada tarea de extraer las muestras con una metodología que evitara daño a los cráneos analizados en este y otros trabajos del equipo. También apeló a esta técnica para tomar las muestras para su tesis de maestría, en la que estudió cómo seis especies de delfines y marsopas se reparten los recursos en nuestras aguas.

Una investigación anterior del mismo equipo, por ejemplo, usó restos óseos que abarcan más de 60 años para mostrar cómo ha ido variando el nivel de los contaminantes en las franciscanas (Pontoporia blainvillei) en nuestras aguas.

Este nuevo trabajo sigue en la misma línea, pero amplía el estudio de la presencia de metales en otros mamíferos marinos que habitan el ecosistema del Río de la Plata y las aguas atlánticas adyacentes.

Falsa orca varada en Rocha.

Foto: Ramiro Pereira Garbero (NaturalistaUY)

Sus autores analizaron la concentración de aluminio, arsénico, cadmio, cromo, cobre, hierro, mercurio, manganeso, níquel, plomo, estroncio y zinc en 73 restos óseos de lobo marino (Arctocephalus australis), león marino (Otaria flavescens), franciscana, marsopa espinosa (Phocoena spinipinnis), delfín común (Delphinus delphis), falsa orca (Pseudorca crassidens) y delfín de Fraser (Lagenodelphis hosei).

Todas las muestras se tomaron de animales varados o capturados incidentalmente en la costa uruguaya entre 1992 y 2015 y conservados en las colecciones del Museo Nacional de Historia Natural y de la Facultad de Ciencias (Udelar).

Tal cual señala el trabajo, el objetivo era evaluar cómo varían las concentraciones de estos metales entre las especies según el hábitat en el que se mueven y el lugar que ocupan en la red trófica (es decir, en la cadena alimenticia), ya que la contaminación puede variar dependiendo de qué coman y en qué lugar lo hagan. Para entender esto –la relación entre la cantidad de contaminantes con el alimento y el hábitat de la especie– debieron echar mano a otra historia escrita en los huesos: la que cuentan los isótopos estables de carbono, nitrógeno y oxígeno.

Carbono querido

No podemos sumergirnos con estas especies para indagar en qué lugares se mueven durante toda su vida y qué lugar ocupan en la red trófica (es decir, si son consumidores primarios, secundarios o depredadores tope), pero sí podemos averiguarlo estudiando las pistas que dejan los alimentos en el cuerpo, en forma de isótopos estables de distintos elementos. Aquella manida frase que asegura que “somos lo que comemos” es estrictamente cierta, porque sintetizamos nuestros tejidos con base en lo que consumimos.

Sabiendo los valores de los isótopos de carbono de los individuos de estas especies, por ejemplo, podemos averiguar si se mueven en ambientes costeros, oceánicos o en el fondo del mar; con los de nitrógeno, que se van acumulando a lo largo de la red alimenticia, descubrimos en qué escalón de la cadena están, y con los de oxígeno, que funcionan como medidores de la salinidad, podemos saber cuánta influencia de agua dulce hay donde se alimentan.

Todo esto es muy relevante en esta investigación, porque no es lo mismo tener que subsistir en ambientes estuarinos, donde hay una gran presión de la urbanización costera, la actividad agrícola intensiva y el transporte marítimo, que en la plataforma continental o en ambientes oceánicos.

Por ejemplo, dentro de las especies analizadas tenemos algunas más típicamente estuarinas, como el león marino, la marsopa y la franciscana, otras más asociadas a la plataforma continental, como el lobo marino y el delfín común, y otras más oceánicas, como la falsa orca y el delfín de Fraser (aunque el estudio ya mencionado de Meica mostró que en Uruguay hay un grupo de falsas orcas que se mueve más cerca de la costa).

Estamos bastante familiarizados con algunas de estas especies, como el lobo y el león marinos, pero hay otras que pueden resultarnos poco conocidas. La marsopa espinosa es un cetáceo muy pequeño y difícil de ver, de color gris oscuro, que sufre el problema de la captura incidental en nuestras aguas. Lo mismo ocurre con la franciscana, amenazado y emblemático delfín de nuestras aguas al que hemos dedicado más de un artículo.

La falsa orca no es tan ilustre como el pariente que le da nombre, pero tiene un tamaño bastante imponente, que puede superar los cinco metros de longitud y las dos toneladas de peso. Algunas personas recuerdan bien esta especie a raíz del varamiento masivo que se produjo a fines de los 90 en Solís y Jaureguiberry, que derivó en algunas escenas inusuales para el país, como el uso de helicópteros de la Fuerza Aérea para trasladar a los ejemplares mar adentro.

El delfín de Fraser es una especie típica de aguas tropicales profundas y bastante misteriosa. De hecho, recién se la describió como especie nueva para la ciencia en 1956 gracias al hallazgo de un esqueleto en Borneo. Su primer registro para el Atlántico sudoccidental se dio gracias a un individuo varado en Uruguay (José Ignacio) en 1991, que fue seguido de varios ejemplares más en los meses siguientes.

El delfín común es muy abundante y está extendido a nivel mundial, aunque en Uruguay aparece sobre todo en aguas de plataforma. Se alimenta de peces pequeños de cardumen y calamares.

Una vez hechas las presentaciones de los protagonistas de este trabajo, habitantes de las aguas de Uruguay, ¿qué nos permite saber la investigación sobre su exposición a los metales?

Delfín común.

Foto: M Rutherford (iNaturalist)

Metálico soy

Una primera conclusión relevante es que los 12 elementos traza buscados fueron detectados al menos en algunas muestras de hueso, y que siete de ellos (hierro, cobre, manganeso, aluminio, plomo, zinc y estroncio) estuvieron presentes en el 100% de los individuos. Esto no es de por sí algo malo; algunos son necesarios para el buen funcionamiento de los organismos, como el cobre, el zinc, el manganeso y el hierro, siempre y cuando se encuentren en concentraciones reducidas. Sin embargo, los resultados arrojaron algunos valores llamativos.

Los niveles de aluminio en los huesos de mamíferos marinos “fueron notablemente altos y variaron de manera significativa entre hábitats y especies”, señala el trabajo. Las especies de plataforma continental presentaron concentraciones significativamente más altas de este metal que las oceánicas o estuarinas.

El cromo del que hablamos al comienzo de esta nota, liberado por las curtiembres durante tantas décadas, apareció en niveles más altos en las especies estuarinas y de plataforma continental que en las oceánicas. Según los autores, esto se debe probablemente a los aportes crónicos de las industrias, que han contaminado los sedimentos estuarinos.

El plomo se detectó en casi todas las muestras de hueso, con concentraciones comparativamente altas en lobos y leones marinos, lo que se explicaría porque ocupan zonas cercanas a estuarios urbanizados y puertos, donde “están expuestos a plomo de descargas industriales históricas, residuos de nafta con plomo y sedimentos contaminados”. Aunque este trabajo no evalúa si estas concentraciones están siendo dañinas para las especies, no parece una buena noticia para los leones marinos, que ya lidian con altos niveles de contaminación de mercurio en nuestras aguas.

Además, el trabajo permitió sacar algunas conclusiones generales que son relevantes. Las especies costeras y estuarinas (lobos y leones marinos, la franciscana, la marsopa espinosa y el delfín común) acumulan más elementos de origen humano, como el plomo, el cromo y el cadmio.

Mientras tanto, las especies oceánicas (como la falsa orca y el delfín de Fraser) tienen más mercurio, níquel y zinc, “lo que probablemente refleja fuentes marinas y dietas basadas en cefalópodos”, dice el trabajo. Contra lo que esperaban los investigadores, comer más arriba en la cadena alimenticia no implicó en general más metales en los huesos, un resultado que deja abierta la puerta a nuevos estudios.

Ranking metalero: los mamíferos marinos más contaminados con algunos de los metales analizados

Plomo:
1) León marino: 18,7 mg/k
2) Lobo marino: 2,9 mg/k
3) Marsopa espinosa y falsa orca: 1,5 mg/k

Cromo
1) Marsopa espinosa: 5,7 mg/k
2) Lobo marino: 3,4 mg/k
3) Lobo marino y franciscana: 1,9 mg/k

Cadmio
1) Lobo marino: 0,9 mg/k
2) Delfín común: 0,4 mg/k
3) Delfín de Fraser: 0,2 mg/k

Mercurio
1) Falsa orca: 2,4 mg/k
2) Delfín de Fraser: 1,6 mg/k
3) León marino: 0,5 mg/k

Arsénico
1) León marino: 0,9 mg/k
2) Marsopa espinosa: 0,8 mg/k
3) Lobo marino: 0,8 mg/k

Aluminio
1) Lobo marino: 647,7 mg/k
2) León marino: 607,5 mg/k
3) Marsopa espinosa: 529,6 mg/k

“Creo que el principal resultado de este trabajo de Odei es ver que las especies costeras son las que tienen más influencia de elementos vinculados con las industrias, algo que también se había visto en el trabajo sobre las franciscanas”, apunta Meica.

En la misma línea van otros resultados. El aluminio, el hierro y el plomo también están más presentes en los animales con más influencia de agua dulce, tal cual muestran los valores de los isótopos de oxígeno, lo que podría estar relacionado con los aportes de estos contaminantes que llegan al estuario.

En resumen, el trabajo del equipo aporta información valiosa sobre los patrones de contaminación propios de cada hábitat y dice algo evidente pero que no viene mal remarcar: “Pone de relieve la necesidad de mantener el control de la contaminación en el estuario”, concluye el artículo.

También nos ayuda a ver algo más, que habla bien del conocimiento científico acumulado en el país y de las instituciones que lo preservan, muchas veces con escasos recursos, pero con gran voluntad de sus investigadores.

Los mamíferos marinos habitan estas aguas desde hace millones de años, pero en los últimos siglos han tenido que lidiar con una serie de cambios para los que no se encuentran preparados, provocados por la presión humana. La lista de servicios que han cumplido para nosotros es larga e incluye comida, abrigo e incluso entretenimiento, como muestra la venta anual de ejemplares de lobos marinos a acuarios. Solemos prestarles más atención cuando aparecen en videos virales en redes sociales, pero, como muestran estos trabajos, también nos hablan desde los museos para advertirnos de qué está ocurriendo con los ambientes de los que dependemos, que nos proveen de alimento, materias primas, protección y recreación.

Artículo: Trace elements in marine mammal bone from the Río de la Plata and adjacent Atlantic Ocean: habitat, species and trophic effects
Publicación: Environmental Pollution (abril de 2026)
Autores: Odei García, Asunción Borrell, Sergi Fábregas, Meica Valdivia, Enrique González y Massimiliano Drago.

Un trabajo de colección

Podemos llegar a estos resultados y entender cómo se han ido produciendo estos cambios en nuestros ambientes y los mamíferos que los habitan gracias a las colecciones alojadas en el Museo Nacional de Historia Natural y la Facultad de Ciencias.

“Eso es muy importante en este caso. El museo cuenta con una colección bien representada de leones y lobos marinos, sobre todo de ejemplares históricos, y pasa lo mismo con la franciscana. Y para este tipo de trabajos con isótopos tenés que tener un número considerable de muestras para analizar, porque los valores pueden ser muy variables”, dice Meica.

“Por eso es importante, en el caso de nuestra institución, tener tanto colecciones históricas como que se siga colectando para que se mantengan activas, porque eso permite tener un muestreo representativo en el tiempo. Por ejemplo, el trabajo de Odei analiza especies un poco más raras, entre comillas, y eso refuerza la importancia de contar con recursos para poder seguir manteniendo ese tipo de colectas. Tener un número de ejemplares cada vez mayor, y además poder mejorar cómo se obtienen, permite que este tipo de estudios puedan hacerse y sean cada vez más precisos”, agrega.

Unido a eso está la necesidad de mejorar la respuesta cuando aparecen animales muertos varados en la costa, como está ocurriendo en los últimos años gracias al esfuerzo organizado de científicos y ciudadanos.

Seguir colectando y alojando las muestras en colecciones públicas, que puedan ser consultadas en el futuro, quizá nos ayude a entender otros cambios ambientales que se están produciendo en estos momentos en la región.

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