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Ciencia Investigación científica
Juan Pablo Damián. (archivo, setiembre de 2023) · Foto: Mara Quintero

Juan Pablo Damián. (archivo, setiembre de 2023)

Foto: Mara Quintero

“Algo hay” en la kombucha: investigación explora impactos en ansiedad, depresión y microbiota del consumo de este fermentado

Trabajo internacional con participación local reportó que el consumo de kombucha en ratones afectó positivamente la microbiota del intestino al tiempo que produjo cambios en comportamientos asociados a depresión y ansiedad.

El mundo en el que vivimos nos obliga a estar siempre en guardia. Buscando rédito económico, empresas de todo tipo hacen promesas que saben que no pueden cumplir. Con los alimentos, el tema es patente, y mientras desde los empaques se intenta vender ciertos productos como sanos, light, naturales, integrales, fuentes de fibra, vitaminas, proteínas o lo que sea, los octógonos de exceso de sal, azúcares, grasas y grasas trans, implementados tras una férrea oposición de la industria alimentaria, están allí para decirnos que civilización y barbarie no son excluyentes, sino un todo inseparable.

Como si las promesas deshonestas de la industria de ultraprocesados no fueran suficientes, por el lado “natural” se padece el fenómeno de lo que se denominan “superalimentos”, productos cuyas virtudes se ensalzan y que, puestos de moda, elevan sus precios. Frutos como las bayas de goji, semillas de chía, la espirulina (en base a cianobacterias), raíces como la de la maca..., todas se posicionan como fabulosas por sus propiedades antioxidantes o antiinflamatorias, contenido de vitaminas, fibras, nutrientes o lo que sea. No es que sean dañinos, salvo para el bolsillo: por lo general, los beneficios que nos pueden aportar están también en otros alimentos mucho más económicos. Y en el fondo, el tema es que, más que apostar las fichas a un único alimento, la nutrición ya no sabe cómo convencernos de que lo mejor es una dieta balanceada. Así como nadie se salva solo, ninguna dieta se salva por un solo ingrediente.

Entre tanto ruido, hay muchos esfuerzos honestos por ver qué parte de la sabiduría química presente en plantas y otros organismos del mundo que nos rodea nos puede beneficiar. Ese es el caso del reciente artículo científico que nos convoca.

Titulado Efectos dependientes de la dieta de la kombucha sobre el microbioma intestinal y el potencial neuroactivo: asociaciones con la reducción de comportamientos similares a ansiedad y depresión en ratones, el artículo no intenta vendernos la kombucha como la bebida fermentada que solucionará todos nuestros problemas, sino que indaga en si tomarla podría traer beneficios, algunos de los cuales ya se han reportado para otros fermentados.

“Algo hay”, nos dice Juan Pablo Damián, del Departamento de Biociencias Veterinarias y del Núcleo de Bienestar Animal, ambos de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República (Udelar), único autor de nuestro país en la investigación. El trabajo fue liderado por el colombiano Andrés Gómez, del Departamento de Ciencia Animal de la Universidad de Minnesota (Estados Unidos), y contó con la participación de sus colegas de esa universidad: Samuel Davison, Kylene Guse, Carrie Walls, Stephanie Rutschke, April Sackett, Gabriel Blanco y Christopher Faulk (todos del mismo departamento) y, además, de Noor Huma, Tammy Butterick, Junwei Zhang y Chi Chen, del Departamento de Ciencia de los Alimentos y Nutrición.

Así que, aprovechando que el colombiano Andrés Gómez y Juan Pablo Damián, además de colegas, son amigos, más rápido de lo que la idea de probar la kombucha se nos pasó por la cabeza, armamos una reunión entre Oslo (Andrés anda por allí estudiando el microbioma del salmón), Salto (Damián andaba dando clases en la sede de la Udelar) y Montevideo para hablar de esta prometedora investigación.

Mirando la microbiota y el comportamiento

El trabajo analiza varias cosas, desde lo más grande, el comportamiento, hasta el análisis de microbiota y sustancias en el cerebro y heces, relacionadas con neurotransmisores y respuestas inflamatorias, que pueden tener que ver con los cambios en el comportamiento. ¿Cómo surge esto de ver qué pasaba con la kombucha y todas estas dimensiones?

“Juan Pablo y yo nos conocemos por medio de un amigo en Colombia, Jaime Parra, que es un gran investigador que trabaja en nutrición de cerdos. Como Juan trabaja también con animales de producción, por allí nos conectamos, pero siempre supe que el expertise de Juan era el comportamiento animal. Así que, al pensar en la idea de investigar cómo la kombucha puede modular el comportamiento, se me ocurrió que Juan tenía que ser una parte esencial en el estudio, y sobre todo, en ver cómo evaluábamos el comportamiento de los ratones”, cuenta Andrés.

“La idea de este trabajo surgió del concepto del eje intestino-cerebro, de la comunicación constante que hay entre lo que pasa en el intestino y lo que pasa en el cerebro. Muchos trabajos se han hecho en ese sentido en el contexto de fermentos lácteos, por ejemplo, kéfir o yogur, que reportan un beneficio en el comportamiento por medio de la exposición a esos fermentos lácteos”, explica Andrés, marcando que en otros tipos de fermentos no había trabajos enfocados desde ese ángulo. La investigación, entonces, se proponía empezar a llenar esa brecha.

“Mi expertise siempre ha sido en el microbioma, pero a raíz de ese concepto del eje intestino-cerebro, quisimos testear si una exposición relativamente frecuente a la kombucha podría tener beneficios en el comportamiento. Teníamos un foco principal en lo que pasa a nivel del microbioma, de las comunidades bacterianas del intestino, pero teníamos que testear también la parte del comportamiento porque hay muchos otros trabajos con fermentos lácteos que abordaron también ese aspecto”, explica Andrés.

Juan Pablo recuerda que la primera vez que se metió en esto del eje intestino-cerebro fue en un curso en Uruguay al que habían invitado a Andrés. “La idea de que el intestino es como otro cerebro me rompió la cabeza”, rememora.

El curso de posgrado de la Facultad de Veterinaria que menciona se tituló “El microbioma en la salud, la producción y el bienestar”, y se realizó en 2019. En él, Jaime Parra dio una conferencia sobre “Impacto del microbioma en la salud y en los sistemas productivos”, mientras que Andrés impartió varias, entre ellas “Diversidad microbiana en la anatomía animal y humana”.

“De ahí surge un poco esta idea de tratar de entender cómo fluye esta comunicación, que además es de ida y vuelta, ya que elementos del microbioma pueden modificar muchas cuestiones metabólicas, de salud, pero incluso pueden traducirse en cosas quizás fáciles de observar, como es el comportamiento, o a la inversa, ya que también animales o individuos que pueden ser más o menos estresables pueden generar cambios que pueden interferir con el microbioma a nivel intestinal. Eso me encantó”, señala Juan Pablo.

Dos dietas, dos

En el trabajo abordan una gran cantidad de variables, lo que lo hace denso, no porque sea difícil de leer, sino porque hay muchas cosas que están en juego al mismo tiempo. Por ejemplo, la mitad de los ratones tuvieron una dieta balanceada, mientras que la otra mitad recibió, durante las siete semanas que duró el experimento, una dieta estricta occidental. ¿En qué consiste esa dieta occidental? En una dieta con varios octógonos negros: incluye cantidades relevantes de grasa y azúcares.

¿Qué es lo que buscan responder con esas dietas diferenciales? ¿Tratar de ver si los posibles efectos de la kombucha se mantienen si cambiamos de dieta? ¿Ver si la kombucha puede contrarrestar algo de nuestra mala alimentación?

“Mis primeros trabajos sobre microbioma fueron mirando el microbioma de primates no humanos”, dice Andrés, que cuenta que, por ejemplo, su doctorado abordó el tema en gorilas de tierras bajas. “La idea era mirar el microbioma de primates no humanos para entender mejor cómo ha evolucionado nuestro microbioma, desde nuestros inicios como primates, pasando luego por ser cazadores-recolectores, y luego las transiciones a dietas y estilos de vida occidental”, sostiene. Su investigación lo llevó, entre otras cosas, a estudiar el microbioma de cazadores-recolectores de África. Y lo que vio, junto a lo que han visto varios grupos de investigación de distintas partes, es que hay cambios bien importantes en la microbiota humana dependiendo de la dieta y los distintos estilos de vida.

“Para nuestro trabajo, comparamos el microbioma en cazadores-recolectores de África con el de gente de los Estados Unidos. Vimos extremos bastante significativos, no solamente en cuanto a la diversidad del microbioma, que es mucho menor en países occidentales, sino también a la composición y la función”, explica Andrés. “Entonces empezamos a atar cabos y a preguntarnos cómo pueden conectarse esos cambios y contrastes en el microbioma con lo que llamamos 'las enfermedades de la civilización' o 'del mundo moderno', como el cáncer, la diabetes o algunas enfermedades mentales. Sabemos que en los países no occidentales, sobre todo en grupos cazadores-recolectores, no se reporta alta incidencia de estas enfermedades”, lanza.

Y una cosa llevó a la otra: “Ahí empezamos a mirar más allá de las enfermedades metabólicas, procurando ver cómo puede influir un microbioma menos o más diverso, o un microbioma modulado por las dietas occidentales, en el comportamiento”, dice Andrés. “De allí es que surge la idea de evaluar la kombucha en dos antecedentes dietarios distintos”, declara con toda lógica.

“La kombucha y los alimentos fermentados han tenido un aumento de popularidad en tiempos recientes. Entonces se nos ocurrió hacer este diseño para ver si la kombucha, en caso de producir un efecto, era igual cuando tienes una dieta alta en grasa y azúcar que cuando tienes una dieta sin esas características”, señala Andrés.

“Se hacía relevante analizar las dietas en este trabajo de evaluación de la kombucha porque las dietas condicionan todo el organismo. Aquí partimos de dos grupos distintos ya de pique, por su dieta”, comenta Juan Pablo, agregando que la dieta occidental ya sabemos que está asociada a resultados no muy saludables.

“También sabemos que las dietas altas en grasas y azúcares producen estrés desde el punto de vista neurológico, ya que una forma de estresar y de deprimir a los ratones actualmente es darles dietas altas en grasas y altas en azúcar. Entonces, esa era otra razón por la cual quisimos mirar ese ángulo. Si sabemos que las dietas altas en azúcar causan depresión en modelos de roedores, ¿será que la kombucha es capaz de revertir ese fenotipo?”, dice Andrés. Juan Pablo toma la posta: “También está lo que se llama 'estrés metabólico', que se relaciona, por ejemplo, con la diabetes. Yo ya había hecho un trabajo hace unos años sobre ratones diabéticos, y les dábamos resveratrol, una molécula que estaba de moda entonces, y veíamos que su administración disminuía ciertos comportamientos de tipo ansioso”.

Todo cerraba entonces.

Resultados a destacar

Desglosando los resultados, hay distintos efectos dependiendo de qué miren, en dónde y en qué grupo de dieta. ¿Hubo algo de esto que excedió lo que esperaban o que les haya sorprendido?

“El intestino y el cerebro se comunican mediante tres vías principales. Está la vía bioquímica, que es la ruta mediante la cual los microorganismos producen diferentes metabolitos que se originan en el intestino y llegan al cerebro. Hay otra que es mediante la estimulación del nervio vago, que es el que conecta esa parte intestinal con el sistema nervioso central. Y hay otra ruta, que es la ruta inmune. Pensando en esa ruta inmune, medimos citoquinas, que son marcadores inflamatorios en sangre, pero no encontramos ninguna diferencia. Eso fue un poquito inesperado. ¿Por qué no vimos ningún efecto desde el punto de vista inmune si es una de las vías más importantes por la cual el intestino y el cerebro se comunican?”, comenta con sinceridad Andrés. Es que en ciencia, las pérdidas valen tanto o más que las ganadas.

“Sin embargo, vimos que los ratones que se sometieron a kombucha, sobre todo en la dieta occidental alta en grasa y azúcar, tuvieron un menor peso del bazo, que es un órgano que puede ser un marcador de inflamación a nivel sistémico”, dice rumiando el asunto. “Entonces, aunque no vimos ningún cambio en citoquinas inflamatorias en sangre, sí vimos que podía tener un efecto desde el punto de vista de la inflamación sistémica. Ese fue un resultado para mí interesante”.

“Luego de esa sorpresa, el resultado más cool, o más bacán, como decimos nosotros, fue ver en la materia fecal de los ratones que habían tomado kombucha una menor cantidad de aminoácidos, algunos de los cuales son precursores de neurotransmisores”, dice Andrés. En efecto, encontraron menores cantidades de triptófano, glutamina, fenilalanina y otros aminoácidos que se sabe pueden utilizarse como precursores de neurotransmisores, es decir, que se requieren para comenzar a armar esas moléculas.

“Una pregunta que surge entonces es si será que la kombucha estimula a microbios intestinales que consumen esos aminoácidos y hay una conversión activa de esos neurotransmisores. Como no medimos neurotransmisores en sangre, esa pregunta se quedó sin responder en este trabajo”, dice Andrés, y uno imagina que ya está pensando en responderla en futuros experimentos.

“Esas son dos cosas bien bacanas que vimos. La baja abundancia de aminoácidos cuando se da la kombucha, pero solo en la dieta control, y el menor peso del bazo como marcador de inflamación sistémica, pero solo en la dieta occidental. Juntas, estas dos cosas nos muestran que, dependiendo del background dietario, hay diferentes rutas que conectan kombucha, intestino y cerebro”, redondea Andrés.

“Dentro de las cosas que llaman la atención está esa gran diferencia dependiendo de la dieta. Pensé que iba a haber cierto paralelismo, pero la dieta marca la cancha”, comenta Juan Pablo.

Pero si bien reportan cambios en la microbiota —que fueron diferentes dependiendo de qué parte del intestino miraran, si el íleon, el ciego o el colon, y también según la dieta— y metabolitos, en el centro del trabajo están los cambios en los comportamientos, así que vamos a ellos.

Kombucha que alivia

“Más allá de todas estas diferencias encontradas en la microbiota, las heces y el bazo, vimos también diferencias en el comportamiento de estos animales”, señala Juan Pablo. “Por ejemplo, en el test del nado forzado, en ambas dietas, el comportamiento es diferente y es a favor de los ratones que consumían kombucha”, remarca.

“Eso es importante, porque podemos medir muchos metabolitos y marcadores, pero en definitiva el comportamiento es el resultado de toda esa combinación de cambios”, enfatiza. La prueba de nado forzado permite ver estados similares en ratones a lo que sería la depresión en humanos (siempre aclarando, es un modelo animal para acercarnos a determinados problemas).

En la otra prueba, la del enterramiento de bolitas, que está más relacionada con los comportamientos similares a los obsesivos o de ansiedad, solamente vieron los efectos de la kombucha en los ratones que estaban bajo la dieta occidental.

“Esto de que las diferencias se hayan visto más en la dieta occidental, probablemente también ayude a pensar que la kombucha tenga un efecto benéfico, o hasta terapéutico, en ese tipo de dieta”, remarca Juan Pablo.

Uno podría pensar que ese no efecto bajo la dieta control, es decir, aquella más sana al no tener excesos de grasa ni azúcares, en realidad quiere decir que hay un componente de la dieta que hace que esos ratones no desarrollen tanta ansiedad o conductas obsesivas, por lo que la kombucha allí no tenía mucho que atenuar.

“Podría ser. Por eso es tan importante esta decisión de experimentar con ratones bajo estas dos dietas contrastantes. ¿La dieta occidental es normal? Sabemos que en realidad es una dieta un poco compleja desde el punto de vista de lo que es saludable, y eso ya nos descuajeringa todo el esqueleto”, sostiene Juan Pablo.

“Algo importante es que numéricamente el test de enterramiento de bolitas mostró beneficios potenciales también en la dieta control, simplemente que no se alcanzó una diferencia estadística significativa”, comenta Andrés. Tal vez el efecto hubiera sido más notorio con más ratones participantes, pero la reducción de animales empleados es uno de los tres lineamientos de la política que se conoce como “de las 3R” para la experimentación animal (además de “reducción”, las otras dos erres vienen por “reemplazo” y “refinamiento”), por lo cual es un desafío lograr el equilibrio en el beneficio del poder estadístico y al mismo tiempo evitar grandes números de animales a usar, justamente por el bienestar animal, comenta Juan Pablo.

¿Y entonces, kombucha sí o kombucha no?

Es imposible, cuando uno hace una nota de investigadores que están tratando de ver los efectos de la kombucha en la microbiota intestinal, y encima en comportamientos que atraviesan tanto a nuestra sociedad moderna como la ansiedad y la depresión, que la gente busque en el título qué pasó. ¿La kombucha sirve o no sirve para mejorar los perfiles de la microbiota? ¿Tiene o no tiene un efecto que ayude a lidiar con estos dos problemas de salud mental? ¿Cuál sería el mensaje que les darían a los humanos que van a leer esto en clave kombucha sí o kombucha no?

“Yo evitaría la palabra efecto y traería la palabra asociación. Hay una asociación entre el consumo de kombucha tres veces por semana, durante siete semanas, y comportamientos antidepresivos y anticompulsivos o antiansiosos. Esa sería la primera parte de la historia”, ensaya Andrés como respuesta.

“La segunda parte es que esos cambios también se ven acompañados de una remodelación del microbioma en cuanto a su composición. Hay bacterias o grupos taxonómicos específicos que se incrementan y otros que disminuyen cuando el ratón consume kombucha”, sigue Andrés.

“Después, ver los efectos en humanos es algo que queda pendiente. Ese es otro estudio más detallado, con un número significativo de personas, y probablemente con otros marcadores de comportamiento que no pueden ser los mismos que tuvimos aquí”, cierra Andrés.

“Comparto 100%. Además, hay que tener presente que son modelos y que puede que las cosas se repliquen, puede que las diferencias se acentúen o puede que no. Hacer un estudio directamente en humanos ya es otro mundo. Ahí inciden otro montón de cosas, desde dónde naciste, dónde te criaste, qué consumiste durante toda tu vida, qué edad tenés, tu género, etcétera”, sostiene Juan Pablo.

“Si veo el trabajo desde el punto de vista de investigación, lo comportamental es lindo porque reúne el conjunto de muchas cosas que están participando en esto”, agrega Juan Pablo. “Desde ese punto de vista, este experimento presenta evidencia de que la kombucha podría afectar ciertos comportamientos del tipo depresivo. Hablamos del tipo, porque no podemos meternos en la cabecita del ratón y pensar que está depresivo, sino que mediante estos tests nos estamos acercando a lo que podría llegar a ser un comportamiento relacionado con la depresión como la entendemos en humanos”, agrega entonces.

“Siguiendo con lo comportamental, la parte más de tipo ansiedad y compulsiva, la kombucha podría afectar ciertos comportamientos dependiendo de la dieta. Ahí hay algunas cuestiones para indagar a futuro”, amplía Juan Pablo. “A priori, con estos primeros resultados, la kombucha podría tener efectos antidepresivos. Eso no implica que los tenga realmente en humanos, pero es una primera aproximación”, redondea Juan Pablo.

“Pero hay cosas promisorias también de otros trabajos que se han hecho anteriormente en humanos con lo que se denomina dieta psicobiótica, que incluye fermentos y también fibras. Se ha visto que, desde el punto de vista de marcadores de comportamiento, pueden tener también un efecto benéfico”, apunta Andrés. “A su vez, trabajos que hicimos en nuestro laboratorio también tienen paralelismos interesantes. Por ejemplo, personas que son fieles fermentadores, es decir, que consumen alimentos fermentados todos los días por lo menos por tres años, tienen altos niveles de unos metabolitos que son bien interesantes en el comportamiento, como el butirato. Vemos paralelos en diferentes trabajos que van en la misma dirección que este trabajo sobre kombucha”, agrega.

“En fermentos lácteos, hay varios trabajos que también indican efectos beneficiosos en el comportamiento y en la remodelación del microbioma intestinal. Es como que estamos juntando piezas del rompecabezas. Hay evidencia que nos permite formular la hipótesis de que, por un lado, una exposición constante a productos fermentados, que no solamente incluyen la kombucha, sino también el chucrut, el kimchi, el kéfir o el yogur, puede tener un efecto beneficioso, y que, por el otro lado, no hay un efecto contraproducente, por lo que uno puede consumir esos productos de manera muy segura”, redondea Andrés.

No sabemos si esto que reportan se dará tal cual en humanos, pero dado que somos mamíferos como los ratones y que estamos conectados evolutivamente, queda la puerta abierta para que pueda pasar algo similar.

“Algo hay. Vimos diferencias prácticamente en todos los puntos del trabajo, en todas las variables. Algunas pueden cruzarse, algunas son coherentes, otras nos generan dudas, se abren nuevas hipótesis... pero algo hay”, señala Juan Pablo. Les digo que ese podría ser el título de la nota. “Algo hay en la kombucha... y es bueno”.

“En términos futbolísticos, este trabajo muestra que la base está”, cabecea Juan Pablo en el área.

Artículo: Diet-dependent effects of kombucha on the gut microbiome and neuroactive potential: associations with reduced anxiety and depressive-like behaviors in mice
Publicación: Food Bioscience (setiembre de 2026)
Autores: Noor Huma, Samuel Davison, Kylene Guse, Carrie Walls, Stephanie Rutschke, April Sackett, Gabriel Blanco, Tammy Butterick, Junwei Zhang, Chi Chen, Juan Pablo Damián, Christopher Faulk y Andrés Gómez.

Claves de esta investigación

  • Desde hace tiempo se sabe que hay una comunicación bidireccional entre el intestino y el cerebro, lo que ha vuelto aún más fascinante el estudio de la comunidad de microorganismos, entre ellos bacterias y hongos, que conforman la microbiota intestinal.
  • Lo que pasa en nuestros intestinos puede afectar entonces al cerebro (y al revés), lo que ha aumentado el interés por ver las relaciones entre microbiota, comportamiento y salud mental.
  • Los productos fermentados, como el yogur o el kéfir, tienen efectos en nuestra microbiota.
  • Dado que la kombucha es una bebida fermentada, esta investigación se propuso indagar si su ingesta “se asociaba con cambios en la microbiota a lo largo del tracto gastrointestinal”, así como en comportamientos “asociados al estrés”, como la ansiedad y la depresión, en ratones macho “bajo dos dietas contrastantes”.
  • ¿Por qué dos dietas? Porque justamente lo que comemos impacta en nuestra microbiota. A 22 ratones se los alimentó con una dieta balanceada y a otros 22 con una “dieta occidental” con niveles altos de grasa y azúcares.
  • A la mitad de cada uno de los grupos de las dos dietas se les dio kombucha de té negro tres veces por semana durante siete semanas, mientras a la otra mitad en esas ocasiones solo se les dio agua.
  • Luego de las siete semanas, se les realizaron a los ratones dos pruebas de comportamiento: la de nado forzado, que mide respuestas del tipo depresivo, y la de enterramiento de bolitas, que se usa para ver ansiedad y comportamientos obsesivos.
  • También se analizaron los microbiomas de tres partes del intestino de los ratones: el íleon, el ciego y el colon.
  • Por último, se buscaron metabolitos de aminoácidos, lípidos y otros en las heces y tejido cerebral, así como se buscaron citoquinas (proteínas relacionadas con la inflamación) en sangre.
  • ¿Qué encontraron? “La kombucha se asoció” con una mejor respuesta en la prueba de natación forzada en ambos tipos de dieta y también en el test de enterramiento de bolitas en la dieta occidental. Es decir, hay una baja en comportamientos del tipo depresivo en los ratones que tomaron kombucha sin importar la dieta y una menor ansiedad solo en los que tenían dieta alta de grasa y azúcar.
  • También vieron cambios en la microbiota que fueron distintos según la dieta y la parte del intestino analizada.
  • Observaron también cambios en los metabolitos encontrados en las heces.
  • Por todo ello, concluyen que sus hallazgos “respaldan a la kombucha como una matriz alimentaria fermentada asociada a una remodelación dependiente de la dieta de las características microbianas y neuroactivas del tracto gastrointestinal”.
  • Agregan que “las asociaciones conductuales” justifican estudiar más en profundidad por qué se produjeron los cambios constatados.
  • Si bien son ratones y es un estudio exploratorio, la hipótesis de que la kombucha podría traer beneficios para nuestra microbiota y la interacción intestino-cerebro, es decir, para la salud, promete.