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Juan Pablo Lozoya, Miguel González y Franco Teixeira de Mello en Bahía Esperanza.

Foto: Franco Teixeira de Mello

¿Residuos o parte de la historia? Reportan plásticos de más de 30 años en la península de la Ecare, la otra base antártica charrúa

17 minutos de lectura
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Estudio de plásticos en costas de la bahía donde se encuentra la base antártica uruguaya Ecare, junto a la base Esperanza de Argentina, reportó lentes, cepillos de dientes y bolsas de comida para perros que, por un lado, son plásticos de valor histórico y, por otro, representan un problema ambiental.

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La Antártida. El inhóspito continente blanco. La última frontera de lo silvestre no ha resistido los embates del ser humano: allí también hay contaminación por plásticos, entre otras.

Es que a donde quiera que vamos, antropizamos los ambientes. Y desde hace décadas, aun en este gélido continente, hay instaladas bases de distintos países, entre ellas, dos de Uruguay: una con dotación permanente, la Base Científica Antártica Artigas, ubicada en la isla 25 de Mayo (o Rey Jorge, para los anglosajones), y otra que abre esporádicamente durante alguna temporada estival, la Estación Científica Antártica Ruperto Elichiribehety, la Ecare para sus amigos, que se ubica en la bahía Esperanza de la península Trinidad, ya en la masa continental de la Antártida.

Gracias al Tratado Antártico, la Antártida es un continente de paz en el que no solo no puede haber armamento ni explotación de recursos naturales, sino que los países con bases allí están obligados a realizar investigación científica. Este entró en vigor en 1961 y será rediscutido en 2048, cuando las presiones y los reclamos territoriales podrán o no acabar con esta excepcionalidad nacida en un mundo que, a diferencia del de nuestros días, apostaba al multilateralismo y a sistemas supranacionales para resolver problemas y diferencias.

Un trabajo reciente de investigadores de nuestro país, que ya hicieron relevantes aportes a la temática de los plásticos en la Antártida gracias al proyecto AntarPlast, cumple, por un lado, con el mandato de hacer ciencia en nuestras bases (en este caso, en colaboración con colegas de España) y, por otro, con sumarle a la perspectiva de la contaminación antártica una dimensión histórica.

Titulado algo así como Residuos plásticos en las costas de bahía Esperanza: testimonio varado de la ocupación histórica en el norte de la Península Antártica, el trabajo firmado por Juan Pablo Lozoya y Gissell Lacerot, del Departamento Interdisciplinario de Sistemas Marinos y Costeros del Centro Universitario Regional del Este (CURE, Maldonado), de la Universidad de la República (Udelar); Miguel González y Francisca Fernández, de la Universidad Autónoma de Madrid, España; Bárbara de Feo, Evelyn Krojmal y Franco Teixeira de Mello, del Departamento de Ecología y Gestión Ambiental del CURE Maldonado de la Udelar, y Carlos Edo y Roberto Rosal, de la Universidad de Alcalá, España, aporta valiosa información, sorprende y nos hace reflexionar al mismo tiempo. ¿Por qué?

Porque tras realizar un meticuloso muestreo buscando macroplásticos –incluyendo trozos de más de un centímetro– en cuatro kilómetros de costa de la bahía Esperanza, donde están las bases Ecare de Uruguay y la Base Esperanza argentina, y donde estuvo la Estación D inglesa, no solo encontraron que la cantidad de plásticos estaba relacionada con la intensidad de ocupación humana histórica en distintos sitios de la bahía, sino que se cruzaron con objetos que no habían encontrado jamás en todas sus expediciones en busca de residuos en la isla de la Base Artigas: muchos cepillos de dientes, muchos lentes e incluso cuatro bolsas de comida para perros de trineo con su fecha de envasado. Los fechados, sumados a lo personal de objetos como lentes y cepillos de dientes, abrieron una nueva dimensión a sus investigaciones de plástico antártico (encontraron además restos de artefactos y de bolsas de algodón para carbón y otros materiales “de valor histórico”). Pero claro, esos materiales históricos son, al mismo tiempo, contaminantes. Y entonces, ¿qué hacer?

Para conversar sobre este maravilloso trabajo, salimos volando más rápido que bolsa de nailon en una sudestada a encontrarnos con Franco Teixeira de Mello, del CURE Maldonado, y su colega Juan Pablo Lozoya, también del CURE y además investigador del recientemente creado Instituto de Ciencias Oceánicas (ICO) de la Udelar.

Adentrándose en el continente

La Base Artigas, en la isla 25 de Mayo, se encuentra a unos 100 kilómetros de la Antártida continental. Puede no parecer una distancia grande, pero para nuestros investigadores, el Instituto Antártico Uruguayo y la dotación militar, acceder a la base Ecare, en la península de Trinidad y entonces sí en la masa continental, es toda una odisea.

De hecho, la Ecare fue una donación inglesa: antiguamente denominada Casa Trinidad, la modesta cabaña erigida en 1953 por los ingleses tras el incendio en 1948 de su anterior Estación D, se cerró en 1964 y en diciembre de 1997 fue transferida a nuestro país. Al verla se entiende por qué no es una base permanente: modesta, con techo de chapa, hasta el más valiente de los orientales dudaría en quedarse allí durante el invierno antártico. Aun así, nuestros investigadores se desvivían por llegar y poder hacer ciencia en la Antártida continental.

“La idea fue empezar en la Ecare haciendo lo mismo que habíamos empezado haciendo en la Base Artigas, que era básicamente recorrer las playas en busca de plásticos. Como nos funcionó bien en la isla Rey Jorge, aplicamos un poco lo mismo”, señala Juan Pablo Lozoya sobre los objetivos para aquella campaña antártica del verano 2022-2023. “Por otro lado, la estación es muy básica, no teníamos ningún tipo de equipamiento salvo lo que pudimos llevar, así que también por eso arrancamos por ese lado de ir a las playas y relevar macroplásticos”, agrega. El equipo, gracias al proyecto AntarPlast, ya tenía experiencia relevando tanto micro como macroplásticos en la faja costera de las proximidades de la Base Artigas, así que comenzar por donde ya tenían experiencia resultaba razonable.

Pero claro, los planes están para romperse. O para alterarse, con base en lo que el mundo dispone. “Fuimos relevando macroplásticos hasta que llegamos a un lugarcito que está cerca de la base argentina y fue una demencia lo que empezamos a encontrar”, adelanta Juan Pablo. Ya iremos a eso, pero antes veamos otras cosas.

“Esta investigación tiene varias puntas que fueron muy importantes para nosotros”, señala Franco Teixeira de Mello, un investigador que si no está muestreando plástico en la Antártida está buscando plaguicidas, peces, y un millón de cosas más en ríos y cuerpos de agua. De hecho, se pasó casi todo febrero de muestreo en muestreo. “Llegar a la Ecare fue un mojón relevante. Hasta donde sabemos fuimos el primer grupo de investigadores civiles, es decir, fuera del Servicio Geográfico Militar y demás, en trabajar en la base Ecare. Poder instalarse ahí es un desafío grande, algo que solo fue posible porque antes llegó una dotación mínima, de manera que cuando nosotros llegamos estaba todo instalado”, cuenta Franco.

“En líneas generales, la Ecare es poco más que una cabaña. Poder sacarle provecho para hacer un poco de ciencia fue el primer logro, porque no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar”, prosigue, y confiesa que prácticamente iban preparados para helarse los huesos. “Los cuentos que teníamos eran bastante terribles, como que si de noche dejabas una botella de agua arriba de la mesa, amanecía congelada”, dice entre risas. “No fue tan así, pero fue muy diferente a lo que estábamos acostumbrados en la base Artigas”, sostiene Franco, por lo que podemos decir que esta vez hicieron ciencia literalmente saliendo de su zona de confort.

Lentes y peine encontrados en Bahía Esperanza.

Foto: Juan Pablo Lozoya

“Éramos siete personas, tres investigadores que estuvimos ahí unos 20 días y cuatro militares de la dotación, que eran los que nos brindaban apoyo”, relata Franco, que además deja claro que sin la base argentina, a unos 500 metros, las cosas hubieran sido aún más complejas. “En bahía Esperanza hay una comunicación y relacionamiento muy fuerte con Argentina, porque su base es enorme. Si se vuela todo o estás en problemas, el lugar que tenés para ir es la base argentina”, cuenta. Juan Pablo lo apoya: “La dependencia de la base Argentina era importante. Nosotros teníamos provisiones, pero por ejemplo el combustible para prender los generadores y el agua nos los dio Argentina”. De todas formas, Uruguay está apostando a mejorar la logística de la base, entre otras cosas, porque trabajos como este muestran el valor de poder estar allí.

La colaboración con nuestros hermanos argentinos fue grande. Por algo es el continente donde la cooperación sobrepasa con creces a la competencia. Incluso en la propia ciencia. “A nivel científico también hubo colaboración, los científicos de allá nos dieron terrible apoyo. Nosotros era la primera vez que íbamos ahí. Teníamos mapas, teníamos cosas, pero nunca habíamos estado caminando o conociendo el terreno, por lo que su apoyo fue súper importante”, señala Juan Pablo.

“Cuando llegamos conversamos con el grupo de investigadores argentinos porque la intención no era ir a bahía Esperanza a hacer lo que ellos ya estuvieran haciendo. Ellos estaban trabajando, sí, sobre plásticos en relación con las aves, por lo que ofrecimos dejar de lado esa parte de las cosas que pensábamos hacer. Finalmente, en ese afán de no pisarnos en nuestras investigaciones, terminamos generando una colaboración con Andrés Ibañez, y ya tenemos incluso hasta un artículo enviado a revisión en la vuelta”, agrega Franco.

Ahora sí, retomemos lo que había dejado picando Juan Pablo, aquello de que fueron relevando macroplásticos hasta que llegaron a un lugar cerca de la base argentina y “fue una demencia” lo que empezaron a encontrar.

Muestreos con sorpresas

Los dos investigadores uruguayos, junto con su colega español Miguel González (gracias a la colaboración con España, nuestros investigadores pudieron llegar hasta la base Ecare a bordo del barco BIO Hespérides de ese país), realizaron en enero de 2023 un peinado de las playas de la bahía Esperanza colectando todo residuo plástico visible a simple vista.

Para eso, caminaban en paralelo a la costa cubriendo de a cinco metros de ancho por las cinco playas libres de hielo: Costa Papúa, Caleta Águila, Punta Foca, Puerto Moro y Caleta Cabaña. Con base en la cantidad de ítems, se calculó la abundancia de macroplásticos por metro lineal y por metro cuadrado de las playas.

En el artículo reportan haber recolectado “3.477 artículos a lo largo de 2.437 metros de costa, lo que resultó en una abundancia media estimada para bahía Esperanza de 0,29 piezas por m²”. Lo que señalan luego no es muy sorprendente: “La mayor cantidad de artículos se registró cerca de las bases científicas, particularmente en las costas de Caleta Cabaña”.

En el trabajo reconocen que si bien esa playa “fue la zona muestreada más grande”, con 891 metros de costa, “la abundancia promedio (0,74 piezas por m²) fue un orden de magnitud mayor que la encontrada en Puerto Moro (424 metros de costa, 0,06 piezas por m²) y Caleta Águila (280 metros de costa y 0,04 piezas por m²)”.

Por todo esto, señalan que “la presencia y abundancia de residuos plásticos parecen estar estrechamente vinculadas a las áreas de actividad humana en la península de Trinidad”. Eso no significa que no lleguen plásticos por las corrientes marinas o con el viento, pero el trabajo evidencia una marcada relación entre las zonas más antropizadas y una mayor abundancia de estos residuos.

“Hemos visto en varios lugares, tanto en la isla 25 de mayo como en esta zona de la península Trinidad, que muchos de los materiales los podés identificar como del lugar, su origen es la ocupación misma que hay en la zona. Por ejemplo, un residuo que aparece mucho son restos de caños de PVC. La acción del frío y el calor va reventando los caños que se usan y por eso sus residuos están casi que en todos lados. Pasa también con el material de aislamiento, espumas o cosas por el estilo”, comenta Franco.

“Hay sí algunas playas en particular donde tenés un efecto marino muy fuerte y encontrás cosas como boyas, cuerdas, materiales relacionados a la actividad pesquera y marítima. Pero en general la mayor cantidad de residuos macro vienen desde el propio continente”, redondea.

Franco hace un parate y va a buscar un residuo que colectó en la bahía Esperanza a una distancia considerable de la base Ecare. Se trata de un fino trozo de tela. Al verlo con atención vemos que intercala franjas azules y otras blancas. “¡Es un pedazo de bandera uruguaya! Obviamente, con los vientos del lugar las cosas se rompen y son irrecogibles, las encontrás después de casualidad. Mucho de ese material es local”, ejemplifica Franco.

Encontrar más plásticos en las cercanías de las bases o en las zonas históricas de mayor ocupación entonces no era algo fuera de lo esperado. Pero sí que hubo sorpresas en estos muestreos. “Cuando empezamos a ver esas cosas súper raras, como los lentes o los cepillos, nos sorprendimos. Ya no se trataba de un pedazo de caño de PVC, esta era otra historia. Eso se hizo más evidente luego, cuando vimos las bolsas de comida de perro y les pudimos poner una fecha”, adelanta Juan Pablo.

Plásticos encontrados en costa de Bahía Esperanza. En base a Juan Pablo Lozoya et al., 2026.

Perros bien alimentados

“Cabe destacar que algunos objetos se identificaron como residuos plásticos históricos de larga data”, señala el artículo. “Entre los residuos de valor histórico se incluyen monturas de lentes, cepillos de dientes, bolsas de comida para perros de trineo (fechadas en 1980), caucho duro y piezas o fragmentos de aparatos eléctricos”, detallan. Y no solo plásticos: reportan también otros objetos históricos como “trozos de tela de algodón de bolsas de carbón y numerosos fragmentos de tazas de cerámica”. El lugar donde aparecieron la mayoría de estos objetos fue en la Caleta Cabaña, en el “área entre la estación Esperanza y la antigua ubicación de la Estación D” inglesa que fue arrasada por un incendio.

“Los argentinos tienen familias que se radican en invierno. La gente que se queda todo el año lleva a la familia, tienen casas, hay gurises, una escuela, hay fiestas de 15, cosas de ese estilo”, comenta Juan Pablo. “Lo de la bolsa de alimento de perros fue muy delicado, porque los argentinos tienen un pequeño museo que está divino en la base Esperanza. Nos invitaron a verlo y cuando fuimos nos encontramos que ahí estaba expuesta la bolsa de comida para perros de trineo que nosotros habíamos encontrado en la playa”, señala. “Para ellos los perros fueron súper importantes en la conquista de la Antártida, entonces tenían un lugar importante en el museo”, remarca.

En el trabajo dicen que esa crianza de perros se terminó por disposiciones del Tratado Antártico. En las bolsas puede leerse perfectamente que la comida fue envasada en 1980. “Probablemente se utilizaron hasta febrero de 1993, cuando los últimos 13 perros polares argentinos abandonaron la Antártida siguiendo la recomendación del Comité Científico de Investigaciones Antárticas en virtud del Protocolo de Madrid”, dice el artículo. “Esa fue información que buscamos para redondear el hecho de que esas bolsas están ahí desde hace un montón de tiempo. Si ya no había perros, no tenía sentido que siguieran llevando esa comida, así que esa era la fecha más tardía, por más que el paquete dijera que estaba envasado en 1980”, dice Juan Pablo.

Personas detrás de los residuos

Desechar un cepillo de dientes es algo que puede suceder porque ya se gastó y es sustituido por otro. Pero quienes usamos lentes sabemos que son casi parte de nosotros. Cuesta imaginar a gente yendo a la Antártida con lentes de repuesto. Ver un par de lentes en medio del hielo antártico nos habla de alguien que se quedó sin ver bien. ¿Acaso se vio en medio de una tormenta intensa y se le volaron los lentes? ¿Alguien tuvo la mala fortuna de romper los lentes en la base y pasar varios meses hasta que pudieran acercarle un nuevo par para volver a ver bien de cerca, de lejos o lo que fuera? Nadie se desprende de un lente de ver sin dolor.

Juan Pablo usa lentes. Le pregunto si no hubiera sido una tragedia que se le rompieran —o el viento se los robara— en una salida de campo estando en bahía Esperanza. “Siempre asocié los cepillos de dientes que encontramos a cuando uno deja de usarlos porque ya no cumplen bien su función y los tira a la basura. Pero claramente los lentes no se gestionan así”, reconoce Juan Pablo. “Lo interesante es que había muchos. Cuando ves todos esos lentes juntos, pensás en un lugar de descarte. Y ahí uno piensa cuánta gente usaría lentes como para encontrar todos esos fragmentos. Y cuando fuimos allí nuevamente, volvimos a encontrar lentes, menos, pero sigue habiendo. Entonces, sí, es un buen punto, porque no ver en la Antártida es terrible”, dice Franco.

“Aparte no tenés a dónde ir, estás en el horno, no hay una óptica cerca”, complementa Juan Pablo. “No creo que fueran lentes solo para leer. La gente que va a la Antártida, en general, si tiene 40 años ya es vieja, a menos que sea un general o algo así. La tropa es joven, así que seguramente no serían lentes para leer, sino que eran lentes que realmente se precisaban para el día a día”, dice Franco.

Y todo esto nos lleva al gran aporte del trabajo.

¿Residuos o historia?

“Este tema lo hemos conversado mucho entre nosotros”, dice Franco. “¿Estamos ante residuos o ya es una cuestión hasta arqueológica? Porque esto son materiales y cosas que hablan de una ocupación del territorio, de un pasado. Lentes, tazas, cepillos de dientes. El dentista de la base argentina nos decía que los cepillos, por su forma, tamaños y demás, nos hablaban de distintos períodos, que un dentista podría llegar a hacer arqueología con ellos”, sostiene. “Además de esos materiales, también encontramos residuos de la primera base inglesa que se quemó, cables, materiales quemados, algo de baquelita. Las cosas están ahí tal cual quedaron en el lugar. Entonces estás en ese dilema: por un lado, tomás los datos, pero no son solo plásticos o residuos, también hay una historia ahí. Nos interesó tratar de mostrar que con el plástico también se puede ver un poco eso”, enfatiza Franco.

“Con los lentes, las bolsas, los cepillos de dientes, y también con pedazos de bolsas de algodón que vimos que venían de los sacos del carbón, empezamos a enfocarnos más en ese aspecto más histórico de los objetos”, señala Juan Pablo, que dice que en paralelo salieron un par de trabajos realizados por otros investigadores en otras bases antárticas, “que evaluaban justamente el efecto histórico de los emplazamientos científicos”. Y entonces lo del valor histórico cobró fuerza en su trabajo.

“Como la base argentina es de las más antiguas en el lugar, y como además estaba toda esa historia con los británicos, porque creo que fue de los pocos lugares de la Antártida donde se intercambiaron tiros, había como un aura histórica alrededor”, desliza Franco. “Encontramos municiones”, lo secunda Franco.

En el trabajo hay un relato sobre la instalación de bases en la bahía Esperanza. Argentinos y británicos competían por instalarse allí. La presencia humana en la región durante la época moderna comenzó con una expedición sueca de 1902; sin embargo, no quedó población permanente. Ese poblamiento comenzó en 1945 cuando los británicos establecieron la primera Estación D para unas 13 personas en Caleta Cabaña.

“Los británicos tenían esa pequeña casita. Los argentinos empezaron a construir un faro, que quedó operativo en 1952, año en que también se instaló un destacamento naval donde se alojaron unas pocas personas. Cuando vinieron los británicos a construir otra cabaña tras el incendio de 1948, hubo disparos. Fueron cuatro tiros, pero el hecho fue recogido por los periódicos. Después se genera todo el protocolo del Tratado Antártico y el continente de la paz, pero eso pasó también”, nos resume Juan Pablo.

“Toda esa aura histórica le dio otra rosca al trabajo, entonces nos pareció que era por donde había que encararlo, ya que hacía al artículo más rico, más divertido y más lindo”, confiesa Juan Pablo. “Después también eso generó otras vueltas de tuerca. Esto que hablaba Franco de lo arqueológico se está discutiendo incluso a nivel del sistema del Tratado Antártico, ver que por un lado son desechos, pero son también patrimonio arqueológico. A tal punto que nos dijeron que hiciéramos una nota para que Uruguay presente este trabajo en un próximo encuentro, porque es una línea que se está empezando a discutir”, dice Juan Pablo.

Bolsa de comida de perros encontrada en Bahía Esperanza.

Foto: Franco Teixeira de Mello

“Los límites entre residuo y objeto histórico se empiezan a difuminar. Una instalación abandonada, que está liberando porquerías al ambiente, a la vez es un lugar que hace 50 años que está ahí, y que además fue de los primeros asentamientos británicos. Incluso hay dos tumbas, por lo que estás como en un borde”, reflexiona Juan Pablo.

¿Qué hacemos entonces? ¿Quitamos todo esto que contamina la Antártida o lo vemos como una ventana que nos muestra cómo fue la conquista del continente? Las bolsas de alimento de perros nos hablan de la exploración humana de un continente hostil. ¿Las dejamos, las recuperamos y emplazamos en otro sitio luego de estudiarlas? “Creo que borrar esa evidencia no está bueno. Lo que nosotros pretendimos, por lo menos hablo por mí, era mostrar la problemática del plástico en el tiempo, poner en evidencia esa escala temporal súper larga que tienen”, comenta Juan Pablo. “Cuando nos dicen que las bolsas van a estar en el ambiente 100 años dando vueltas, es como un eslogan, no lográs asimilarlo. En cambio, aquí reportamos bolsas que están en la Antártida desde máximo 1980, y como mínimo desde 1993, es decir que tienen por lo menos 33 años, y están casi igual a como se verían si las hubieran dejado ayer. Esa imagen aporta a darte cuenta de la trascendencia temporal del plástico, pero también es un recuerdo de cómo fue toda esa era de la exploración antártica”, contextualiza Juan Pablo.

Cuando la historia contamina el presente: la degradación de los materiales históricos

Uno podría tener la duda de qué pasará con un plástico en la fría Antártida. ¿Acaso se congelará como un mamut en el permafrost y de esa manera quedará bloqueada su acción contaminante? ¿O será que en las extremas condiciones del continente blanco ese macroplástico se degrada, fracciona y es una fuente de microplásticos, lo que dificulta las tareas de su remoción del ambiente? El trabajo también aborda eso.

A partir de estos materiales históricos se hicieron análisis no solo para determinar qué tipos de plásticos eran, sino para ver si se estaban degradando. Y la respuesta es que sí, las bolsas, lentes y cepillos de dientes, en los minuciosos análisis realizados, mostraban todos signos de degradación. Estos plásticos históricos son fuente de contaminación presente.

“Esos análisis tienen una doble lectura. Por un lado, nos confirman que son objetos viejos, porque los materiales tienen claras marcas de degradación, y, por otro lado, esa degradación implica una posible tendencia a la fragmentación y a la generación de microplásticos”, comenta Juan Pablo.

“Identificar estos rasgos de desgaste termina de redondear lo de la perspectiva histórica de la contaminación plástica”, agrega. “Lo que tienen los macroplásticos es que, si los dejamos ahí, pueden generar microplásticos en el futuro. Mientras los macro son los plásticos más fáciles de recoger, los podés levantar a mano como hicimos en este trabajo, los micro no lo podés levantar, no los podés sacar del agua, no los podés sacar casi de ningún lado. Pensando un poco en eso, en la gestión, en dónde apretar las clavijas, claramente no tenés que esperar a que se conviertan a microplásticos para salir a colar el mar y sacarlos. Hoy es mucho más eficiente atacar los macroplásticos, que son tangibles, se ven, que esperar a que generen microplásticos. Enfatizamos ese mensaje hacia la gestión, porque la idea no es decir que esto es un espanto, que estamos en el horno hasta en la Antártida, sino proponer por qué lado hacer algo al respecto”, señala Juan Pablo.

“Los microplásticos y los pequeños fragmentos son muy relevantes, por ejemplo, en la interacción con la fauna. Allí en bahía Esperanza hay una de las colonias más grandes de pingüinos de Adelia del planeta, con algo así como 80.000 parejas reproductivas. La cuarta parte de esa área donde hicimos los relevamientos, esa franja de un kilómetro máximo de ancho por cuatro de largo, está ocupada por colonias de pingüinos. Entonces obviamente hay una exposición de esos animales a la contaminación plástica”, dice Franco.

“Por otro lado, los plásticos van acumulando contaminantes, son como esponjas del ambiente. Elementos como el mercurio o compuestos como los plaguicidas se acumulan en el plástico. Estos plásticos más grandes están muchos años absorbiendo contaminantes y, en la medida que se van degradando y liberando microplásticos, también están liberando esos contaminantes. Los microplásticos van cargados, son como el caballito de Troya de otros contaminantes. Toda esa transferencia de posibles contaminantes a la fauna local a través de los plásticos se está estudiando ahora. Y pensando en eso es cuando decís que todo lo que se pueda retirar, retiralo”, enfatiza Franco. “Pero ahí volvemos a esto de los residuos, la historia y el patrimonio. Es un círculo que hace difícil tomar las decisiones más evidentes. ¿Qué es lo más evidente que hay que hacer? Yo no lo sé, es complejo”, señala.

Qué hacer es una siguiente etapa. Aquí podemos decir que el primer objetivo está cumplido: nuestra ciencia antártica cumplió con relevar evidencia de la contaminación plástica y agregarle la dimensión histórica. Queda anotado el problema junto a todo lo que como humanidad tenemos que resolver sobre la Antártida.

Artículo: Plastic debris on the shores of Bahía Esperanza/Hope Bay: Stranded testimony of the historical occupation in the northern Antarctic Peninsula
Publicación: Science of the Total Environment (enero de 2026)
Autores: Juan Pablo Lozoya, Miguel González, Gissell Lacerot, Bárbara de Feo, Evelyn Krojmal, Carlos Edo, Francisca Fernández, Roberto Rosal y Franco Teixeira de Mello.

Ese fuerte viento que sopla

¿Cuál fue la experiencia más extrema, si vivieron alguna, en la cabañita de la Ecare?

“Cuando soplaba fuerte el viento que venía del glaciar, el aire te entraba por todos lados. En la campaña de 2025 se levantaron vientos de 150 o 180 kilómetros por hora y teníamos movimientos serios en la cabaña. Incluso levantaba el techo en alguna parte”, dice Franco. Juan Pablo, que no fue en 2025, dice que en 2023 el clima no fue tan severo. Tener que andar de campera dentro de la Ecare durante los días más fríos no es algo que lo haya incomodado demasiado.

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