Ciencia Investigación científica

Gabriela Fernández y Valentina Paz.

Foto: Alessandro Maradei

Depresión y ansiedad en jóvenes: ¿acaso el alto desempleo juvenil tiene algo que ver?

Investigación en jóvenes sobre factores comunes a los trastornos de ansiedad, depresión y estrés no solo muestra la relevancia del abordaje transdiagnóstico, sino que sorprende al encontrar una diferencia importante con lo reportado en países sajones.

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El problema de la salud mental ocupa hoy un lugar importante en la agenda. Y hay buenas razones para ello. Eso es lo que reflejan varios trabajos, como el que mostró que la población joven de Uruguay presentó un promedio de malestar psicológico más alto que todos los reportados en la literatura científica, con la sola excepción de un estudio entre la población psiquiátrica de Buenos Aires. Dentro del malestar psicológico entra “un conjunto de reacciones emocionales y conductuales” que pueden llevar a diferentes cuadros psicopatológicos”, entre ellos depresión y ansiedad. Tenemos además elevadas tasas de suicidio, edades muy tempranas y elevadísimo consumo de alcohol, niveles de violencia que se nos hacen cada vez menos aceptables, entre otras señales importantes.

Con ese maremoto de fondo, la publicación del artículo “Dinámicas emocionales como factor transdiagnóstico asociado a problemas de internalización en adultos emergentes” es más que pertinente. Firmado por Valentina Begino, Camila Rivas, Santiago Cancela, Santiago Rista, Valentina Paz y Gabriela Fernández, del Instituto de Psicología Clínica de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Udelar), algunas con cargo fijo allí y otros como estudiantes de grado e investigadores de posgrado que pasaron por ese instituto, el trabajo hace aportes relevantes.

Para empezar, se acerca a la ansiedad, la depresión y el estrés no como trastornos separados, cada uno con su diagnóstico y tratamiento propio, sino desde una perspectiva transdiagnóstico que ataca a factores compartidos entre ellos. Como veremos, ese abordaje es más que válido, porque muchas personas que tienen trastornos de ansiedad padecen trastornos de depresión, ya sea en el mismo momento o sucediéndose unos y otros en el tiempo.

El artículo además hace un gran aporte al estudio de las problemáticas de la depresión y la ansiedad en adultos emergentes –así es como se define a los jóvenes de entre 18 y 29 años–, ya que observó que en nuestro país una conducta que se considera asociada a la depresión y el estrés según la ciencia del Norte global –en concreto, suprimir la exteriorización de los estados afectivos– tiene el efecto contrario. Para las y los 124 adultos emergentes que participaron en el estudio, suprimir la exteriorización de su malestar se relacionó con menos síntomas de ansiedad y estrés, lo que o bien lleva a revisar la literatura dominante al respecto a la luz de diferencias culturales, o requiere una profundización (la buena ciencia genera, por lo general, más ciencia).

Por último, el trabajo desliza una línea a profundizar: ¿será que las altas tasas de desempleo juvenil de Uruguay, que alcanzando el 28,1% en 2025 fueron las más altas de América Latina según datos del Instituto Nacional de Estadística, tendrán algo que ver con los problemas de salud mental de nuestra juventud? De las 124 personas que participaron en la investigación voluntariamente, 46% no tenían trabajo, mientras que 45% tuvieron un diagnóstico de trastorno de salud mental.

Para profundizar en todo esto, salimos hacia la Facultad de Psicología al encuentro de Valentina Paz y Gabriela Fernández.

Ansiedad y depresión, ¿dos caras de una misma moneda?

¿Cómo surge este trabajo y qué tan extendido está este modelo que propone que algunos desórdenes de salud mental, como la ansiedad o la depresión, tienen procesos en común, lo que llevaría a no abordarlas como trastornos separados, cada uno con su propio diagnóstico y tratamiento?

“Hace bastante tiempo que nosotras trabajamos en depresión y ansiedad, pero lo veníamos haciendo con esta idea de que son categorías separadas. Hace unos años empezamos a ver, a través del trato con pacientes en las prácticas, y también en investigación, que en realidad es muy difícil separar la depresión de la ansiedad”, dice Gabriela Fernández. “Generalmente, las personas que tienen depresión tienen también síntomas de ansiedad, y las personas que tienen síntomas de ansiedad también tienen síntomas de depresión. Cuando una trabaja con esos pacientes o los entrevista, ve que hay cosas que son similares, lo que hace que te preguntes si efectivamente son entidades tan diferentes”, explica. “Ahí es que surge esta perspectiva transdiagnóstica que busca entender las cosas que tienen en común y no las cosas que diferencian a la ansiedad y la depresión”, cuenta Gabriela.

Con ese enfoque en mente presentaron un proyecto de investigación a los fondos I+D de la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) de la Udelar. De ese proyecto se desprende el artículo que acaban de publicar. “La pregunta que teníamos era cuáles serían estos factores que comparten la depresión y la ansiedad”, dice Gabriela. Como en los modelos que usaron también se habla del estrés, “que si bien no es un trastorno mental, sí es una condición que afecta la vida cotidiana de las personas”, también lo sumaron al trabajo.

¿Qué es eso del modelo? Su trabajo se para en el modelo de internalización-externalización. “La internalización tiene que ver con la angustia o el malestar que sufre la persona hacia adentro, mientras que la externalización tiene más que ver con la manifestación de ese malestar en conductas hacia afuera, como por ejemplo autolesiones, consumo de sustancias, problemas de control de impulsos, etcétera”, explica Gabriela. Ese modelo “dice que los problemas internalizantes, como la ansiedad y la depresión, tienen en común un fuerte afecto negativo, o lo que llamaríamos las emociones más negativas, además de que las personas comparten muchas dificultades para regular la manifestación de esas emociones cuando las sienten, tanto quienes tienen síntomas de ansiedad como quienes tienen síntomas de depresión”.

“Por tanto, nuestro foco estaba en entender bien esos procesos que están por debajo de los síntomas”, comenta Valentina Paz.

Prevenir antes que curar

“La idea por detrás de esto es que si uno entiende mejor estos factores comunes que atraviesan distintos trastornos, podría prevenir las manifestaciones y no llegar al desarrollo del trastorno para actuar”, sostiene Valentina. Y ese es un abordaje más que relevante.

“Los modelos más clásicos estudian el trastorno instalado, por ejemplo cuando la persona ya tiene un diagnóstico de depresión y presenta entonces todas las manifestaciones de ese trastorno diagnosticado. Si nosotros entendemos un poco más qué hay subyacente a eso, podríamos trabajar en esos aspectos antes de que se desarrolle el trastorno”, dice Valentina. ¿Cómo sería eso? “Por ejemplo, intentar trabajar en la regulación emocional antes de que eso se convierta en un problema”, ejemplifica Valentina.

Si una mala regulación emocional está en la base de los trastornos de ansiedad y depresión, mejorar esas capacidades funcionaría como medida profiláctica o, en otras palabras, como forma de promover la salud mental. “Como sabemos, no solo en la salud mental, sino en todos los ámbitos de la salud, la prevención, a largo plazo, es mucho más rentable que tratar el problema ya instalado”, apunta Gabriela.

Pero este abordaje no solo tiene consecuencias en este ámbito de la prevención, sino también en el del tratamiento. Gabriela señala que “hay terapias de determinado tipo para depresión, terapia de tal otro tipo para ansiedad”, y eso incide también en cómo se realizan los tratamientos. “Esto viene a plantear otro camino. Capaz que no tiene que ser la terapia cognitiva para la depresión, sino que podría intentarse una terapia enfocada en la regulación emocional, porque la persona puede tener depresión, ansiedad, las dos cosas, a veces una, a veces la otra. Si la regulación emocional afecta tanto a uno como a otro trastorno, este abordaje viene a mostrar otra forma de tratar también los trastornos mentales”, redondea Gabriela.

Preguntando como no se había preguntado antes

Como se hace en muchos estudios de psicología, para su investigación reclutaron gente a través de los canales de la facultad, como carteleras, redes y demás, lo que hace que la muestra no sea representativa de la población, sino sesgada. Así accedieron a 124 personas de entre 18 y 29 años –adultos emergentes, un concepto que intenta diferenciar a estos jóvenes que abandonaron la adolescencia y van hacia una adultez independiente–. Como sucede en estos casos, la muestra no es representativa del conjunto total del país. Por ejemplo, 67% tenía estudios terciarios o universitarios incompletos, algo que no se da en la totalidad de la población. Y como suele suceder en este tipo de reclutamientos relacionados con la salud mental, predominaron ellas: 101 participantes (82%) se identificaron como del sexo femenino, 20 (16%) como del masculino y 3 (2%) no aportaron ese dato.

A quienes participaron se les realizó una entrevista personal, y luego a quienes cumplieron con los criterios de inclusión se les aplicaron seis pruebas diferentes, además de un cuestionario sobre aspectos socioeconómicos.

“Sí, aplicamos el DASS, que es justamente un test de problemas de depresión, ansiedad y estrés, aplicamos el DERS, que es de regulación emocional, el AAQ, que mide la evitación, el RRS, de rumiación, y el ERQ, de supresión”, dice Valentina. Todas esas siglas vienen del inglés. DASS por las iniciales de escala de depresión, ansiedad y estrés; DERS por las de escala de dificultades en la regulación emocional; AAQ por las de cuestionario de aceptación y acción; ERQ por las de cuestionario de regulación emocional; finalmente, RRS por el cuestionario escala de respuesta rumiativa.

“Son todos cuestionarios de autorreporte en los que la persona completa una serie de preguntas con una escala clásica”, comenta Valentina. Pero además el trabajo introdujo una novedad destacable: “Creo que lo más interesante del estudio es el EMA, que es la evaluación ecológica momentánea”, dice.

¿Qué es eso de evaluación ecológica momentánea, EMA por su sigla en inglés? Pues que les mandaron preguntas por Whatsapp, dos veces al día (a las 8.30 y a las 19.00) a las 124 participantes, con recordatorios si no habían contestado antes de que se acercara el momento de la próxima tanda de preguntas.

“Eso previene los sesgos de memoria, que es algo que pasa mucho en este tipo de estudios. Si a una persona le preguntás cómo se sintió las últimas dos semanas, obviamente tendrá un sesgo de recuerdos, puede pensar que se sintió peor o mejor de lo que efectivamente se sintió. Con este cuestionario, como se envía dos veces por día y los enunciados son cortos, ya que tienen que marcar la opción con la que más se identifican, tipo ‘me siento entusiasmado’ o ‘me siento motivado’, es más fácil de responder y permite capturar mucho mejor cómo la persona se está sintiendo en el momento”, comenta Gabriela. “Creo que fue la primera vez que se implementó esa forma de cuestionario acá. Por eso nos costó un montón”, confiesa.

Para esta ocasión contrataron a una empresa que permite personalizar las preguntas e ingresar los números telefónicos ajustando algunos pocos parámetros. Pero como les gustó el asunto, no se quedaron quietas.

“Ahora estamos trabajando en desarrollar nuestro propio sistema de bots para hacerlos. Para este estudio contratamos una plataforma que ya tiene la solución integrada. Ese camino tiene la desventaja de que no es de código abierto, es una empresa extranjera, entonces nos propusimos desarrollar nuestra propia plataforma, porque nos parece que es un método súper interesante para capturar estas cosas que son muy dinámicas. Las emociones son muy dinámicas, uno no está cinco días con la misma emoción”, señala Gabriela.

“Además, esta población de adultos emergentes, que es la que nos interesa estudiar, al ser jóvenes, el contestar rápido en el celular un par de preguntas es más viable que el sentarse ante la computadora con un cuestionario largo, o que tengan que venir a la facultad. Es un método que para esta franja de edad funciona muy bien”, remarca Valentina.

Ansiedad y depresión con factores subyacentes compartidos

En el trabajo validaron el enfoque del que partieron: efectivamente, las personas que tenían síntomas de depresión, ansiedad y estrés compartían rasgos medidos por los distintos cuestionarios, en particular los que tenían que ver con malas estrategias para llevar los estados de ánimo, en concreto la rumiación y la evitación, así como una considerable desregulación emocional.

“Si las personas tienen una capacidad de regulación emocional empobrecida, tienen más probabilidades de desarrollar síntomas de depresión, ansiedad y estrés”, comenta Gabriela. En el trabajo lo reportan así: “La desregulación emocional, especialmente el acceso limitado a estrategias adaptativas, se asoció con la depresión, la ansiedad y el estrés”. ¿Ahora, qué es eso de estrategias adaptativas o no de regulación emocional? En el trabajo se enfocaron en tres estrategias consideradas desadaptativas por la literatura de la psicología: la evitación, la rumiación y la supresión.

La evitación es un comportamiento que hace que la persona evite las situaciones que le pueden causar malestar y que al principio puede resultar efectiva, pero que en el largo plazo termina trayendo problemas. “La evitación es una conducta que mantiene las fobias. Al principio puede traer alivio, por ejemplo, no ir a un cumpleaños donde va a haber mucha gente, pero a la larga termina reforzando la conducta de no salir a socializar o de mantener fobias sociales”, comenta Gabriela.

“La rumiación son los pensamientos negativos y repetitivos que se dan cuando te quedás dándole vueltas a lo mismo”, explica Valentina. “En general, la rumiación tiene más que ver con el pasado, con cosas que la persona hizo o no hizo, y en ese sentido vendría a ser lo contrario a la preocupación, que es un poco lo mismo pero hacia el futuro. “Aunque uno pensaría que eso podría ser adaptativo, porque te podría llevar a resolver algo o a buscar alguna forma de solucionar algo si se vuelve a presentar, la realidad es que la persona se queda estancada en eso. A largo plazo no es una estrategia que sea útil para bajar el malestar”, agrega.

Con dos de las tres estrategias “desadaptadas” de regulación emocional, el trabajo dio perfecto con lo que se esperaban: “La evitación y la rumiación mostraron una asociación positiva con la depresión, la ansiedad y el estrés”, dice el trabajo, es decir, cuanto más rumiación y evitación, más síntomas de esos trastornos. Sin embargo, con la tercera estrategia, la de la supresión, las cosas se complicaron.

En el trabajo reportan que “la supresión mostró una asociación negativa inesperada con la depresión y el estrés”. “Fue tan sorprendente que al principio no sabíamos qué hacer con ese resultado”, confiesa Gabriela. ¿A qué le llaman supresión en este contexto? “La supresión implica que cuando una persona siente una emoción, suprime o evita que la manifestación de esa emoción salga. Por ejemplo, estoy muy angustiada y evito llorar. Hago un esfuerzo para que no lo vean otros, o a veces simplemente porque me siento mal conmigo misma manifestando esa emoción. La supresión es no mostrar la emoción que estoy experimentando”, explica Gabriela.

“Lo del llanto es el ejemplo clásico. Pero podría ser también que te enojaste con tu compañera de trabajo, no te gustó algo, pero en lugar de plantearlo, te lo guardás. Con la supresión la persona evita que el componente fisiológico, como el llanto, o el conductual, que acompaña el malestar, salga”, amplía Valentina.

Pues bien, lo que encontraron fue que la supresión de las emociones durante el malestar, en lugar de estar asociada a mayores niveles de depresión y estrés, estaba relacionada con menores niveles. “La supresión incidió en la depresión y el estrés, pero en la dirección contraria a la que esperábamos según la literatura científica sobre el tema. Como supuestamente no suprimir y exteriorizar las emociones es bueno, a mayor supresión, mayores síntomas de depresión. Lo que vimos fue al revés: a mayor supresión, menores síntomas de depresión”, comenta Valentina.

Eso lleva a rever que la supresión sea una conducta desadaptada como dicen los estudios realizados en países del Norte global. En el caso de la ansiedad, no había efecto negativo ni positivo. ¡Rompieron el molde! “Al dar con este resultado inesperado, nos preguntamos si nos habíamos salteado algo. Pero al ver la literatura, aparecieron otros resultados similares en países latinoamericanos”, dice Valentina.

“Si bien las asociaciones de la evitación, la rumiación y la desregulación emocional con los síntomas de internalización coincidieron con los resultados obtenidos en el Norte global, el resultado relativo a la supresión constituye una divergencia significativa que cuenta con paralelismos empíricos directos en la evidencia transnacional”, señala el trabajo, citando un estudio realizado en 19 países en 2023 y mostrando que en los participantes de Brasil, México y Perú la supresión o no tenía efecto o este se veía muy atenuado en comparación con los países sajones.

“En esa literatura aparece que lo cultural es muy importante. Según qué se espera en determinada cultura de la expresión de las emociones, la supresión puede tener un efecto distinto. En culturas donde se valora la inhibición, el no demostrar las emociones, capaz que sería adaptativa. En cambio, en culturas donde mostrar lo que te pasa, no suprimir, es fomentado, suprimir no es adaptativo. Tal vez es algo cultural y por eso en América Latina también se vieron resultados parecidos a los nuestros”, comenta Valentina.

¡Un momento! Les digo que me señalen en qué estoy mal. Uno tiene una idea, totalmente preconcebida y no sometida a prueba, de que los anglosajones son menos expresivos que los latinos, quienes tendemos a ponerle emoción a todo. Desde la forma en la que nos saludamos, con abrazos, besos y palmadas estridentes, hasta el ser más ruidosos y de gesticulación más ampulosa... ¿Cómo es que ellos expresan más y nosotros parecemos valorar la inhibición?

La discusión del trabajo parece decir lo contrario: “En muestras de países de ingresos altos, la supresión en contextos individualistas predijo de manera consistente síntomas depresivos más graves y mayor estrés; en muestras de contextos colectivistas, incluidos sitios de América Latina, esta asociación se vio sustancialmente atenuada o estuvo ausente”. Nosotros, los colectivistas, suprimimos; ellos, los individualistas, expresan más. ¿Tendrá que ver el fomento de la asertividad en el mundo sajón, eso de que el líder dice claramente qué le está pasando y demás?

“Capaz que los sajones no expresan las emociones como nosotros pensamos que se deberían expresar, pero si están enojados lo dicen y no lo suprimen, no se lo guardan”, conjetura Gabriela. “En realidad, no sabemos por qué se da esto. Tal vez no hay una supresión porque ellos sienten la emoción y la manifiestan, aunque esa manifestación no sería de la manera en la que lo haríamos nosotros. Por otro lado, aquí la gente es mucho más expresiva, pero no sé si está tan validado, por ejemplo, llorar en público. Capaz que está más validado expresar emociones como la alegría, o el saludo afectuoso, pero las emociones que implican malestar no”, hipotetiza.

“Nos saludamos preguntándonos ‘todo bien’, pero si uno está horrible y le están pasando un montón de cosas, contesta ‘todo bien’ y sigue”, comenta Valentina.

“Igual, a nosotras este resultado nos parece interesante más allá del resultado en sí mismo, porque es otro ejemplo de cómo hay que empezar a darle más énfasis al estudio de nuestras poblaciones. En el trabajo hablamos del Sur global en contraposición a los clásicos estudios realizados en Europa o Estados Unidos, que son los que predominan. Pero no sabemos, como en este caso, si lo que ellos reportan para su realidad es lo que pasa acá o no”, enmarca el tema Valentina. “A veces pensamos las cosas y hacemos nuestras hipótesis basándonos en resultados que se hicieron en el Norte. Este es un ejemplo que nos dice que capaz que acá pasan otras cosas. Lo que encontramos ahora nos lleva a preguntarnos por qué encontramos esto. La verdad es que no lo sabemos. Hay que seguir estudiando por qué se está dando este efecto”, enfatiza.

Empleo y salud mental

El trabajo tiene algo que es tan maravilloso como este resultado imprevisto. O más. Es la primera vez que uno lee en un artículo científico la hipótesis de que los niveles de desempleo de Uruguay podrían tener que ver con los altos niveles de problemas de salud mental en nuestros y nuestras jóvenes.

En el trabajo reportan que, tras realizar la entrevista previa a los 124 participantes, “se determinó que 19 cumplían los criterios diagnósticos de trastorno depresivo mayor”, lo que representa a algo más del 15% del total, mientras que 11 (9%) cumplía con el diagnóstico de “fobia específica”, otros 11 (9%) con el de “fobia social”, 2 (1,6%) con el de “distimia” y 13 (10%) con el de “trastorno de pánico”. Si sumamos todo esto, 56 participantes presentaron algún diagnóstico de trastorno, lo que implica 45% de la muestra. Más aún, “63 presentaron antecedentes de trastorno depresivo mayor”, es decir que más de la mitad (50,8%) tuvo alguna vez un trastorno depresivo de importancia.

En la discusión dicen que “estos hallazgos adquieren una relevancia adicional al interpretarse en el contexto uruguayo, donde los adultos emergentes están expuestos a desigualdades persistentes y estresores sociales que pueden intensificar la vulnerabilidad emocional”. Y luego: “Por ejemplo, Uruguay presenta la tasa de desempleo juvenil más alta de la región (28,1 %), muy por encima del promedio de América Latina y el Caribe. En nuestra muestra, 46% de los participantes se encontraba en situación de desempleo”.

En el artículo también señalan que “el desempleo es un potente estresor psicosocial asociado a niveles elevados de depresión y ansiedad, así como a una disminución del bienestar psicológico, particularmente durante la adultez emergente, etapa en la que la identidad profesional y la independencia económica constituyen etapas de desarrollo fundamentales”.

Y entonces suman una cosa y otra: “Es posible que la elevada desregulación emocional y los síntomas de internalización observados en esta muestra sean atribuibles, en parte, a la carga psicológica derivada del desempleo y la precariedad económica, más que a un mero reflejo de dificultades en la regulación emocional individual. Las investigaciones futuras deberían analizar el desempleo como una variable contextual”. ¡Aplausos para esta gente!

“En la inestabilidad inherente a esta franja de adultos emergentes, la dificultad para acceder a prestaciones de salud mental, las dificultades en el empleo, el consumo de psicofármacos, etcétera, hace un combo que podría estar de alguna manera aportando al malestar en esta franja”, conjetura Gabriela.

“Esto lo proponemos también pensando en la ventana de oportunidad para intervenir. Se habla de ventanas de oportunidad en la niñez y la adolescencia como momentos claves para prevenir, pero queremos dejar claro que esta edad también tiene sus características que la hacen una etapa de riesgo particular. No son adolescentes, están en proceso de independizarse o están haciendo una carrera, y al mismo tiempo tienen esa búsqueda de identidad, el futuro. En ese contexto, el desempleo hace que sea una etapa aún más vulnerable”, señala Valentina.

“Y en lo que refiere a la salud mental, la mayoría de los trastornos se desarrollan en la adolescencia tardía o en esta etapa de adultez emergente. Entonces es un momento clave, tenemos que entender qué está pasando en los adultos emergentes para prevenir problemas a futuro. Porque si estos niveles de depresión y ansiedad se dejan así, luego de los 30 la problemática va a estar mucho más instalada”, agrega Valentina. En el trabajo hacen unas cuantas citas que muestran que si algunos síntomas son más frecuentes en esta etapa, es más probable que después tengan problemas en la adultez.

El trabajo tiene, entonces, una cosa magnífica: nos plantea dos escenarios, no excluyentes, para mejorar la salud mental de nuestros y nuestras jóvenes. Por un lado, intervenir para que tengan más herramientas para manejar sus emociones (y de paso, no solo con ellos; también deberíamos brindar herramientas de manejo emocional a niños y adultos). Si lográramos mejorar esas capacidades a nivel individual, lograríamos una mayor protección ante la depresión, la ansiedad y el estrés.

Pero a la vez, desliza que si lográramos mejorar las tasas de empleo juvenil, aunque los jóvenes tuvieran las mismas dificultades que ahora para manejar sus emociones, capaz que veríamos también una mejora en sus indicadores de salud mental. Si encima hiciéramos las dos cosas, tal vez veríamos cómo rápidamente Uruguay deja atrás los gravísimos indicadores de salud mental de su juventud.

“Eso resume algo que nosotras decimos mucho en nuestras clases: los trastornos mentales son multicausales. Hay una dimensión que tiene que ver con las características del individuo, donde entran la biología, la crianza y las estrategias de regulación emocional que adquirimos, pero hay otra dimensión que tiene que ver con lo socioambiental, con la sociedad en la que vivimos, el barrio, las oportunidades que tenemos. Todo eso también aporta al desarrollo”, comenta Gabriela.

“Entonces, sí, si empezáramos mucho más atrás, incluso generando buenas condiciones de vida para las infancias, buenas oportunidades de desarrollo para los adolescentes, buenas oportunidades de trabajo para los adultos emergentes, y además también les diéramos herramientas para que puedan regular mejor sus emociones, sin duda tendríamos un impacto en los indicadores salud mental”, apunta Gabriela.

“Sería fundamental que en el sistema educativo, en primaria y en secundaria, hubiera formación en regulación emocional, porque estas son cosas que se aprenden. La educación emocional podría ser una materia, o un taller, algo similar a como hoy se aborda la educación sexual o la educación financiera”, lanza Valentina.

“A veces se descansa mucho en las intervenciones que se pueden hacer desde la psicología. Pero no perdamos de vista esta otra dimensión de las condiciones sociales y económicas para que las personas puedan tener una buena salud mental”, sostiene Gabriela. “Por muchas intervenciones de regulación emocional que hagamos, si la persona no tiene trabajo, o si tiene pero no llega a fin de mes, si no tiene una buena alimentación o vive en un ambiente con violencia, no se va a poder solucionar mucho”, agrega.

Les pregunto qué creen que va a suceder primero en Uruguay, que mejore la tasa de empleo juvenil o que haya cursos de regulación emocional en secundaria. Las dos se miran tentadas por la pregunta. Como muchas veces sucede, la risa canaliza otras cosas.

“Hay algunas instituciones educativas que están implementando cursos de regulación emocional, así que capaz que eso pasa primero”, dice luego de un ratito Gabriela. “Creo que la ANEP [Administración Nacional de Educación Pública] tiene algunos planes de cómo trabajar las emociones en clase. Hay que ver qué evidencia empírica tienen, pero capaz que eso pasa antes, sí”, redondea.

A nuestra ciencia le pedimos evidencia. La que aquí aportaron Valentina, Gabriela y sus colegas no solo es relevante para la comunidad científica, sino que arroja puntas que podríamos seguir para combatir nuestros problemas de salud mental. Y cuando hablamos de salud, cruzar psicología con economía no parece nada descabellado.

Artículo: Emotional dynamics as a transdiagnostic factor associated with internalizing problems in emerging adults
Publicación: Emerging Adulthood (setiembre de 2026)
Autores: Valentina Begino, Camila Rivas, Santiago Cancela, Santiago Rista, Valentina Paz y Gabriela Fernández.

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