Sabemos, porque el bombardeo es constante, que el sedentarismo duplica el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares y diabetes. Sabemos también que consumir alimentos ultraprocesados en exceso puede alterar la microbiota y propiciar un estado inflamatorio crónico. Incluso tenemos presente que no descansar lo suficiente se asocia con un deterioro de las funciones cognitivas y un aumento del cortisol, la hormona del estrés. Lo sabemos. O al menos, lo escuchamos o leemos seguido. Porque, de cierto modo, los mensajes que circulan en los medios o en las redes sociales suelen encarar estas conversaciones dándole protagonismo al “cuco”: lo que hace mal, lo que va en detrimento de la salud y, claro, el castigo biológico que se espera si no se cumple con la norma.
Gran parte de las acciones de cuidado integral llegan a la persona de manera reactiva, cuando la enfermedad ya se presenta como una amenaza inminente o cuando el cuerpo emite una señal de alarma que ya no se puede ignorar. En este escenario, la salud queda reducida a la mera ausencia de enfermedad. Como si fuera un estado de tregua en el que el cuerpo es visto como una máquina biológica propensa a fallar, que hay que emparchar constantemente.
Frente a este paradigma patogénico tradicional, enfocado en el origen de las dolencias, aparece como contrapunto la salutogénesis. Este concepto, desarrollado originalmente por el sociólogo médico israelíestadounidense Aaron Antonovsky, propone un cambio radical de perspectiva. En lugar de preguntarnos únicamente qué es lo que nos enferma, el eje se desplaza hacia comprender qué es lo que nos mantiene sanos, vitales y resilientes. “Partimos del concepto de salud, trascendiendo la dicotomía tradicional de lo físico y lo psíquico”, explicó a la diaria la psicóloga deportiva Catherina Caffera. Para la profesional, la salud mental ya no puede entenderse como una entidad aislada, sino como parte de una salud integral, biológica, social y emocional. “El bienestar resulta de esa dinámica constante del cuerpo como una unidad funcional indisoluble en sí misma y con su entorno”.
Más allá del resultado, la experiencia suele dejar una sensación de capacidad y confianza que después puede trasladarse a otros ámbitos de la vida.
Caffera indicó que la salutogénesis propone crear entornos que potencien las capacidades y los recursos individuales y colectivos. Su eje es el llamado “sentido de coherencia”, que define la capacidad de las personas de percibir el mundo bajo tres premisas clave: que sea comprensible (con orden y lógica), manejable (sentir que tenemos los recursos para gestionar los desafíos) y significativo (retos que hacen que valga la pena el esfuerzo).
Abordar el deporte y el ejercicio físico desde la salutogénesis implica desafiar el significado con el que suelen estar asociados. Porque dejan de ser una medicina o un tratamiento amargo para arreglar lo que está mal, y se transforman en un motor vital. No se trata de entrenar porque se está defectuoso o porque hay que pagar algún tipo de culpa, sino, como dice Caffera, de “expandir la capacidad de estar vivos y libres”. El movimiento consciente, cuando es un desafío elegido, puede fortalecer la creencia profunda de que el mundo es un lugar donde podemos intervenir.
Esto puede verse cuando una persona que nunca había corrido logra completar sus primeros cinco kilómetros, o cuando alguien aprende una habilidad física nueva, como nadar o levantar peso. Más allá del resultado, la experiencia suele dejar una sensación de capacidad y confianza que después puede trasladarse a otros ámbitos de la vida.
El cuerpo, ¿medida de éxito?
“La industria del fitness, junto con el sistema general de consumo, suele usar el concepto de salud como caballo de Troya para imponer o sostener estéticas que sostienen, a su vez, mandatos hegemónicos”, afirmó Caffera. Lo asoció también con el concepto de biopoder de Michel Foucault, que tiene que ver con el control de los cuerpos mediante normas estéticas. Y alcanza con scrollear unos segundos en cualquier red social para notar esto. Es que, bajo el ala de la cultura del bienestar, se camuflan mandatos estrictos de delgadez, hipermusculación y eterna juventud que, muchas veces, poco tienen que ver con la vitalidad y mucho con el control social.
¿Cómo distinguir si alguien entrena para encajar en un molde social o para construir su propia autonomía? Caffera propuso observar el origen de la motivación a través de la mirada de la psicología sistémica: “Podemos preguntarnos si la persona entrena para cumplir con una lealtad al sistema social, para diferenciarse o para ganar autonomía y autoconocimiento”. Y planteó que las consecuencias psíquicas de ambos caminos son bien distintas: “Entrenar para el molde genera ansiedad y rigidez cognitiva; entrenar para la autonomía desarrolla curiosidad y flexibilidad”.
El problema radica en lo que se sigue considerando como marcador del éxito. “Si el logro en el entrenamiento se reduce a un número en la balanza, a una medida muscular o a un talle, el cuerpo se transforma en objeto, distante y ajeno”, advirtió la especialista. En ese sentido, pasaría a ser una herramienta que debe ser optimizada y cuyo valor se basa en la deshumanización de la cuantificación y la priorización absoluta de datos (una línea de alienación que el alto rendimiento roza de manera muy cercana, según la psicóloga).
“Sin embargo, si el éxito es la mejora de la percepción de autoeficacia, la alegría y la autonomía personal, el cuerpo se vuelve sujeto: algo que somos y no algo que tenemos”, contrapuso Caffera. Y es en esa línea cuando el movimiento recupera su condición de expresión de la existencia, un diálogo constante donde sentir, pensar y tomar decisiones se integran usando la totalidad de los sentidos, incluyendo la interocepción (la capacidad de sentir nuestro cuerpo interno) y la propiocepción (el registro de nuestra ubicación en el espacio), según detalló la psicóloga.
El disfrute más allá del resultado
El ejercicio, por definición, es la actividad física planificada, estructurada y repetitiva que se hace para mejorar o mantener la salud y la condición física. En cambio, el deporte es una actividad física que se realiza en un marco reglamentario y tiene como fin la competencia.
En tiempos donde todo es medido (con relojes, anillos y celulares inteligentes) y compartido, la obsesión con el resultado final se vuelve inminente. Y así, el rendimiento y la productividad parecen ser las únicas métricas válidas o likeables cuando se barajan las motivaciones por las cuales las personas entrenan.
Y el terreno deportivo no es ajeno a esto. Los clubes, las ligas y las canchas suelen ser terrenos donde predomina la competencia más feroz, la presión externa y la lógica binaria de ganadores y perdedores. En ese contexto, ¿es posible transformar un espacio regido por reglas estrictas en un territorio positivo para la salud mental?
Caffera aseguró que sí, que “el espacio de la cancha o territorio deportivo sirve como laboratorio y se puede transformar en un terreno fértil en salud”. ¿Cómo? Desde la psicología del deporte, la experta propone “trabajar enfocándonos en los procesos, apoyándonos en el entrenamiento mental” y considerando la dicotomía mente-cuerpo. En esta misma línea, los errores se deben tomar como datos y no como juicio, porque allí radica el verdadero “combustible de la plasticidad cerebral”, afirmó.
Por otro lado, explicó Caffera, es importante trabajar sobre las fortalezas preexistentes del deportista, ya que son la base que permite potenciarlo para lograr sus objetivos, tanto en la competencia como en lo personal. Desde la neurociencia, esto tiene que ver con crear nuevos caminos neuronales a partir de los ya existentes, para generar nuevas oportunidades.
Cuando un deportista, sea de élite o alguien que corre de forma amateur los fines de semana, siente que el desafío que tiene enfrente es comprensible, manejable y, por sobre todo, significativo, la resiliencia aparece de forma orgánica. Y como dijo la especialista: “La cancha, el mat, la alfombra, el agua, el polvo de ladrillo, la pista, el terreno, se vuelven un simulador de la vida donde aprendemos a caer y levantarnos sin que el marcador defina quiénes somos”.
La libertad también se entrena
Más allá de trabajar los músculos, la técnica o el rendimiento, entrenar es una herramienta que genera autonomía. Como remarcó Caffera, “el gimnasio o las canchas de juego son espacios que posibilitan el despliegue de las libertades personales”. Porque además de entrenar capacidades físicas, se ponen en juego funciones ejecutivas, la regulación emocional y la interacción social.
“Cuando se aprende a dominar una habilidad física, el cerebro recibe un mensaje muy potente que nos dice que somos capaces de modificar nuestra realidad a través de la acción; y esto roza de cerca la práctica de la libertad”, indicó la entrevistada. Y, como el órgano plástico que es, el cerebro puede ser esculpido por la intención y la voluntad.
“Superar un reto deportivo o físico es una metáfora corporal, que se ancla en el inconsciente y se registra en el cuerpo. Luego se traslada a la vida de cada persona”, reflexionó la psicóloga. Es en la dinámica de probar, fallar y volver a intentar que el deportista encuentra una información sumamente útil que luego aplica en su toma de decisiones profesionales y personales, según señaló la experta.
Conocer nuestros propios límites y posibilidades es, según la entrevistada, un camino hacia la libertad personal y el desarrollo de la neuroplasticidad autogestiva. Esta idea también se vincula con el concepto de flow, definido en la década del setenta por el psicólogo húngaro-estadounidense Mihály Csíkszentmihályi. Se trata de un estado de concentración plena que aparece cuando el desafío y la habilidad están en equilibrio. En ese momento, la acción fluye de forma natural, potenciando la autonomía y la sensación de control.
El movimiento como un acto de resistencia
Entre tanta hiperestimulación digital, ¿dónde está puesta la atención? Caffera entiende que esta habilidad psicológica, que se puede entrenar y desarrollar, está fragmentada y fuera de nosotros constantemente. En contrapartida, el movimiento físico nos permite “volver a ser dueños de nuestra propia existencia”.
La psicóloga vinculó esta idea con los planteos del neurólogo Antonio Damasio, quien sostiene que la consciencia también surge de la experiencia corporal. En ese sentido, moverse implica, como dijo Caffera, “romper la quietud y la disociación digital, y percibirnos en tiempo presente”. “No pensamos solo con la cabeza, sino con todo el cuerpo. Cuando el cuerpo se vuelve más ágil y capaz, también se amplían nuestras posibilidades. El movimiento no solo cambia el mundo, sino también aquello que creemos posible”, concluyó.