la diaria Cine, TV, streaming

NAZA.

El genocidio visto por dentro: el documental NAZA

La película sobre el accionar israelí en Gaza sigue en cartel en Cinemateca.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

NAZA es el nuevo documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, los realizadores israelíes que, junto con dos colegas palestinos, hicieron la conmovedora No Other Land (2024). Aquella película abordaba la situación terrible de los palestinos expulsados de sus tierras por los militares y colonos israelíes en una localidad de Cisjordania, antes de los ataques de Hamas de octubre de 2023. La nueva película aborda las acciones militares israelíes en Gaza después de ese ataque, al que usaron como pretexto.

El documental se ha convertido en uno de los eventos cinematográficos del momento. Mereció una ronda de aplausos de 24 minutos y medio (un récord) en el Festival de Venecia, en el que ganó el Premio Especial del Jurado. Es distribuido internacionalmente por MK2 para exhibición en salas de al menos 56 países y fue producido esencialmente por el diario británico The Guardian. Participaron también los productores británicos Joe Wilson y Jonathan Glazer, responsables de Zona de interés (2023, dirigida por Glazer).

Lo central en NAZA son 24 entrevistas a militares israelíes directamente involucrados en las operaciones en Gaza. En el correr de dos años y medio, esas personas fueron entrevistadas por Abraham (quien, al igual que en No Other Land, queda como la cara más visible de la pareja de directores) durante la noche, en azoteas de edificios de Tel Aviv. Sus identidades fueron cuidadosamente disfrazadas: mientras que al documentalista lo distinguimos en claroscuro, los entrevistados aparecen como siluetas. Sus voces suenan naturales, pero se dice que están manipuladas digitalmente para impedir su identificación. En las muchas tomas en las que trazan esquemas sobre un papel describiendo aspectos de los operativos militares, las palabras escritas aparecen desenfocadas, para impedir cotejos caligráficos.

Daños no tan colaterales

El alcance de las entrevistas va en aumento. Luego de una breve exposición sobre los ataques de octubre de 2023, el montaje de la película se concentra en la manera en que Israel se ocupó de establecer, desde 1970, los sistemas de comunicación de la Franja de Gaza, de modo que sus servicios de inteligencia tienen acceso total a todas las conversaciones telefónicas. Ante la imposibilidad práctica de escuchar todas las conversaciones de toda la población de Gaza, un sistema informático llamado Lavender se ocupa, con herramientas de inteligencia artificial, de estudiar ciertos comportamientos, selecciona aquellos que se parecen a los de los integrantes de Hamas y define, con un error estimado en 15%, los blancos de los ataques israelíes.

En los ataques en sí, suele haber una evaluación de la cantidad de víctimas que no son combatientes o integrantes de Hamas, que, según cuentan los entrevistados, son aludidos como NAZA, abreviación del hebreo nezek agavi (“daño colateral”). Antes de realizar el ataque letal contra un integrante de Hamas (o alguien que, según Lavender, probablemente sea uno a juzgar por su forma de comportamiento), evalúan cuántos NAZA habrá: pueden ser uno, cinco, 20... y en un caso hablan de un ataque con 500 NAZA.

Si bien la parte inicial de la película parece concentrarse en esa lógica de liquidar a cuantos integrantes de Hamas sea posible identificar, tomando a las víctimas inocentes como “daños colaterales”, más adelante se aborda la política de evacuación de extensos territorios de Gaza y el exterminio de quienes no quisieron o no pudieron desplazarse, además de la demolición de las construcciones para impedir el regreso de las personas evacuadas. Se describe cómo francotiradores disparan sobre personas que acuden a hacerse de la ayuda alimentaria a los desalojados. De pronto, la identificación de blancos se expande: cualquiera que haya entrado en contacto con organismos internacionales o haya hecho gestiones diplomáticas tendientes a la constitución de un Estado palestino se maneja como sospechoso. Parece ser, entonces, que los civiles muertos no serían meramente daños colaterales en el intento de eliminar una organización militarizada enemiga, sino que la política sería la de borrar a la población no-judía de Palestina.

A la hora de metraje, más o menos, surge la palabra que viene siendo usada como divisora de posiciones en esta cuestión. Abraham pregunta: “¿Llamarías lo que ocurrió un genocidio?”, y el entrevistado contesta, sin titubear: “Sí. Totalmente”.

Banalidad del mal

No sé si fueron consideraciones de seguridad (para proteger el anonimato de los entrevistados) o de agilidad cinematográfica, pero los fragmentos de cada entrevista son relativamente breves. Esta opción tiene asidero para garantizar el amplio público que la película viene teniendo y colaborar, por lo tanto, con su función militante. Por otro lado, ese tipo de montaje no ayuda a eliminar sospechas de selectividad tendenciosa de parte de los realizadores, o contribuye a dejar algunas cosas en el aire.

En tres o cuatro ocasiones, Abraham parece interpelar a sus entrevistados: por ejemplo, cómo pudo bombardear un hogar si estaba escuchando, en las conversaciones telefónicas monitoreadas, el llanto de un bebé. Sin embargo, nunca vemos a ninguno de ellos derrumbarse o mostrar remordimiento, como finalmente acababa ocurriendo en El acto de matar (2012), de Joshua Oppenheimer, quien entrevistaba a algunos de los ejecutores de la matanza de oposicionistas en Indonesia en 1965-1966. ¿Será porque son soldados sometidos a un duro entrenamiento y que no exponen sus debilidades en cámara? Cuando enuncian frases como “mi rol era técnico” o “hay que confiar en el sistema”, no llega a quedar claro si están tratando de atenuar su propia culpabilidad amparándose en el hecho de que obedecían órdenes y eran parte de una maquinaria, o si sencillamente se observan a sí mismos, con crudeza pero también con frialdad, ya súper conscientes del concepto de Hannah Arendt de la banalidad del mal (que nunca se menciona). Uno cuenta que estuvo en Polonia y visitó los sitios dedicados a la memoria del Holocausto: “Sigo viendo a esos nazis como malvados, pero, entonces, ¿qué implica eso con respecto a qué soy yo?”.

Más allá de las implicancias con respecto a cada uno de los militares declarantes y los efectos de esas operaciones sobre su paz de espíritu, relatan un clima general que a veces bordea el odio (la noción, prevaleciente luego del 7 de octubre de 2023, de que “no hay inocentes en Gaza”). En algún otro caso, quizá más aterrorizante, el entrevistado dice no haber detectado ningún sentimiento antiárabe, y sí la manera en que los operativos terminaban reduciéndose a una especie de juego. Cito de memoria: “Cumplir misiones te hace sentir que todo tiene sentido y es divertido”. Creo que es ese mismo declarante quien observa que el comando ofreció asistencia psicológica a quienes habían participado en esos operativos, pero que nadie sintió que la necesitara.

Ventanas

El rodaje en las azoteas durante la noche genera una textura visual particular, con esos edificios altísimos, las ventanas iluminadas alrededor y el ruido de tráfico, omnipresente, continuo y lejano. Pero la cámara con frecuencia devanea por los alrededores. A veces enfoca hacia abajo, y el lente teleobjetivo es tan extremo que ya no se distinguen puntos de fuga en la perspectiva de las calles y construcciones, como en las viejas pinturas japonesas. En su estilo límpido, controlado, con la cámara quieta o en movimientos rectilíneos y homogéneos, el director a veces busca alrededor las ventanas de los apartamentos vecinos. Siempre con el cuidado de no mostrar rostros, vemos en esos interiores bien amueblados distintas personas que miran televisión o hacen yoga o reposan, es decir, que llevan su vida con tranquilidad.

Esas digresiones de la cámara a veces son un contrapunto visual para las entrevistas, y otras son interregnos entre una conversación y la otra. Tienen un efecto potencial múltiple. Pueden mostrar que, mientras los entrevistados narran las cosas horribles que hicieron y vieron hacer en Gaza, buena parte de la población israelí sigue su vida apacible, quizá ajena a esos eventos o, más probablemente, a pesar de ellos. Esas tomas pueden funcionar también como espejos: probablemente los espectadores de otras partes del mundo que estamos viendo NAZA vivamos así nuestro día a día y seamos parte de la masa que se mantiene pasiva mientras se cometen este genocidio específico y otras matanzas más.

En forma más directa, esos hogares prolijos y relativamente resguardados contrastan con una Gaza reducida a escombros, tal como se ve en la punzante escena final, el único momento de drama visualizado: una toma de archivo hecha con un celular en que vemos un padre palestino desesperado al encontrar su hogar destruido, mientras grita hacia los escombros para ver si alguno de sus hijos o su esposa sobrevivieron.

Aparte del predominio de las tomas desde la azotea, hay algunas imágenes de archivo, mayormente breves registros de la historia de Israel en general y de Tel Aviv (siento que un poco más de eso hubiera sido bienvenido). Hay una muy llamativa declaración de Benjamin Netanyahu del tiempo en que era embajador de Israel en la ONU, en 1986 (tenía 37 años), en la que dice: “El terrorismo es el ataque, asesinato, mutilación y amenaza sistemáticos y deliberados contra civiles inocentes, con fines políticos”. La inserción de ese fragmento en la película tiene un sentido claro: si lo expuesto por los entrevistados es verdad, en función de esa definición propuesta por el mismísimo Netanyahu, las fuerzas armadas israelíes perpetran actos de terrorismo.

Reacciones y contrarreacciones

La película suscitó reacciones de parte del gobierno y de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y quienes comulgan con sus causas. Hubo comunicados desmintiendo o desautorizando varios de los aspectos de la película. Insistieron en que Lavender nunca fue una fuente única de identificación de blancos de ataque y que siempre fueron sometidos a evaluación humana cuidadosa, que no hubo ningún ataque con algo cercano a 500 NAZA, y la cifra máxima por un ataque aislado se ubicó “bien abajo de 100”. Ninguna autoridad gubernamental israelí parece haber llegado al extremo de sugerir que Abraham y Szor hayan falsificado los testimonios, pero concluyeron que, según lo que podía desprenderse de la película, sus entrevistados fueron militares de bajo rango que no habían participado en las tomas de decisión ni comprendían cabalmente sus mecanismos, que serían mucho más cuidadosos que lo que se desprende de la película.

Netanyahu dijo que la película es una “incitación antisemita” (en su sentido imperialista para decir “antijudío”, ya que, por supuesto, los palestinos también son semitas). El primer ministro llegó incluso a proponer (al parecer, sin mayores consecuencias que las de reforzar su propia imagen autoritaria e intolerante) un proyecto de ley que permita revocar la nacionalidad israelí a “cualquiera que difame a los soldados de las FDI”, con el objetivo inmediato de desterrar a Abraham y Szor, y se realizó, en forma apresurada, un contradocumental titulado NAZA. The Real Story (ver recuadro).

The Guardian, a su vez, salió en defensa de la película, tratándola como si fuera una producción periodística del propio diario en lo que refiere a los criterios de corroboración, que habrían incluido filtraciones de documentos clasificados, confrontación de las declaraciones de los entrevistados con el análisis de una muestra de ataques específicos a blancos en Gaza, además de entrevistas de respaldo a otro centenar de personas. El trabajo periodístico tiene como fin demostrar que de ninguna manera se les puede acusar de haber sacado un producto amparado únicamente en información proporcionada por soldaditos mal informados.

Aun si se tomara su acusación de antisemitismo en su sentido, vuelto habitual, de “antijudaísmo”, la acusación de Netanyahu es rebuscada, ya que los directores y los declarantes de la película son judíos, al igual que Jonathan Glazer, Joe Wilson y Marin Karmitz (cuyas iniciales dan nombre a la distribuidora MK2). Ninguna de esas personas parece estar incitando a nadie a un sentimiento global contra el grupo humano al que ellos mismos pertenecen.

Uno siempre puede asumir que Abraham y Szor tienen intereses personales en asumir su posición oposicionista, que sería destacarse, como efectivamente se vienen destacando, en el panorama cinematográfico internacional al adherir a una causa que suscita simpatías en el círculo en que se mueven (festivales de cine, circuitos que exhiben documentales y cine de arte). Aun si uno intentara desmerecer a los cineastas, cuesta entender cuál sería la motivación de los militares declarantes, quienes, además, permanecen anónimos. Y por más que fueran, como sostienen las FDI, militares de posición subordinada que solo entienden la superficie de sus propias acciones, si presuponemos que están siendo sinceros, ellos atestiguaron lo que atestiguaron, y lo que se desprende de ello es espantoso.

Algunas de sus declaraciones refutan las refutaciones oficiales, como cuando un entrevistado comenta que es absurdo el argumento de que los integrantes de Hamas usan “escudos humanos” para defenderse, si con eso se refiere meramente a que el sospechoso vive en su apartamento junto con su familia. Otro declarante cuenta cómo, en los primeros meses, hubo mucho menor preocupación por los NAZA, según él, para aprovechar el clima de legitimidad internacional en los momentos inmediatamente posteriores al 7 de octubre, y antes de que empezara a escandalizar la desproporcionalidad entre las 1.200 víctimas fatales de ese ataque de Hamas y las 73.000 de las acciones israelíes, una cifra tan solo de muertos, sin hablar de sufrimientos diversos entre heridos, desalojados o gente que perdió a sus familias o está pasando hambre.

Contrainformación

NAZA. The Real Story, dirigida por Hagay Gutman y Nik Kluev, la película-respuesta oficial a NAZA, es una realización bastante cruda. El hecho de que también se llama NAZA (con un subtítulo) y de que también se basa en entrevistas a militares anónimos en azoteas de Tel Aviv, y que no tiene alusión explícita a la película de Abraham y Szor, puede funcionar como desviación, aprovechando la bulla alrededor del documental para atraer vistas a esta versión, que está disponible en Youtube.

A diferencia de la NAZA original, tiene un montón de imágenes de fuentes militares, tomadas con cámaras corporales tipo GoPro, que muestran distintas instancias de habitaciones de niños de Gaza que, entre ositos y pintadas de Mickey, ocultan fusiles Kalashnikov o granadas de mortero. La película está llena de generalizaciones denigrantes de los integrantes de Hamas y de exaltación de los soldados israelíes, sobre una constante música ominosa.

Transcripciones de algunos dichos: “Las FDI son un ejército humanitario que otorga enorme importancia a no lastimar civiles e inocentes”, mientras que Hamas se caracteriza por “su uso cínico de mujeres y niños y su desprecio por el valor del ser humano y el valor de la vida”. “No atestigüé ni un solo caso en los dos años en los que peleé en la Franja de Gaza en que se haya disparado sobre alguien inocente”. Se dice también que nunca faltaron alimentos en Gaza, y que el problema es que Hamas secuestraba todo el alimento que había para fortalecer a sus integrantes, en detrimento de la población civil, mientras prepara “el próximo 7 de octubre”. Se muestra a alguien que se dice ser un guerrillero de Hamas disparando en los tobillos de un civil palestino para que no pueda evacuar una zona y, de esa manera, protegerla de los ataques israelíes (ya que las FDI nunca atacan a civiles). También se comenta que fueron requisadas copias de Mein Kampf traducidas al árabe y libros infantiles para colorear con ilustraciones de soldados israelíes matando niños árabes.

Son dos versiones muy distintas de los eventos. Más allá de que, descontadas las generalizaciones, podría haber una parte de razón en cada una de esas películas, queda claro que una de ellas se dirige a un público infinitamente más sutil que la otra.

NAZA. 80 minutos. En Cinemateca.

¿Te interesa la cultura?
None
Suscribite
¿Te interesa la cultura?
Recibí la newsletter de Cultura en tu email todos los viernes
Recibir