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Cultura Música
Boîte · Foto: Difusión

Boîte

Foto: Difusión

“Hay mucha belleza en la fragilidad”: Griselda Siciliani llega a El Galpón con una doble función de Boîte

La actriz argentina protagoniza un musical ambientado en la década de 1970.

Griselda Siciliani tiene la absoluta convicción de que su verdadero arte se nutre sobre las tablas del teatro. Formada con rigor en artes escénicas, baile y canto, la talentosa actriz argentina percibe su exitoso paso hacia la pantalla grande no como un punto de partida, sino como la consecuencia natural y orgánica de un largo y apasionado camino recorrido en el teatro. Esta misma esencia vuelve a brillar ahora cuando, junto al reconocido coreógrafo, actor, bailarín y cantante Carlos Casella -tras varios trabajos como Estás que te pelas, Sputza y Pura Sangre-, dan vida a Boîte, un espectáculo explosivo e inmersivo que confirma la química de la dupla moldeada por años de historia compartida.

Bajo la dirección de Ana Frenkel (Fuerza bruta), la creación musical de Diego Vainer (conocido por su trabajo en teclados y arreglos junto a Fito Páez, Vicentico y Charly García), la dramaturgia está inspirada en el espíritu de los años 1970. Por entonces, los boliches conocidos como boîtes -pronúnciese “buats”- no eran solamente clubes nocturnos, sino territorios de misterio, seducción y estatus que la obra recupera con la estética del cabaret para transformarla en una experiencia contemporánea, vibrante y provocadora. El resultado es un intenso y emocional repertorio de música, baile, humor y catarsis que atraviesa la risa, la sensualidad, el drama y la celebración, transportando los espectadores a distintos ambientes emocionales.

Antes de la doble función del miércoles, Sciliaini conversón con la diaria.

Después de varios éxitos, con Carlos Casella ya tienen una complicidad y un lenguaje escénico muy marcado, ¿qué tiene Boîte que no hayan explorado antes juntos y cómo se renueva esa dinámica tras tantos años de trabajo compartido?

Creo que es justamente el no explorar nuevos terrenos; nosotros tenemos muchas facetas, hicimos espectáculos muy distintos y este terminó siendo el tercero de la trilogía. Al principio no iba a ser así, era algo más teatral y que tenía que ver con la danza, con el movimiento y la poesía. Y en un momento sentimos que teníamos que ir hacia el show, que teníamos que hacer este tercer espectáculo. Todo el proceso creativo fue antes; de ir por un montón de lugares, de cosas que descartamos. Así las cosas se ven más ricas, porque no es lo que elegimos hacer, sino qué elegimos no hacer. Boîte es una fiesta, puede pasar de todo; es reencontrarnos en nuestro espacio de total confort, es regresar a eso transmite mucha felicidad, lo que nos gusta, lo que sabemos hacer, nuestro deseo más profundo. Y empezamos a trabajar con Ana Frenkel, que nos dirige y nos conoce muchísimo, con la idea del capricho como motor artístico, basándonos en la fuerza que tiene nuestra química arriba del escenario.

Vos tenés una trabajo de bailarina muy fuerte. ¿Cómo es eso de pasar de ficciones a bailar y cantar arriba de un escenario atravesado por el humor?

Ese es mi hogar, de ahí vengo: de la danza, del humor, del teatro y del escenario. Después apareció en mi vida lo audiovisual, pero no lo tenía pensado, no pensaba que era para mí; fue la consecuencia de lo anterior. Me ofrecieron un personaje en una serie hace 21 años [Sin código] y descubrí que ese lenguaje me gustaba pero mientras tanto seguía haciendo teatro, que es lo mío. Después, la actuación tomó por completo mi escena y empecé a hacerme cargo de que era una actriz, de que había algo ahí que profundizar. Lo audiovisual me fue fascinando y fui entendiendo que era un lenguaje también muy rico para explorar.

Traen un concepto muy setentoso y lo bajan a la escena contemporánea, eso de misterio, seducción, de donde uno quiere que lo vean. ¿Cómo lo adaptaron al mundo de ahora?

Justamente, lo usamos como concepto de exhibición, de libertad, de que cualquier cosa puede pasar, de que cualquier música se puede escuchar; usamos ese concepto para la creación, pero en realidad no es que se cuente algo particular de la época, sino que uno siente ese ambiente. Es difícil de describir, es como que el olor del espectáculo es el olor de una boîte, de algo festivo y a su vez íntimo.

¿Y cómo hicieron para instalar esa atmósfera de intimidad, oscuridad y nocturnidad en un teatro con una banda en vivo que es, además, como el tercer personaje del show?

Los músicos están muy metidos con nosotros en la escena y eso se nota en la puesta, en todas nuestras decisiones, en las luces. Es un espectáculo de una estética muy particular, con artistas que elegimos especialmente y que trabajan con nosotros desde hace 20 años en diferentes cosas: Alberto Negrín en la escenografía, Pablo Ramírez en el vestuario, Gonzalo Córdoba en las luces, Diego Vainer en la música. Todos conocen mucho nuestro recorrido pero a la vez tienen su propia firma artística; Alberto hizo la escenografía con lo que a él le pasó con Boîte, trabajamos muy colectivamente, es una creación absolutamente desde la grupalidad.

¿Y qué sentís que le pasa a la gente cuando tiene una banda en vivo en una obra de teatro?

Con Carlitos somos fan de que los músicos estén en vivo. Cuando empezamos a pensar pensamos que era más caro, que era más engorroso ensayar porque una cosa es ensayar solo dos personas con una pista de fondo y otra es ensayar con una banda en que somos muchos. Pero hay algo de nuestro estilo que es con los músicos ahí, siento que no podríamos hacerlo de otra forma, es nuestra manera, lo construimos ahí con ellos, hay algo que pasa con la música en vivo que se siente de otra forma y que define el lenguaje del espectáculo.

Boîte es un viaje emocional: del humor pasan al baile, al canto, al llanto. ¿Cómo cambiás de un sentir a otro, de una impronta a otra?

A diferencia del cine, que es más fragmentado y que vas escena por escena, hay algo del teatro cuando está bien construido y la dramaturgia acompaña, que es un viaje. Y que cuando ese viaje está bien desde que te subís al tren hasta que te tenés que bajar, es inexplicable cómo las emociones y los estados te van sucediendo. No hay que pensar en nada, simplemente hay que estar presente, no es que vos tenés que cambiar de chip, te pasa natural, orgánicamente.

La toma de decisiones en el proceso creativo puede ser a favor o en contra, a veces te toca hacer un espectáculo que decís qué mal que eligieron todo acá, tengo que hacer un esfuerzo para actuarlo, es todo fuerza actoral. Pero estos espectáculos, que son creados por nosotros, son una fiesta porque nos lo armamos para que nos suceda lo que nos tiene que suceder, está armado para eso y porque nosotros supimos cómo. No es improvisado, todo está puesto para que ese escalón te lleve al otro y el otro al otro, no me tengo que armar nada, no necesito equipaje. Pongo el pie en escena y el espectáculo está hecho para que se vea liviano y eso se nota.

¿Qué expectativas tenés para Montevideo?

Yo espero que pase lo mismo que en Buenos Aires y otras ciudades porque lo que pasaba nos sorprendía cada noche, como si el público entendiera mejor que nosotros el espectáculo. Y pasaba por todas esas emociones juntas: de golpe escuchaba las carcajadas y luego te decían “pero la parte que lloré, cómo hicieron eso”. Bajás y subís. Es un espectáculo muy cálido, es amable con el público, que te abraza, no te expulsa.

En tus últimos trabajos audiovisuales venís de personajes muy fuertes: Envidiosa, Menem, Moria. ¿Cómo es pasar del audiovisual todo guionado a algo físico arriba de un escenario en el que pasan mil cosas y no hay cortes?

Lo siento bastante al revés, siempre estoy haciendo algo arriba del escenario, siempre estamos ensayando algo, siempre estoy en el teatro y al mismo tiempo, hago cine y series. Mi formación tiene que ver con el cuerpo en el espacio, mi obra siempre está atravesada por la corporalidad y cuando me llaman saben que va a haber algo de eso. Si yo voy a hacer de Moria seguramente el personaje va a tener humor y va a tener el cuerpo expuesto y ridiculizado, en carne viva y sin mucho prurito por una estética perfecta. Hay algo de eso que ya lo traigo conmigo y, a esta altura, el director que me convoca sabe que va a trabajar con esa esencia mía, entonces no lo siento tan diferente. En el teatro no hay post producción, es lo que te está pasando, es de los pocos recintos culturales que van quedando donde no hay esa cuestión de la perfección. El público te está viendo de donde te está viendo no desde donde ponen la cámara; hay algo de lo que sucede de poder estar presente y conectado con esos otros que están mirando y que forman parte de la ceremonia, indispensables para que esa ceremonia se produzca. Una ceremonia única, irrepetible de esa función, una experiencia colectiva que pasó en ese momento.

Hay mucho de la fragilidad y vulnerabilidad en la actriz de teatro.

El teatro tiene esa fragilidad, por eso es tan potente. En los personajes de Vicky en Envidiosa o de Moria hay mucho vaivén, mucho empoderamiento y a la vez sentirse frágil y chiquita; mi personaje en Boîte navega por esas fortalezas y esas vulnerabilidades. Mi personaje es eso, es la carencia y la expansión en un mismo rol, esa contradicción total de sentirte súper poderosa y también una mierda en el mismo al mismo tiempo. Hay como mucha belleza en la fragilidad, mucha credibilidad e identificación en la rotura de los personajes. Y que pase lo que pase, pero no desde la improvisación, sino desde la libertad de que a cada uno lo sienta como lo quiere sentir y del privilegio de darnos el gusto de hacer lo que queremos hacer.

Boîte. Miércoles 4 de Noviembre a las 20.00 y a las 22.00 en El Galpón (18 de Julio 1618). Entradas en RedTickets desde $2480 a $3680.