Parecía haber un consenso en esta 83ª Mostra de Venecia, tras once días y veintiuna películas a concurso: el merecedor del León de Oro sería el cineurgo coreano Lee Chang-dong. Y sin embargo, el jurado presidido por la directora y actriz norteamericana Maggie Gyllenhaal se salió por la tangente al conceder su máximo premio a la película danesa Woman Unknown, la única dirigida de manera unipersonal por una directora.
Así, el desenlace de la Mostra -cuya semántica extracinematográfica entroniza a un filme por razones ajenas a su estricto valor artístico– nos devuelve al día 1 del festival, cuando su director, Alberto Barbera, respondió a los ataques que recibía ante el hecho de que solo hubiera dos realizadoras entre las 21 películas en competencia. Barbera afirmó que en la Mostra se seleccionaban las que consideraban que eran las mejores películas. Sobre esto lo reconvino, de alguna forma, Gyllenhaal, con un discurso valorativo de las percepciones de género y la imposición de la mirada masculina en los gustos. La cosa quedó ahí, pero quién duda que Gyllenhaal había tomado nota y esta tensión dialéctica invadió -y en cierta forma deslegitimó- el palmarés nada menos que en su cima, la de la elección del León de Oro.
Comencemos por la película que realmente lo merecía: Un amor posible, de Lee Chan-dong. Es un autor eminente que se caracteriza por no prodigarse, ya que desde su obra anterior, la soberbia Burning, han transcurrido ocho años.
Un amor posible es uno de esos indiscutibles, por apabullantes, trabajos de decantación de un maestro. Se trata de esas películas que se presienten como carne de Cannes. Y es muy probable que así hubiera sido, de la misma forma que todos los filmes recientes de Lee Chang-dong, pero por se cruzó Netflix. La plataforma es productora esencial de _Un amor posible: y, en consecuencia, la carrera de la película en salas no existirá o se reducirá a su mínima expresión. Por eso Cannes, leviatán de los festivales internacionales clase A, rompió relación hace ya varios años con todo lo que lleva sello Netflix y no considera a esas películas para su programación.De esta guerra o fractura se ha venido beneficiando durante la última década la Mostra. No pocas de las películas más relevantes o con mayor pegada en el foco internacional en este tiempo llegaban al Lido con la marca Netflix, tras ser estigmatizadas por Cannes.
Otra vez, la Mostra recibió en su competencia oficial una transfusión de talento y de prestigio sin valor calculable: la firma de Lee Chang-dong, todavía más preciada en una temporada en la cual Hollywood no se presentó. Desde la llegada de Barbera a la conducción del festival la industria norteamericana comenzó a encontrar un espacio idóneo en la apacible Laguna de Venecia, con un panorama amansado en cuanto a la tensión de la crítica. El festival se volvió un campo estratégico para el lanzamiento de sus campañas previas a los Oscar.
Por las razones que sean, este año las películas de ese perfil glamouroso y de peso, las que disparan la atención del spotlight mundial sobre la alfombra del Lido, fueron cayéndose del programa. Pasó con directores ya habituales como González Iñárritu y su Digger, con un Tom Cruise avejentado, o David Fincher y su muy esperada secuela del Érase una vez en Hollywood tarantiniano, de nuevo con Brad Pitt, e incluso con Luca Guadagnino y Artificial, su película sobre Silicon Valley y la IA.
De hecho, la excepción, el único gran título made in USA que entró en la selección, Wild Horse Nine, del británico ganador y nominado al Oscar Martin McDonagh, fue la otra película de valor artístico excepcional junto a la de Lee Chang-dong. Vamos con ellas.
Las que valen la pena
Un amor posible es un tenso y medido drama en torno al sadismo social en una sociedad de turbocapitalismo rampante como la de Corea del Sur. Su historia entrecruza y mezcla de manera crecientemente insana a dos familias: la de la mujer de un millonario empresario de la nueva economía especulativa, que quiere ser directora de documentales sociales, y la de quienes son objeto de su estudio, casi carne de cañón para su cámara despiadada: un matrimonio destrozado después de que el hombre es despedido de manera traumática de una empresa en donde luchó contra el ajuste de empleo y fue apaleado.
El de Lee Chang-dong es, pues, un drama de opuestos. Un siente un pobre a su mesa (recuerden Plácido, del español Luis G. Berlanga) en el que las contradicciones se van agudizando hasta llegar a un fin de semana en la exclusiva casa junto a la playa de los ricos de la función. Estamos ante un argumento que tiene concomitancias con el de Parásitos, de Bong Jong Ho, pero es en realidad su opuesto. Los troyanos aquí son los opulentos, dispuestos a terminar de carcomer la vida ya demolida de los desvalidos.
El resultado es un aquilatado y soberbio drama de lucha de clases sin retóricas, todo puro músculo de drama en torno a la crueldad de los nuevos señores feudales de las sociedades del siglo XXI. Maggie Gyllenhaal y sus jueces la desmerecieron al otorgarle el Gran Premio del Jurado, esto es, la plata del palmarés.
Wild Horse Nine es otro prodigio de guion de Martin McDonagh, si cabe, superior al de su culmen hasta ahora, Tres anuncios por un crimen. McDonagh nos lleva al Chile de 1973: un par de agentes de la CIA con pinta de salames parecen tener poco o nada que ver en los preparativos del golpe contra Salvador Allende. De hecho, vemos cómo viajan a la Isla de Pascua. Tras un arranque de gran farsa o comedia, una buddy-movie sarcástica en donde cabe humor abracadabrante sobre el asesinato de Kennedy o la carnicería que se prepara en Chile, McDonagh hace virar la trama, de forma impensada, hacia lo emotivo y -también- lo político.
Son co-autores de ese pequeño milagro los dos actores que se desempeñan como espías y como clowns: el siempre excelente Sam Rockwell y el carismático John Malkovich, a quien es un placer recuperar para un papel en condiciones, tras dos décadas en las que su carrera derivó hacia proyectos narcisistas, extravagantes o directamente entendibles solo por su monetización. Es muy de celebrar que Malkovich recibiera el premio a mejor interpretación masculina, aunque mucho mejor habría sido un ex-aequo con su colega Rockwell.
Tres pesadillas
Hubo más películas brillantes en la sección oficial. Lo es, sin duda DAU, la decantación de 20 años de trabajo del ruso Ilya Khrzhanovsky. En ese tiempo, confinó a un equipo fijo de actores en unas naves en las que tuvieron que vivir en condiciones extremas para que se impregnasen de lo que iban a representar: el Gran Terror del estalinismo, el siglo soviético con sus ideales, sus ilusiones perdidas, su bello decandentismo, la monstruosidad del hambre, la tortura las necesidades o el el espionaje político en carne viva. Sobre ello, Khrzhanovsky filmó en casi dos décadas cientos de horas de metraje estratificadas en 14 películas; dos de ellas se pudieron ver en la Berlinale prepandémica de 2020, y varias más están misteriosamente accesibles en una web.
Por eso DAU es cine pero no solo: es una intervención artística interdisciplinar en la Unión Soviética y sus intersticios más oscuros, una especie de parque temático de arte mayor. Y es formidable que la Mostra haya sacado ahora a la luz otra emanación de ese panóptico con un espectral Instituto de Energía Nuclear y un científico griego que cabalga las olas de esplendor y de espanto, de San Petersburgo a Moscú, de la Cheka a la meca. Es una experiencia hipnótica y por ello muy justo que Ilya Khrzhanovsky se llevase el Premio a la mejor dirección. Suena en cambio a poca cosa el Premio del Jurado -es el cuarto en importancia- que recibió Naza, el documental de los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor que vuelve de modo imperioso sobre los pasos de los crímenes de masas ejecutados por el gobierno israelí en Gaza. Sus directores, por otra parte, están siendo hostigados por el ese gobierno.
En Naza, Abraham y Szor se desprenden de cualquier intención de estilo o de orquestación de un andamiaje melodramático tan discutible como el que se utilizaba en La Voz de Hind. Lo suyo aquí es la documentación sobria, la desnudez como el único camino para abordar y desentrañar la frialdad desalmada de aquella banalidad del mal que Hannah Arendt refirió en relación a quienes ejecutaron como supuestos funcionarios las órdenes de liquidación en los campos de nazis. Naza se articula a partir de las entrevistas con esos burócratas de la muerte -como ingenieros de IA o militares que sueltan bombas o disparando drones- que convirtieron Gaza en un páramo deshabitado entre los edificios destruidos y las fosas comunes.
En una azotea, sobre la abigarrada noche de Tel-Aviv, los testigos permanecen en la penumbra del anonimato. Y ahí cuentan cómo naza es el nombre que daban a los asesinados: siempre el eufemismo ante las soluciones finales. Estos tipos cuentan cómo geolocalizaban el posible teléfono de un miembro de Hamas y procedían a eliminarlo en su casa, con toda su familia. Luego volaban edificios enteros: 80 nazas. Y finalmente barriadas: 500 nazas. Los perros devoraban los cadáveres y todo era grabado. Más tarde llegó el exterminio ya abiertamente indiscriminado. Los francotiradores apostados frente a un puente que la población de Gaza debía cruzar para recoger alimentos. Apoyado por información del diario The Guardian (y coproducido por este medio junto a Jonathan Glazer, ganador del Oscar por La zona de interés Jonathan Glazer), Naza debería recorrer las pantallas del mundo. Y por eso un León de Oro, en este caso sí justificadamente político, habría sido comprensible.
Pero el jurado, en el que Maggie Gyllenhaal ejerció como the boss tenía otros planes. Su vindicación sobre la Mostra y su siempre relativa no inclusividad de género de directoras suponía situar por encima de todo el cine relevante al film danés Woman Unknown, película correcta pero académica, en la que su realizadora, May el-Toukhy, nos sitúa ante la huida hacia adelante de una mujer que fue amante de un nazi y tuvo un hijo de él durante la ocupación alemana de Dinamarca. Con la liberación, ve cómo otras son humilladas en las plazas públicas: se les corta el pelo y se pintan esvásticas sobre sus cuerpos desnudos. Woman Unknown lo narra con pulso, desliza interesantes apuntes en torno a la “ocupación” del cuerpo de algunas mujeres, en muchos casos víctimas propiciatorias de otros que también compadrearon con el III Reich.
Por eso a esta película, que es estimable pero menor, no le hace ningún favor este León de Oro impostado. Y aún menos que Gyllenhaal y su tropa hayan querido sobreactuar y concederle además otro premio, el de mejor actriz a la estimable agonista Mathilde Arcel. Para ello llegan a forzar el reglamento de la Mostra, que no permite dar dos premios a una misma película. Un antipático despropósito.
Todo Borges, no solo Borges
Fuera de la competencia por el León de Oro emergió uno de los mayores acontecimientos fílmicos de esta Mostra y de toda la temporada cinematográfica. La Biografía de Jorge Luis Borges, del argentino Mariano Llinás, es un artefacto cinematográfico de una lucidez artística inmensa y de una brillantez que emerge de cada uno de sus poros. Son muchas las decisiones acertadas que van elevando el diapasón de esta película de épicas aventuras, de misterios por desentrañar como thriller entre legajos y fotografías sepia.
Ernesto Montequín, es una figura esencial de este safari con descubrimientos memorables. El actor es fastuoso hallazgo de cuya excepcionalidad Mariano Llinás es consciente seguro desde muy pronto, pero, generosamente, nos va soltando cebo para reservarle una estelaridad que es metaficción gloriosa.
¿Y qué cabe en esta película, todo Borges, solo Borges (o no solo), su literatura, sus resbalones políticos y dialécticos de facho o de bocón, o ambas cosas a la vez? Mejor que lo averiguen, que se dejen llevar por el territorio de Llinás y de sus pamperos. Es un río con meandros caudalosos, siempre con el excurso de un humor irreverente, sagaz, llinasiano. Navegar por él es una experiencia de cine multigenérico y de ahondamientos borgianos junto a chimentos dignos de un slapstick verbalizado. Olvidaba decirlo: dura casi seis horas. No me enteré. Así de ligera, honda de talento, es la travesía.
