Hay algo gracioso, por aquello del retardo con que algunos fenómenos culturales impactan en estas coordenadas, en el hecho de que, justo cuando se cumple medio siglo del “año cero del punk”, lleguen a Montevideo varias de las figuras centrales de la escena británica de aquella época, ya septuagenarias. El aterrizaje de The Damned el año pasado fue una celebración maravillosa, una especie de tributo a la energía roquera primordial tanto por parte de la banda como de quienes rodeamos el escenario de Montevideo Music Box, pero también tenía algo de revival, y no es extraño que el más reciente disco de la banda, Not like everybody else, aparecido en enero, sea una colección de covers de la música de los años 1960, es decir, la que habían escuchado antes de acometer la revolución de 1976.
El caso de John Lydon, el epicentro de aquel terremoto, es bastante distinto. Primero, porque llegó aquí por primera vez hace diez años para dar un recital en La Trastienda que no dejó a nadie indiferente –o sublime o desastroso, o todo a la vez–, pero especialmente porque nadie puede decir que se haya quedado estancado en sus hazañas de veinteañero. Es el hombre que, bajo el nombre de guerra Johnny Rotten, lideró a los Sex Pistols –no su autor intelectual: ese es su archienemigo, el mánager Malcom McLaren–, el cantante cuya actitud y voz definieron no solo la estética de la banda sino la de todo el rock que vendría después –por imitación, oposición o influencia indirecta–, el de las letras astilladas de consignas libertarias, el héroe de la clase trabajadora que se resistió a cumplir el papel de estrella pop y abandonó todo en 1978 para aparecer, pocos meses después, con un proyecto personal, Public Image Limited (PiL) más arriesgado y aún menos radio friendly que su antigua banda.
En la oncena de discos que lanzó con PiL, Lydon se atrevió a cambiarlo todo, incluso el elemento más distintivo de su música, su marca personal, la voz que chirría las vocales como si fueran sirenas de alarma, y en sus trabajos más recientes, como el disco End of World (2023), se lo puede escuchar en registros machaconamente ultragraves. La propia formación de PiL ha mutado con los años: el carácter del talentosísimo guitarrista Keith Levene resultó incompatible con el del jefe, y el reputado bajista Jah Wobble prefirió dedicarse a trabajos menos exigentes. Sin embargo, la encarnación de PiL que llega al Museo del Carnaval, con el guitarrista Lu Edmonds al frente, es una de las más estables: es la misma que había venido hace diez años.
Entonces, entrevistado por Gonzalo Curbelo para la diaria, al comentar sus dos autobiografías (Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs, de 1994, y La ira es energía, de 2015), Lydon decía: “Quería que la gente supiera que vivo en un mundo de humor. Yo vivo riéndome de mí y tirándome abajo”. Es algo que hay que tener en cuenta cuando se lee la transcripción de una entrevista que incluyó un cara a cara (por Zoom), porque su gestualidad es fundamental para captar cuando está siendo irónico, y también para orientarse cuando pone tono serio. En este diálogo usa ambos registros al hablar de Donald Trump y al referirse a la muerte de la actriz Nora Forster, su pareja.
Desde la última vez que viniste a Montevideo editaste un disco, End of World. Incluso en una carrera imprevisible como la tuya, te las arreglaste para seguir innovando.
Constantemente estoy tratando de explorar y expresar mis emociones, buscando sonidos que sean compatibles con lo que quiero decir. Es todo un trabajo.
Está esta canción, “Hawaii”, que nos sorprendió a muchos. Es muy distinta a todo lo que hiciste, y muy bella, además.
Bueno, tenés que experimentar la muerte de la mujer que amaste por la mayor parte de tu vida para escribir una canción como esa. Y en realidad, también es una descripción verdadera de mi carrera: todas mis canciones están influidas por mis experiencias más cercanas, y esa fue una de las más desgarradoras. Perdí el 50% de mi alma. Estuve dos años para salir del “modo autocompasión” y ahora hago lo que Nora hubiera querido que hiciera: enfrentar el mundo honestamente. Entonces, ¡bingo!, hay un disco de PiL.
Pero ese grado de apertura a tu vida privada, familiar, es algo totalmente nuevo.
Es que fue una experiencia nueva. He escrito muchas veces desde emociones, como la rabia, pero esto es pérdida profunda. Tenía que enfrentarla de una forma apropiada y honesta. Creo que lo logré. Yo no sabía que tenía esa sensibilidad. Así que, cuanto más viejo, me vuelvo más profundo. Y más gordo.
¿Cómo fue la grabación del disco? A esta altura, Lu Edmonds es tu compañero más viejo.
Sí, pero no hay que verlo desde ese punto de vista. Simplemente, somos amigos. Conocemos nuestras debilidades, y esa es nuestra fuerza, porque para eso están los amigos. Y eso es PiL. Fuera del negocio de la música, fuera de las compañías, tenemos la fuerza de la independencia, y la verdad es que nos ha salido muy caro, pero vale cada segundo, porque levantarse y no tener que recordar las mentiras que dijiste ayer o anteayer es toda una recompensa.
¿Cómo hacen los temas?
En los últimos tiempos, por la enfermedad de mi querida Nora, les dejé a los muchachos la parte más musical, pero soy bastante capaz de hacer un disco prácticamente solo, como cuando grabé Flowers of Romance [1981]. En realidad, es lo que funciona mejor para cada momento. Y estamos muy sintonizados, incluso emocionalmente, así que casi todo lo que surge termina transformándose en música. Estamos por sacar otro disco, más largo, que es fenomenal. Grabamos 20 temas nuevos y esperamos sacarlos en julio. Así que el trabajo es aplastante, pero sigo adelante por lealtad a Nora, para dejar atrás la autocompasión. Y ahora tengo miles de ideas y energía ilimitada, porque no tengo que atenderla cada noche. Uy, qué cosa horrible que dije. Pero, como ya quedó claro, tengo que ser honesto.
¿Tenés hijos?
¡Nietos! Y me odian.
Como corresponde...
No, como todos los nietos. Están esperando que me muera para quedarse con la plata.
¿Qué pensás de los miles de personas que detestamos a Pink Floyd por tu remera “Odio a Pink Floyd”?
¡Qué vergüenza! Nunca quise ser un ejemplo. Era un punto de vista personal, no algo a imitar. En realidad, los Pink Floyd vinieron a Los Ángeles y me invitaron a cantar en la recreación en vivo de Dark Side of the Moon. Así que todos los días se aprende algo nuevo, chicos. Si los Pink Floyd no me odian por odiarlos, ¿cuál es tu excusa?
Bueno, ahora me gustan sus discos con Syd Barrett.
A cada cual lo suyo. Mi colección de discos es muy muy diversa. Lo que la gente no entiende es que yo escuchaba muchísima música antes de los Sex Pistols. Así que después de los Pistols no tenía sentido seguir imitando lo que había hecho con ellos.
Pero eso se ve en tu carrera. Nadie saca un disco como el primero de PiL de la nada en tan poco tiempo.
Sí, yo a ese salto le diría “la práctica te hace imperfecto”. El objetivo es hacer las cosas. Yo puedo grabar con Afrika Bambaata tan fácil como puedo hacerlo con Leftfield. Y no me voy a ningún lado. Los voy a sobrevivir a todos.
Sé que no te gustó la serie Pistols...
Creo que fue estúpida, desnorteada, infantil y cobarde. ¿Qué pueden saber de los primeros años de mi vida si no leyeron lo que yo escribí, sin escuchar mis canciones? Es totalmente bizarro...
Pero tiene una cosa muy buena. En un momento cambia de ficción a documental y muestra a los Sex Pistols en el concierto gratis que dieron para los hijos del sindicato de bomberos en la Navidad de 1977. Es muy emocionante.
Está bien, pero ¿por qué no consultaron al tipo que escribió las canciones? ¿Por qué no muestran cómo peleé para meter a Sid en la banda? Así que no es un documental, es un mockumental, un falso documental.
Yo solo me refería al concierto de Navidad.
Sí, es de lo mejor que hicimos. Fue idea mía.
En tu última autobiografía, Anger is an energy, decís que siempre estuviste a favor del cambio social y que conseguiste impulsar algunas transformaciones. Desde ese punto de vista, yo creo que sos el mayor artista vivo...
Oh, muchas gracias, señor.
Pero en ese mismo sentido, hay algo que a muchos nos preocupa: ¿es cierto que apoyás a Donald Trump?
“No quiero que Irán tenga armas nucleares. Seré un tonto, pero creo que es una amenaza a mi existencia”. ¡No, ni siquiera me cae bien, es horrible!
Qué alivio...
Lo que sí me interesa es que hace política a lo Sex Pistols. Eso es necesario. Porque precisamos políticos que piensen en el mundo. Ja, ja.
This is not the last tour, de PiL. Martes 7 de abril en Sala del Museo del Carnaval. Entradas $ 3.300 en Redtickets.