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Ilustración: Ramiro Alonso

“Van a temblar de miedo los cajetillas”: 60 años del primer disco de Zitarrosa

12 minutos de lectura
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Un recorrido por una pieza clave del puzle de la música popular uruguaya (y oriental)

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1966: Uruguay es gobernado por un colegiado del Partido Nacional presidido por Alberto Heber Usher –tío de Luis Alberto Heber–. El semanario Marcha advierte que la inflación “no da tregua” y que el nuevo precio del litro de leche –siete pesos– representa 100% de aumento. Trabajadores del Frigorífico Nacional ocupan la planta industrial de Puntas de Sayago y la Federación Autónoma de la Carne se manifiesta por los problemas que sufre el sector.

El diario El Popular da cuenta de una protesta de mujeres y niños, frente a la casa de gobierno, contra la carestía y la suba de precios. “Los niños necesitan alimento”, se lee en el cartel que sostiene una señora de lentes. En noviembre, el Partido Colorado corta con dos períodos de administración blanca: gana las elecciones y marca la vuelta del presidencialismo –para marzo de 1967– con la fórmula de Óscar Gestido y Jorge Pacheco Areco.

Estados Unidos intensifica el envío de tropas a un lejano país del sudeste asiático llamado Vietnam, donde sigue dando rienda suelta a la operación Rolling Thunder (“trueno rodante”), bombardeando todo lo que se mueva, y lo que no se mueva también. En aquel país de Norteamérica sale el disco doble Blonde on Blonde, de Bob Dylan, que empieza con una canción (“Rainy Day Women #12 & 35”) que arma lío enseguida porque en ella canta muchas veces –y con alegría– “everybody must get stoned” (“todo el mundo tiene que colocarse”), es decir, drogarse y quedar bien puesto.

1966: en Uruguay se edita el primer álbum de un cantautor que aparece en la tapa con expresión seria, seca y un destello desafiante. El título es apenas descriptivo: Canta Zitarrosa. Y sí, vaya si canta. Cuando Alfredo Zitarrosa editó aquel primer disco tenía 30 años, ya era todo un señor –los 30 de 1966 no eran los de ahora– y con una carrera establecida como locutor. De hecho, en abril de 1965, la variopinta revista Mundo Uruguayo publicó una nota sobre las novedades de la televisión y le dedicó un espacio, bajo el subtítulo “Locutor con futuro”, que incluía una foto suya –de traje y con un peinado perfecto–.

En la nota escribieron que Zitarrosa era “un joven locutor que al abandonar la carrera de abogacía se inicia haciendo locución comercial en Radio Ariel para pasar luego a Radio El Espectador”. “Alfredo Zitarrosa es un muchacho culto, lleno de inquietudes, estudioso y con grandes condiciones para desempeñarse con eficacia en su quehacer. En Perú ha hecho periodismo escribiendo para La Prensa y Oiga de Lima. Durante su permanencia en Perú no solamente hizo periodismo, sino que grabó publicidad comercial para TV y cantó folclore oriental en Canal 13 de Lima”, agregaba la nota, e informaba que en ese momento trabajaba como locutor en Monte Carlo TV.

Oigo tu voz

Canta Zitarrosa no fue la primera música que grabó don Alfredo: en 1965 había aparecido en las bateas el EP El canto de Zitarrosa –nótese el título similar–, un disquito de siete pulgadas con dos canciones por lado. De las cuatro, tres eran de su autoría, y ya en ellas se podía vislumbrar algún color del caleidoscopio compositivo que desplegó luego. Allí estaba, por ejemplo, “Milonga para una niña”, una de sus más grandes canciones de (des)amor, pero no fue esa primigenia versión la que se volvería legendaria.

Aquel EP también incluía “Mire amigo” –que después también sería regrabada–, una canción de protesta a cargo del Zitarrosa más anarco –por no decir nihilista–: “Mire, amigo, no venga/ con esas cosas de las custiones,/ yo no le entiendo mucho,/ discúlpeme, soy medio bagual./ Pero eso sí le digo,/ no me interesan las elesiones,/ los que no tienen plata/ van de alpargatas,/ todo sigue igual”.

Al igual que el EP, Canta Zitarrosa fue editado por el sello uruguayo Tonal, e incluyó 14 canciones que fueron grabadas en los estudios de Radio Ariel y contaron mayormente con el acompañamiento en guitarras de Hilario Pérez (1936) y Ciro Pérez (1944-2024). El texto de la contratapa del disco lo escribió el mismísimo Zitarrosa, en clave de presentación del material. Allí comentó que los guitarristas “hicieron mucho menos que lo que podían hacer, por deseo expreso del intérprete, que más de una vez pidió, por favor, un poco menos de música”.

Como era común en la música popular rioplatense de aquellas épocas, y sobre todo en el folclore, el disco indicaba el género de cada canción –cuando no estaba directamente en su título, por supuesto–, como para dejar bien claro qué era estrictamente eso que sonaba, casi como una militancia del estilo musical puro y duro. En el primer lado del álbum predomina la milonga, y en el segundo, la zamba, el clásico género argentino.

Más allá de aspectos técnicos inherentes a la calidad de la grabación –porque luego el cantautor registraría con mejor sonido y más guitarras varias de estas primeras canciones–, en este disco ya quedó inmortalizada esa gola. La voz de Zitarrosa era –es–, antes que su forma de cantar o de atacar las melodías –es decir, la interpretación–, una textura, con cuerpo, robusta y grave, pero muy cálida, de esas que arropan al escucha y se vuelven un lugar. Esa voz es un monumento de Uruguay, pero no como esas esculturas verdosas que amontonan palomas en una plaza, porque vive –y vibra– en cada reproducción de cualquiera de sus canciones, sea por el medio que sea.

Alfredo Zitarrosa durante el acto por el 52º aniversario del Partido Comunista del Uruguay, en el Palacio Peñarol, el 29 de setiembre de 1972.

Foto: S.d. de autor, fotógrafos de El Popular

Así las cosas, en la ecuación artística que da como resultado esa voz se suman su textura vocal única, su pericia para el canto y su perfecta dicción, limpia y clara, hasta cuando pronuncia mal con fines artísticos (“custiones”). Se podría pensar que esto último está ligado a su trabajo como locutor, pero siempre estuvo lleno de locutores que pronuncian muy lindo y ninguno fue Zitarrosa. Perfectamente, don Alfredo se podría haber dedicado a ser intérprete y poner su gola a disposición de tangos clásicos en el programa de varieté dominical de turno. De hecho, llegó a grabar algunos tangos, como “La última curda” (de Aníbal Troilo y Cátulo Castillo), publicado oficialmente en sus discos de archivos inéditos, y se comprueba lo sobrado que estaba para esa tarea. Pero, en vez de ser cantante, prefirió ser cantor, usar esa voz como medio –no como fin– para decir algo que valiera la pena.

Canta Zitarrosa (el espectáculo)

Su disco debut tuvo su correspondiente espectáculo, en el teatro Odeón. El diario Época publicó que, el jueves 22 y el viernes 23 de diciembre de 1966, en ese recinto tendría lugar el espectáculo Canta Alfredo Zitarrosa. Decía que el cantautor, “acompañado por el trío de guitarras de Hilario Pérez, Gualberto López y Ciro Pérez, habrá de interpretar las más exitosas canciones de su exitoso repertorio” (sí, mucho éxito).

En la nota se consignaba que también actuaría la cantante mexicana María de las Mercedes y que el conductor del programa sería Carlos Bonavita, que había escrito los comentarios en el programa del espectáculo. Por ejemplo: “Hemos partido de la base de que el oyente de canciones populares es también público de vinerías. Entonces, hemos mezclado vinería con escenario para tratar de que usted se sienta más a gusto. Por el momento, las canciones, las dicciones y el consumo de vino corren a nuestro cargo”.

“Para mí habrás muerto”

Arranca el arpegio milonguero de una guitarra –criolla, claro está–, mientras la otra desliza una melodía serpenteante de notas dobles –dándole amplitud a la música–, y así el disco empieza a girar, con “Milonga de ojos dorados”, en tono mayor, desprendiendo un aire luminoso. “Milonga, vos sos testigo/ de que la quiero de veras;/ vos no tenés sus caderas/ ni aquella boca de trigo,/ pero cantando conmigo irán tus ojos/ a hablarle de mí”, canta Zitarrosa en esta metamilonga a medias, porque le canta a la milonga pero para que pase su mensaje a la que él quería.

“Milonga para una niña”, en cambio, es en tono menor y, por tanto, desprende una brisa más angustiosa, pero al mismo tiempo misteriosa y atrapante (¿es la milonga más grande de Zitarrosa?). Está compuesta en décimas (estrofas de diez versos octosílabos con las rimas abbaaccddc), un dispositivo típico de la payada. Es más, al final de cada estrofa tiene la clásica pausa del arpegio milonguero, cuando las guitarras simplemente rasguean cada acorde para destacar la conclusión del cantor (“puedo enseñarte a volar/ pero no seguirte el vuelo”, por ejemplo). Zitarrosa habla de un amor que suena imposible, aunque parece más por él que por ella, y así lo hace carne en estos cuatro versos, de los más inmortales de su pluma: “Yo no te puedo entregar/ un corazón apagado;/ cuando falla el del costado/ no hay nada que conversar”.

“De no olvidar” es una de las milongas más enérgicas de Zitarrosa, sobre todo por el empuje de la melodía vocal, dueña de un vaivén insistente. Quizás, musicalmente, por su originalidad guitarrera y melódica, que le escapa al estándar payador, sea incluso mejor que la de la niña. 35 años después, La Vela Puerca cerró su omnipresente disco De bichos y flores (2001) con una versión de esa canción, convertida en un ska furioso.

Como ya lo dice su título, “De no olvidar” está marcada por la obsesión del recuerdo, y eso se vuelve más insistente en la zamba “Recordándote”, en donde el olvido se torna ambivalente. “La noche es tan amarga y lenta,/ la zamba te recuerda tanto/ que cuando canto me olvido, mi bien,/ que ya murió tu querer”, canta Zitarrosa, en una de las canciones más amargas de su disco debut, por poner sobre la melodía el inexorable destino de las palabras que, “como el aire, son aliento que se vuelve viento”. Pero, claro, luego de “Recordándote” viene “Si te vas”, otra zamba, pero mucho más lúgubre y letal: “Si te vas,/ te irás solo una vez,/ para mí habrás muerto”.

¡Qué los parió a los gringos!

Sesenta años después, resulta muy curioso lo que Zitarrosa escribió en la contratapa sobre las zambas que incluyó en el disco, como pidiendo disculpas por grabarlas –y componerlas–. Decía que era “consciente de haber pagado tributo a la zamba”, que le gustó “siempre” y que le seguía gustando, “aunque hoy se estile decir que es ‘extranjera’ en la Banda Oriental” (nótese que no se refiere a Uruguay –como tampoco lo hace nuestro himno–; todavía quedaban rastros de “orientalidad”).

“Pagué ese precio con verdadera satisfacción, porque no puedo olvidar las zambas santiagueñas de los Ábalos, ni las clásicas zambas norteñas que un día ‘nos colonizaron’ –se dice– hace muchos años, pero que a mí me enseñaron a cantar lo criollo con las mismas ganas que hoy ponen muchos jóvenes en cantar cosas –esas sí– verdaderamente gringas. Las zambas que canto aquí (y la cueca) me pertenecen, por tanto, bien puedo llamarlas orientales; he de creer que de veras son nuestras, en tanto las hice y las canté en mi tierra, para mi gente”, agregaba.

Don Alfredo, como todo un señor, no daba nombres –ni tenía sentido que lo hiciera–, pero cabe recordar que, un año antes, en 1965, los veinteañeros hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso habían sacado el primer disco de Los Shakers, con la canción “Rompan todo (Break it all)” como caballito de batalla, de estilo pornográficamente beatle y cantada en inglés, que, justamente, rompió todo. Esa alergia a lo gringo, en especial al rock, a Zitarrosa le duró toda la vida. En 1988, en una entrevista con el semanario Aquí (citada por Tabaré Couto en su libro La era del casete, de 2019), el cantautor dijo que el rock es “abrumador, monótono, pertinaz, obsesivo, letánico e insoportable”, y agregó: “Es que el rock lo puede escribir una computadora, pero una computadora no puede escribir lo que escribió Erik Satie. Y si le preguntás a [Atahualpa] Yupanqui por qué no toca la guitarra eléctrica, te va a contestar que él no es electricista”.

“Yo soy yo y mi circunstancia” es la famosa frase del filósofo español José Ortega y Gasset, pero la mayoría de las veces que se cita se olvida lo que le sigue: “Y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Cuando Zitarrosa sacó su primer disco, lo hizo en el contexto en el que los noveles cantautores uruguayos (perdón, “orientales”) buscaban cultivar un cancionero vernáculo –tanto en letra como en música–, para eludir el folclore argentino que se pasaba por las radios de acá, y así escaparle, por ejemplo, a la zamba “Luna tucumana” (1957), de Yupanqui, o a “Zamba de mi esperanza”, popularizada por Jorge Cafrune y también por Los Chalchaleros, a mediados de los 60.

Por estos lares, en 1962, Osiris Rodríguez Castillos ya había lanzado su primer disco, que desde el título dejaba claras sus intenciones: Poemas y canciones orientales. Aunque, como se sabe, fueron Los Olimareños, junto con Rubén Lena y Víctor Lima, los exponentes más simbólicos de ese empuje oriental. Es así que en el primer disco de Los Olimareños (1963), los veinteañeros Pepe Guerra y Braulio López incluyeron, por ejemplo, “A orillas del Olimar” (una zamba), ubicando el cancionero en el mapa nacional.

La obsesión por cultivar un conjunto de canciones propias implicaba no solo referenciar nuestro territorio o nuestros héroes (tanto Los Olimareños como Zitarrosa tienen su canción sobre José Artigas), sino también los combates, aunque no sean de esas grandes batallas épicas de las que después se hicieron películas. Por ejemplo, la canción “Del cardal”, del olimareño Eustaquio Sosa, que Zitarrosa grabó para su segundo disco, Del amor herido (1967), versa sobre el combate del Cordón –o del Cardal–, de 1807, en el marco de las invasiones inglesas, cuando las tropas británicas arremetieron contra las españolas en una batalla que se dio a lo largo de entre lo que hoy es la calle Ejido y Tres Cruces, con victoria gringa: “Jue pucha, por el repecho/ vienen llegando ya los ingleses,/ dan gritos en una idioma/ que naide entiende,/ que naide entiende./ Apronten bien esos fierros,/ naide se dueble,/ naide se dueble,/ meneándoles sable siempre,/ que a ellos les duele,/ que a ellos les duele. [...]/ ¡Qué los parió a los gringos,/ que se nos vienen,/ que se nos vienen!”.

“El período más doloroso de mi vida”

Luego de su disco debut, Zitarrosa intensificó las aristas más significativas de su obra. En Canta Zitarrosa todavía no había desplegado lo que luego sería su típico cuarteto instrumental –tres guitarras y un guitarrón–, su principal sello sonoro aparte de su voz, al punto de que luego de su muerte (el 17 de enero de 1989, con tan solo 52 años) los cuatro guitarristas que lo acompañaban en su último tiempo artístico formaron el Cuarteto Zitarrosa y editaron dos discos, Milonga tuya (1990) y Milonga igual (1995).

La otra arista importante, del compromiso político que se trasluce en su obra, se fue haciendo más contundente a medida que la institucionalidad de Uruguay se esfumaba como arena entre los dedos, hasta que el presidente colorado Juan María Bordaberry, junto con los militares –y varios cómplices civiles–, dieron el golpe de Estado, el 27 de junio de 1973. Pero poco puede hacer este periodista para tratar de describir lo que vivió Zitarrosa; es mucho mejor recordar cómo lo contaba él.

Aquí está su disco (en varios formatos)

Como suele pasar con un álbum de hace 60 años, y que se volvió trascendental, en este largo tiempo Canta Zitarrosa fue lanzado en todos los formatos posibles. Luego de ver la luz por primera vez en vinilo –el formato estrella de 1966–, en 1980 Orfeo lo lanzó en casete, en 1984 lo reeditó en vinilo y en 1996 lo hizo debutar en CD. En 2008, Bizarro, que tiene el catálogo del entonces ya extinto Orfeo, lo reeditó –y remasterizó– en CD, y en 2017 lo reeditó en vinilo, y así se cerró el ciclo. Por supuesto, el álbum también está disponible en plataformas digitales, por lo tanto, ya no hay excusas para no escucharlo.

Mayoría era una publicación quincenal del Partido Comunista del Uruguay que durante la dictadura editaron exiliados uruguayos en Estocolmo, capital de Suecia. El jueves 4 de agosto de 1983, ese medio publicó una entrevista con Zitarrosa, en la que le preguntaron cómo repercutió el exilio en su obra y en su vida, y contestó: “Desde 1971 la difusión de mi obra se prohibió en radio y TV. Con la instauración de la dictadura terminan de cerrarse todos los puentes de contacto con mi pueblo, no se me permite dar recitales, ni siquiera en pequeñas comarcas de mi patria, y mi casa fue allanada en tres oportunidades. En 1976 se prohíbe hasta la tenencia de mis discos. Ese mismo año decidí radicarme en Argentina, entonces, comenzó para mí el período más doloroso de mi vida. Alejarme de mi gente, de sus vivencias, me imposibilitó toda forma de creación”.

Si bien no hay fechas exactas de su composición, es muy probable que de esos primeros meses del exilio en Argentina haya salido nada menos que “Candombe del olvido”, una de las más grandes canciones de Zitarrosa, con esa introducción de guitarra ralentizada que es la melancolía hecha melodía, para luego apenas rasguear, tímidamente; así se desnudan las palabras del cantor: “Dónde estarán los zapatos aquellos/ que tuve y anduve con ellos;/ dónde estarán mi cuchillo y mi honda,/ el muchacho que fui que responda”. Luego, el estallido orgásmico de las guitarras y los coros, una explosión musical en medio de una letra que inunda angustia visceral. Un año después, en 1977, en España, Zitarrosa grabó la primera versión de “Guitarra negra” (1977), su obra más inconmensurable: “Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa”...

Canta Zitarrosa cierra con “Gato de las cuchillas”, que primariamente se refiere a gato en el sentido del género musical argentino, pero obviamente no se puede descartar la polisemia y pensar en el animal, agazapado por ahí. “Hacete el bobo, hermano,/ no seas tan opa;/ te han comido el puchero,/ tomá la sopa”, lanza Zitarrosa en una canción que no llega ni a los dos minutos, pero igual se las ingenia para el típico ida y vuelta entre versos cantados e interludios de guitarras bien melódicos, que muestra que ya en 1966 olfateaba que algo olía mal en Uruguay. Por algo, los últimos versos de esa canción, y, por tanto, los que cierran el disco, son: “Van a temblar de miedo los cajetillas/ cuando se oigan los gritos por las cuchillas”.

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