Hoy, el cuerpo advierte otra herida. Una raspada sobre otra raspada. Es un dolor conocido, pero no por eso deja de doler. Murió el Indio Solari y, con él, llega el punto final al siglo XX en la República Argentina. Un siglo de talentos, de ebullición, de tragedias, de un tendal de vidas. Al mismo tiempo, aquella caída termina por partir una última gran muralla de excepcionalidad cultural.
Por eso, este absurdo previsible no se trata únicamente de un luto musical, sino que trae consigo un acta de defunción de un sentir metafísico, inmarcesible y también verdadero: este desquiciado rincón de Sudamérica ungido como una fábrica de genios absolutos, de faros capaces de congregar a miles de almas y de fundar mitologías a fuerza de metáforas crípticas y saxos chillones. Un surtidor que parecía eterno, y que ahora deja a Charly García custodiando la torre de marfil.
Dinastía de intocables
Durante el siglo XX y los albores del XXI, Argentina operó bajo algunas anomalías. Un país periférico, castigado por crisis que vienen y van, que van y vienen, fracturas sociales expuestas y tanto más, que sin embargo exportaba una sofisticación difícil de igualar. Vanguardia contracultural, prodigios biológicos y conjuros artísticos. Tipos que jugaban a otra cosa. Spinetta, Maradona, Piazzolla, Cerati, Gardel y el Indio. Una dinastía de intocables. Una usina de talentos propios de aquella excepcionalidad.
La hechizante figura de Carlos Alberto Indio Solari era uno de los eslabones de esa excepcionalidad. El Indio no fue un rockstar, sino un fenómeno sociológico indescifrable para cualquiera que no hubiera pisado los lodazales de Olavarría o Tandil, algunos de sus tantos camposantos. Y logró lo imposible: descular el secreto de masas, tocar el corazón de esa entelequia llamada “pueblo”. Una paradoja viviente que rechazaba los rayos catódicos, que cultivaba la discreción fantasmal, pero que con un solo guiño (ahora, más acá, con un like en Instagram) movilizaba caravanas místicas dignas de una fe medieval.
Sus letras, un laberinto de lecturas de la contracultura norteamericana, contrabando beatnik y cinismo de posguerra, se convirtieron en el evangelio de los desposeídos y de los intelectuales por igual. Si el relato oficial se encarga de pintar a los ricoteros como activistas políticos silvestres, ellos son una mezcla alquímica de planchas, finos, malandros, soñadores, laburantes, narcóticos y egresados de la UBA. Una síntesis de la patria honesta, que pudo verse en las filas del domingo 7 de junio cuando el Indio abrazó la dicha de Dios y ellos, entre la bruma y la paciencia, se despidieron de su otro dios.
Otra de las marcas de aquella excepcionalidad argentina: que el joven que mangueaba monedas en Plaza Constitución y el ejecutivo de la multinacional compartieran el mismo tatuaje en la piel. Y que lloraran con la misma ausencia, con el mismo fuego. Pero el milagro empezó a crujir. Se fue Diego Armando Maradona, se fue el papa Francisco, se fueron yendo García Ferré, Borges, Favaloro, la Coca Sarli, Olmedo, María Elena Walsh, Perón, Evita. Los grandes.
A partir de acá, la silueta de los mitos vivientes como García, el último de los emperadores del imperio argentino. Y al lado, algunos otros guardias que custodian aquel castillo: José Larralde, Palito Ortega, Litto Nebbia, Mirtha Legrand, Moria Casán, la Mona Jiménez. Hombres y mujeres que cruzaron la vida y el arte y que, con su obra, se fundieron en el ADN de varias generaciones de criollos. Y de todo aquello que se conoce formal e informalmente por “argentino”. Por eso, el bigote bicolor de García se yergue como una especie de dios de la resistencia (el argentino es usualmente católico, pero frecuentemente politeísta), un faro que alumbra la memoria histórica. Pero ahora es ahora y después, el después. Sin el Indio, Argentina pierde un árbol muy grande –muy grande–. Uno que daba muchísima sombra.
Desde acá, ni el lamento estéril de “todo tiempo pasado mejor” ni negar a Duki, Lali, Milo J, Trueno, Bizarrap, emblemas de las nuevas generaciones, o quien sea que venga después (¿qué importa el después?). Ni el desprecio por las generaciones intermedias a las que, tal vez, les falte apenas las nieves del tiempo: Andrés Calamaro, Ricardo Darín, Diego Capusotto, Pity Álvarez, Fito Páez, Manu Ginóbili. El talento sigue ahí. La noción de trascendencia aún late. Cambió el entramado cultural, llegaron los commodities artísticos, los algoritmos, la música fast food, el consumo descartable, ecos de un mundo nuevo.
A caballo de ese asunto, sin el Indio, la excepcionalidad argentina rasca sobre la herida y reflexiona en seco sobre la duda mística: lo que vivimos fue la historia, el pulmón espiritual de una nación que comprimió bohemia y desparpajo, genialidad y desmesura, civilidad y caos. Para adelante, la desaparición de estos artistas y emblemas deja algunos miedos concretos: ¿la estandarización global nos pasará a todos por encima?
La del Indio era una central eléctrica que irradiaba en todo el Río de la Plata. Y en esta precisa hora de la historia, Argentina entra en otra etapa, más misteriosa, totalmente desconocida. Sin el amparo de aquellos grandes. Sin los Redondos. Sin “Un poco de amor francés”. Sin Luzbelito. Sin “La parabellum del buen psicópata”. Sin el héroe trágico, sin el poeta, sin el chamán. Sin Carlos Alberto Solari, quien se llevó consigo una de las últimas llaves de ese club exclusivo, como cuando en Los Simpson el señor Burns y Abraham Simpson disputan el tesoro de Los Peces del Infierno. Quedan algunos, quedan pocos. El vacío se abre inmenso. Cambió el juego. La quermese va apagando sus luces. Queda un último respiro antes de transformarnos en nostalgia.
