Cuando era chica me impactó muy fuerte una imagen: el dibujo de un hombre mirando para arriba sosteniendo una cadena con mucha fuerza; qué mal la está pasando ese tipo, pensaba. Quizá no fue tan impactante por el significado que podía llegar a esbozar, sino porque la imagen estaba tatuada en la pierna de mi padre. ¿Le habrá dolido? ¿Por qué papá se tatuó esto? ¿En qué estaba pensando? ¿Se arrepentirá alguna vez?
Ese tatuaje, que fue el primero, apareció entre 2003 y 2004, probablemente muy influenciado por su decisión y la de mi mamá de comprar una entrada para ver a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en 2001, en el estadio Centenario. No le pregunté, pero imagino el orgullo que habrá sentido más tarde, en 2005, cuando, con los Redondos ya separados, fue a ver al Indio Solari al Velódromo Municipal.
Me gustaría tener recuerdos de esos años para retener sus cuentos de esos recitales, pero en el primero había llegado a este mundo hacía un año, y los dejo hacer la cuenta al pensar en el segundo. De lo que sí tengo recuerdos es de los años siguientes.
Creo que ya no puedo contar las veces en que mi padre me remarcó lo increíble que fue haber visto a los Redondos en vivo. Claro, eso ya no iba a volver a suceder, es una experiencia que yo no iba a vivir jamás. Me moría de la envidia al escucharlo, aunque nunca quise admitirlo. Esa banda de La Plata fundada por el Indio y Skay era un mito para mí, pero me di cuenta tarde.
Hasta los 17 o 18 años evité entrarles a los Redondos, no porque no me gustaran y considerara que era una banda incompatible con mis gustos musicales. Mi reticencia se basaba en pura rebeldía: ¿cómo voy a escuchar esa banda que es santa de la devoción de mi padre? No, tenía que alejarme. Yo estaba bien con Sumo y con otro pelado, Luca Prodan. Pero cuando empecé, escuché, leí, desmenucé, toqué las canciones en la guitarra, claro, ahí lo entendí. Conecté con la mística inexplicable.
Llegó 2022. Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado volvían a Uruguay después de 17 años. Para entonces, el Indio ya se había bajado de los escenarios por el párkinson. “No, no va a estar, pero dicen que en algunas canciones él aparece en las pantallas y las canta”, me decía mi papá. “Imaginate que de sorpresa aparece”, aventuraba yo muy ingenuamente. “Ojalá, pero no creo”, me respondió bajándome muy racionalmente las ilusiones.
Esa noche de setiembre de 2022, el Indio apareció en la pantalla y, por supuesto, quedé conmovida, aunque haya tenido que conformarme con que era lo único que iba a tener en ese sentido. Pero no fue lo único que me conmovió esa noche.
Cuando llegamos al Velódromo, había mucha gente afuera comiendo un asado, tomando fernet, escuchando a los Redondos. La gente iba como en un éxodo camino al recital. No sé en qué momento me di cuenta de que lo que estaba viviendo era muy similar a lo que vivieron los que estuvieron en 2001 en el Centenario o en 2005 en ese mismo lugar.
Creo que lo comprendí cuando escuché el cántico que a veces me encuentro repitiendo: “Una bandera que diga Che Guevara, un par de rocanroles y un porro pa’ fumar/ Matar un rati para vengar a Walter/ Y en toda la Argentina comienza el carnaval/ Vamo Redondos, con huevo vaya al frente”. Escuchar esto a coro mientras veía a la gente agitar los brazos y ondear banderas me erizó por completo la piel, y ahí entendí lo que estaba pasando. Este es el significado de “Juguetes perdidos”.
Esa noche hubo otro momento que me quedó marcado y que me da otra razón para agradecerle al Indio Solari por su obra. Creo que llegaron a sonar solo dos notas de “Motor psico” cuando vi a mi padre maravillado y emocionado diciéndome: “Nunca pensé que iba a escuchar esto en vivo”. No podía creer que estaba viviendo ese momento con él; para mí era difícil maravillar a un tipo que se sabe de memoria los repertorios de las bandas, pero ahí lo tenías, la música de su vida entera tenía el factor sorpresa todavía. Y yo, por suerte, registré el momento, y ahora me conmuevo cada vez que escucho las primeras notas de esa canción de Oktubre.
Ahí entendí lo que eran los Redondos para él: esa banda mítica es un refugio, es un lugar en el que no le puede pasar nada. No le importa escuchar los mismos discos una y otra vez, porque va a estar igual de feliz que el primer día en que los escuchó.
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Un mes después de ese recital, un sábado de tarde –luego de haber atravesado esa experiencia ricotera y siendo una estudiante de audiovisual y periodismo que quería registrar todo–, le pregunté a mi padre si en algún momento estaría dispuesto a hablar en un documental sobre la influencia que tuvieron los Redondos en él. “No, yo no, a quién le importa eso”, me dijo bajándome la ilusión una vez más, pero quizá no tan racionalmente como antes.
En ese momento no le pude responder que no se trataba solo de él, sino de toda una generación a la que la música de los Redondos le llegó como una patada en el pecho (o en el corazón), y que le hizo llorar a mares la muerte del tipo que escribió esas letras. Cuando me enteré de la noticia, mi reflejo fue escribirle a mi mamá primero; no pude hacer lo mismo con mi papá; quería cuidar el momento en que hablaría con él sobre eso, como si fuera un familiar que murió.
Y sé que eso mismo –aunque no tenga pruebas– le pasó a un montón de veinteañeros como yo que crecieron escuchando a los Redondos, incluso desde la panza de su mamá. Sé que eso sucedió porque lo que le pasa a mi papá con esta banda que penetró tan fuerte en la cultura uruguaya es parte de la mística que el Indio y la banda crearon. ¿A cuántos de esos gurises les habrán puesto una remera de Patricio Rey aun sin saber qué quería decir? ¿Cuántos de esos padres y madres tienen al esclavo tatuado en el cuerpo?
¿A qué momentos específicos les remite a esos hijos e hijas la música de los Redondos? A mí me lleva a un viernes de noche o un domingo al mediodía hablando con mi padre de música, a pelearnos por cuál es el mejor disco. Por cierto, para mí uno de los mejores es Último bondi a Finisterre, aunque él no pueda soportar que diga eso.
Mientras haya padres, madres, hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, amigos y amigas que transmitan el sentimiento de pertenecer a algo más grande que ellos, como es ser ricotero, nada se va a perder, el Indio va a vivir en cada uno de ellos. “Banderas en tu corazón/ Yo quiero verlas/ Ondeando, luzca el sol o no”. Ahora le digo a mi papá que no se trata solo de él, sino de toda una generación.
